¿Cómo se convierte un médico en el único rastro de humanidad en una refinería invadida por extranjeros engañados?

El andamio sobre el que camina Hyun Bin Yun se tambalea cada vez que da un paso. Se sujeta de los tubos a su lado mientras recuerda compañeros caídos de alturas similares, debido a la fragilidad de plataformas tramposas. Tiene apenas dos meses trabajando en la planta de refinación de Pemex en Cadereyta y ha sido testigo de una decena de accidentes ocasionados por la falta de procedimientos de seguridad de sus contratistas. Sabía que se estaba arriesgando al cruzar el océano abandonando su país de origen, Corea del Sur, para trabajar en un país extranjero, pero las promesas de una mejor vida con un sueldo imponente resultaron muy atractivas para el joven de 25 años, que se desempañaba como soldador en su natal Icheon.

A pesar de que gana menos de lo que prometía el anuncio en un periódico en donde ofrecían trabajo en el extranjero, Hyun no tiene más opción que seguir trabajando y rezar para que los andamios no cedan bajo el peso de los trabajadores y lo hagan caer de una altura de poco más de cinco metros. Después de dar cinco pasos más, siente que el andamio se balancea demasiado. Se sujeta con fuerza de un tubo y la gravedad lo jala hacia abajo, golpeando el piso de concreto con su pierna izquierda primero y después con el resto del cuerpo. El dolor es intenso. Se ve rodeado de tubos y polvo, para después perder la conciencia y abrir los ojos en un pequeño consultorio médico. Hyun habla poco español y casi no entiende lo que el médico de cabello canoso le dice, pero la idea es clara: su pierna se encuentra en un ángulo extraño y le duele de una manera insoportable. El doctor intenta tranquilizarlo y finalmente le explica que sólo se trata de una fractura, que pronto estará bien y que el dolor desaparecerá.

Hyun no es ni el primero ni el último trabajador al que el médico atenderá debido a heridas sufridas durante las labores realizadas en la reconfiguración de la refinería. Las lesiones son ocasionadas por las escasas medidas de seguridad, la falta de capacitación de los trabajadores asiáticos y la precariedad de las instalaciones. Tampoco será la única vez que Hyun visite la pequeña clínica a causa de un accidente en su área de trabajo.

II

Llegaron en barcos. Eran unas embarcaciones gigantescas, en donde además de viajar un grupo de poco más de 200 asiáticos dispuestos a trabajar en la petrolera de México, transportaban la maquinaria que se utilizaría para la reconfiguración de las refinerías de Pemex. Los días se mezclaban y era difícil tener una idea de cuánto tiempo había transcurrido desde que partieron con destino al puerto de Veracruz; sus jornadas de reducían a observar el océano, el cielo y el horizonte, en busca de la tierra a la que arribarían.

Hyun sabía que habían llegado ya a México, pero para poder anclar en el puerto veracruzano debían bajar hasta Centroamérica y cruzar por el Canal de Panamá, para después navegar por el Golfo de México algunos días y alcanzar finalmente a su destino. Hyun calculó que habían estado en el mar casi cuatro semanas cuando finalmente se acercó uno de los contratistas para informarle a él y a sus compañeros que al siguiente día tocarían tierra mexicana. Los mandó a dormir temprano, en un pequeño cubículo en el que compartían espacio con siete personas más y les pidió que estuvieran despiertos temprano por la mañana.

