Por Claudio Tapia

Foto por Everardo González “Primavera de 2014 en la Coyotera de Monterrey” 


Los mexicanos vivimos una crisis crónica, permanente. Desesperados, nos negamos a admitir que el modelo económico fracasó y que ni los shocks ni las privatizaciones recetadas nos curarán por más que nos digan que lo que sucede es que no nos hemos tomado la medicina completa ni esperado el tiempo suficiente. El sistema es la enfermedad, pero no lo vemos.

Desde la crisis de 1973, vivimos con la esperanza de que algún día salgamos de ella sin tener que cambiar el deshumanizado régimen; creyendo que eso es posible.

Con la llegada de Miguel de la Madrid y la reconversión industrial empezaron las privatizaciones y los apretones de cinturón, teníamos que adaptarnos al nuevo ciclo tecnológico y del mercado. Aplicaron la receta impuesta pensando que el modelo es perfecto y la enfermedad pasajera: la estabilidad, el equilibrio y el crecimiento son la norma, y la inestabilidad, el retroceso y la imprebicibilidad la excepción.

Carlos Salinas decidió asestarnos la misma receta y aumentó la dosis. El TLC nos sacaría de la crisis porque o te vuelves competitivo o sucumbes. Continuó adelgazando al Estado: privatizando como lo ordena el canon neoliberal. Friedman había señalado que sin ninguna intervención del Estado, el libre mercado, autorregulado, evita cualquier distorsión. Pero la receta llevada al extremo, también falló.

Los gobiernos posteriores han seguido fieles al dogma, continúan dándonos obsesivamente la misma medicina, al grado de que algunos piensan que se dieron un pazón. La receta sigue fallando y la desigualdad y la pobreza rebotando.
Durante los 40 años en que nos han conducido por el “camino correcto”, nos han pedido no desesperar y darles tiempo para que, finalmente, el “milagro mexicano” se produzca.

Ahora sí, gracias a las reformas estructurales de Peña Nieto, la prosperidad está por llegar, nos dicen los iluminados que insisten en que la enfermedad es curable y que la medicina funcionará. Pero los que ya le entendimos al modelo sabemos que, mientras persista, la inútil receta volverá a fallar.

Julio Boltvinik, investigador de El Colegio de México, en el coloquio “Los Grandes Problemas Nacionales” (Excelsior, mayo 22), asegura que desde los años 80 y después de la crisis de 1994 los niveles de pobreza en México crecieron en vez de que hubiera mejorías. “Hoy estamos peor que lo que estábamos hace 50 años …México es un país de 80 fregados y 20 bien, es decir que 80% tiene carencias y solo 20% vive sin necesidades. Hay 96 millones de mexicanos pobres y no 52 millones como asegura el Coneval, porque las zonas metropolitanas se han empobrecido debido a que no logran satisfacer sus necesidades porque el salario mínimo se ha pulverizado”. El crecimiento económico no solo ha sido bajo, sino que no ha sido incluyente porque se concentra sólo en sectores ricos, y de seguir así, no se reducirán los pobres, remato en el mismo evento, Gerardo Esquivel, doctor egresado de la UNAM.

Los pésimos resultados evidencian la lógica del capital que vuelve inoperante la receta: el crecimiento, cuando se da, se acumula en pocas manos. Para decirlo con un sencillo ejemplo: si hay 10 comensales en la mesa con 10 bolillos, y los 2 que están en la cabecera se los comen todos, el ingreso percápita es de un bolillo por persona aunque 8 mueran de hambre. La receta necea en poner más bolillos, sabiendo de antemano que es el lugar que se ocupa en la mesa lo que impide que se distribuyan.

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