En donde morir sólo una vez es un lujo

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Por René Olivas Gástelum

Ilustración por Cristina Guerrero

En 1854, un hombre con la cara y la ropa manchadas de sangre llega a un pequeño pueblo de 90 habitantes en el norte de México. No genera confianza en nadie, pero convoca una audiencia con todos los pobladores de ese desértico lugar. Cuando ya la gran mayoría está reunida, el extraño pide que todo hombre y mujer que tengan un arma en casa lo sigan; necesita de su ayuda para eliminar una amenaza que, si crece, destruirá ese pueblo y muchos otros más.

Algunos de los habitantes del pueblo se ríen de su petición, así que el hombre ensangrentado les pregunta:

—¿Han encontrado muerto a alguno de sus conocidos recientemente?

Unos dejan de reírse. Rápidamente alguien menciona:

—Eso no prueba nada. La gente se muere todo el tiempo.

—No, eso no prueba nada, pero les puedo asegurar que… después de haberlo enterrado, encontraron su cuerpo otra vez… y otra vez. Seguro ya están cansados de enterrar seis veces al mismo hombre.

Los pocos que todavía reían, ya no lo hacen. El médico del pueblo es el único que se atreve a hablar.

—No son seis… Sólo son tres…y no los hemos enterrado.

Los habitantes llevan al hombre ensangrentado hacia una colina en donde hay un gran árbol. Muchos se mantienen al margen, alejados, y el recién llegado nota por qué: hay tres hombres colgados por el cuello de tres ramas distintas; se están empezando a pudrir. Lo más absurdo, sin embargo, es que los tres cuerpos son del mismo hombre.

La gente no quiere tocar los cuerpos —le explica el médico al foráneo—, dicen que están malditos. Yo atendí el parto de este hombre… No tenía un gemelo, así que no puede haber dos, y mucho menos tres.

El extranjero ensangrentado se voltea y levanta la voz para que todo el pueblo lo escuche:

—No sé exactamente a qué nos enfrentamos, pero esto que está sucediendo no va a parar. Y pronto estaremos todos muertos… si no me ayudan. Les repito: necesito que todo aquel que tenga un arma venga conmigo.

El miedo se empieza a apoderar de todos, mas el hombre ensangrentado logra organizarlos y sale del pueblo acompañado de un grupo de 25 personas, todas armadas, con dirección hacia el norte.

Pasaron seis meses. Las muertes sobrenaturales dejaron de suceder, y de aquellos 25 sólo volvió 1. El joven que regresó se llamaba Plutarco, de 22 años. A pesar de tener fama de hablador, nadie le escuchó decir palabra alguna desde su regreso; ni siquiera una frase, tampoco una sonrisa. La gente le preguntaba dónde había estado y qué había pasado con los demás. Nunca contestó.

Un día, finalmente, Plutarco se suicidó, pero dejó una nota: “Si todo esto vuelve a pasar, mátense antes de que los encuentre”.

***

 

Han pasado 160 años desde entonces. En un pueblo rural al sur de México, llamado Yodohino, una mujer de 35 años, de nombre Miriam, se encuentra curioseando entre baratijas en un bazar. Algo llama su atención: un espejo con marco que se parece demasiado a uno que ya tiene en casa. Por esta razón, lo compra.

Una vez que Miriam llega a su hogar, nota que el acabado de ambos espejos es idéntico. Como lo sospechaba, ambos fueron producidos como parte de una serie.

En ese momento llegan también a la casa el marido de Miriam, Ramón, de 45, y su hija de 12 años, Fabiola.

Miriam les presume su compra y Ramón le pregunta en dónde quiere que ponga el espejo. Ella entra en un ligero trance viendo los espejos y luego contesta “Ponlo aquí en la sala… justo frente al otro”.

La noche llega. Fabiola duerme. Es despertada por un ruido extraño proveniente de la sala. Con mucha precaución y miedo, baja las escaleras y empuja la puerta que da a la sala: ahí está Miriam, en pijama, parada en medio de la sala, con la luces apagadas y justo entre ambos espejos. Parece bajo un especie de trance.

