Nací en 1966 en la comunidad de San José del Río, una pequeña comunidad oaxaqueña. La primaria la estudié ahí pero a los trece años salí para estudiar la secundaria en Tlaxcala, hasta la fecha no he vuelto a vivir allá, solo voy de visita. Un maestro que trabajaba en la comunidad me animó para estudiar en Tlaxcala, viviría y comería en la casa de sus padres a cambio de trabajo. Con una muda de ropa, junto con mi papá y el maestro salimos de la comunidad.

Tres meses después de haber ingresado a la secundaria mi padre llega a visitarme, platica con el papá del maestro y este le exige pagar tres meses de comida. Mi papá se asombra pues apenas llevaba dinero para su pasaje de ida y vuelta. Se aflige mucho y me dice que mejor me regrese al pueblo, a lo cual respondo que no, que no me podía regresar, que mejor consiguiera dinero en el pueblo para pagarle al maestro y en los próximos días yo abandonaba la casa. Nunca entendí por qué el señor me estaba cobrando cuando habíamos quedado que me iba a ganar la comida con el trabajo, ir por la alfalfa, traer las vacas y darle de comer a los marranos. Atendía como 8 marranos, un burro, 4 vacas y varios conejos.

Personalmente, el tránsito de primaria a secundaria fue muy doloroso. Vivir de arrimado y recibir malos tratos aún me duele. La secundaria fue un parteaguas de mi vida –lo dice con la voz ahogada–, prácticamente yo no tuve adolescencia, la viví muy rápido y tuve que adaptarme a un estilo de vida duro, a la exigencia del trabajo. Sufrí muchas calamidades siendo aun un niño pero tuve que aceptarlo como un reto, era la única forma de poder reivindicarme, mostrarme y mostrarle a los demás que podía salir adelante. No podía rendirme, había salido con la misión de superarme y ser distintos a los de mi pueblo, a los de mi familia.

Después de que se fue mi papá, construyo mi mundo de subsistencia. Anduve preguntando a mis compañeros de la escuela quién podía albergarme. Hubo un amigo que planteó mi caso a su familia. Un día me dijo, ve a ver a mi mamá, ella dice que te puedes quedar con nosotros pero tienes que ir a hablar con ella. Fui a platicar y la señora me dijo que si. Ese mismo día me salí de la casa y me despedí diciéndole, sabe qué, me voy. Con mi papá quedamos en que no le va a poder pagar lo de estos días, solo los tres meses, lo demás no se va poder.

En la segunda casa, los hijos de la señora que eran de mi edad se ponían mis zapatos y mi ropa, yo tenía que volver a lavarlos, y eso no me gustaba. El esposo de la señora vivía en México, trabajaba como vendedor ambulante y llegaba cada mes con su familia. La señora no tenía autoridad sobre sus hijos, solamente les llamaba la atención pero no solucionaba el problema. Un día, el esposo llegó a su casa. Le expuse los problemas y me dijo, tu te vas a poner al servicio de mi papá, un señor grande que se dedicaba a la producción y venta de pulque. El abuelito me asignó un burro y unos 18 o 20 magueyes. Me iba yo al cerro todos los días a calar los magueyes para sacar aguamiel. Sacaba alrededor de 20 a 25 litros, todos los días. Con el trabajo no había problema, yo aprendí luego luego. El problema eran los malos tratos, no me sentía cómodo en esa casa. Era mucho abuso de mis cosas, me fui a otra casa.

A la casa del abuelo frecuentaba un señor a tomar pulque, un día me dice, vente a vivir con nosotros, ayúdame en el campo, nosotros tenemos niños pequeños y no te van a molestar. Un día me ganó la voluntad y me fui con él. Este señor vivía a una cuadra, tenía niños pequeños de entre 8 y 1 año. Mi papá nunca tomaba, yo no sabía qué era el alcoholismo ni que ese señor fuera alcohólico. Pero cuando llegué a su casa, todos los día peleaba con su señora, siempre estaba tomado. Como castigo, habían días completos en que la señora no le daba de comer. Ella solita veía cómo y qué le daba a sus hijos. Yo me tenía que aguantar el hambre, si había alguna tortilla seca en la cocina lo agarraba, comía lo que fuera, no había comida formal, así pasó el tiempo. Finalmente, un día la señora decidió irse de casa con sus hijos. El señor siguió tomando en la calle. Subsistí esos día como pude. Con el ganado no tenía problema, tenía su terreno y sus alfalfas. Los ganados y los marranos estaban atendidos pero yo no.

