Por Antonio Hernández

Volvió la lluvia

no volvió del cielo

ni del oeste

Ha vuelto de mi infancia…

Pablo Neruda

(El título de este texto corresponde a este poema de Neruda)

La tarde de hoy es soleada, con el cielo azul y nuboso. Además, el río La Silla fluye caudaloso, sin salirse de su cauce. Pero ayer, en el sur de Monterrey ocurrían escenas dignas del fin del mundo, ocasionadas (es un decir) por el inicio del diluvio regiomontano ¿Por qué, cuando llueve, la ciudad se inunda?

Observe la siguiente imagen. Corresponde al poniente de Monterrey, y en rojo se advierten todos los cauces existentes en la zona. Si mira con detalle, se dará cuenta se encuentran invadidos por algún tipo de urbanización. Construimos la ciudad sin considerar que la misma está llena de arroyos y cañadas, que representan el drenaje natural, profundo y perfecto, que puede dar salida sin mayores complicaciones a cualquier lluvia que se presente en nuestra localidad. Pero ese diseño insuperable para el desagüe ha sido destruido poco a poco, y entonces, los resultados están vigentes. La ciudad se inunda cada ocasión que llueve, así sea una llovizna ligera.

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La invasión de los cauces conlleva la eliminación de vegetación que crece en las riberas. Ese elemento verde filtra la lluvia al subsuelo, disminuye la velocidad del flujo del agua, y evita el azolve de ríos o arroyos. Así se elimina el otro mecanismo que ayuda a evitar que las lluvias representen una amenaza para la población o la infraestructura de la ciudad. Invasión de cauces y remoción de la vegetación de los mismos, es la combinación perfecta para desarmar el drenaje perfecto que requiere la ciudad. En el diagnóstico está parte de la solución, como podríamos concluir con lógica y razón.

En el camino razonable de no invadir los ríos, arroyos o cañadas, el acopio de las decisiones desafortunadas es amplio. Molestia y burla surgieron, cuando el paso a desnivel de Lázaro Cárdenas colapsó durante las lluvias intensas. Una hermosa y peligrosa cascada inundó su interior, lista para hacernos notar que en las decisiones estratégicas, las agencias que planifican los puentes y caminos, se les alteró el estatolito, y aún no recuperan el rumbo. Fieles a la receta que implica no asumir errores, el delegado en Nuevo León de la SCT dijo: “Fue la lluvia”.

Veamos el siguiente mapa. En él podemos observar el punto exacto donde se ubica el paso a desnivel, y también conocer que de la montaña cercana bajan tres arroyos que se vuelven uno, el cual vierte sus aguas, ¿dónde cree? al paso a desnivel inundado. Entendamos que las cascadas no son fortuitas. El aprendizaje es claro. Requerimos agencias y funcionarios que implementen sus trabajos con método y ciencia, los cuales deben sustituir a las ocurrencias.

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La inundación de la ciudad es el síntoma de la enfermedad grave. La adaptación es una vía, en la cual debemos saber que no hay nada que evite el anegamiento, que en los próximos años seguirá presente.

Volver al escenario original, con los arroyos y ríos en sus condiciones naturales, es una etapa idílica casi imposible. El diluvio o explosión atómica que desaparezca la ciudad, para dar paso a la recuperación natural, parece no ser algo cercano o viable.

La mitigación de la inundación implica varios componentes. El más importante es la conservación de la vegetación en las áreas naturales protegidas federales que rodean la ciudad. Son relevantes el Parque Nacional Cumbres de Monterrey y el Monumento Natural Cerro de la Silla. Las presiones para urbanizar esos espacios naturales son enormes. Toca la reflexión de hacia dónde se desarrolla espacialmente la ciudad, y si mantenemos la tendencia de que esta ocupe los espacios que le corresponden a la naturaleza, vayamos sabiendo que las calles seguirán siendo los ríos que eran, antes de cubrirlas de cemento y asfalto.

En las zonas urbanas, ante la escasez de la vegetación y arbolado urbano, si mantenemos lo que ahora existe, tendremos un punto de partida deseable. Recuperar los espacios verdes, con arborización planificada en cada uno de los sitios posibles, en particular, aquellos aledaños a la multitud de arroyos que recorren la ciudad, serán acciones que coadyuvarán a mitigar el impacto de las aguas veloces que buscan el cauce de los arroyos y ríos desaparecidos en la ciudad.

Festival del Tigre Mexicano.

Si observar un oso negro en vida libre es fascinante, advertir la presencia de un felino en campo se vuelve espectacular. Alguna ocasión, en los tiempos cuando la delincuencia no tenía el control de gran parte de nuestro territorio, por la Sierra de Picachos, entre Sabinas Hidalgo y Cerralvo, escuché un alarido tremendo, parecido al grito de una persona con un puñal en el pecho. Asombrado, pregunté a nuestro guía sobre aquel sonido de la sierra, recibiendo por respuesta información sobre la presencia de un puma en nuestras cercanías. Meses después, la experiencia se repitió, porque caminando rumbo a la Hacienda el Milagro, en las áridas zonas de García, Nuevo León, vimos estampada la huella de otro puma en las riberas húmedas de un arroyo. Un precavido silencio se impuso, ante la cercana evidencia de la presencia del felino.

Pero el Tigre del Norte es otro asunto. Tigres llaman las personas al jaguar, que milagrosamente se mantiene en las montañas del sur de Nuevo León. La existencia de este felino es un indicador maravilloso de la vida. Un eco de las lejanas tierras. Nunca lo he visto, pero tuve el privilegio de conocer sus andares por la sierra, en rumbos que no a cualquiera le son accesibles.

Para saber sobre los jaguares en Nuevo León, acudan al Festival del Tigre Norteño. Será el 21 y 22 de noviembre, en la plaza principal de Zaragoza, Nuevo León. Es un evento público, y las actividades incluyen un foro informativo, difusión de los mecanismos para atender la depredación de animales domésticos por el jaguar, y actividades educativas: http://on.fb.me/1CL17pG

t608138@gmail.com

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