Fabiola, con un poco de miedo y sin hacer mucho ruido, pregunta: “¿Mamá?”. Miriam la voltea a ver inmediatamente, pero su mirada es muy diferente: los ojos están blancos y parece que la piel se le ha empezado a pudrir. Fabiola corre asustada a despertar a su papá. Él se despabila y trata de calmar a su hija mientras bajan las escaleras.

Cuando ambos llegan a la sala, no hay nadie ahí. Ramón camina hacia el centro de la sala y encuentra algo que lo deja pálido. Justo donde estaba parada Miriam, hay un charco de sangre.

Ramón registra toda la casa llamando a gritos a su esposa, pero no la encuentra. Es entonces que todo el pueblo se pone en alerta y comienza la búsqueda de Miriam. Todos especulan acerca de lo que le pudo haber pasado.

A la mañana siguiente, encuentran el cuerpo sin vida de Miriam junto al río. Ramón y Fabiola lloran su pérdida, pero no pasa mucho tiempo antes de que suceda algo igual de extraño: un habitante afirma haber encontrado el cuerpo de Miriam en el monte.

Todos esperan que el cadáver del monte sea el de otra mujer asesinada, pero cuando bajan el cuerpo al pueblo descubren que, sí, se trata de Miriam.

Los habitantes juntan ambos cuerpos en la funeraria y se sorprenden al ver a dos Miriams muertas, una junto a la otra. Parece ser que ambas murieron por el ataque de una bestia salvaje. La única diferencia entra ambos cadáveres es que los golpes y rasgaduras están en diferentes zonas del cuerpo; cada una murió de manera diferente, pero atacada por la misma bestia.

Todo se vuelve surreal cuando los habitantes de Yodohino encuentran un tercer cuerpo de Miriam. El pueblo está sumergido en dudas, rumores y terror.

Esa noche, Fabiola está intentando dormir cuando escucha disparos a lo lejos. Tiene mucho miedo; suenan pasos afuera de su cuarto. La puerta se abre: es su papá. Le dice que no sabe qué está pasando, pero que todo va a estar bien. También le indica que debe esconderse debajo de la cama hasta que él vuelva. Fabiola se mete debajo de la cama y Ramón sale de la casa armado con una escopeta. Se siguen escuchando disparos, cada vez más cerca.

Fabiola vuelve a escuchar pasos afuera de su cuarto. Las pisadas se acercan. La puerta quedó lo suficientemente abierta como para ver un poco del exterior de la habitación. Estar debajo de la cama sólo le permite distinguir lo que está al nivel del piso. Los pasos se acercan, los disparos continúan a lo lejos y Fabiola tiene cada vez más miedo. Casi grita cuando finalmente aparecen unos pies en la entrada de la habitación, unos pies irreconocibles y en descomposición. Podrían ser de cualquiera, pero no… La piyama que se alcanza a ver sobre los pies es la de Miriam.

***

A la mañana siguiente, una camioneta llega a Yodohino. La conduce un hombre de Chilapa, un pueblo vecino. La camioneta atraviesa el pueblo, pero algo no anda bien. No hay personas en el pueblo. No hay personas en ningún lado. Él avanza con precaución por las calles. Hay una clara diferencia entre la tranquilidad habitual de estos pueblos rurales y esa escalofriante desolación.

Cuando llega a la plaza principal, el conductor no puede contener su miedo: los cuerpos de varios habitantes cuelgan del alambrado público. El hombre da vuelta en su camioneta y huye tan rápido como puede.

Una hora más tarde, el hombre llega a Chilapa y cuenta a todos lo que vio en

Yodohino. La gente entra en desesperación. Un hombre llamado Ramiro, de 34 años, y su amigo Demetrio, de 33, logran calmar a la gente y establecer un plan de acción: todos los conozcan a alguien en Yodohino deben marcarle a sus conocidos para ver si alguien contesta.

La gente comienza a marcar. Al principio nadie contesta y el miedo en Chilapa aumenta, pero luego sucede algo inesperado. Las personas en Yodohino comienzan a contestar y a decir que todo está bien. Sus voces se escuchan extrañas, un poco distorsionadas a veces.

Es evidente que algo no está nada bien cuando uno de los pobladores dice que acaba de hablar con su primo Eduardo por el teléfono.

—Yo conozco a Eduardo —dice el conductor, con voz trémula—… y les juro que él era uno de los hombres que estaban colgados en la plaza principal.

