Por Irma Salinas Rocha

Foto por Victor Hugo Valdivia

La orquídea parásita es el nombre que dio el escritor Gerson Gómez a su antología de crónica urbana en Nuevo León. El texto presentado aquí forma parte del libro lanzado esta primavera por la editorial de la UANL.

Monterrey, usted quizá lo haya notado, no es precisamente una ciudad que se distinga por su vida nocturna. Las tres o cuatro boites de noche con showcitos de medio pelo y el puñado de discotheques no justifican el potencial económico de la ciudad, que podría sostener un intenso ritmo de diversiones de esta clase. ¿Por qué? La respuesta es fácil: los happy few de Monterrey no son ni más ni menos recatados que los de otras ciudades cosmopolitas semejantes. La diferencia es que los regiomontanos se sueltan el pelo, pero en privado o fuera de su ciudad. Usted no podría ser la excepción, a riesgo de darse una quemada de tercer grado. Afortunadamente, sus millones le permiten trasladarse a las grandes capitales del reventón o pagarse placeres clandestinos en su ciudad; bien disfrazándose de Fantomas para hacerla de peeping Tom por las noches tratando de sorprender mujeres desnudas o por desnudarse a través de alguna descuidada ventana (con la seguridad de que cualquier inoportuna interrupción será neutralizada a base de pesos), bien pagándose encerronas ferozmente custodiadas por sus guardaespaldas, en las que usted sea tratado como sultán por un escogido harén de bellas oficinistas y universitarias que mejoran sus ingresos trabajando horas extras. Si su atrevimiento se lo permite, usted puede hacer del consabido espectáculo una sesión placentera para sus amigos voyeristas, que podrían gozarlo desde el otro lado de los espejos de dos caras ya muy conocidos en el pornomundo. Pero si usted es más sensato optará por alejarse lo más posible de la curiosidad local para refocilarse a sus anchas en todos los lugares internacionales que se especializan en ofrecer los placeres más paradisíacos y sofisticados que pueda imaginarse.

El que viaja, conoce; el que conoce, desea; el que desea, busca. Con dinero: el que busca, encuentra. Usted puede encontrar todas las sensaciones placenteras que el comercio underground ha multiplicado y refinado en ciertos sitios.

Empecemos por el erotismo visual, que es el erotismo de nuestro tiempo. El striptease que surgió como audacia máxima en los centros nocturnos de París, Londres y Nueva York, como usted sabe, ha tenido que pulirse con elementos coreográficos y escenográficos para seguir teniendo éxito. Después de Hair y Oh Calcuta!, los espectáculos musicales que produjo la ola desinhibidora de hippies y rock durante los setenta, a los y las strip-teasers no les quedó más que aprender a bailar danza moderna. El striptease se convirtió entonces en un espectáculo apto, casi, para toda la familia. Claro, para toda la familia de otras latitudes. En Monterrey usted, pero sobre todo su esposa, han desaprobado, y si no ha sido así deben hacerlo en la primera ocasión, todo espectáculo que atente contra la decencia y las buenas costumbres. Seguro que su esposa, con la anuencia de usted, capitaneó uno de los comités de damas que fustigaron la presentación de unas negras lascivas que pretendían mostrarse en Monterrey con el busto (la palabra “senos” es impropia) al aire en una función dizque de ballet lleno de convulsiones; fue también ella una de las más destacadas representantes de la ira de Dios que cayó sobre quienes quisieron —y al fin lo lograron, desafortunadamente— ver la estatua de un hombre desnudo en plena Fuentes del Valle. Todavía considera que hubiera sido un triunfo del recato, necesario para educar a la comunidad en las santas enseñanzas, haberle puesto una hoja de parra al David que hoy en día erige con toda indecencia sobre nuestra avenida San Pedro. Un triunfo semejante hubiera sido que a la réplica de la Diana, donada a Monterrey por el centro por quién sabe qué oscuras razones, le hubiese sido puesto un taparrabo como el que mandó poner al modelo original la entonces primera dama de la nación, doña Soledad Orozco de Ávila Camacho.

Pero volvamos a los placeres individuales, que esto ya es harina de otro costal. Por razones de su alta jerarquía usted debe conocerlo todo, pues ha ido intuyendo que en la esfera de los business hasta los temas más remotos o diabólicos un día se truecan en oportunidades. Maneje pues al centavo todo lo que se refiere a nudismo. Además de los striptease, debe conocer los shows de moda que en la Broadway Street de San Francisco, la Bourbon Street de Nueva Orleans o Time Square de Nueva York se hallan de puerta en puerta. Se han vuelto rutinarias todas sus variantes: hombre con mujer, hombre con hombre, mujer con mujer, hombres con mujeres y mujeres con hombres e incluso, de vez en cuando, algún hombre o mujer con su mascota preferida. Es posible, por razones de edad, que usted se haya perdido algunos de los shows internacionales conocidos por su espectacularidad que existían en la grandiosa Cuba de Batista. Este importante centro de prostibulario fue arruinado para siempre por los barbones comunistas de Fidel, quitándole así todo su sabor guapachoso y festivo a la bella isla. Tendrá que buscar, en este caso, para no quedarse con esa laguna, centros similares en otras partes del mundo: Tánger, Las Filipinas, Corea del Sur, Puerto Rico.

Sólo en Monterrey puede ocurrir que una sala de arte como se hace llamar al cine Buñuel, se dedique a pasar exclusivamente películas pornográficas. Pero nadie puede dudar de su éxito taquillero. Las colas para entrar a la función de media noche son más largas que las que hay en los países socialistas para comprar tres litros de leche. Aunque usted, que jamás ha hecho colas en su vida, ni siquiera para comulgar, no pensaría ni por asomo en asistir a una de estas funciones. En ciertos pubs de categoría a los que usted ha ido en Estocolmo, Oslo y Copenhague ha visto la mejor selección de pornofilms; pero además los mejores de ellos forman parte de su filmoteca particular. En su pantalla gigante usted se los pasa a sus amigos más íntimos. La privacidad, tanto fuera del país como en éste, y principalmente en su ciudad, debe usted preservarse sobre cualquier cosa. Más en cuestiones tan delicadas como son las de la moral.

[Ensayista, novelista y periodista. Junto a Abraham Alfaro, fundó la Iglesia Bautista Unida, en Monterrey. Autora de varios libros, entre ellos Tal cual: vida, amores, cadenas; Nuestro Grupo; Los meros, meros de Monterrey; Manual de conducta para multimillonarios, Mi padre, Mi Madre.]

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