Hyun pisó por primera vez suelo mexicano en el puerto de Veracruz, en donde la arena es oscura y el agua del mar azul. Antes de su travesía oceánica, Hyun no había salido de su país ni para viajar como turista. Le emocionaba la idea de conocer otro país, aunque sabía que lo más importante y la razón por la cual había viajado durante tantos días y por tantos kilómetros era únicamente para reunir dinero y tener una mejor vida que la que dejó atrás en el continente asiático. Permaneció en el puerto durante algunos días, sin salir de un pequeño cuarto de motel en donde los habían hospedado. Observaba por la ventana la vida de los veracruzanos, mientras se definía quiénes de sus compañeros permanecerían en la refinería ahí y quiénes viajarían hacia el norte, a Cadereyta. Los nombres de las ciudades extranjeras no significaban nada para Hyun, pero uno de los líderes le explicó al grupo de 58 coreanos que viajarían hacia el norte, que Cadereyta estaba a unas horas de ahí, que se encontraba cerca de una ciudad industrial muy grande llamada Monterrey y que allá no había playa. Antes de subirse al camión que los transportaría hacia Nuevo León, tuvieron la oportunidad de pasar a un lado de la torre corporativa de Pemex que se encuentra en la orilla del puerto de Veracruz, en el malecón a un lado de la playa. Un edificio pintado de amarillo que poco se parece a “los dragones escupe fuego” que vería Hyun cuando llegara por primera vez a la refinería en Cadereyta.

III

Cesar Carrillo había trabajado como médico general poco más de 35 años y durante diez años atendió accidentes dentro de la refinería de Cadereyta. La mayor parte del tiempo eran lesiones como fracturas, quemaduras o cortadas ocasionadas por realizar labores dentro de la fábrica, pero estas eran escasas y ocurrían con poca frecuencia; no atendió más de cinco casos a la semana hasta que se anunció la llegada de un grupo de casi dos mil trabajadores provenientes del continente asiático. El día anterior al accidente de Hyun, el doctor había atendido una quemadura de tercer grado en la cara de un soldador y dos costillas rotas de un montador que cayó de un andamio. La fractura de la pierna izquierda de Hyun le recordó a Cesar la gravísima situación en la que se encontraban; faltaban medicamentos, doctores, camillas y demás instrumentos que necesitaban para atender a los hombres lesionados. Mientras Hyun descansaba con los ojos cerrados debido al estupor de los analgésicos que le fueron recetados, Cesar se atrevió a mirar por última vez la pierna del coreano, dándose cuenta de que si no tenía los descansos adecuados y la recuperación indicada, su restablecimiento podría tardar demasiado y que, en el peor de los casos, podría quedar lesionado de por vida.

IV

Cuando Hyun arribó a México era de noche y su llegada y la de sus compañeros fue en secreto: no contaban con los papeles necesarios para transitar por la República, ni para trabajar en el país. Aproximadamente una semana después de haber empezado a trabajar dentro de la refinería de Cadereyta, se le acercó uno de los líderes de la empresa coreana que lo había contratado, para entregarle unos folios que servirían “como visa, en caso de que alguien pregunte por papeles”. Eran falsos, aunque de eso se llegó a enterar Hyun mucho tiempo después. También supo que los directivos pagaban mil 500 pesos de moche al Instituto Nacional de Migración (INM) por cada trabajador extranjero para que les entregaran los falsos papeles. Hyun los tomó y los guardó en el único cajón que tenía dentro del pequeño cuarto de tres por tres metros que compartía con otros cuatro compañeros. Cuando le contó al doctor Cesar, este le dijo que no era suficiente con tener los papeles para recibir un trato digno. Si es que alguna vez quería salir de la asfixiante fábrica en donde trabajaba a marchas casi forzadas, con un mísero salario de 80 pesos diarios por 55 horas semanales, “tienes que poder comunicarte bien en español”, le dijo. Así que Hyun, y otro de sus compañeros, Jung Hee, se hicieron de un diccionario coreano-español y para practicar intentaron entablar conversación con otros trabajadores. Lo que no era sencillo ya que los mexicanos los veían con malos ojos: les estaban quitando el trabajo, no pertenecían al sindicato de petroleros y cobraban menos que los lugareños las horas de trabajo. Abarataban la mano de obra. Hyun intentó explicarle a uno de ellos que el sueldo que recibía no era el que se le había prometido en un principio. Es más, ni siquiera recibía prestaciones y las horas extras trabajadas rara vez se las pagaban –además de que no había la opción de negarse a trabajarlas-, y si es que eso llegaba a suceder, era con semanas de retraso. El único mexicano con el que Hyun lograba entablar conversaciones decentes era el doctor Cesar, a quien veía sólo en ocasiones y de pasada.