El caos vuelve a sembrarse entre la gente. Ramiro y Demetrio logran imponer orden y entre todos se ponen de acuerdo en mandar tres camionetas llenas de hombres armados a Yodohino para investigar. Si la situación es muy crítica, uno de ellos llamará por celular a Chilapa para decirles que vayan a pedir apoyo del ejército, una medida desesperada considerando los abusos de autoridad que los uniformados han realizado en esos pequeños poblados.

Finalmente se junta un grupo de 15 hombres armados, entre los cuales están Ramiro y Demetrio. A pesar de la lenta organización, el grupo logra salir antes de las 2:00PM con dirección hacia Yodohino. Una hora más tarde, las tres camionetas llegan a su destino. Nada ha cambiado desde la visita del conductor. El pueblo sigue igual de abandonado.

Las camionetas avanzan con precaución por la calle principal. Hay algo desolador y aterrador en el acto de caminar por un pueblo muerto. Ni siquiera se escuchan ladridos de perros a lo lejos. El viento y los motores de las camionetas son lo único que suena. Una pared llama la atención del grupo: tiene grandes manchas de sangre.

Cuando llegan a la plaza principal, los hombres encuentran cuatro cuerpos colgados del alambrado público: uno en cada esquina de la plaza. El grupo nota algo que el conductor pasó por alto por huir tan aprisa: los cuatro cuerpos son del mismo hombre. Ramiro y sus compañeros están perplejos, pero eso no les impide bajar los cadáveres por respeto.

El sonar de un teléfono sobresalta a los hombres. Viene de dentro de una casa. Ramiro checa la puerta de la misma y ve que está abierta. Se mete. Cruza la casa desolada hasta llegar al teléfono. Contesta. Del otro lado de la línea hay una persona que le pide hablar con una tal Mariana, la señora de la casa. Ramiro le explica que no hay nadie, a lo que la persona en el teléfono le contesta:

—¿Cómo no va a estar ahí? Acabo de hablar con ella hace un momento. Sólo olvidé mencionarle algo, por eso le volví a llamar.

La piel de Ramiro se eriza cuando, todavía con el teléfono en la mano, ve una mancha de sangre en una habitación aledaña. Con mucho miedo, entra para encontrar los cuerpos sin vida de dos mujeres exactamente idénticas. Sus compañeros también entran a la casa y uno de ellos reconoce a la mujer repetida: es Mariana.

Una vez afuera, los hombres deciden que esto es más extraño de lo que esperaban, por lo que deciden llamar a Chilapa para pedir ayuda del ejército. Pero nadie consigue señal en sus celulares, ni en los teléfonos de las casas.

Están a punto de regresar a Chilapa cuando escuchan otro ruido dentro de una casa grande: se trata del hogar de Miriam, Ramón y Fabiola. Los hombres entran a la casa. Una vez dentro, en la sala, encuentran uno de los dos espejo; el otro ha desaparecido. Escuchan que algo se mueve en el piso superior de la casa. Demetrio se dirige lentamente a investigar los misteriosos ruidos, abrumado por el temor a lo que pueda encontrar.

El ruido proviene de un clóset, así que Demetrio se acerca con su escopeta. Las manos le tiemblan, pero aún así logra abrir la puerta. Adentro está Fabiola, con las ropas manchadas de sangre que no es suya.

Ramiro, Demetrio y los demás le preguntan a Fabiola si sabe lo que sucedió en el pueblo, pero ella no contesta. En sus mirada es evidente que ha visto cosas que no debería ver una niña… o un adulto… o nadie.

Los hombres debaten entre ellos acerca de lo que deben hacer, pero son interrumpidos por las primeras palabras que escuchan de boca de Fabiola:

—Tenemos que irnos antes de que regresen.

Para muchos de los hombres, ese comentario es un indicador de que deben irse y, una vez en Chilapa, pedir ayuda del ejército. Sin embargo, cuando salen de la casa, Ramiro y los hombres descubren que los motores de las tres camionetas han sido destruidos. Y no sólo eso: los cuatro cuerpos de la plaza han desaparecido. Ramiro va a revisar el resto de los coches del pueblo, pero todos los motores han sido destruidos. Por el momento no hay forma de salir. Y está anocheciendo.