Después de haber vivido con varias familias donde no me trataban bien, me fui a vivir con una pareja ya grande que eran vecinos del borracho. La señora sabía de sobra como vivía con sus vecinos, cuando no tenía de comer ella me regalaba comida y me reprochaba por qué había llegado con esa familia. Pero yo ya estaba ciscado. Finalmente un día me convenció. Con nosotros vas a ser lo mismo, vas a traer leña, ir por mazorca, a tener la alfalfa para mis animales, pero vas a estar solo, no tengo niños. No tengo quien me ayude en estas actividades. Yo te voy a atender a ti como si fueras mi hijo. Agarré mi mochilita y un poquito de ropa y me fui con ella.

En esa casa yo iba todos los días por alfalfa hasta el otro pueblo como a una hora y media de distancia. Llevaba el burrito que se iba a galope. Cortaba la alfalfa, cargaba el burrito y lo traía de regreso. A medio tramo el burro tenía un lugar donde se echaba, le quitaba yo la carga, lo dejaba descansar, le volvía a poner la carga y de nuevo a caminar. Eso era de todos los días. Llegando a la casa, a limpiar el lugar de las vacas, a ordeñar, ese era mi trabajo cotidiano. Los domingos era traer mazorca, leña, a limpiar el patio, a tirar el estiércol del establo. Yo disponía los domingos entre una o dos horas para bañarme, era mi único tiempo que tenía yo. Me bañaba yo cada ocho días. Ese era mi vida, incluso ya me había acostumbrado.

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Cuando el señor ya se encontraba sobrio me fue a buscar, su mujer nunca regresó. Me dijo, vente a la casa, ya no estoy tomando. Me habló como si fuera su hijo. Le dije que ya no iba a regresar porque sufría mucho con ellos. Le agradecí mucho su interés. Pero como a los ocho días, una cosa que me marcó mucho, fue que me llamaron a la agencia municipal. Era un pueblito que se llama Tleacalco, no era en la mera ciudad. Una tarde después después de salir de la escuela, la señora me avisa que me había llegado un citatorio de la agencia. Me pregunta si había robado o hecho algo malo. Le dije que no. A las cinco de la tarde fuimos a la agencia. Ahí estaba el señor en donde había vivido. El agente municipal dice: mire señora, mandamos a traer al joven porque dice el señor Pablo que cuando el muchacho vivió en su casa, le robó una llave Stilson y Perica y quiere que se lo pague. En ese momento me desplomé en llantos pero la señora me calmó. No te preocupes, me dijo. Lo que había sucedido en realidad es que las llaves se perdieron mientras arábamos la parcela del señor, lo dejamos un rato en el camino pero alguien se los llevó. Esas dos llaves me estaba cobrando. Cuando le explico esto a la señora y al agente municipal, la señora se molesta mucho, regaña al agente municipal, al borracho y a todo mundo, los manda al carajo, y me dice, ya vámonos. Ni yo ni el muchacho les vamos a pagar, el se está ganando la comida con trabajo, nunca ha tomado nada en mi casa. Abandonamos la agencia.

Más o menos como en el mes de mayo mi madre, en tres años por única vez en tres años mi mamá llega a visitarme. Llega una mañana a la escuela, me vocean y me la encuentro en la dirección, como tenía que seguir con las clases la instalo en la casa donde yo vivía. Al salir de clase, regreso a la casa y en la puerta oigo llorar a mi mamá, escucho que la señora le cuenta parte de la historia de las llaves. Yo nunca le dije nada a mi mamá de cuánto había sufrido. Cuando ella se regresa al pueblo me dice: vámonos a la casa, hijo ya no debes estar aquí porque sufres mucho. Le dije que tenía planes de seguir con la Normal. Y cómo le vas a hacer. Así como siempre. Pero es que sufres mucho. Pero ya me acostumbré. Días después me manda un telegrama donde me dice, ya hablé con tu tía Delfina para que te vayas a Río Grande, vas a estar en su casa, vas a estar bien, ella va ver por ti. En ese entonces tenía vagos recuerdos de mi tía. Estaba yo muy chico cuando la había visto. Terminando la escuela secundaria me despedí de la pareja y me fui por mis documentos al pueblo y de ahí a Río Grande a buscar a mi tía.

