Por Camilo Ruiz

Hace unos meses el economista francés Thomas Piketty publicó un libro, El Capital en el Siglo XXI, que ha sido un enorme éxito de ventas. Con menos de seis meses de haber salido al mercado, es probablemente el libro de economía más vendido en la historia reciente: en Amazon está en segundo lugar —todos los géneros incluidos— y al parecer la primera edición americana ya se agotó por completo.

La pregunta es: ¿por qué un libro de economía de casi mil páginas cuyo título recuerda peligrosamente a Marx vende más que Crepúsculo y Harry Potter?

Piketty en realidad escribió un libro de historia; un libro de historia económica para ser exactos. El argumento es simple: ¿cuál ha sido, históricamente, la evolución de los ingresos del capital (rentas de tierras y bienes raíces, acciones, títulos de la deuda, etc.) en relación a los ingresos del trabajo, en el contexto del ingreso total? De ahí se desprende la cuestión de la desigualdad: ¿cómo llegamos a la situación en la que, por ejemplo, 37 familias mexicanas controlan el 15 por ciento del PIB?

El autor propone una hipótesis simple: si, dentro de una economía, los ingresos del capital crecen más rápidamente que el ingreso nacional total, entonces la importancia relativa de los ingresos del trabajo se reduce y las desigualdades se incrementan.

Las conclusiones de Piketty son peligrosas, aunque difícilmente pueden sorprender. Antes de la Primera Guerra Mundial, las desigualdades alcanzaron un máximo histórico. Las crisis económicas y políticas en las que se sumergió el mundo entre 1914 y 1945 provocaron la caída de las rentas del capital, y por lo tanto de la desigualdad —aunque en un contexto de pobreza—. Pero a partir de 1950, y más rápidamente tras la caída de la Unión Soviética, el incremento en las desigualdades ha sido exponencial, a tal grado que ahora están a punto de sobrepasar el nivel de 1913.

Lo más interesante, que por sí solo merece leerse con atención, es la enorme riqueza de datos empíricos y estadísticos en los que se basa. Piketty y su equipo han trabajado durante décadas para crear una base de datos internacional sobre las rentas del capital a lo largo de los últimos 200 años, analizando, sobre todo, los documentos de las secretarías de hacienda de los diferentes estados a raíz de que el impuesto al capital se instauró. Cuando los estados empezaron a cobrar impuestos de acuerdo a la riqueza de los ciudadanos, tuvieron lógicamente que hacer censos del total de esa riqueza y de sus fuentes. Esos censos, algunos de los cuales empezaron a finales del siglo XVIII, permiten tener una vista panorámica de la importancia y la evolución de los distintos tipos de rentas del capital.

Es en esa riqueza estadística que yace toda la importancia del libro. Y poco más que en eso. Lo interesante de la obra de Piketty no es tanto lo que está escrito, sino que la gente vaya a las librerías a comprarla. Me explico: desde un punto de vista teórico, Piketty es muy débil, y la radicalidad que uno podría asumir a raíz del título es ficticia. Su análisis histórico está fundado en una teoría económica completamente neoliberal, acrítica de la misma (volveré sobre este punto en mi siguiente columna) y que lo lleva a adoptar una visión política completamente socialdemócrata.

La última parte del libro es una serie de recomendaciones para crear nuevos tipos de impuestos que limiten la excesiva centralización del capital, provocando así una redistribución parcial. En una entrevista reciente con la revista New Republic, Piketty confiesa que nunca leyó a Marx: “Nunca pude leerlo […] El Capital es una obra muy difícil de leer y nunca me influyó en realidad”.

Uno esperaría que el principal economista radical del momento, que dice en las cinco primeras páginas de su libro que buena parte de las predicciones de Marx acerca del capitalismo se han confirmado y que ha dedicado su vida a estudiar las desigualdades y el rol del capital dentro de la economía moderna, se sentara durante algunas semanas a darse por lo menos una idea de lo que dijo el propio Marx. Pero Piketty no lo hizo.

Más allá de lo anterior, tristemente anecdótico, lo relevante es, como dije, que a la gente le interese leer sobre las desigualdades. Y esto en Estados Unidos (más que en Francia), un país fundado como oposición igualitaria y meritocrática al sistema Europeo, encarnado por la aristocracia decadente que recibía desde hacía generaciones una renta por sus enormes propiedades donde trabajaban campesinos famélicos. Pero los papeles se han invertido y ahora Estados Unidos es mucho más desigual que Europa, donde —mal que bien— hay un estado de bienestar.

La popularidad de Piketty, pues, expresa un cambio en el signo de los tiempos. Si hace veinte años el público occidental se tragaba la idea del fin de la historia y la hegemonía americana, ahora hablar de desigualdad y de cómo atajarla, de la contradicción entre capital y trabajo incluso, está cada vez más en boga. Pero a las desigualdades de 1913 no le siguió el estado de bienestar redistributivo de los 50. A 1913 le siguió la guerra, la revolución rusa, la crisis y luego otra guerra. Dejemos de lado sus conclusiones políticas. Lo importante, por el momento, es que Piketty relanza a la arena pública el debate sobre las desigualdades.  

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