Por J.D. Sallinger

Aproximadamente una hora después estaban sentados en una mesa relativamente apartada en un restaurante del centro llamado Sickler’s, un sitio muy de moda, sobre todo entre el sector intelectual de los estudiantes universitarios; los mismos estudiantes, más o menos, que, si hubieran pertenecido a Yale o Harvard, habrían rehuido llevar a sus parejas a Mory’s o Cronin’s con aire demasiado informal. Sickler’s, podría decirse, era el único restaurante de la ciudad donde los filetes no eran “así de gordos”, separando el pulgar y el índice tres centímetros. La especialidad de Sickler’s eran los caracoles. Sickler’s era un lugar donde o bien tanto el estudiante como su pareja pedían ensalada o, generalmente, no la pedía ninguno de los dos, debido al condimento de ajo.

Franny y Lane estaban tomando martinis. Cuando les habían servido las bebidas, diez o quince minutos antes, Lane había probado la suya y luego se había echado hacia atrás mirando brevemente a su alrededor con una sensación casi palpable de bienestar por encontrarse (estaba seguro de que nadie podría discutírselo) en el lugar adecuado con una chica de aspecto impecablemente adecuado; una chica que no sólo era extraordinariamente guapa sino que, mejor aún, no era demasiado definidamente del tipo de jersey de cachemir y falda de franela. Franny había notado esta momentánea debilidad y la tomó por lo que era, ni más ni menos. Pero por algún acuerdo antiguo y permanente con su psique, optó por sentirse culpable de haberla visto y comprendido, y se condenó a escuchar la conversación de Lane con una especial apariencia de interés.

Lane hablaba ahora como el que ha monopolizado la conversación por más o menos un cuarto de hora y cree haber encontrado una vía por la que no puede extraviarse.

—Quiero decir, para expresarlo crudamente —estaba diciendo—, que se podría afirmar que lo que le falta es testicularidad. ¿Sabes a qué me refiero?

Estaba inclinado retóricamente hacia delante, hacia Franny, su atento público, con los antebrazos sosteniendo a ambos lados su martini.

—¿Que le falta qué? —dijo Franny.

Había tenido que aclararse la garganta antes de hablar, de tanto rato que llevaba sin decir nada. Lane titubeó.

—Masculinidad —dijo.

—Te escuché la primera vez.

—Bueno, ése era el tema, por así decirlo, lo que yo estaba intentando poner de manifiesto de un modo bastante sutil —dijo Lane, siguiendo muy de cerca el hilo de su propia conversación—. Quiero decir, Dios, pensé sinceramente que iba a caer como un globo de plomo, y cuando me lo devolvieron con ese condenado 10, como de dos metros, te juro que por poco me desmayo.

Franny volvió a aclararse la garganta. Al parecer, ya había cumplido su autoimpuesta condena de perfecta oyente.

—¿Por qué? —preguntó; Lane parecía levemente interrumpido.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué pensabas que caería como un globo de plomo?

—Ya te lo he dicho. Acabo de explicártelo. Este tipo, Brughman, es un gran experto en Flaubert. O por lo menos eso creía yo.

—Ah —dijo Franny. Sonrió. Bebió un sorbo de su martini—. Esto está estupendo —dijo, mirando su copa—. Me alegro de que la mezcla no sea veinte por uno. Me horroriza cuando son puro ginebra.

Lane asintió.

—De todas formas, creo que tengo ese maldito trabajo en mi cuarto. Si tenemos una oportunidad durante el fin de semana, te lo leeré.

—Estupendo. Me encantará oírlo.

Lane asintió de nuevo.

—No es que dijera nada demasiado sensacional ni nada de eso —cambió de postura en su silla—. Pero, no sé, creo que el énfasis que puse en el por qué de su neurótica atracción por el mot juste no estaba demasiado mal. Quiero decir, a la luz de lo que sabemos hoy día. No sólo del psicoanálisis y toda esa mierda, pero hasta cierto punto también de eso, desde luego. Tú me entiendes. Yo no soy partidario de Freud ni nada, pero hay ciertas cosas que no puedes limitarte a calificar de Freudianas con mayúscula y dejarlas a un lado. Quiero decir que hasta cierto punto creo que estaba perfectamente justificado al señalar que ninguno de los tipos verdaderamente buenos (Tolstoi, Dostoyevski, el propio Shakespeare) eran tan condenados estrujadores de palabras. Escribían, simplemente. ¿Sabes a qué me refiero?

