En los teclados, su amigo Julio; en el bajo, Javier Medina; en la guitarra, ‘El Cuervo’; en la batería, ‘El Toro’; en la tumbas ‘El Williams’… Y nosotros somos LAS CHINCHES BRAVAS. Le damos las gracias. Buenas noches, hasta luego”.

Así dijeron cuando, según ellos, era momento de abandonar el lugar. “¡Al fin!”, gritaban los invitados, y es que ya llevaban tres tandas con las mismas seis canciones. Alguien les había dicho que ya, que compusieran sus propios temas, así alargarían sus presentaciones, pero ellos no se atrevían. Como que en México pegan más los covers, se justificaban. Bueno, entonces copien más canciones. En eso estamos, pero el exhausto trabajo no nos deja. Quién sabe si se referían a su empleo principal o al de ser músicos. Yo creo que al segundo, porque se veían muy profesionales acarreando sus instrumentos en el Renault 5 que usaban como transporte en las giras, y también por los aditamentos que utilizaban para instalarlos en el escenario, que regularmente era el área de lavadero-tendederos y baños de la vecindad de la fiesta que iban a amenizar.

Fíjese usted: los teclados descansaban en un tambo de 200 litros, vacío y volteado de cabeza; no vaya a ser que se caigan al vacío en el mero solo de pianito de Lilly-Ledi. A los bongos del Willy les ponían piedras en las bases para nivelarlos, porque de tanto sabor que les ponía el negro al aporrear el cuero, ya no tenían sus patitas plateadas que tanto hacían juego con el traje de pachuco negro rayado y esos lentes de mosca caquera con bordes igual de plateados que eran la gran atracción (¡¡¡Zihua caballero!!!). La batería del Toro la armaba él mismo al banco donde se sentaba a aporrearla, porque de tanto golpe en la tarola, los tambores y en el bombo hacían que se fuera recorriendo hacia delante, avanzando como 20 centímetros, por lo que este cuate se levantaba a regresarla a su lugar entre cada canción. Además gastaba tanto las baquetas que daba miedo; siempre las degollaba o astillaba porque se sentía muy bataco speed metal hardcore, y ya no le digo lo demás.

Pero sí le digo que lo hacían por amor a la música porque no recibían retribución alguna por sus presentaciones. En serio. Bueno, a veces alcanzaban un plato de pastel o de molito. También solían ayudar a empujar el carro que se quedaba sin corriente, cambiaban llantas o echaban mecánica en algún auto de los invitados al que se le hubieran flameado lo platinos, porque esa era su verdadera ocupación: todos trabajaban en un taller mecánico. De ahí sus influencias musicales, las cuales estaban bien definidas. Por ejemplo, al buen Julio le encantaban las baladas setenteras: Bukis, Yonic’s, Los Gatos Negros y el rock jipiteca post-Avándaro; al Williams los danzones y sones cubanos; al Medina, que era rupestre, la trova y la música de protesta; al Cuervo el rock pop noventero, como Caifanes, Maná y Héroes del Silencio; y al buen Toro pues el rock y otras rolas. Entonces, a la hora de decidir qué tocar, ahí entraba la opinión siempre democrática de cada uno, que era escuchada y probada y al final pues no se llegaba a nada.

Su cuarto de ensayo era la bodega del taller, donde cada día, después de las labores cotidianas, se ponían a practicar, teniendo como público a sus fans incondicionales: dos que tres gatos y uno que otro borrachito. Esos eran los sonidos que mostraban a la gente todos los viernes y sábados en las fiestas donde los contrataban (generalmente los mismos cuates de la chamba, o amistades). De ahí salía el track list, cuyo orden generalmente no era respetado. Iniciaban sus toquines con la canción “Chicharrón”, su única composición propia, que era puro “chichaaarron, chicharron”, y así se la llevaban toda la canción. Luego arrancaban inmediatamente con “Sergio el bailador”, haciendo gritar a la concurrencia. De ahí seguían “La indiecita”, “Mírenla”, “El golpe traidor”, “La puerta negra”, “Tengo miedo”, “Tu cárcel”, “La negra Tomasa”, “Guitarras blancas” (para la chaviza), “El baile del caballito”, “La culebra” (para la bailadera) y así, ¡ajúa!

