Por Cordelia Rizzo

Ilustración de la serie ‘ Las víctimas tienen la palabra’ de Sin Fronteras Colectivo

a Myriam, Alhelí, Perlette, Claudia, Cesiah… a quienes este asesinato ciertamente les deja un gran boquete emocional

El lunes 6 de Julio encontraron los cuerpos de Angélica Ortiz y el de su novio Jesús Arturo Rodríguez Bastidas sin vida en un domicilio del sur de Monterrey. Ambos recién graduados del Tecnológico de Monterrey, novios. De acuerdo a la nota de Terra Noticias por José Luis Alejo, ella estaba en la cama y él en el piso. El cuerpo de ella mostraba golpes; el de él estaba en el piso junto a una nota.

La presunción es que él le dio los golpes que la mataron.

A Angélica Ortiz la conocí una vez en un encuentro de promotores de derechos humanos que organizaron varios chicos que cursaron el Primer Diplomado en Derechos Humanos y Seguridad Ciudadana que se impartió en el Campus Monterrey del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, y luego en otras universidades. Fueron dos días, los del encuentro, en los que compartieron proyectos, se dibujaron líneas de acción y refrendaron la convicción de que con muy pocos recursos se pueden gestionar acciones impactantes a favor de la paz y de una cultura de respeto a los derechos humanos.

Angie ‘a secas’, como recuerdo que se presentó en aquel momento, formó parte de un proyecto de difusión de los derechos humanos llamado Itinera: Museo de Derechos Humanos. Ese proyecto lo estuve siguiendo después de 2010 porque me tocó ponerle el sello de aprobación cuando lo leí, y me quedé sorprendida de conocer jóvenes inteligentes, pero también muy aterrizadas y comprometidas. Cosa rara en el perfil ITESM. Lo poco que recuerdo de ella es cierta alegría especial, en contraste con la melancolía de esa generación de chicos a la que yo presumo conocer más o menos bien.

Cuando cierto organismo estatal que se presume defensor de los derechos humanos rechazó el proyecto porque de repente no supo lidiar con subordinadas inteligentes y resueltas, conocí la tenacidad de este grupo. Está de más decir que me inspiran. A sus cortas edades han vivido experiencias profesionales complejas de las que han salido avante. Cuando me ha tocado las he abrazado y recordado que tienen algo bueno entre manos. Angie formaba parte de este proyecto y sus compañeras y compañeros hablan de ella como un ser inteligente que supo energizar al grupo.

Sobre el probable feminicidio

Me duele ese boquete que se acaba de abrir en esta comunidad de personas a la que he visto ir floreciendo. Me duele que una chica inteligente y capaz pudiera ser víctima de un feminicidio, y que siga habiendo feminicidios en general. La idea de que dentro de estas nuevas generaciones se formen feminicidas me perturba, porque tienen muchas más herramientas para formarse en el respeto pleno hacia las mujeres. Me pregunto ¿qué hizo que se activara ese mecanismo de odio en un chico universitario de 25 años y de esta época?

Dentro de las muchas conversaciones que suscita el caso, las más íntimas han sido con mi madre. Mamá está conmovida por el asesinato y su conclusión es que hay que aprender a educarnos como mujeres y seres humanos a eludir las dependencias. Yo agrego a que hay que educar a personas, sobre todo hombres, que puedan hablar de sus odios. Las dos coincidimos en que esto nos obliga a repensarnos como mujeres y educadoras de mujeres

Claramente hay leguas por andar en la promoción de una cultura de respeto a las mujeres. El mismo Tecnológico de Monterrey ha promovido esquemas viejos como la famosa campaña del Día Internacional de la Mujer (en 2012) que se lanzó con un verso de John Milton que decía “La mujer es un maravilloso defecto de la naturaleza” que rápidamente fue criticada en masa por los alumnos del ITESM, y retirada prontamente. También dentro de la institución existió rechazo de los universitarios a los concursos de belleza y un hostigamiento de la institución a las primeras propuestas de una asociación estudiantil que promoviera la educación sobre cuestiones de género y sexualidad (que eventualmente se aceptó).

