Es casi seguro que Waldemar Boško será recordado por dos cosas: la masacre de 540 protestantes en la Plaza de Tres Ríos y las más de 3 mil desapariciones sucedidas durante sus 15 años de mandato ininterrumpido en Redenya. Existe también, sin embargo, la posibilidad de que unos pocos lo reconozcan y alaben por su epíteto de “poeta presidente”, concedido por los estudiosos a pesar de que éste, durante toda su vida —controversial y profusa en extremos—, no escribió ni un solo verso [1]. Pero no es sólo la calidad de su prosa lo que intriga a los pocos que la conocen, sino las circunstancias en las que fue escrita y los efectos legibles de estas sobre un hombre orillado a comentar las aflicciones de su propio espíritu.

Las escasas obras que tratan la vida de Boško [2] hablan de un joven que abandonó la milicia y que, décadas después, dirigió a un ejército pequeño hasta las puertas de la presidencia, donde fue alzado en hombros y colocado sobre la silla de hueso, hasta entonces ocupada exclusivamente por hombres y mujeres dedicados a la guerra. Ahí se sentó del 23 de febrero de 1967 al 2 de abril de 1982, con tres teléfonos sobre el escritorio y una ventana que enmarcaba el cuerpo azulado y las coronas amarillas de la Cordillera de Redén. En 1975, con ocho años de infamia sobre los hombros, Boško compró una mesa alta frente a la que escribió hasta la noche de su muerte. El resultado de semejante disciplina —rescatado de la insurgencia por Gabriela Kovac— son dos volúmenes muy gruesos bajo el título de Dnevnik (Diarios) [3].

Waldemar Boško es una anomalía de la historia no sólo política, sino también literaria. No es el primero hombre de Estado en dejar un registro escrito de su pensamiento acerca de los sucesos que lo rodeaban y sobre los que podía ejercer cierto control, pero sí uno de los muy pocos hombres de Letras que, por ambición propia o circunstancias ajenas a su voluntad, se encontraron justo en el centro del poder. Y de entre esos pocos, Boško es quizá el único que llegó a sentir y articular el peso del juicio histórico y la ira de todo un pueblo sobre el alma de un solo hombre.

Los papeles que conforman los Diarios no están fechados [4], por lo tanto ha sido imposible precisar el momento en el que Boško dio inicio a su escritura. No obstante, abundan en ellos las referencias —a veces vagas, a veces explícitas— a eventos específicos en la historia de Redenya. Esto ha permitido a los escolares aventurar aproximaciones respecto a la fecha en la que fueron escritos algunos pasajes. Por ahora, la mayoría concuerda en que Boško se sentó a escribir por primera vez una o dos semanas después del 14 de octubre de 1975, día infame por la ejecución del filósofo Karel Kaspar en la banca de un parque público. En el primero de sus papeles, Boško escribió: “[Kaspar] se me sigue apareciendo en sueños. Anoche lo vi sentado a mi mesa, con la cara podrida y viéndome comer; supe que era él por su chaqueta y el corbatín. Me miraba con ojos lejanos, muy hundidos en las cavidades de su cráneo […] Su cara fue deshaciéndose y formando rostros que tal vez haya visto entre la multitud durante los desfiles. Creo haber visto el mío también” (Vol I, p 1) [5].

Es posible identificar una evolución en el estado mental de Boško a través de sus pasajes. Los primeros textos de los Diarios son más bien factuales en su contenido; describen sueños, escenas violentas y encuentros de naturaleza casi alucinatoria. Los pocos comentarios que hace son breves, concisos , como si eludiera la verbalización de un mal interno. Más adelante, la escritura toma un aire más pesimista y es entonces que Boško comienza a dar paso a la articulación de su pensamiento:

“Esta tarde me reuní con el Secretario Perko. Vino a darme un reporte sobre la información que han extraído de los prisioneros en Horvat. Soy un hombre atento, pero no pude retener nada de lo que me dijo; me distrajo una mancha de sangre en su zapato. La verdad es que no estoy seguro de si estaba allí. Temí preguntar” (Vol I, p 45).

“Soñé que las aves cantaban un himno para mí. Su canto era grave, muy raposo, como la leña seca. Primero pensé que sólo hacían música, pero luego alcancé a distinguir lo que decían. Cantaban en el lenguaje prohibido de los hechiceros vagabundos del Redén, y yo entendía cada palabra. Decían cosas terribles. Cosas terribles sobre mí” (Vol I, p 101).

“Al fin ha sucedido. Me han traicionado. Desde lo más profundo de mi espíritu” (Vol I, p 143).

