Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

¿Estarías dispuesto a experimentar la pobreza extrema? ¿El vivir en condiciones precarias bajo la incertidumbre de un mañana, en donde el agua que bebes no es limpia y lo que comes no cuenta con los nutrimentos necesarios para sobrevivir?

 

¿Qué haces cuando no tienes el dinero suficiente para comprar la medicina que tanto ocupas; cuando tu salario no es fijo y rara vez cuentas con una paga decente; cuando tienes una esposa que mantener y unos hijos que deben ir a la escuela?

¿Qué pasa cuando tienes que escoger entre la educación o el alimento de tus propios hijos? ¿Es justo tener que tomar una decisión tan ruin y desesperada como esta?


¿Y qué si la emergencia es más grande? ¿Qué si la vida de tu esposa o de uno de tus hijos pequeños peligra? ¿A quién acudes? ¿Con qué les pagas?


¿Qué sucede con todas las esperanzas y sueños de aquellos jóvenes cuyo deseo (como el nuestro y el de casi cualquiera) de salir adelante tiene que cambiarse radicalmente por el de ser un agricultor o un ama de casa? Los niños toman ahora el papel de los padres y el ciclo sólo vuelve a repetirse, como en una cruel broma.


Con los años nos vienen diciendo que la sociedad es cada vez más avanzada, con más tecnología y recursos nuevos y eficientes que facilitan nuestras tareas diarias. El problema es que para ellos, para las comunidades indígenas, las cosas siguen siendo las mismas.


El desequilibrio entre las clases sociales resulta injusto e inhumano.

 

La gente muere de hambre. Muere porque no nacieron más privilegiados que otros. Muere porque el dinero no les alcanza; porque la suerte pareció no sonreírles.


¿Alguna vez te has puesto siquiera pensar en lo que debe ser un día en la vida de alguien que vive pidiendo limosnas en la calle? Yo sí. En más de una ocasión me lo he preguntando, y el resultado siempre resulta desalentador. Una vez, hace aproximadamente un año, caminaba por Barrio Antiguo. Recuerdo que era invierno e iba tan bien abrigado como me era posible. Lloviznaba un poco, así que decidí buscar un refugio para cubrirme de la lluvia, todo eso sin tener que entrar algún lugar en específico. Después de todo, estaba en el Centro, ¿qué tan difícil podría ser?


Lo que pasó fue que no encontré techo alguno; para ello necesitaba entrar en algún establecimiento, restaurante, tienda o casa. “Bendito seas Monterrey”, me dije para mis adentros, “Bendito sea tu clima (e infraestructura)”. Fue entonces cuando me pregunte cómo le haría un indigente. ¿En dónde se refugiaría? ¿Cómo enfrentaría el frío, la lluvia y el simple hecho de no tener un hogar? ¿Qué pasaría con ellos en la tormenta más fuerte, en la noche más fría? ¿Qué comen? ¿Quién los ayuda?


En otra de mis aventuras por la ciudad, volviendo a casa en esa misma temporada, caminé por unas cuantas calles entre las que el agua escurría (para mi fortuna, las calles de mi colonia están ligeramente inclinadas) y se resguardaba bajo grandes zanjas y baches (bendito, bendito Monterrey…) mientras lloviznaba sin parar y los autos desprendían agua como lanchas en un mar. En pocas palabras, llegué a casa empapado, y eso que solo caminé durante unos breves minutos. ¿Y qué si viviera más lejos? ¿Y qué si no tuviera un techo donde refugiarme?


Para mi suerte, yo podía llegar sano, salvo y mojado; podía secarme, bañarme con agua caliente, beber un chocolate igual de caliente, abrigarme con ropa limpia hasta recuperar el calor. Pero para los que no cuentan con todo esto, ¿qué?


Con todo esto en mente, les presento Living on One Dollar (2013), un documental de 56 minutos en el que cuatro chicos estadounidenses realizan un viaje a Guatemala en un intento por demostrar lo que es vivir bajo estas condiciones de pobreza extrema durante dos meses.

 

Para ello, cada uno aporta $56 dólares (un dólar por cada día), y el total se va repartiendo diariamente en ingresos pequeños e impredecibles que rondan entre los 0 y los 9 dólares, esto porque, según los realizadores, hay ocasiones en las que muchos de los agricultores locales no saben cuánto o siquiera si les van a pagar.


Con las reglas establecidas y unos cuantos vecinos introducidos en la vida de los cuatro, su experiencia comienza bastante bien, y conforme las semanas van avanzando, los problemas van en aumento, convirtiendo la experiencia en un reto difícil de sobrellevar.


Debo admitir que la premisa de este proyecto atrapó mi atención fácilmente y que, mientras lo observaba en sus primeros minutos (más aparte tomando en cuenta su corta duración), temí que el resultado no fuera de mi agrado y, por fortuna, esto terminó siendo todo lo contrario. El documental es, verdaderamente, un trabajo serio, planificado con una buena intención por personas apasionadas y dispuestas a probar un punto. En su secuencia inicial se nos presenta una comparativa entre la vida de Zack y Chris, dos de nuestros protagonistas neoyorquinos, y la vida de Chino, un joven guatemalteco de 12 años.


Con una decisión tan sencilla y hasta cierto punto lógica, este registro audiovisual desemboca las primeras raíces de su verdadera temática, la cual es explorada con una serie de decisiones igual de adecuadas como, por ejemplo, presentar unas cuantas entrevistas a otros de los vecinos de la zona, quienes se vuelven personajes importantes no sólo para comprender mejor la situación en la que viven, sino también para asistir al grupo de estudiantes y cineastas a sobrevivir como ellos lo hacen.


A final del día, Living on One Dollar toca una idea que yo mismo comparto: a gran escala, la gente pobre es una minoría, por lo tanto, y siguiendo a esta lógica, cualquiera de nosotros tiene la capacidad de ayudar. Ayudar es más fácil de lo que creemos; es efímero, sencillo, y mientras sea de buen corazón y buena voluntad, cualquier gesto es bueno. No hay razón alguna para temer, o peor aun, para ignorar y creerse superior.


Nuestra sociedad necesita de más bondad, de más compasión y empatía. Necesita de héroes, de gente dispuesta a romper la monotonía de su rutina y emprender un cambio positivo para el resto.

 

Y ese resto puede ser tan solo una persona: a veces un niño o una niña, un señor o señora, anciano o anciana… Soy de la idea de que los héroes existen y son anónimos. Actúan bajo su propio merito, sin pedir nada a cambio, y desaparecen con la misma facilidad con la que llegaron. Sin duda alguna, lo mejor de estos individuos es que ayudan a inspiran a que más gente siga su ejemplo.


Sé un héroe ahora, que lo más necesitados no piensan en llegar a un mañana. Ellos tan solo se limitan a sobrevivir.

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