Lane miró a Franny con cierta expectación. Le parecía que ella le había escuchado con una atención superespecial.

—¿Te vas a comer tu aceituna o no?

Lane lanzó una mirada fugaz a su copa de martini, luego miró de nuevo a Franny.

—No —contestó fríamente—. ¿La quieres?

—Si tú no te la vas a tomar —dijo Franny.

Comprendió por la expresión de Lane que había hecho una pregunta inoportuna. Peor aún, de repente la aceituna no le apetecía en absoluto y se preguntó por qué la había pedido. Cuando Lane le ofreció su copa de martini, no pudo hacer otra cosa más que aceptar la aceituna y consumirla con aparente gusto. Luego cogió un cigarrillo del paquete de Lane, que estaba sobre la mesa, y él lo encendió y luego cogió otro para él mismo.

Después de la interrupción de la aceituna, se produjo un breve silencio. Cuando Lane lo rompió, fue porque no servía para guardarse por mucho tiempo una declaración sensacional.

—Este tipo, Brughman, cree que yo debería publicar el dichoso trabajo en alguna parte —dijo repentinamente—. Pero no sé qué hacer.

Luego, como si se hubiera quedado exhausto de pronto, o, más bien, agotado por las demandas de un mundo ávido de los frutos de su intelecto, empezó a frotarse un lado de la cara con la palma de la mano, quitándose, con inconsciente brusquedad, una legaña de un ojo.

—Quiero decir que ensayos críticos sobre Flaubert y todos ésos abundan —reflexionó, con aire levemente malhumorado—.De hecho, creo que no se ha hecho ningún trabajo realmente incisivo sobre él en los últimos…

—Estás hablando como un suplente. Exactamente igual.

—¿Perdón? —dijo Lane con calculada tranquilidad.

—Que estás hablando exactamente como un suplente. Disculpa, pero es así. De verdad que sí.

—¿Sí? ¿Y puedo preguntar cómo habla un suplente?

Franny notó que él estaba irritado, y hasta qué punto, pero, por el momento, con una mezcla a partes iguales de autodesaprobación y malicia, deseaba expresar su opinión.

—Bueno, no sé qué es lo que son aquí, pero donde yo estudio, un suplente es una persona que se encarga de una clase cuando falta el catedrático, o está con una crisis nerviosa o ha ido al dentista o algo así. Generalmente es un estudiante posgraduado o algo así. El caso es que si se trata de un curso sobre Literatura Rusa, por ejemplo, entra, con su camisita de cuello abotonado y su corbata de rayas, y se pone a machacar a Turguenev durante media hora. Luego, cuando termina, cuando ya te ha destrozado a Turguenev, empieza a hablar acerca de Stendhal o alguien sobre el cual hizo su tesis de licenciatura. En mi facultad, el Departamento de Lengua Inglesa tiene como diez suplentes que van por ahí destrozándolo todo, y son tan brillantes que apenas pueden abrir la boca… y perdona la contradicción. Quiero decir que si te pones a discutir con ellos, lo único que hacen es adoptar una expresión terriblemente magnánima…

—¡Vaya humor que tienes hoy! ¿Qué demonios te pasa?

Franny sacudió la ceniza de su cigarrillo y luego atrajo el cenicero unos centímetros a su lado de la mesa.

—Lo siento. Estoy insoportable —dijo—. Me he sentido muy destructiva toda la semana. Es terrible. Estoy inaguantable.

—Tu carta no parecía tan condenadamente destructiva.

Franny asintió con gravedad. Estaba contemplando una pequeña mancha de luz del sol, como del tamaño de una ficha de póquer, sobre el mantel.

—Tuve que hacer un esfuerzo para escribirla —dijo.

Lane empezó a decir algo, pero de pronto el camarero se acercó para retirar las copas vacías.

—¿Quieres otro? —le preguntó Lane a Franny.

No obtuvo respuesta. Franny miraba la manchita de sol con una intensidad especial, como si estuviera pensando tumbarse en ella.