V

Habían pasado ya casi diez meses desde el primer accidente de Hyun, cuando el doctor lo recibió una vez más en la clínica: esa vez había volado un tubo causando una pequeña explosión que le quemó las manos. Ingresaron dos trabajadores más en unos carritos similares a los que se emplean en el golf, que servían para que los altos directivos y jefes de producción se movieran dentro de la fábrica con rapidez en lugar de caminar las largas distancias.

No había camillas. Las quemaduras de Hyun no eran graves: “no me han dado guantes desde hace un mes”, le dijo el coreano al doctor. Pese a la indignación que sintió el médico al saber que estaban trabajando con esos riesgos, se sorprendió al escucharlo hablar en español, aunque el pesado acento asiático era todavía perceptible en la cadencia de sus palabras. Esa entonación, al pasar de los años, sería algo que Hyun jamás perdería, como si se aferrara a él intentando no olvidar sus orígenes. En los diez años en los que Cesar había trabajado dentro de la petrolera mexicana con obreros connacionales, había visto una serie de accidentes debidos a errores o incidentes azarosos, pero era la primera vez que trataba una quemadura originada por un descuido por parte de los encargados en cuanto a la falta de vestuario adecuado para los trabajadores, o la falta de supervisión de los andamios. Hyun ya había sufrido dos lesiones por esas negligencias. Cuando Cesar terminó de atenderlo, se despidieron y Hyun se paró de la pequeña mesa en donde estaba recostado. El doctor notó con tristeza que el coreano cojeaba de su pierna izquierda.

Hyun no fue el único asiático con el que el doctor entabló amistad. Calcula que en total llegaron a trabajar unos dos mil hombres asiáticos en la refinería, pero desconoce la cifra oficial. No todos eran accesibles, no a todos les interesaba emprender conversación con él y muy pocos aprendieron español, fuera de las palabras básicas para comunicarse dentro de su área de trabajo. La personalidad de la mayoría de los trabajadores extranjeros era cerrada y asocial, aunque siempre amables y sonrientes, sin interés de platicarle sobre su vida antes de arribar a México, o sobre sus familias y lo que dejaron atrás. “Vine aquí a trabajar”, le llegó a decir uno al doctor cuando le comentó que a pesar de haberlo visto ahí desde hacía poco más de un año, no sabía mucho de su vida. Una gran discrepancia en comparación con los mexicanos, a quienes se encontraba caminando en los pasillos, tomando agua en uno de los bebederos o en el estacionamiento al llegar por las mañanas, que platicaban con el doctor sobre su esposa embarazada, su mamá y su remisión del cáncer o la graduación de su hijo. Una cultura de disciplina y silencio.

VI

En los departamentos de tres por tres metros en los que vivían hacinados Hyun y sus colegas, cabían con dificultad un mueble con cuatro cajones y un pequeño baño al exterior, que compartían con otros cuartos aledaños. Pronto, debido al amontonamiento de personas y a la falta de higiene y limpieza, se empezaron a dar brotes de enfermedades. Uno de los amigos de Hyun, con quien realizó el viaje desde Corea hasta México, le comentó que había empezado a sentirse enfermo, que sabía de su amistad con el doctor y quería saber si podía llevárselo a la clínica. Esa misma tarde lo llevó al pequeño establecimiento hospitalario y buscó al doctor Cesar Carrillo. Al verlo, el médico supo inmediatamente de lo que se trataba: la piel amarillenta, los ojos cansados y las manchas moradas alrededor de estos eran síntomas claros de una hepatitis que había empezado a atacar a los trabajadores extranjeros. Había visto ya unos cinco casos, pero sabía que en Veracruz las cosas eran más graves. Una llamada telefónica a la sucursal jarocha lo había enterado de que allá ya había hasta cien casos de hepatitis. Cesar informó a sus superiores, quienes le pidieron que mantuviera ahí al joven por unos momentos, ya que después lo llevarían a un hospital especializado. Cuando llegaron con una silla de ruedas para transportarlo, los hizo a un lado y les pidió ayuda para tratar con la enfermedad facilitándole vacunas. “Veremos qué podemos hacer”, fue la única respuesta que recibió. Unos días después, Hyun se acercó a preguntarle al doctor si sabía qué había pasado con su amigo, y tras unas llamadas se les informó que habían enviado al joven de vuelta al país asiático para tratarlo allá. Un mes después llegaron menos de 200 vacunas entregadas por el sindicato de petroleros.

