Nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho

Por Andrea Quintero

Despertó después de aquel impacto. Llevó las manos a su rostro y sintió el dolor que se producía con el roce de sus dedos, resultado de un aniquilante golpe entre el cuello y el oído. Estaba desconcertada.

Fijó su vista al cielo, sólo encontró la noche vacía y oscura. Evocó el momento antes de ese choque contra su rostro: minutos atrás terminaba de cenar una popular salchipapa de 12 mil pesos colombianos, un plato enorme para una sola persona, y, como era costumbre, después de la cena encendió un cigarro y se sentó frente al bar. Fue en ese momento que no supo más de sí misma.

Volvió a la realidad. Seguía tendida sobre la acera.

En un intento fallido por levantarse, notó una hoja sobre su pecho sujetada intencionalmente a su brasier. El miedo invadió su cuerpo al leer esas tres escazas palabras de trazos rojos: “Estás muerta veneca”.

***

Entonces ¿cómo prefieres que te llame?

—Pues Bianca. Ese es mi nombre artístico —expresa entre risas.

Hasta hace seis meses, Bianca era una asesora de ventas en una reconocida tienda de ropa femenina en Caracas. Se mostraba siempre arreglada y muy bien vestida, tal vez demasiado para ser una empleada común que devengaba un salario mínimo. Los rumores de pasillos en su edificio residencial eran frecuentes: “Esa vive con un malandro”, comentaba una vecina mientras su esposo aprovechaba el momento para deleitarse con la figura de Bianca, quien ya sabía que era el tema de conversación y aprovechaba el momento para contonearse con más fuerza.

Los rumores eran ciertos, Bianca frecuentaba a un delincuente perteneciente a una muy mencionada banda delictiva.

—Me gusta mucho el dinero, y a los malandros no les duele soltarlo porque ellos no saben lo que es trabajar para ganárselo —comenta Bianca.

La escucho detenidamente. A pesar de su comentario crudo, hacia mis adentros le doy razón. Ellos no saben lo que es trabajar para ganárselo.

Fueron muchos los momentos agrios junto al joven delincuente de tan sólo 20 años edad. Bianca, de 22, decidió terminar su relación y darle una vuelta a su vida. Básicamente sus relaciones amorosas eran por interés; si se trataba de dinero, entonces debía agotar su último recurso: prostitución.

Cruzar la frontera

Emigrar es quizá uno de los temas más nombrados en Venezuela, después de la escasez. Está lleno de experiencias agradables y desagradables, pero al fin y al cabo experiencias. YouTube se ha llenado de videos de quienes se han marchado del país, con información para quienes deciden emigrar. Facebook también es usada para representar a los venezolanos en otros países. Está el caso del grupo “Venezolanos en Chile”, donde los integrantes cuentan sus experiencias, aciertos y desaciertos. También abundan las dudas, y es de entender: nadie se planea emigrar.

La tarde del 15 de noviembre del año pasado, un buscama de dos pisos, casi desolado, esperaba a Bianca. Salió de la terminal La Bandera-Distrito Capital, hasta La Fría, estado Táchira. Fueron unas 14 horas de viaje, entre paradas y el frio infernal de la noche. Al llegar a su destino, Bianca buscó un baño para asearse, luego se dispuso a desayunar. “Regálemele un caldo de huevo a esta muchacha”, decía la mesonera como si de regalar se tratara.

En el resto de su viaje no faltó hombre que entre piropos le indicara qué autobús debía tomar para seguir con su travesía, con unos más atrevidos que otros. Partió rumbo a la Redoma de Casigua, perteneciente al estado Zulia, zona Sur del Lago. Otras tres horas de viaje. El pasaje, por supuesto, le salió gratis

Justo ahí la esperaba una camioneta Ford 76, remodelada con barandas. Un toldo y dos tablas de cada extremo como asientos cubren la ruta La Redoma hacia Tres Bocas, el rio que divide a Venezuela y Colombia, llamado así ya que allí desembocan los ríos Sardinata, Nuevo Presidente y Tibú. Partió junto a tres personas más que se disponían a hacer el mismo recorrido, cada uno aferrado a la baranda debido al estado del paso de tierra que hacía de carretera. El camino fue largo, y el paisaje se dibujaba entre enormes cultivos de palma de aceite, presente en la mayoría de los alimentos y artículos de uso diario. Los búfalos adornaban el camino bajo la llovizna, sumidos en charcos de agua que dificultaban el paso de la camioneta.

En el paso del río se encontraba la Guardia Nacional venezolana, apostada en la zona. Realizaron un chequeo preventivo y les dieron paso, sin omitir los respectivos piropos grandilocuentes para Bianca después de entregarle su cédula. Justo ahí estaba la lancha que cruzaría hasta Tibú, Colombia. El puente del lugar había cedido, así que la lancha era el único método para cruzar de un lado al otro en escasos cinco minutos.