Los hombres analizan sus posibilidades. En Chilapa no tardarán en darse cuenta de que algo no está bien y mandarán al ejército. Ellos sólo deben atrincherarse en algún lugar, y deciden que el mejor lugar para hacerlo es la casa de Fabiola; es grande, de dos pisos, y sólo tiene una entrada a través de un patio bien iluminado por un farol. Si una amenaza se acerca, ellos podrán dispararle antes de que llegue a la casa.

El sol se empieza a ocultar y Fabiola, al ver esto, se asusta e intenta de huir. Uno de los hombres la detiene. Todos se dedican a fortificar la casa y toman puestos estratégicos para disparar hacia la entrada por si algo se acerca.

El silencio y la noche se apoderan del pueblo. Hay luna nueva, por lo que la oscuridad allá afuera es total. Pasan algunas horas y no sucede nada. Los hombres continúan probando, pero los teléfonos siguen sin funcionar.

Ramiro está a punto de quedarse dormido cuando escucha un grito que viene de fuera. Es Demetrio.

—¡Ramiro, ven! ¡Algo se acerca!

Ramiro toma su rifle, sale y se acomoda con los demás, listo para disparar.

A lo lejos se escuchan unos gritos desgarradores que se van acercando por el pueblo. Lo que sea que se aproxima, ya está muy cerca de la casa. Se trata de varias “cosas”, y se mueven rápidamente.

Todos los hombres tienen el dedo en el gatillo cuando el farol del patio ilumina aquellas cosas: son seis pobladores de Yodohino. Venían corriendo como bestias, pero en el momento en el que entraron a la luz de farol, disminuyeron la velocidad y se detuvieron.

Ramiro y los hombres, con mucha precaución, salen de la casa para encontrarse con los habitantes (cuatro mujeres y dos hombres). No hablan, tienen la mirada perdida. Fabiola parece tener miedo de ellos.

—La oscuridad los cambia. Que no salgan de la luz —le advierte a Ramiro.

Algo no está bien con ellos. Aparte de todo lo mencionado, cuando cruzan frente a un espejo, no hay reflejo. Ramiro se toma muy en serio todo lo que le dice Fabiola y hace un pequeño experimento: amarra con sábanas a uno de los habitantes en un cuarto, se mete él sólo con una linterna… y apaga la luz. Inmediatamente, el habitante comienza a hacer ruidos muy extraños y a moverse con violencia. Ramiro prende rápidamente la linterna y la apunta hacia la persona, la cual no parece tener nada extraño. Sin embargo, las ataduras casi han sido destruidas. El habitante es transformado por la oscuridad en “algo” que tiene una fuerza impresionante. Ramiro prende la luz y sale corriendo de la habitación para advertir a los otros.

En otra habitación, cuatro de los hombres de Chilapa se encuentran molestando a una joven muy bella que estaba entre los habitantes que llegaron a la casa. Un hombre comienza a decirle piropos y a insinuar que quisiera tener sexo con ella. Ella está ida, como todos los que llegaron.

—Quizá te gustaría que apaguemos la luz para que no te de pena —dice el hombre de Chilapa y apaga el interruptor de la luz…

Lo que se escucha a continuación dentro de aquella oscuridad es horrible. Se entremezclan unos gruñidos desgarradores y los gritos de los cuatro hombres. Ramiro llega corriendo y prende la luz. Sus ojos se abren de par en par ante la terrible imagen que hay frente a él: la joven bella se encuentra ida nuevamente en el centro de la habitación, su boca manchada de sangre. Los cuatro hombres de Chilapa están muertos, sus cadáveres en distintos lugares de la habitación; la sangre ha manchado las paredes. Ahora sólo quedan 11 hombres y Fabiola.

Rápidamente llegan todos los demás, alarmados por los gritos. Demetrio enfurece, saca su revólver y mata a la joven bella. Ramiro le reprocha esta reacción impulsiva, pero, muy dentro de sí, sabe que ella ya no era un ser humano.

Ramiro decide hacer otro experimento, ya que tienen el cuerpo de la joven. Apaga la luz y acerca su mano lentamente hacia el lugar en donde está el rostro de la joven. Una vez que lo toca, prende rápidamente la luz… Hay terror en sus ojos.

