Por Indira Kempis

No es un secreto reconocer que la vida rápida ha derivado en costos y beneficios como “arma de doble filo”. Por un lado, somos ferozmente veloces, aparentemente más eficientes y tenemos más tiempo de vida para realizar otras actividades. Pero por otro, nuestra exageración por la rapidez trae como consecuencia problemas que están afectando la calidad de esa vida. Tan sólo pensemos en la comida rápida y los estragos que provoca sobre nuestra salud. Eso por poner un ejemplo.

Lo mismo sucede con la movilidad en la ciudad y de muchas otras en el mundo. Es tan imperante la demanda de los traslados seguros como eficientes que las vialidades han dejado de ser la alternativa para liberar o solucionar el problema del tráfico. Aunque parece ilógico las pruebas son contundentes: no hay infraestructura que alcance para contener tantos traslados en vehículos particulares.

Hablemos de números. Si nos enfocamos en el caso de Monterrey, en donde se traslada casi un conductor (persona) por automóvil particular. Si somos 5 millones de habitantes entonces comprenderemos mejor por qué no hay avenidas que alcancen para disminuir  la congestión. 

Pero aunque no lo parezca, esa no es la raíz del problema, sino el uso excesivo del auto y la cantidad descomunal inevitablemente necesaria de traslados al día. Haga sus propias multiplicaciones y se dará cuenta que estamos en un laberinto que parece no tener respuesta contundente en la construcción de vialidades, carriles, estacionamientos y toda aquella obra pública destinada al automóvil. Entre más vialidades, más automóviles. La fórmula es sencilla.

Entonces, ¿nos quedamos sin soluciones? Porque a lo anterior, habría que sumar a la industria automotriz y los créditos bancarios que alimentan un sistema económico cuya pieza clave también es el automóvil. A esto también debemos sumarle la tradición aspiracional de tener uno en algún momento de la vida. Y si somos realistas, eso nos enseñaron desde la revolución industrial, así que será difícil deshacerse ante tal genética colectiva. Pero como esto se trata de sobrevivir, según Darwin, no se espante que no nos quedamos sin alternativas. 

Actualmente, ciudades que están previendo una serie de problemas derivados del uso excesivo del auto, han comenzado a desarrollar e implementar políticas públicas cuyo enfoque sustentable permita la vialidad de proyectos de escala humana que le den prioridad a otras formas de movilidad. 

Una de ellas tiene que ver con delimitar perímetros en donde podamos movernos caminando o en bicicleta, principalmente. A estas áreas se les conoce como “Zona 30”, en donde se debe circular a tal velocidad como máximo (30 kilómetros por hora), hacer obra pública de escala humana que permita las condiciones de infraestructura para un tránsito local, lento y accesible para los peatones.

Lo cual tampoco significa extinguir el uso del auto, pero sí reducirlo significativamente para dar paso a una combinación de otras formas de movilidad sustentable cuyos impactos benefician no sólo al medio ambiente, sino a la seguridad del tránsito e incluso crea otros sistemas económicos que no dependen del automóvil. En este último punto a favor, por ejemplo, un estudio en Londres hecho por la firma Walk21 arroja que las calles peatonales han incrementado las ventas del comercio local en 40 por ciento. 

De tal forma que una propuesta surgida desde el Laboratorio de Convivencia es hacer más áreas que generen esa otra movilidad en donde sea posible andar. Incluyendo, por supuesto, nuestro Barrio Antiguo. Áreas que nos permitan disfrutar del espacio para la convivencia y minimicen nuestras “terribles” ganas de ir a la tienda de la esquina en auto o que nos dejen exactamente en la puerta de entrada, ni un milímetro más ni menos (fomentando, además, nuestro sobrepeso).

Así como la comida. Transitamos de la rápida a la lenta… Igual el tráfico, del caos vial a la movilidad urbana sustentable y multimodal.

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