El tiempo de entrega del proyecto de reconfiguración se atrasó, y en un intento desesperado de las empresas encargadas de apurar el trabajo, comenzaron a ingresar al país trabajadores de otras nacionalidades. Hyun empezó a ver cómo llegaban a Cadereyta hombres provenientes de Tailandia y Filipinas, con quienes nunca intentó entablar amistad. Muchos de sus compañeros coreanos se empezaron a ir para tratar sus enfermedades en su país de origen, porque habían sufrido accidentes que no les permitían ya trabajar o porque habían tenido problemas con sus papeles y visas. También había un grupo pequeño de coreanos desocupados por la empresa que decidieron quedarse en México a intentar hacer una vida, buscando trabajos y adaptándose en pequeñas comunidades tanto en Cadereyta como en Monterrey. Cuando Hyun fue desocupado y un filipino que acababa de llegar a México tomó su lugar como soldador, se dirigió a su pequeño dormitorio y agarró sus cosas, entre ellas los papeles falsos que le habían entregado casi dos años antes. Antes de abandonar la fábrica por última vez, se encaminó hacia el consultorio médico para despedirse del doctor Cesar Carrillo. “¿Qué vas a hacer?”, le preguntó. Quería quedarse en México, al menos por un tiempo. Tenía 27 años, era joven y podía conseguir trabajo en cualquier otro lugar. El doctor lo comunicó con otro de los coreanos que habían permanecido en México y se despidieron.

Así fue como se dirigió por primera vez a Monterrey, con una dirección anotada en un papel que le entregó al taxista quien lo llevó a un pequeño departamento en el corazón del municipio de Apodaca, donde encontró a un grupo de cinco coreanos que lo recibieron. Uno de ellos trabajaba también como soldador y le consiguió su primer trabajo fuera de la petrolera, en una pequeña empresa en donde trabajó tan sólo dos meses ya que su empleador no quería tener problemas con migración y le preocupaba que los papeles de los asiáticos fueran falsos. Empezó a trabajar como mesero por las noches en un pequeño restaurante y en una casa de renta de películas en el día. Utilizaba el dinero que recibía para pagar la renta y una sola comida al día ya que enviaba el resto a su familia en Corea, con quien tenía contacto a través de correos electrónicos mandados sólo cuando podía pagar una hora en el cibercafé a la vuelta del departamento donde vivía.

Varios de sus compañeros de casa empezaron a abandonar el país cuando recibieron cartas del Instituto de Migración en donde se les solicitaba que dejaran México. Otros cruzaron la frontera a Estados Unidos. Hyun se cambió de casa y consiguió trabajos de soldador esporádicos, cuando se dio cuenta de que era una profesión bien pagada en México, aunque no podía recibir contratos fijos por su falta de papeles. Obtuvo otro trabajo de mesero por las noches y continuó soldando durante el día, trabajando por proyectos.

