Por Camilo Ruiz

La portada de la revista Time desató una justificada ola de críticas y sarcasmos que sorprendió al tristemente famoso autor de SavingMexico”, Michael Crowley. La reacción de tuiteros, comentaristas, etc., expresa, ante todo, la desconfianza de buena parte de la sociedad mexicana hacia los posibles resultados del proyecto “reformador” de Peña Nieto y el PRI.

Pero hay que ser justos hacia el articulista de Time: el texto no es una simple hagiografía del presidente mexicano, ni un halago acrítico de su gestión. El problema de éste no es la posible falta de críticas, sino la narrativa en la que éstas se inscriben. Guardando las normas (completamente inútiles) de la objetividad y la neutralidad, Time consigue hacer de la administración priísta una narrativa lineal con dos posibles polos: o el gobierno logra sacar adelante las reformas y modernizar al país, o la corrupción y la falta de voluntad política lo dejarán anclado en su pasado (es decir, nuestro presente) de corrupción, ineficiencia, pobreza y crimen.

La respuesta tácita de la izquierda a esta narrativa ha sido la de asumir que por supuesto que las reformas de Peña Nieto no van a servir para nada y dejarán al país en un estado más lamentable que el de 2012. Propongo un pequeño ejercicio de especulación realista por fuera de estas dos opciones, que son en realidad dos caras de la misma moneda.

Keynes decía que lo inevitable no se produce nunca y que lo que siempre termina por suceder es lo imprevisto. El principal peligro para el país no es que las reformas de Peña Nieto fracasen, sino que Time tenga razón: que éstas funcionen (o que la economía se siga moviendo a pesar de ellas), que se creen algunos cientos de miles de empleos al año y que el PRI se abandere como el heraldo de un tibio renacimiento económico. Hay que enfrentarse con ese fantasma que susurra que la administración priísta es mucho más astuta y racional de lo que su torpe representante ejecutivo la hace parecer, y que detrás de su accionar hay un equilibrio peligroso pero no imposible entre clientelismo, pragmatismo económico, cierta redistribucióny golpes mediáticos.

Pero requiere lo inverso de aquéllos que creen que la reforma energética va a dinamizar el sector petrolero, la hacendaria va a incrementar la redistribución, etc. ¿Qué si no funcionan? La otra opción no es que el país recaiga en el estancamiento sangriento que fue el calderonismo. Se abre una tercera vía, imprevista por definición, entre la teleología imperialista de la modernidad priísta y el fracaso total de tales reformas.

Lo que las narrativas de modernización nunca toman en cuenta (y con esto no me refiero sólo al ingenuo artículo de Time, sino también a las previsiones de crecimiento económico, como la de Goldman Sachs, que dice que en 2050 México será la quinta economía más grande del mundo) es que las clases sociales son factores de cambio histórico: por sus proyectos políticos, por el éxito de éstos y también por su inacción. El primer acto de esta obra ha visto la ofensiva, hasta cierto punto exitosa, de una facción de la burguesía que logra ponerse de acuerdo entre sus tres principales organizaciones para sacar adelante una sorprendente tanda de reformas en donde —y esto es esencial— ésta en tanto que clase entiende que para poder mantener al sistema habrá que limar sus peores partes, o por lo menos maquillarlas bien. Pero es un primer acto en donde surge un actor imprevisible del que hemos hablado antes: el armamento popular en varios estados, en primer lugar Michoacán. Habrá que ver si en el segundo acto estos personajes toman las riendas.

Un pasaje del artículo de Time me recordó una cosa. Crowley dice que hasta los más recalcitrantes oponentes de Peña Nieto tienen que admitir que la cantidad (y la importancia) de leyes y cambios constitucionales aprobados por las cámaras en los primeros meses del gobierno representan un récord de productividad legislativa para cualquier país. Es cierto. Pero eso puede significar dos cosas: la firmeza y voluntad del gobierno o su desesperación (o ambas). En los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, los viejos imperios, decadentes ante el poderío de Europa occidental, intentan desesperadamente reformarse y adoptar lo mejor del capitalismo y la técnica moderna para sobrevivir. El más interesante (y trágico) de estos experimentos es el de KangYouwei, en China. Durante poco más de cien días, como respuesta ante la humillación de la derrota en la guerra contra Japón, este joven reformador y su grupo de colaboradores emiten decenas y decenas de decretos, firmados por el Emperador, que buscan modernizar la administración, los exámenes imperiales, la estructura económica, el ejército, etc. Es demasiado tarde. Los conservadores dan un golpe de estado y los echan, a pesar de que en la siguiente década estos terminan por adaptar una parte importante de su programa. Pero el fracaso de los Cien Días de Reforma abre otro camino inesperado: es la prueba de que la Dinastía es incapaz ya de reformarse y que ni siquiera el ala más radical puede cambiar nada. ¿Qué pasa después? En 1911 empieza la revolución.

Comments

comments