Bianca cruzó. Dio sus primeros pasos en tierra colombiana para continuar su ruta hacia la terminal de Tibu y posteriormente a Cúcuta, su destino final.

Suena fácil el recorrido. Realmente es un viaje agotador de 20 horas aproximadamente.

Bianca “La mala

Conocida como “Zona rosa”, en la séptima avenida de Cúcuta abundan las prostitutas venezolanas. De enormes curvas, rubias, morenas, mulatas y pelirrojas, así como transformistas y homosexuales, hay de todo en la plaza de la prostitución. Bianca entró en el grupo de las rubias con curvas y de cabellera espectacular.

—Desde que llegué fue de inmediato. Los hombres se fijaban en mí y las socias me miraban rayado, muy de malas. Es que las venezolanas resaltamos. Somos bellas y sabemos seducir a los clientes con todos los encantos que Dios nos dio —comenta Bianca con su nuevo sociolecto adoptado y acento santandereano.

La Guayabera es un sector popular del centro de Cúcuta. Sus calles están llenas de comercios: desde farmacias hasta expendios de licores, así como sus conocidos burdeles que abren las puertas a los clientes a partir de las cinco de la tarde. Disfrazan sus fachadas llamándolos “fuentes de sodas” o “clubes sociales”. Al fijar la mirada, entre las luces de colores y la oscuridad del recinto se ven apostadas en la barra alrededor de 20 mujeres, unas sentadas y otras de pie bailando al ritmo de la música que suena de fondo. Los clientes no tardan en llegar. Se dirigen a la barra, disfrutan de unos tragos mientras se deleitan mirando a las chicas que bailan alrededor de un tubo, simulando un table dance. Como si de una teibolera experta se tratara, ahí se encuentra Bianca, aprovechando sus cinco minutos de baile con el fin de conseguir un cliente, el primero de la noche.

“La mala” la bautizaron los clientes que comentaban que esta muchacha parecía insaciable. Era un reto personal para estos hombres, que pagaban hasta dos servicios para aprovechar al máximo de toda la lujuria y éxtasis de Bianca. Era la imagen que le interesaba vender, y daba resultado. Sus ganancias eran las más altas en el bar, y no tardó en causar molestia entre cuatro de sus compañeras, las únicas colombianas en el bar.

Bianca cobraba 40 mil pesos colombianos por 30 minutos de servicio. 10 de esos 40 eran para el bar. Las colombianas, en cambio, daban servicio por 45 mil pesos.

—Los clientes acostumbraban regalarme unos pesitos más porque se sentían complacidos con mi trabajo, y me decían que nosotras éramos más cariñosas y atentas, a diferencia de las colombianas. Ellos nos buscaban no por lo económico, sino porque les gustaba nuestro trato —añade Bianca.
La primera semana de trabajo fue próspera para ella. Obtuvo 600 mil pesos colombianos, el equivalente a 705.882 bolívares venezolanos al cambio (0.85). Sin dudarlo mucho, se dirigió a un reconocido supermercado de la ciudad. Cuando las puertas se abrieron, recordó momentos de su infancia.

—Como cuando era niña y mi mamá me montaba en el carrito de supermercado. Había de todo, y podíamos tardar hasta dos horas haciendo las compras de la semana. Así me sentí ese día —comenta, y me doy unos segundos para recordar junto con ella aquellos momentos.

Ese día, después de regresar de sus compras, Bianca aprovechó para llamar a su abuela, a la que llamaba cariñosamente “mamá”. Le contó todo lo que compró y lo que tenía tanto tiempo sin ver en los anaqueles de su país natal. Parece mentira, pero hay que vivir en Venezuela para entender lo que Bianca expresa con tanta alegría en el rostro. Su abuela, del otro lado del teléfono, también lo entendía. Después de terminar la llamada, Bianca se sentó a reflexionar y volvió a la realidad que vivía su abuela como muchos venezolanos. Sintió tristeza.

Volvió a salir, pero esta vez se dirigió a una casa de cambio, de las que se encuentran en todos los rincones del centro de Cúcuta. Entrego 200 mil pesos a cambio de una transferencia electrónica por 173 bolívares (1.14). Volvió a tomar el teléfono.

—Llamé a mi abuela y le dije que acababa de transferirle. Se puso a llorar. En ese momento me confesó que no había desayunado y mucho menos tenia para almorzar. Cuando la llamé antes, no quiso decirme nada. Esa tarde lloré, lloré mucho. De impotencia, de tristeza, de todo. Salí a trabajar con más ganas, no iba a dejar a mi abuela pasar más hambre —expresa Bianca con los ojos llenos de lagrimas al evocar ese momento.