Esto sucede en Nuevo León, el estado ‘educado’ y también un espacio en el que se ha rechazado la alerta de género a pesar de que los índices de asesinatos con violencia hacia las mujeres se han incrementado notoriamente en los últimos cinco años. En el país, en general, se siguen catafixiando derechos de las mujeres por capital político para los políticos.

En Nuevo León desde hace mucho las mujeres se empoderan sin seguir conscientemente algún discurso de liberación, pero esto suele suceder en el ámbito de los negocios y lo profesional. Lo emocional queda relegado a un segundo plano. Es decir: está bien ser chingona, aunque por dentro esté pudriéndome. 

Las mujeres de mi tiempo (y del tiempo de Angélica Ortiz) queremos ser madres tierra, profesionistas, traer tacones altos y vernos como modelos. También nos enfermamos. No queremos que nuestra pareja voltee a ver hacia ‘la otra mujer’, así que condenamos el ‘descuido físico’ de nuestra madre. Rechazamos volvernos viejas, pero ansiamos esa caricia social que nos diga que parecemos a la Duquesa de Cambridge cuando cargamos a nuestros bebés. Habría que hacer un mapeo de las enfermedades que se producen acorde con esta nueva época de frenesí perfeccionista.

Hablar llanamente de lo que sentimos haría que ese deseo de ser la mujer todopoderosa se fragmente, que esa belleza que enamoró a nuestros hombres y mujeres se relaje. Madres que sienten impotencia, padres que no agarran el hilo del asunto, hijos que son sí mismos y no este meticuloso plan soñado por sus padres. Será que estos nuevos moldes nos dejan a la deriva, ¿e incapaces de nombrar lo que sentimos, a hombres y a mujeres?

Hemos innovado en las formas de admitir crueldad a nuestras vidas.

Yo relaciono esto que discuto con la aparente normalidad en la relación entre Angélica y Arturo que percibían conocidos en la notas periodísticas. Como pareja hay que mantener un espacio íntimo y sagrado, pero como amigo de una pareja uno puede irse percatando de rasgos violentos en las duplas que trascienden aquello que los novios o esposos desean proyectar de su relación. Las redes sociales han maximizado este potencial.

Estos detalles no agotan la comprensión del final trágico de los chicos, pero comienzan a arrojar luz a nuestra conmoción. Como defensores de derechos humanos una arma es el discurso, pero demasiado discurso tiende a un exceso esteticista. Las emociones doblan, tuercen y ponen altos en los caminos, resisten su absorción a una clara línea discursiva. 

Los lazos que nos matan

Esto de los emparejamientos no funciona como un examen. Pues más bien introducimos a un ser humano a nuestro elan vital, al corazón del movimiento de nuestro día a día. Primero vemos a la persona como se nos muestra, y luego vamos descubriéndola. Generalmente para cuando la descubrimos ya hay algo que nos tiene amarrados a la persona, un lazo que parece que resiste educación y reflexión.

Sin embargo, no es imposible influir en estos modos profundos de sentir. Podemos educarnos la sensibilidad. Muchos de nosotros hemos tenido que superar lazos nocivos que ocuparon grandes espacios de nuestras vidas. Sobrevivimos a codependencias, relaciones destructivas que afortunadamente no nos mataron. Psíquicamente sobrevivimos. 

Debe poderse hacer algo para que otras parejas no se anulen y puedan romper una la relación en vez de reventarse y rasgar permanentemente la vida de sus seres queridos. 

Como sociedad perdonamos que el flamante ganador de la gubernatura de Nuevo León, El Bronco, haya golpeado a su primera mujer. No queríamos que se nos derrumbara esa gran expectativa que tenemos de que un hombre fuerte y ranchero, como los de antes, viniera a redimirnos. Un sueño al que no podemos renunciar y por eso neutralizamos ese pasado violento. Si esto sucede como un gran acuerdo social, qué no sucederá en la cotidianeidad de las violencias.

*Publicada previamente en el blog de la autora

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