—No sé qué demonios hay ahí, pero eso ya no es un rostro cuando apago la luz. Es un orificio con dientes.

Todos están de acuerdo en que deben matar a todos los habitantes que se aparecieron frente a la casa, así que los llevan a una habitación y los alinean para dispararles. Antes de dispararle a cada uno, le dicen: “Si eres humano, di algo”. Todos siguen idos, con la mirada perdida, y no reaccionan ante el arma.

Uno a uno les van disparando hasta que sólo queda una mujer mayor de cabello canoso. Le dicen nuevamente: “Si eres humano, di algo”. La anciana, para sorpresa de todos, sonríe de oreja a oreja, se agacha, toma un poco de la sangre de los otros habitantes que quedó en el piso y se dirige a la pared. Con la sangre, escribe sobre ella: “SI LA MATAN, LLEGARÉ MÁS RÁPIDO”. Cuando termina de escribir, vuelve a quedarse inmóvil, pero con aquella sonrisa aún prendida al rostro.

Los 11 hombres dejan a la mujer vieja y se van a otra habitación en donde discuten si deben matarla. El miedo hace estragos en algunos de ellos. Acuden a Fabiola y le preguntan qué fue lo que le pasó a los demás habitantes. Ella les cuenta que todo lo malo empezó a suceder cuando ambos espejos se juntaron y fueron colocados frente a frente. Les dice que algo salió de los espejos, que se abrió como un portal.

—¿En dónde está el otro espejo?”, le pregunta Ramiro al ver que sólo hay uno en la sala.

—En otra casa. Yo me lo llevé.

Fabiola y comienza a llorar, y Ramiro no entiende por qué. Finalmente, ella le explica.

—Mi papá me gritó que me lo llevara…mientras esas cosas se lo comían…

—¿Dices que los espejos fueron colocados frente a frente? —pregunta Demetrio con entendimiento iluminándole los ojos.

Fabiola asiente con la cabeza. Demetrio les explica a todos el efecto de infinito que se genera cuando dos espejos son puestos uno frente al otro.

—Eso podría explicar por qué estamos encontrando varias veces el mismo cuerpo de una persona: son los reflejos. Lo que sea que haya cruzado a este mundo se alimenta de los reflejos.

Demetrio alinea otros dos espejos que hay en la casa para explicar su punto. Los hombres ven cómo la luz se va perdiendo en el infinito hasta llegar a la oscuridad. Tal vez los “habitantes” que llegaron a la casa provienen de esa oscuridad. Son nuestros reflejos más oscuros. Por eso la luz los detiene… no es su hábitat. Uno de los espejos, por sí sólo, no es capaz de hacer nada malo, pero los dos juntos abren una ventana a un infierno.

Los hombres se ponen de acuerdo en que deben hacer dos cosas. La primera es destruir el espejo y la segunda es conseguir luces grandes y baterías para no depender del alambrado público. Si la luz de la casa es cortada, no habría nada que los proteja.

Ramiro golpea el espejo con la culata de su rifle, pero éste no se quiebra. Todos los demás lo intentan, pero el resultado es el mismo. Incluso le echan gasolina y lo prenden, mas el fuego tampoco le hace nada.

Los hombres, resignados, se disponen a conseguir las luces primero. Dos grupos de tres personas se dirigen a lugares que podrían tener lámparas y luces con baterías: un almacén y una tienda. Antes de salir, encuentran unos radios. Cada grupo se lleva uno y los que se quedan en la casa conservan otro. Ramiro y Demetrio van en el grupo del almacén.

Mientras van caminando por el pueblo, los hombres notan que en varias paredes de las casas está pintado con sangre “3:43”. La sangre está fresca. Ellos no saben si se trata de una hora, pero están de acuerdo en que deben de estar preparados. Seguramente algo pasará cuando el reloj marque esa hora. Son las 2:21AM.

El otro grupo llega a la tienda y comienzan a recolectar todo lo que pueda servir. A los pocos minutos escuchan un sonido escalofriante que no habían escuchado antes. Cierran las puertas rápidamente y prenden la mayor cantidad de luces con baterías que pueden encontrar. Por lo menos así estarán a salvo de los habitantes. Sin embargo, esta vez hay algo diferente…

El grupo de la tienda pide ayuda a los demás por el radio. Ramiro decide ir a ayudarlos, a pesar de que Demetrio le dice que no lo haga. Éste último regresa a la base con lo que recolectaron en el almacén.