Treinta minutos

Alrededor de 15 jóvenes bailan juntas, esperando un cliente. Un hombre les hace seña desde la barra.

—¿Cuánto cobra mamita?

—Para ti 70 mil pesos.

—Muy caro.

—Allá hay otras que te pueden cobrar menos.

Así Bianca evita pasar esos caóticos 30 minutos con un hombre. Si no le gusta, sube el precio, esperando que se rehúsen a pagar lo que pide. Así puede darse la vuelta y salir ilesa.

De los 30 minutos de trabajo sexual, por lo menos 10 son protocolares. Después de desnudarse (ambos) Bianca coloca sobre el vientre del hombre una toallita húmeda, comprada previamente en el supermercado, con un corte en el centro para evitar los roces entre piel y vello púbico.

—Las putas baratas no tienen esos cuidados. Una mujer que se dedica a la prostitución sabe que de cualquier manera puede salir infectada, y hay que evitarlo, así parezca paranoica.

No son válidos los besos, ni las caricias en los senos mientras se produce el acto sexual. Y, por supuesto, es obligatorio el uso del preservativo para el sexo oral o vaginal.

—Si es algo tan a secas ¿por qué los hombres acuden a esos lugares? — tuve que preguntarle.

—Los hombres que visitan burdeles saben que eso es así. Además, así se cuidan ellos, y nosotras también. Por lo menos saben que con una enfermedad no van a salir de ahí.

Definitivamente, un acto frívolo y mecánico.

La paisa

Desde la oleada de migración de trabajadoras sexuales venezolanas hacia Colombia, se han presentado enormes cifras de feminicidios. Los casos abundan, y la causa mayormente resulta ser ajuste de cuentas, venganza.

Bianca era una de las preferidas entre los clientes. Al parecer, los hombres que la frecuentaban realizaban apuestas para ver quién podía durar los 20 minutos de servicio completos con Bianca. Si alguno lo lograba, sus amigos le pagaban el servicio y le invitaban una cerveza.

—Yo era como un reto para ellos, y al principio me molestaba, pero me tocó entender que era mi trabajo y que de eso me beneficiaba. Ellos parecían niños apostando. En el fondo me causaba gracia —expresa ella.

“Sacha, la paisa” se hacía llamar una de las cuatro jóvenes colombianas que trabajaba con Bianca en el bar del barrio La Guayabera. Era oriunda de Medellín, la ciudad de la eterna primavera. Fueron muchos los altercados entre Bianca y Sacha en una guerra por el territorio que las venezolanas ya habían ganado, sea por los bajos precios o por el trato cordial.

—Lo primero es que me llamaba “La veneca”, y lo odiaba porque lo hacía para humillarme. Hasta que un día la enfrenté y le dije que yo no la llamaba la caliche narcotraficante porque eso era lo que se conocía de su país. Mucho boba, le exigí me respetara —cuenta Bianca.

Desde los tiempos de Pablo Escobar, Colombia fue víctima de muchos actos terroristas por parte del narcotráfico. Por supuesto, no faltaron los que decidieron partir de su tierra natal en busca de una mejor calidad de vida. Se dedicaron a la venta de comida, albañilería, a la labor doméstica y un sinfín de empleos. Y no faltaron las mujeres que se dedicaron a la prostitución. En los años ’70, Venezuela se llenó de extranjeros, procedentes en su mayoría de Europa y América del Sur, entre ellos muchos colombianos. Las calles estaban repletas de una extensa variedad de nacionalidades, y con los prostíbulos pasaba lo mismo. Parecía un país capaz de albergar a todos, y como prueba de esto sólo se puede alegar una cosa: nunca se reforzaron los controles migratorios.

Bianca compartía su habitación con una joven venezolana y una colombiana. Hasta que una mañana, despertando después de una extenuante jornada de trabajo, se dio cuenta de que le habían robado su dinero. Esto bastó para crearse una disputa que se extendió y llegó a los golpes, y no con la presunta ladrona, sino con Sacha. Ella defendía a su amiga colombiana, y aprovechó el momento para descargar su ira sobre Bianca. El resultado: el rostro golpeado y tres días sin poder trabajar. Los dueños del bar se vieron en la obligación de cambiarlas de habitación; las colombianas no dormirían con las venezolanas, y viceversa. Sin embargo, los robos siguieron siendo frecuentes. Bianca se vio obligada a esconder su dinero en un preservativo y guardarlo en su vagina mientras dormía.

—Desagradable —alega ella.

Las riñas en el bar continuaron.

