Por Kaizar Cantú

Hace ya casi 100 años que una porción de la humanidad fantaseó con las posibilidades maravillosas de su tecnología. Abundaban historias y bocetos de coches-helicóptero, barcas-globo, aeroplanos dobles, hombres en traje y con portafolio volando al trabajo propulsados por diminutos cohetes en cada tobillo (industrialización de las sandalias de Mercurio), edificios tan altos que cosquillean el ombligo de la atmósfera con el parpadeo de su luz.

De entre los proyectos más interesantes hay que mencionar las ciudades subterráneas. Los entusiastas imaginaron un complejo de túneles conectados entre sí por pequeñas carreteras, corredores o trenes eléctricos debajo de la metrópoli. Ahí viviría una franja del mundo, con sus parques, teatros, salas de cine y callejones; abajo jugarían, conocerían a sus amores y contemplarían a través de un tragaluz el cielo enmarcado por la titánica arquitectura de la superficie. Era la humanidad evolucionando hacia el hormiguero.

No me consta si en Monterrey hubo alguna vez intensiones o al menos un deseo lejano por lograr cosa semejante; averiguar que la posibilidad fue murmurada sobre una mesa de café no sorprendería a nadie. Lo que sí sé (de lo que hace apenas poco vine a enterarme) es que los regiomontanos tuvieron por un tiempo su breve trozo de vida subterránea.

En la Macroplaza, por los alrededores del Monumento al Trabajo y la acerca que da el frente a la calle Morelos, hay un grupo de bardas de hormigón achaparradas. La iconografía de nuestros libros de historia tapiza una de ellas, espolvoreada su orilla con cristal roto y flechas de metal negro para que nadie irrumpa de mal modo. Por encima del borde, hacia el fondo del vacío que hay en medio, se ve una escalera; sus peldaños brillan con los tonos del óxido o el ladrillo húmedo. Más abajo hay charcos, pilares, paredes de vidrio, una hilera de vegetales morados que bajan casi al final de la escalinata. Desde el borde de las otras bardas alcanzan a verse unos pocos automóviles y el mismo suelo encharcado.

Aquellos son los vestigios del Centro Comercial Gran Plaza, el efímero cachito de vida subterránea en Monterrey. Fue un grupo de tiendas y monerías justo debajo de la Macroplaza. Acudo a la memoria de otros y me hablan de la pizzería, las boutiques, la tienda de bromas que vendía excremento plástico, un bar de nombre “El Tarro”, mesitas dónde comer, hileras de maquinitas ruidosas y centellantes, de esas que a cambio de una moneda permitían abordar el reto de Sunset Riders o Super Street Fighter II.

Se entraba por los escalones que hoy obstruye una de las bardillas de hormigón; el túnel que emerge en Morelos, del lado de Zaragoza, también daba acceso. Una fotografía muestra tres mujeres bajando por la escalinata principal, de la pared a sus espaldas cuelga el nombre desplegado en letras parecidas a hojas de cuchillo; en otras encuentro más señoritas y un par de niños acariciando un cristal con la punta de los dedos, admirados de lo que hay al otro lado y que para casi todos permanecerá simpático misterio.

La memoria del Centro Comercial Gran Plaza sufre uno de los infiernos posibles que esperan a los espacios urbanos victimados por la negligencia y el abandono: el estacionamiento. Mismo destino comparten varias casas del Barrio Antiguo y la sala de proyección del Cine Monterrey. Da pena que muros tan llamativos se desperdicien así, en lo burdo, sirviendo como cajones. Imagine que de su costillar hagan ganchos o de su cráneo una lapicera. Un poco triste, ¿no?

***

Fui a visitar el lugar hace unos días. Bajé por una de las rampas al costado de la Macroplaza que dan acceso a los estacionamientos. Ahí pregunté por la plaza comercial abandonada; un hombre con una cubeta apuntó hacia unos escalones en medio de los automóviles. Subí. Había muy pocos carros arriba, casi todos curvos, imponentes. Un repiqueteo de goteras y agua escurriendo rompían la quietud del silencio. La escalera principal quedaba casi en medio de lo que fue plaza. Caminé hacia ella. Vi a través del agujero desde el que miré los escalones por primera vez. Ahí estaban el Condominio Acero, un farol bicéfalo y el cielo encanecido; la orilla goteaba mucho. Pisé un charco y noté que del suelo salía agua como en marejadas.

Un hombre delgado y de aspecto melancólico me dirigió hasta unas oficinas amarillentas con mesas de madera y un archivero. Ahí hablé con otro. Tenía la cabeza apachurrada y un bigotillo; creo que vestía verde y marrón. Pregunté por los dueños del lugar, él balbuceó algo sobre lo difícil que es verlos y lo imposible que resulta que la voz les llegue al oído si uno no arrastra el porte adecuado; su temor me entristeció un poco.

Me entretuve viendo las montañas de escombro, el grafiti sobre los muros acristalados, la cuadrícula del techo, a veces negra, a veces multicolor, a veces opacada por sepa qué mordiscos. Sonó el chillar de unas ratas. Algunos dirían que eso fue adecuado. 

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