Ramiro, armado sólo con un rifle, una linterna y el radio, llega a la calle en la que está la tienda, la cual se ve a lo lejos. Hay luces en el interior del edificio, pero en el exterior hay varios habitantes parados, idos; parecen estar esperando a que pase algo. Ramiro se esconde; sabe que no podría defenderse con una linterna si lo ven.

El grupo de la tienda continúa pidiendo ayuda: afuera se escuchan sonidos guturales muy extraños, mucho más graves que todo lo que habían escuchado. Fabiola escucha estos sonidos desde la casa y les pide que la dejen hablar por el radio con Ramiro y el grupo de la tienda. Ella es muy insistente y consigue que le den el radio para hablar.

—¡Eso que está allá afuera es lo que salió del espejo y no la va a detener la luz! ¡¡Corran!!

Las palabras petrifican a Ramiro y a los demás. En ese momento, algo abre la puerta de la tienda a la fuerza y los hombres adentro empiezan a disparar, aunque ni ellos distinguen exactamente a qué. Ramiro escucha con impotencia los gritos de sus compañeros por el radio. Las luces dentro de la tienda se apagan, por lo que los habitantes parados afuera de la misma quedan en medio de la oscuridad. Ahora sólo quedan ocho hombres y Fabiola.

Ramiro corre lo más rápido que puede de vuelta a la base. Una calle, otra más. Cada vez está más cerca, pero algo lo persigue. Algo le sigue los talones muy de cerca cuando da la vuelta a una esquina y… ¡La base está a la vista!

Ramiro corre y corre por su vida. Ya sólo está a unos metros de entrar en el espacio iluminado por la luz externa de la casa.

Algo salta sobre su espalda y lo derriba. Es uno de los habitantes, hambriento. La velocidad a la que iban hace que ambos cuerpos rueden hasta quedar bajo una de las luces de la calle. El habitante se torna inofensivo y Ramiro toma su rifle, que quedó tirado a unos metros, y le dispara a la criatura.

Ramiro entra a la base y se dirige a hablar con Fabiola.

—¿Qué demonios es eso que mató al grupo de la tienda?

—Creo que es lo que salió de los espejos —contesta Fabiola, cediendo a la presión de Ramiro.

—Las luces que trajimos nos pondrán a salvo de los habitantes —le dice Ramiro a todos sus compañeros—, pero tenemos que matar a esa cosa para sobrevivir, porque la luz no la va a detener”.

—Dispararle no le va a hacer nada —advierte Fabiola—. Ya lo intentaron.

Después de discutir arduamente lo que deben hacer, Ramiro propone el único plan funcional:

—¿Y si abrimos el portal de nuevo y logramos que esa cosa entre?

A nadie se le ocurre un mejor plan, por lo que se ponen en movimiento. Necesitan el segundo espejo.

Ramiro, Demetrio y otro hombre llamado Leonel siguen a Fabiola, quien les indica el camino hacia el escondite del segundo espejo. Mientras tanto, los demás se quedan en la base. Son las 3:13AM. Falta media hora…

El grupo de Ramiro llega a una casa abandonada. Fabiola los guía hasta el sótano. Justo cuando alcanzan a divisar la orilla del espejo escondido entre las cosas, algo ataca a Leonel, quien se había quedado rezagado en otra habitación. Cuando los demás suben del sótano, encuentran el cuerpo sin vida de Leonel. Se ponen en alerta. Lo que sea que lo mató está cerca, en la oscuridad que los rodea.

Súbitamente, algo golpea a Demetrio con una fuerza sobrenatural y lo avienta contra una pared. Después de impactar con la misma, Demetrio cae al suelo. Eso que lo atacó se dispone a acabar con él. Ramiro gira su linterna justo a tiempo para revelar el rostro de un habitante que está a cinco centímetros del de Demetrio. El habitante está ido, como los otros pobladores, y con la boca abierta. En lo que sea que se transformen los habitantes en la oscuridad, eso estaba a punto de devorarle el rostro a Demetrio.