Venganza

Era el jueves 12 de enero de 2017. Bianca, como de costumbre, se preparó para trabajar. Hacía calor en la tarde y aprovechó para estrenar lo que había comprado hace un par de días: vestido corto y ceñido al cuerpo, de maya que dejaba ver la ropa interior blanca de encaje que llevaba puesta; tacones negros de 15 centímetros y ondas en el cabello después de una hora de dedicación. Solía arreglarse el cabello ella misma, ya que su cabellera había sido una de sus mejores inversiones, y sentía desconfianza de las peluqueras.

Esa noche se sentía feliz porque en diciembre había ganado buen dinero para enviarle a su abuela. Además, estaba siendo pretendida por un cliente muy amable que hace unos días le había regalado un teléfono nuevo. Un “maridito”.

—A los clientes fieles se les llama “maridito”. Siempre vuelven —comenta Bianca con picardía.

Uno, dos, tres, cuatro clientes en lo que iba de la noche. Eran las dos de la mañana; la jornada había sido buena. Llamó al restaurant de comida cercano al bar. No tardó en llegar su cena. El joven encargado del delivery del restaurante solía ir contento a entregarle la comida a Bianca, que lo recibía siempre con un beso en los labios. La salchipapa era uno de los delirios de Bianca, y posiblemente lo que más le gustaba de Colombia. Es un plato popular de comida rápida que contiene salchichas, papas fritas, salsas y picante.

Después de cenar, acostumbraba a fumar, habito que había tomado desde su llegada a Colombia. Se sentó en la acera del bar mientras veía cómo se esparcían las cenizas del cigarro sobre el piso. No pudo advertirse de los pasos que iban en dirección hacia ella, la bulla no le permitía escuchar otra cosa más que el reggaetón que sonaba. Sintió una extraña sensación, y cuando volteo, llegó el impacto.

Cayó tendida. Al despertar, estaba adolorida y llena de miedo. Apenas podía sostener su sentencia de muerte.

Estas muerta, veneca”

Eran las 5:00AM. Bianca no podía creer que nadie hubiera salido a auxiliarla. Se levantó y guió sus pasos hacia la parte trasera del bar. Tocó la ventana a una de sus compañeras de cuarto. Se abrió la ventana. Su compañera le dijo que debía marcharse.

—Recuerdo que me dijo que me fuera o me matarían y a ella también. Yo no podía creer lo que pasaba. Me dijo que los dueños dieron la orden de no dejarme entrar porque no podían evitar los problemas y no querían una muerta dentro de su bar —añade Bianca.

No se le ocurrió más que llamar Juan José, el maridito. Trabaja como taxista nocturno en Cúcuta y desde hace un mes frecuentaba a Bianca en sus ratos libres. Ya habían creado un vínculo amoroso. Después de unos minutos, Juan José acudió al sitio. Mientras conducía, no le dirigió la palabra, hasta llegar al terminal. Le regaló su chaqueta para tapar su atuendo de “fufurufa” (prostituta) y le dio la orden de regresarse a su país.

—No entendía su actitud. Sólo pudo decirme que si me quedaba no la contaba —asegura Bianca, conmovida.

“Usted no está en su país. La dejaron viva porque la policía estaba en la zona y esperaron a ver si la veían echada en el piso para que la deportaran de una vez. Váyase que si me ven con usted me jartan la perra por sapo”. Estas fueron las palabras de Juan José, recuerda Bianca, quien sigue vacía. Sus ojos tristes reflejan lo significativo que logró ser su vínculo con este hombre, aunque muy breve.

Inmoral

Someterse a mantener relaciones sexuales de forma repetitiva a cambio de dinero es una mala simulación de una relación humana, un acto artificial. No existen sentimientos ni consideraciones, ya que el mercado sexual expone a estas mujeres como objetos. La realidad es que no hemos abolido la esclavitud. Al contrario, la prostitución es la encarnación de la esclavitud modernizada, es un mundo frívolo y oscuro.

Jóvenes como Bianca se expresan de esta labor como si no existiera otra alternativa o como si no fuera algo tan malo. Lo manifiesta con naturalidad, no muestra rencor alguno sobre quien se presume intento quitarle la vida, inerte, no se inmuta.

Aunque con un tono amarillista, los medios de comunicación colombianos reflejan realidades como las de Bianca, donde aparentemente el problema es la emigración y prostitución. En ese país, la prostitución es un acto inmoral, mas no ilegal. A pesar de que el código penal prohíbe todo tipo de proxenetismo, la realidad es distinta. Parece contradictorio atacar a las prostitutas cuando el verdadero problema radica en los prostituidores. Excepciones sólo existirán para quienes venden su cuerpo de forma particular, y son realmente pocas.

Bianca es nuevamente el tema de tendencia en su edificio, ahora por “inmoral y prostituta”.

—¡Otra raya para el tigre! —exclama entre risas.

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