VII

Tras años después de haber visto partir al último de los asiáticos que trabajaron en la reconfiguración de la petrolera, el doctor Cesar Carrillo solicitó su jubilación. Se retiró y por algunos meses se dedicó a languidecer en su casa, pero una depresión se apoderó de él hasta que su esposa le insistió que la mejor manera de combatirla era seguir consultando. Un amigo de la familia lo contactó y le consiguió consultorio en una de las clínicas gratuitas de la cadena de Farmaciasdel Ahorro, en Monterrey. El doctor insiste en que la depresión se ha ido y se trataba sólo de un mal que lo atacó por sentirse inútil al no tener nada qué hacer con su tiempo. Siguió en contacto con algunos de los coreanos a quienes conoció en la petrolera, al menos con los que habían permanecido en la zona de Monterrey, a través de llamadas telefónicas, y en ocasiones, por correo electrónico. Hyun fue uno de ellos. Ahora el doctor y el soldador aprovechan los beneficios de la clínica gratuita en donde labora Cesar para poder atender las enfermedades o heridas pequeñas que sufra el coreano, sin que sea necesario mostrar papeles de residencia o visa de ningún tipo para recibir atención médica. Fuera del cuidado que le ofrece el médico, la comunicación que tienen ambos es escasa y sólo se telefonean algunas veces al año. Cuando me acerqué al doctor para platicar sobre la época en que los coreanos laboraron en Cadereyta, él muy amablemente me explicó que debido a que se trata de personas muy reservadas, iba a ser difícil. Además, muchos se esconden por miedo a ser deportados a su país. Hyun fue al único al que el doctor logró convencer para aceptar a una entrevista, más por la gratitud que siente hacia el doctor que por la necesidad de contar su historia. Cesar, con su cabello canoso e imponente estatura, me invitó a su antiguo domicilio en Cadereyta, una pequeña casa de dos pisos pintada de amarillo con las paredes interiores engalanadas con fotografías familiares, en donde reside ahora su hija mayor con su esposo y su hijo de tres años, para encontrarnos con Hyun, quien llega en camión con media hora de retraso. Han pasado ya más de 13 años desde el accidente en los andamios y el coreano todavía cojea de su pierna izquierda, mientras saluda al doctor con entusiasmo cuando se encuentran.

VIII

Poco más de una década después del arribo de los trabajadores asiáticos, aproximadamente ocho años después de que el último coreano hubiera abandonado la refinería, la petrolera Pemex demandó a las empresas encargadas de la reconfiguración: Siemens AG y Sk Engineering, del consorcio de Conproca, por 500 millones de dólares. La petrolera acusó a las empresas asiáticas de obtener contratos para participar en la modernización de la refinería mediante un pago de sobornos a funcionarios, lo que a su vez ocasionó que los costos subieran de manera extraordinaria. Aunque la demanda original versaba sobre supuestos de corrupción, el reclamo de la compañía mexicana a la asiática se enfocó finalmente en el retraso en la entrega del proyecto, así como en errores y omisiones ocurridos durante la reconfiguración de la misma, que han generado accidentes y pérdidas millonarias. La demanda por parte de Pemex fue presentada en una corte estadounidense en Nueva York, y a principios de este año falló el juicio a favor de la empresa mexicana.

Para Cesar y Hyun, la experiencia de haber trabajado en la petrolera fue una provechosa ya que les permitió forjar una amistad duradera, a pesar de los incidentes que los unieron en sus respectivos trabajos. Hyun tuvo que cruzar el ancho océano para poder pisar tierra mexicana, donde finalmente ha decidido permanecer por tiempo indefinido. En tanto que para Cesar, la petrolera fue el lugar en donde laboró durante poco más de 15 años y donde conoció no sólo a Hyun, sino a un puñado de personas de diferentes nacionalidades. Pero como profesionales, ambos consideran que la experiencia parece haber sido un fracaso para las compañías trasnacionales encargadas de la renovación de la refinería y para la petrolera mexicana. Al punto en que hoy parece poco probable que se vuelva a probar con suerte un proyecto similar en suelo mexicano.

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