—Franny —dijo Lane pacientemente, en honor del camarero—. ¿Te apetece otro martini?

Ella levantó la vista.

—Perdón —miró las copas vacías que el camarero tenía en la mano—. No. Sí. No lo sé.

Lane se rió, mirando al camarero.

—¿Sí o no? —preguntó.

—Sí, por favor.

Parecía más atenta.

El camarero se fue. Lane le siguió con la vista mientras salía del comedor; luego volvió a mirar a Franny. Ella, con los labios entreabiertos, estaba dando forma a la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero limpio que había traído el camarero. Lane la observó durante un momento con creciente irritación. Probablemente le molestaba y asustaba cualquier señal de distanciamiento en una chica con la cual salía en serio. En cualquier caso, ciertamente le preocupaba que ese bicho que había picado a Franny les reventase todo el fin de semana. De pronto se echó hacia delante, poniendo los brazos sobre la mesa, como para dejar bien sentado este asunto, qué demonios, pero Franny habló antes que él.

—Estoy fatal hoy —dijo—. Estoy muy distraída.

Se sorprendió mirando a Lane como si fuera un extraño, o un cartel que anunciara una marca de linóleo, al otro lado de la vía del metro. Una vez más sintió la punzada de deslealtad y remordimiento, que parecía estar a la orden del día, y reaccionó alargando la mano para ponerla sobre la de Lane. La retiró casi enseguida y la utilizó para coger su cigarrillo del cenicero.

—Se me pasará dentro de un momento —añadió—.Te lo prometo.

Le sonrió (en cierto modo, sinceramente), y si en ese momento él le hubiese devuelto la sonrisa, eso podía haber mitigado, por lo menos en alguna medida, determinados sucesos que vendrían a continuación, pero Lane estaba dedicado a fingir su propia forma de distanciamiento y decidió no devolverle la sonrisa.

—Si no fuese demasiado tarde y todo eso —dijo ella—, y si no hubiera decidido como una imbécil presentarme a matrícula, creo que dejaría Literatura Inglesa. No sé —sacudió la ceniza—. Estoy tan harta de pedantes y de engreídos demoledores que podría ponerme a llorar —miró a Lane—. Lo siento. Me callaré. Te doy mi palabra… Es que si tuviera agallas no habría vuelto este año a la universidad. No sé. Quiero decir que todo es una farsa increíble.

—Genial. Eso es realmente genial.

Franny comprendió que se merecía el sarcasmo.

—Lo siento —dijo.

—Deja ya de decir lo siento, ¿quieres? Supongo que no se te ha ocurrido que estás haciendo una condenada generalización. Si toda la gente del Departamento de Inglés fuera tan terriblemente demoledora, sería totalmente diferente…

Franny le interrumpió, pero con voz casi inaudible. Estaba mirando por encima del hombro de franela marengo de Lane a alguna abstracción al otro lado del comedor.

—¿Qué? —preguntó él.

—He dicho que lo sé. Que tienes razón. Estoy de mal humor, eso es todo. No me hagas caso.

Pero Lane no podía abandonar una discusión hasta que se resolvía a su favor.

—Quiero decir, ¡demonios!, que hay gente incompetente en todas las profesiones. Eso ya se sabe. Dejemos por un momento a los malditos suplentes —miró a Franny—. ¿Me escuchas o no?

—Sí.

—Tienes a dos de los mejores profesores del país en tu maldito Departamento de Inglés: Manlius y Espósito. Diablos, ya quisiera yo tenerlos aquí. Por lo menos son poetas, por Dios santo.

—No lo son —dijo Franny—. En parte, eso es lo espantoso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. No son más que personas que escriben poemas que se publican y aparecen en antologías por todas partes, pero no son poetas.

Se calló, incómoda, y apagó el cigarrillo. Desde hacía varios minutos había ido palideciendo. De repente, hasta su labial parecía un tono o dos más claro, como si se lo hubiese quitado con un pañuelo de papel.

—No hablemos más de eso —dijo, casi con indiferencia, aplastando la colilla en el cenicero—. Estoy distraída. Voy a estropearte el fin de semana. Ojalá hubiera una trampilla bajo mi asiento y desapareciera.

