Bajo el sol, incluso en el viernes más sagrado para los musulmanes, hay tiempo para todo: para la oración y para los negocios.

Por Oziel Gómez

Eran las once de la mañana y en las calles de Salt no había mujeres. Aquí y allá, en la avenida principal o en los callejones, eran hombres los que le daban un poco de vida a esta localidad del oeste de Jordania. Algunos esperaban –cualquier cosa– bajo la sombra de un árbol, sentados en el parque o recargados en un poste. Otros se encargaban de extender una alfombra roja, larga y polvorienta frente a una mezquita ubicada en la entrada de la ciudad. Varios niños aparecieron por el lugar. Pero ni una mujer.

Era viernes y para los musulmanes, que en Jordania representan el 97 por ciento de los nueve millones de habitantes, los viernes son días de oración comunitaria. Poco antes del mediodía los hombres se congregan en las mezquitas y fuera de ellas para escuchar la prédica del imán y orar. De acuerdo con el Corán, la asistencia es de carácter obligatorio para los hombres adultos; las mujeres, dicen que por recomendación del profeta, realizan el ritual de oración en sus casas.

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Con el fin de que nadie pierda la oportunidad de asistir, en los pueblos y ciudades del país los viernes se suspenden el servicio de transporte urbano, las actividades en centros educativos de todos los niveles y en las dependencias de gobierno. Muchas tiendas, talleres y sitios de entretenimiento también permanecen cerrados. De modo que por la mañana, las ciudades dormitan como en un domingo mexicano.

El aspecto de Salt, sin embargo, no varía demasiado el resto de la semana. Poco queda del esplendor que poseyó hace más de un siglo. Ubicada junto a la carretera que antiguamente conectaba Ammán con Jersualén, fue utilizada por los otomanos como centro administrativo de la región que hoy forma parte del Reino Hashemita de Jordania. Todo cambió después del fin de la Primera Guerra Mundial, durante el reinado de Abdullah I, bisabuelo de actual rey, cuando se decidió desplazar el núcleo de las actividades económicas y políticas del reino 25 kilómetros hacia el norteste, a la ciudad de Ammán. A partir de entonces Salt comenzó a perder su brillo. Hoy, de vez en cuando, un grupo de turistas o arqueólogos recorren sus calles y sitios más importantes. Pero no en viernes: este es el día especial de adoración.

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La voz del imán sale con un timbre metálico por el altavoz instalado en la punta de un minarete de la mezquita principal. Los hombres que deambulan por las calles aledañas y en los parques se detienen para escuchar la prédica. Guardan absoluto silencio y se limitan a mirar en cualquier dirección. Algunos, muy pocos, se atreven a conversar. Lo hacen con discreción, en voz baja, pues lo que ahora se escucha por la bocina es la lectura del Corán, el libro sagrado del Islam que contiene las enseñanzas de Mahoma recopiladas por sus discípulos después de que murió.

Cuando llega el momento de orar los asistentes sacan una pequeñas alfombras que a continuación desenrrollan y extienden frente a ellos. Algunos, a falta de algo más adecuado, utilizan sus chaquetas. Posteriormente se descalzan y comienzan el ritual de oración. Como lo indica el Corán, lo hacen en dirección al suroeste, hacia La Meca, la ciudad santa y cuna del Islam.

Arrodillados frente a una barbería cerrada, varios niños imitan los movimientos de sus padres. Se inclinan hacia adelante hasta que su frentes tocan el suelo, se enderezan, se levantan y se vuelven a arrodillar. Resulta gracioso notar en sus caras el reflejo de la lucha que libran en su interior entre la reverencia que intentan imitar y la prisa por divertirse típica de la edad. Lo que gana finalmente –incluso en los mayores– es la curiosidad: un grupo de turistas que pasan por el lugar cautiva las miradas de los devotos, que sin embargo no dejan de mostrarse serios. En general, salvo cuando el imán recita algunas suras –versos del Corán–, lo que reina es el silencio, la calma.

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Son más de las doce del mediodía y el sol cae sobre la cúpula de la mezquita central y se extiende por los techos de todo la ciudad. Ha transcurrido casi una hora desde el inicio de la ceremonia y la voz del imán comienza a sonar con más ímpetu que antes. Se cuela por las ventanas junto a la brisa fresca típica del país, rebota entre las casas de ladrillo sin pintar, sube y baja por los callejones de esta ciudad construída sobre tres colinas. Todo es inundado por los versos que resuenan y resonarán en las mezquitas del todo el mundo a esta hora.

Y entonces, de un momento a otro, termina el servicio. Y entonces, casi de inmediato, Salt se transforma. En pocos segundos, decenas de hombres salen a la desbandada de la mezquita y se riegan por las calles. Los que oraban en los callejones se despabilan y relajan la expresión de sus rostros. El bullicio se impone por nocaut al silencio y se instala en cada esquina y banqueta. Ahora aparecen los vendedores. No han transcurrido más que un par de minutos y ya exhiben sus mercancías acomodadas de cualquier forma y directamente en el suelo: zapatos usados, fundas para celulares y cobijas.

Los clientes, los mismos hombres que segundos atrás oraban en silencio, se agolpan a su alrededor. Parece que es regla básica hablar en voz alta. Altísima. Ofertan, regatean y rechazan las propuestas. Pagan, reciben el cambio y se marchan a husmear en el siguiente puesto. Las alfombras polvorientas han sido sustituidas por mesas y estantes en los que se exhiben frutas, verduras, alimentos y productos de todo tipo. En un instante, la calle se ha llenado de carros, de ruido y –¡oh!– algunas mujeres. Aquí vienen bajando por la calle hacia el mercado tomadas del brazo de sus maridos con el cabello y las orjeas cubiertas por el hiyab. En sus rostros se adivina un discreto entusiasmo mientras son acariciadas por el sol de mediodía.

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Minutos más tarde estarán yendo de un lado para otro cargando sus bolsas, revisando con avidez cada anaquel de frutas en busca de la mejor pieza, la más barata, la más dulce. Los comerciantes gritarán con fuerza invitando a todos a pasar. Cada uno hará su oferta y mostrará sus mejores productos. De la calma que imperaba hace unos minutos no quedará sino un recuerdo que terminará por diluirse en el alboroto del mercado.

El final del sermón solo ha marcado el inicio de una febril actividad comercial. La hora de la oración ha sido reemplazada de inmediato por la hora del mandado, de hacer las compras, de surtir la despensa. Salt se ha despabilado. ¡Y de qué forma! Ha dejado claro que bajo el sol, incluso en el viernes más sagrado, hay tiempo para todo: para la oración ferviente y para los negocios.

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