Cuando llego con mi tía ella estaba saliendo hacia su lugar de trabajo pero me deja a cargo de una señora. Ella me da de comer mientras realizo los trámites, el examen y la inscripción. Cuando voy para inscribirme. En la administración de la Normal me dicen, sabes que, este acta de nacimiento está firmada por el agente municipal de tu pueblo pero ya cambió el formato, es este, tiene que estar firmado por el oficial del distrito. Si no lo presentas en el último día de la inscripción este formato nuevo y en tres tantos, no te podemos inscribir. No te podemos dar tu ficha para el examen. Todavía le dije que venía desde lejos. Esa es la regla, me dijo. Me pregunté, cómo le hago. Por la tarde noche, como a las 10 de la noche agarré el camión con rumbo al istmo. Tenía como cinco días de plazo máximo, al sexto día era el examen. Llegando a Pochutla empiezo a hacer las cuentas de los días. Mi papá va venir a Oaxaca y de ahí se tendría que ir a Choapam porque ahí está el registro civil, le llevará tres días y si no arregla el acta en ese mismo día ya no me da tiempo de inscribirme. Empiezo a calcular los tiempos, con unos cuantos centavos en la bolsa, me bajo en Pochutla y decido cambiar de dirección. Me propongo, yo tengo que ir por mi acta para evitar ir a al pueblo.

Tomo el autobús para Oaxaca y amanezco como a las cinco de la mañana, anduve preguntando en la central camionera para ir al distrito, me dijeron que el autobús salía a las 6 de la mañana. El autobús no llegaba a Choapam solo a Totontepec y de ahí habría que caminar. Compré mi boleto y en el trayecto hice amistad con dos tres personas. Se identificaron conmigo porque conocía a mi familia y me compartieron comida pues yo no llevaba nada. Total que llegamos a Totontepec como a las dos o tres de la tarde. El camino feísimo, como era el mes de agosto todo estaba lodoso, lluvioso. Lo que hice en Totontepec fue comprarme un metro de nylon para envolver mi acta y a caminar, como las nueve de la noche llegamos caminando a Choapam. Me dijo el señor que me quedara en su casa. Al otro día (tercer día), el mismo señor donde me había quedado me dijo que su sobrina trabaja de secretaria con el oficial, que no me preocupara con lo del acta, seguro que me daría un acta nuevo. Al llegar a la oficina, no estaba el canijo oficial, se había ido a un casamiento, regresó como hasta las cuatro de la tarde, estuve toda esa mañana pendiente, autorizó mi acta y me despedí de la familia. Hay vengo caminando a esas horas bajo un intenso aguacero, varios ríos estaba crecidos pero las crucé porque sabía nadar. Llegué a Comaltepec y de ahí a Totontepec. El camión salió temprano para Oaxaca y ahí voy de regreso a Río Grande pero el dinero solo me alcanzaba la mitad de recorrido, el machetero me quiso bajar en el lugar pero los pasajeros intercedieron para que me dejara seguir, un señor me regaló dinero para poder continuar, como pude llegué llegué a Río Grande justo en el quinto día. Así es como ingreso a la Normal.

Viví todas estas experiencias siguiendo un sueño, llegar a ser maestro. Y aún con todos los obstáculos lo que recuerdo con mucho orgullo es que siempre estuve en el cuadro de honor, siempre estuve en unos de los tres primeros tanto en la secundaria como en la Normal. Eso fue mi salvamento emocional.

Por: Crisóforo Cardoso Jiménez*

*Estudiante de Doctorado en Antropología Social, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

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