El camarero se acercó un momento y dejó un segundo martini delante de cada uno. Lane rodeó con sus dedos, que eran finos y largos y casi nunca estaban fuera de la vista, el pie de la copa.

—No estás estropeando nada —dijo en voz baja—. Simplemente me interesa averiguar de qué rayos se trata Quiero decir, ¿hay que ser un maldito bohemio, o estar muerto, por Dios santo, para ser un verdadero poeta? ¿Qué es lo que quieres? ¿Un imbécil con el pelo ondulado?

—No. ¿Por qué no lo olvidamos? Por favor. Me siento absolutamente fatal, y me está entrando un terrible…

—Estaría encantado de dejar el tema…, me encantaría. Pero dime primero qué es un verdadero poeta, si no te importa. Te lo agradecería. De veras.

Había un ligero brillo de transpiración en la parte alta de la frente de Franny. Posiblemente era sólo que hacía demasiado calor en el comedor, o que tenía el estómago revuelto, o que los martinis estaban demasiado fuertes; en cualquier caso, Lane no pareció darse cuenta.

—No sé qué es un verdadero poeta. Me gustaría que lo dejaras, Lane. En serio. Me siento muy mal y muy rara, y no puedo…

—Va, va… De acuerdo. Cálmate —dijo Lane—. Sólo trataba de…

—Lo que sé es esto, y nada más —dijo Franny—. Que si eres poeta, haces algo hermoso. Quiero decir que dejas algo hermoso cuando terminas la página o lo que sea. Ésos de los que tú hablas no dejan ni una sola cosa hermosa. Lo único que hacen, tal vez, los que son ligeramente mejores, es meterse en tu cabeza y dejar algo allí, pero el que lo hagan, el que sepan dejar algo, no significa que sea un poema, ¡no, por Dios! Puede ser simplemente una especie de excrementos terriblemente fascinantes y sintácticos, y perdona la expresión. Como pasa con Manlius y Espósito y todos esos pobres hombres.

Lane se tomó tiempo para encender un cigarrillo antes de decir nada.

—Creí que te caía bien Manlius. De hecho, si no recuerdo mal, hace aproximadamente un mes dijiste que era un encanto y que tú…

—Y me cae bien. Estoy harta de que la gente me caiga bien solamente. Quisiera conocer a alguien a quien pudiese respetar… ¿Me disculpas un momento?

Franny se puso de pie, con el bolso en la mano. Estaba muy pálida. Lane se levantó, empujando su silla, con la boca abierta.

—¿Qué te ocurre? —preguntó—.¿Te encuentras bien? ¿Te pasa algo, o qué?

—Vuelvo dentro de un segundo.

Salió del comedor sin pedir indicaciones, como si supiera dónde ir por otros almuerzos anteriores en Sickler’s. Lane, solo en la mesa, se quedó fumando y dando sorbitos moderados a su martini para que le durase hasta que volviera Franny. Estaba clarísimo que la sensación de bienestar que había sentido media hora antes por hallarse en el lugar adecuado con la chica adecuada, o de aspecto adecuado, había desaparecido completamente. Miró el abrigo de mapache, que estaba un poco ladeado sobre el respaldo de la silla vacía de Franny (el mismo abrigo que le había emocionado en la estación, en virtud de su exclusiva familiaridad con él), y ahora lo examinó casi con total desagrado. Las arrugas del forro de seda le irritaban por algún motivo. Apartó la vista del abrigo y la fijó en el pie de su copa, con aire de preocupación y como sintiéndose objeto de una vaga e injusta conspiración. Una cosa era segura: el fin de semana estaba teniendo un comienzo condenadamente extraño. En ese momento, sin embargo, levantó los ojos casualmente y vio a alguien que conocía al otro lado del comedor, un compañero de clase con su pareja. Lane se irguió un poco en su silla y cambió su expresión de recelo y descontento generalizado por la de un hombre cuya novia se ha ido al lavabo, dejándole, como suele ocurrir, sin nada que hacer excepto fumar y parecer aburrido, o, de ser posible, atractivamente aburrido.

*Fragmento de Franny & Zooey (2003). Traducción Isabel de Juan.

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