Es a partir del segundo cuarto del primer volumen que Boško comienza a expresar sus angustia frente a la rabia del pueblo de Redenya [6], además de especular sobre lo que será de su nombre en la memoria histórica. Aquí su escritura se vuelve aún más desesperada, triste:

“Mi padre fue un panadero que llegó a esta tierra desde Eslovenia. Aquí conoció a mi madre, con la que se casó casi de inmediato en una capilla bendecida por el azul titánico del Redén. Los dos amaron Redenya como lo han hecho pocos, y se aseguraron de que yo también la amara como si se tratara de una madre suprema […] Veo la cara de todos durante los desfiles y los discursos. Desde arriba puedo distinguir cada uno de sus rostros, hasta el último detalle, y recordarlo sin problema. Es imposible ignorar el carbón que arde en lo profundo de sus pupilas” (Vol I, p 262).

“Le pregunté a Bruna [Boško] lo que se dirá de mí en los libros. Ella contestó: ‘Se dirá que fuiste un hombre que tuvo el valor de hacer lo que otros temían porque no amaban a su país’. No pude evitar sonreír y besarla en la frente. Pero fue un beso asfixiado, seco. Yo sé que eso no es cierto. Sé que la Historia habrá de juzgarme con la misma falta de compasión que reserva para todos los hombres que se atreven a ser más grandes que ella. Hará de mí una pesadilla, el demonio que acecha el recuerdo de la humanidad; un insulto en la lengua de mis compatriotas. Esa será mi condena” (Vol I, p 401).

Mientras que el primer volumen está compuesto por escritos en su mayoría breves, en el segundo aparecen textos más prolongados —algunos con más de 15 páginas— y de naturaleza ensayística. También es notable un tono más calmado, casi intelectual, que los especialistas no han podido explicar. No obstante, las temáticas que aquejan a Boško siguen siendo las mismas:

“El hombre no está hecho para gobernar países. Puede gobernar su casa, su vecindario o una aldea pequeña, pero no un país entero. Es algo que sobrepasa nuestras facultades como criaturas […] El imperio es una creación reservada para seres superiores. Nosotros nunca estuvimos listos” (Vol II, p 17).

“Quizá la Historia llegue a ser tan vasta que mi nombre se mezclará con el de todos los otros hombres y mujeres que la encarnan. Hablar de Waldemar Boško será como hablar de Sócrates, de Marco Aurelio, de Bismarck. Tal vez así se salve mi recuerdo de vagar a la sombra del desprecio” (Vol II, p 154).

“Sé que el pueblo de Redenya sueña con mi muerte. Si saliera a dar una caminata entre las calles, escucharía a las comadronas en los mercados, a los choferes de los autobuses y hasta a los niños en las dulcerías hablando sobre cómo les gustaría verme colgado de un poste, con los dientes sangrados y el fuego trepándome por las pantorrillas. Temo a la muerte como cualquiera, pero me aterra aún más morir a manos de la multitud, ahogado por sombras que descargan golpes y me eclipsan el sol […] ¿Qué puede hacer un hombre enjuiciado por la ira de todo un pueblo?” (Vol II, p 300).

Como ya había mencionado antes, los Diarios son una obra extensa, tanto que podría ocupar más de una docena de páginas citando sus contenidos para exponer la calidad literaria que había en la pluma de Waldemar Boško. Es una lástima que su legado histórico haga del olvido de sus palabras algo casi seguro.

Por Kaizar Cantú

[1] En palabras de Yuri Kucera, la prosa legada por Boško es “[…] mucho más fiel al espíritu de la poesía que las ensaladas y revoltijos que nos ofrecen los poetas contemporáneos”.

[2] The Poet Who Sat on a Chair of Bone (Robert T. Bollea, 2001); Boško: Evil Unheard Of (Charlotte Bailey, 1991); The Butcher of Two-River Square (Laura C. Ferreira, 1997).

[3] Ambos volúmenes de Dnevnik fueron publicados por Laž en agosto de 1993. La única edición en inglés de la que tengo conocimiento apareció en 1998, publicada por Puck Books con traducción de Thomas Guile. El título es, por supuesto, Diaries.

[4] Respecto al orden en el que aparecen los textos de los Diarios, Gabriela Kovac explica en una nota introductoria que los papeles de Boško estaban ordenados dentro de un cartapacio. La edición de la obra sigue la secuencia en la que fueron encontrados.

[5] Esta cita y las que le siguen son traducciones propias de la edición en inglés publicada por Puck Books.

[6] Los estudiosos de la obra de Waldemar Boško concuerdan en que este nuevo enfoque temático tuvo lugar después del 19 de junio de 1977, fecha que conmemora la muerte de 23 estudiantes durante la cuarta protesta a las afueras del palacio presidencial del Redenya.

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