También se aventaban sus jams. Una vez yo los escuché fusionar “Las clases del Cha, cha, cha” con el “Oye como va” de Carlos Santana, y les juro que todos se pararon a bailar, dejando sus cubas adulteradas en la mesa que hasta se les hizo nata del tiempo que duró el remix, y los musicazos mirando satisfechos, con el cogote seco y los dedos adormecidos del gran éxito, por lo que siguieron intentando más. También una vez tocaron “Twist and Shout” y “Kansas city” de Los Beatles; “Satisfacción” (sexifashion), “Can’t you hear me knocking?” (ecos de mi onda) de los Rolin’; “Gloria” de los Doors (esa se la aventaba el Toro, dejándole el banquillo al Willly); y (¡ufff!) “Simpatía por el Diablo”, versión instrumental puro “uh, uh” “uh, uh”, y hasta los chavos banda le cayeron a la fiesta con esa gran clase y finura que les caracterizaba para entrar a algún lugar sin que se les invitara. Al final, después del gran susto e incertidumbre provocados a los invitados, se retiraron tranquilos dando uno que otro abrazo a la concurrencia. “Han domado a la bestia”, alguien decía, pero nada, sólo se llevaron las cervezas asoleadas que estaban en el medio tambo con agua cerca de las macetas.

One, two, tripas, gritaba el vocalista antes de cada canción, aunque el vocalista eran todos porque no todos se sabían las canciones. Y de plano, cuando alguien del respetable, ya borracho, les gritaba que tocaran una de sus favoritas, le respondían “Pus súbase usted a cantar” y lo hacían. Entonces había que improvisar porque para eso también eran buenísimos. Julito sacaba el ritmo con el pianito de plástico y el Toro se acoplaba con los tambores y cubetas y les marcaba el camino a los demás y por ahí se iban y eso les salvaba la vida muchas veces. Eso quizá se convertirá en lo que hoy es un karaoke, ya que no existen registros de desde cuándo existe, aunque yo creo que era más bien un “kreo ki no me la se siñor”.

Sí, yo los vi levantarse, vivir su éxito, pero también los vi caer como todos los grupos famosos. Cuando “el Pitufo”, verdadero dueño de los instrumentos, se los quitó porque no lo dejaban tocar, y mucho menos lo invitaban al tour, porque nomás no sabía tocar ni la puerta, carajo. Pero bueno, el sueño duró poco y se terminó. Aunque grabaron unos cassetes que nunca repartieron porque no tenían la tecnología que hoy existe para duplicarlos. Sólo algunos fueron los afortunados que quizá los tengan por ahí, y hoy se cotizan muy alto en E-bay (¡chale wey!).

Después apareció otro grupo influenciado por Las Chinches. Querían emular el gran éxito y también (¿cómo no?) superarlo, pero tocaban tan bien que al rato querían cobrar por presentación. A esos nadie los peló. Toda la gente quería a Las Bravuconas, pero ya no había instrumentos, ni emoción; la maquina se desbieló. Sólo quedan los recuerdos de aquella vez que fueron casi famosos.

Ahora que recorro esas avenidas del Estado de México y percibo los olores a caño del río que atraviesa la mayoría de las colonias enclavadas en esos suburbios de Zomeyucan, el Molinito, la Cañada, Rio Hondo, Independencia, “el Country”, La Mancha y otras no menos conocidas por donde pasó su espectáculo freak, llevándolo a altos niveles, ya que son puros cerros por allá, aún tengo en la mente aquellos acordes que sonaban con dispar alegría, los cuales se pierden con el viento y son llevados por las aguas del Rio Lerma… Y puedo decir con orgullo que yo conocí a LAS CHINCHES BRAVAS, aunque ya nadie se acuerde de ellos. Qué triste ¿no?

Por Alex Fulanowsky

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