Por Camilo Ruiz

Hace unos meses Tixtla parecía la capital del México revolucionario. Pasé una semana por allá a principios de agosto, durante las conmemoraciones del natalicio de Vicente Guerrero.

Durante los últimos ochenta años, el aniversario era un pretexto para que el gobierno, y el Ejército en particular, organizaran una demostración de fuerza abiertamente intimidatoria. El Ejército entraba a Tixtla, presumía sus juguetes más modernos y desfilaba por la ciudad entera.


En el 2015 las cosas eran completamente diferentes. No sólo la normal de Ayotzinapa se encuentra dentro de Tixtla, sino que 14 de los 43 desaparecidos venían de ese municipio. Por eso no es para nada sorprendente que ese haya sido el epicentro de las protestas. Ahí se habían conjuntado tres factores: la presencia de la escuela y de las familias de los desaparecidos, quienes constituían el contingente más organizado y decidido; las Policías Comunitarias, que habían vuelto a la vida después del 26 de septiembre y montaban guardia en toda la ciudad; el magisterio, que también había tomado nuevos bríos y tenían sus bases al frente de las protestas.


Tixtla fue probablemente el municipio donde la toma de ayuntamientos, que se extendió a varias partes de Guerrero, duró más tiempo. El alcalde y los regidores fueron echados del Palacio y obligados a despachar desde algunas oscuras oficinas en otra parte de la ciudad.

El Ayuntamiento lo controlaban las Policías Comunitarias y lo protegían rondas de voluntarios, maestros, estudiantes.


La gran demostración de fuerza se llevó a cabo el día de las elecciones. La Asamblea Nacional Popular de Ayotzinapa había propuesto boicotear los comicios. En todo el país esa política fue un fracaso rotundo. A la Sección XXII le costó varios encarcelamientos y en ningún lugar atrajo el apoyo de la población. Tixtla, sin embargo, fue el único municipio donde una fuerza sólida de normalistas, maestros y comunitarios, con amplio respaldo de la gente, impidió que se celebraran a cabo las elecciones y obligó al INE a anularlas.


En agosto las cosas habían cambiado. Para empezar, el Ayuntamiento había tenido que ser entregado. Era ya insostenible organizar a unas 50 personas al día para montar las guardias necesarias. Las Policías Comunitarias se habían dividido en dos, en parte debido a lo anterior. Un grupo creía que devolverlo había implicado una claudicación y acusaba a los otros de ser pro-gobiernistas. Estos últimos, a su vez, decían que los primeros no habían sido electos por la gente como mandatan las reglas de la PC, y que tenían armas largas y andaban encapuchados.


Tras el boicot a las elecciones, las fuerzas rebeldes de Tixtla se habían confrontado a la difícil pregunta de qué hacer con el estado. Sus ideas se resumían en la fórmula del “poder popular” o de “concejo municipal popular”. Tras las elecciones intentaron que los pueblos y los barrios eligieran, por medio de asambleas, a sus representantes, y que luego estos conformaran un gobierno. Se entablaron negociaciones con el legislativo estatal para buscar los resquicios legales a través de los cuales esto podría lograrse, y que el INE desistiera de organizar una elección.


En agosto, una última demostración de fuerza fue posible: la asamblea de Tixtla, que federaba a las fuerzas que mencioné antes, y que había organizado la elección de representantes por barrio para el futuro gobierno, declaró que organizaría por su cuenta la celebración del natalicio de Guerrero y que el Ejército no podría entrar a la ciudad. El desfile del 9 de agosto, y los actos en los días previos, fueron realmente impresionantes.


Las tradicionales celebraciones organizadas normalmente por el Ayuntamiento, que constituyen el momento de “retribución” de parte del estado a la sociedad, fueron llevadas a cabo por una fuerza radical de maestros, estudiantes y campesinos. En el concurso de la reina de la belleza, las ganadoras hablaron durante su coronación acerca de la organización de los desposeídos y el armamento campesino. El desfile militar lo llevó a cabo la Policía Comunitaria, que marchó por todo el pueblo con sus uniformes y sus fusiles.

Atrás de ellos iban los nuevos normalistas, y luego las carrozas de las princesas. A su entrada al zócalo, una multitud los veía, y lo mismo se tomaba selfies que gritaba consignas. Era un día de fiesta, de lucha, y el Ejército ni siquiera había intentado entrar.

Aparentemente, el presidente municipal “oficial” había ido antes de las siete de la mañana a ponerle flores a Guerrero en una estatua lejana del centro, y luego se había desaparecido.

El desfile me recordó la frase del antropólogo americano Marshall Sahlins, para quien no es que el estado organice festejos para legitimarse, sino que el estado existe al organizar celebraciones.


Pero no mucho después, el movimiento tixtleño se topó con un muro. El legislativo les dio tres de los siete regidores, pero reimpuso su control. Hace unas semanas, los normalistas fueron duramente reprimidos, lo que terminó con la burbuja en la que la radicalidad de Tixtla se protegía: que el prestigio de Ayotzinapa impedía una represión generalizada. Se llamó a nuevas elecciones. Para todos era claro que un nuevo boicot era prácticamente imposible: el sueño de un concejo popular se desvanecía en el aire. La incapacidad de llegar a un acuerdo común entre las partes respecto a cómo enfrentarse al declive produjo escisiones y rencillas. Simbólicamente, varios de los impulsores del concejo popular llegaron a un acuerdo con Morena y se presentaron a las elecciones con el partido de López Obrador.


Las elecciones del 29 de noviembre son un anticlímax respecto a lo que ha sucedido en Tixtla durante el último año, pero son también un símbolo del desinfle del movimiento por Ayotzinapa. Días antes de la elección, el retén del Ejército en la carretera que lleva a Tixtla fue levantado y entraron varias camionetas de sicarios, que emboscaron a uno de los grupos de la comunitaria y asesinaron a cuatro de ellos. Un par de días después, la PC encontró un enorme depósito de despensas del PRD. El sol azteca ganó con una impecable campaña de coacción del voto que le dio una ventaja de más de dos mil votos sobre el PRI. Con despensas, abstencionismo y sobre el cadáver de los comunitarios, se restableció la democracia.

Comments

comments