Ramiro le dispara al habitante en la cabeza y luego evalúa los daños. Demetrio no se puede mover porque se rompió una pierna con el golpe. Ramiro y Fabiola tendrían que dejarlo para volver, pero deciden no hacerlo.

Ramiro mira su reloj: son las 3:40AM. ¿Qué sucederá en tres minutos?

El grupo que se quedó en la base escucha sonidos en el exterior. Salen y ven que hay más de 25 pobladores en el área de la luz afuera de la casa. Todos están idos y parecen esperar algo. Los hombres están nerviosos, pero no hay peligro mientras haya luz. Sin embargo…

Escuchan un sonido gutural muy grave, el mismo que escucharon por el radio cuando el grupo de la tienda estaba atrapado. La luz ya no puede salvarlos.

De la oscuridad emerge Miriam, o algo que antes era Miriam. Donde habían ojos ahora sólo hay una cuencas oscuras. Ella sonríe y ya no hay dientes, sólo oscuridad en su boca. Lo que sea en lo que se ha convertido, la luz no la detiene como a los demás.

Los cinco hombres están viendo todo esto y no se dan cuenta de que el reloj marca las 3:42AM. La mujer vieja y canosa que tenían encerrada en una habitación vuelve a sonreír mientras el segundero del reloj se acerca a completar un ciclo.

Justo cuando el reloj cambia al siguiente minuto, se materializa su temor más grande: la luz eléctrica se va. Lo que se escucha a continuación es horrible. Todas las bestias están entrando a la casa, y sólo unas luces de batería permanecen encendidas. En cuestión de segundos, los cinco sobrevivientes son asesinados. El último cae a manos de la mujer canosa.

Ahora sólo quedan Ramiro, Demetrio y Fabiola, quienes escuchan los disparos a lo lejos. Ramiro se aventura a acercarse a la base, pero ya no hay luces encendidas; no hay esperanza de que alguien quede vivo.

Con Ramiro de vuelta, los tres analizan su situación susurrando y con la luz apagada para que los habitantes no los encuentren… tan rápido. No pueden escapar a pie, los habitantes los matarían. Sobrevivir hasta el amanecer sería lo más prudente, pero ni siquiera la luz del amanecer los puede proteger. Además, ¿qué probabilidad hay de sobrevivir tres horas en esa situación? Ramiro sugiere que la mejor posibilidad de sobrevivir sigue siendo hacer que Miriam entre de nuevo al portal de los dos espejos. Demetrio pierde la fe de destruir a la cosa.

—Ni siquiera sabemos qué es, ni cómo se ve.

Ramiro voltea a ver a Fabiola, como pidiéndole que les diga cómo se ve ese demonio. Fabiola tarda unos segundos en abrirse con ellos.

—Esa cosa es mi…parece mi mamá. Fue la primera y esa cosa entró en su cuerpo.

Demetrio hace notar que no pueden abrir el portal mientras el primer espejo esté siendo vigilado por los habitantes, pero que él les puede ayudar a crear una distracción. A final de cuentas, no puede caminar hasta la base con su pierna rota.

Todos saben que esa distracción es única alternativa, por lo que Ramiro se despide de su amigo y se lleva a Fabiola. Demetrio espera a que ellos se acerquen a la base con el espejo y luego enciende una grabadora con el volumen al máximo. La música de Juan Gabriel llama la atención de los habitantes y de Miriam, por lo que abandonan la casa para ir en dirección del ruido. Demetrio se intenta alejar lo más que puede de la grabadora antes de que lleguen los habitantes. Se alcanza a meter en un clóset de una casa. A lo lejos escucha que unos pasos se acercan a la grabadora y ésta deja de sonar. Pasa un momento, parece que el peligro se ha ido…. La puerta del clóset se abre.

La distracción le da suficiente tiempo a Ramiro y Fabiola de llegar a la base, adentrarse en la sala y prender dos luces de trabajo que funciona con pilas externas. Ramiro cuelga el segundo espejo frente al otro y una mala vibra se empieza a sentir en la habitación. Ramiro entra en trance mirando al infinito. Extiende un brazo para intentar de tocar el vidrio, pero ya no hay vidrio y su mano se adentra en el marco. El portal está abierto. El trance continúa, pero un grito de Fabiola lo devuelve a la realidad.

Han llegado los habitantes, quienes quedan petrificados al contacto con la luz. Momentos después llega Miriam, con la sangre de Demetrio aún en la boca. Fabiola mira a su madre, todavía con esperanza de que la verdadera Miriam regrese. Sin embargo, esa esperanza se esfuma cuando Miriam grita con una voz diabólica y se dirige hacia su hija para matarla. Ramiro sabe que se tiene que sacrificar atrayendo a Miriam al portal. Al menos así Fabiola podrá sobrevivir.

Ramiro le dispara a Miriam en el pecho para atraer su atención y lo logra. Cuando él se gira para adentrarse en uno de los espejos, una mano se posa en su hombro… una mano proveniente del interior del espejo. Es la mano de su propio reflejo, el cual ha cobrado vida propia. Ahora hay dos Ramiros.

Con una sola mirada hacia los ojos de su reflejo, Ramiro entiende lo que debe hacer y corre hacia Fabiola para ponerla a salvo. El Ramiro dentro del espejo también tiene un rifle y le dispara a Miriam, la cual se adentra de un salto en el espejo. De un solo movimiento, Miriam le corta la cabeza al Ramiro dentro del espejo mientras el Ramiro original logra empujar uno de los espejos, el cual se cae y provoca que el portal se cierre. Miriam ha quedado atrapada adentro.

El espejo, al caer, desconecta una de las dos lámparas de trabajo y ambos espejos quedan en la oscuridad. Los habitantes se abalanzan rápidamente sobre el área que quedó oscura, por lo que Ramiro sólo logra tomar uno de los espejos antes de aventarse para entrar en la luz de la última lámpara de trabajo. Uno de los habitantes casi lo atrapa.

Fabiola y Ramiro, con uno de los espejos bajo el brazo, se atrincheran contra la pared. Los habitantes se acercan, pero la luz los vuelve inofensivos. Pronto amanecerá, mas no saben si la pila de la lámpara de trabajo pueda aguantar. Sólo les queda rezar.

Poco a poco llega la mañana y la batería apenas logra aguantar. Están a salvo. Ramiro mata a los habitantes que quedaron petrificados en la sala por la luz del día, pero luego nota con desesperación que el otro espejo, el que no alcanzó a tomar, ha desaparecido. Algún habitante debió de habérselo llevado.

Ramiro y Fabiola buscan el espejo que les falta. Pronto se dan cuenta de que deben de llegar caminando a Chilapa… y deben hacerlo mientras haya luz de día. La prioridad es que los espejos no se vuelvan a encontrar.

Ramiro se sorprende cuando ve que él ya no tiene reflejo en ningún espejo. Todo tiene sentido: a final de cuentas su reflejo murió a manos de Miriam.

Después de todo lo ocurrido, Ramiro se va de la región para siempre, llevándose a Fabiola para criarla muy lejos. Apenas alcanza a despedirse de sus familiares y amigos en Chilapa. Teme que los habitantes que quedaron vivos lo vayan a buscar a su pueblo, ya que sólo está a una hora de distancia en automóvil.

Ramiro y Fabiola nunca volvieron a ver el otro espejo. Para Ramiro, lo único que queda por hacer es esconder lo mejor que pueda el espejo que está en su posesión. Es así que él lo lleva a altamar y lo tira, esperando que nunca más se vuelvan a encontrar esas dos espejos forjadas por el diablo. Esta parece ser una solución permanente…

***

160 años antes, Plutarco tuvo la misma idea que Ramiro. Tomó ambos espejos y los separó lo más que pudo. Colocó uno de ellos en el fondo de una mina abandonada y llevó el otro al mar para tirarlo.

No importa cuánto se esfuerce uno, parece que los espejos encontrarán la manera de reunirse de nuevo. Es sólo cuestión de tiempo para que el portal quede abierto el tiempo suficiente para que la humanidad perezca.

Años después, Ramiro murió a manos un supersticioso que lo creía vampiro o demonio por no tener un reflejo. Ramiro murió en paz porque su propósito en la vida era separar esos dos espejos. Y lo logró… Al menos por un tiempo.

*Este texto fue finalista del Premio Bengala-UANL 2014 cuyo jurado estuvo conformado por Jorge Miche Grau, Guillermo Quijas, Andrés Clariond y Carol Pires.

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