Por Leonardo González

Entre los pasajeros del camión 4854 de Autobuses del Noreste, la conversación giraba sobre los rumores de que otras unidades de la misma compañía habían sido asaltadas por los Zetas, precisamente en el tramo de Monterrey a Ciudad Miguel Alemán. La leyenda incluía el rumor de que un grupo de estudiantes había sido secuestrado y forzado a trabajar para la organización clandestina en pequeñas ciudades tamaulipecas que de un día para otro se volvieron campos de batalla, lugares sin ley en los que los carteles peleaban por las plazas, usando armamento y tácticas dignas de una mala película de Hollywood. Una pasajera del camión 4854, Karla Martínez, estudiante del Tec de Monterrey, había escuchado los rumores de asaltos y secuestros a personas en el tramo de Cerralvo a Ciudad Mier el día anterior, pero eso no la amedrentó para decidirse a viajar y ver a su familia durante el puente vacacional del 16 de septiembre de 2010. Extrañaba sus padres, a su hogar y a su pueblo. Antes de subirse al camión, sus amigos de Monterrey le expusieron lo peligroso que aún estaba el camino hacia Ciudad Mier. Karla tomó un taxi, se dirigió a la central de autobuses, compró su boleto y espero la salida del autobús. Al subir vio muchas caras conocidas, ningún amigo. La unidad 4854 estaba un poco destartalada. Karla recordaba los camiones de Autobuses del Noreste mucho más cómodos y modernos. Pensó en la mala situación económica de la compañía: debido a la inseguridad se habían visto obligados a reducir costos bajando mucho la calidad de su servicio. Como quiera, esta vez, el camión iba casi lleno, en su mayoría de estudiantes. Durante más de hora y media transcurrió el viaje de manera tranquila. Los poblados y pequeñas ciudades de Nuevo León iban quedando atrás. La tensión del inicio se diluyó y todo volvió a la normalidad de cualquier recorrido en camión: una señora batallaba con su hijo llorón, los estudiantes siempre soñolientos dormían plácidamente en los asientos y otros pasajeros se entretenían con la película de turno. Las cosas cambiaron a partir de Cerralvo. El camión paró en la pequeña central de esta ciudad que alguna vez fue la capital de Nuevo León. Empezó el movimiento de gente que subía y bajaba con sus maletas y sus despedidas ruidosas. Nadie noto en ese instante que dos hombres armados se subieron y se acomodaron en los últimos asientos del camión, que la central había sido secuestrada por el crimen organizado, y que lo que hacían estos tipos era una estrategia de selección para decidir a quién bajarían. Tras diez minutos de espera, los pasajeros del autobús 4854 se empezaron a impacientar. Con silbidos, quejas y comentarios de molestia, la gente hizo sentir su desaprobación por el tiempo perdido en la parada. No pasó mucho tiempo para que la molestia se convirtiera en miedo. Otro grupo de hombres armados rodeó al autobús. Desde abajo gritaban amenazas de muerte. Los gritos de los sicarios desgarraban el inquietante silencio de los pasajeros, mientras los sollozos de algunas señoras eran casi inaudibles; los estudiantes esperaban con miedo a que un adolescente cargando un cuerno de chivo los seleccionara para bajarlos del camión. Impotencia y humillación eran los sentimientos que prevalecían entre los pasajeros. “Los viejos más feos que he visto en mi vida se subieron y empezaron a gritarnos, nunca nadie me había dirigido esas palabras, menos con tanto odio y crueldad. Bajaron a varias muchachas y hombres, fue horrible, sentí mucho miedo”, recuerda Karla, quien se encontraba paralizada del miedo. No emitió ni un solo ruido, y mientras deseaba volverse invisible a los ojos de estos individuos, pensaba en las fatales consecuencias de su decisión de viajar ese día. Sintió más miedo aun cuando vio que el único conocido de Ciudad Mier que había visto en el camión, Luis Francisco, un estudiante de Ciencias Políticas, había sido bajado por estos hombres. Siempre había pensado que la guerra era una especie de cliché cinematográfico, hasta que descubrió que no. En ese momento, le ocurrió otro cliché: su vida pasó delante de sus ojos en un segundo. “A él lo bajaron, lo tenían contra el camión, apuntándole con un arma, pero se volvió a subir, el peor error que pudo haber cometido, se subieron por él, lo golpearon, le dijeron que lo iban a matar”, recuerda con lágrimas en los ojos. Se trataba de muchachos de estatura mediana, morenos, flacos, que vestían con camisas polo, mezclilla y zapatos. Una vez que dejaron que el camión saliera, Karla miró por la ventana. Trataba de conocer la suerte de Luis Francisco, mientras rezaba por su vida y la de ella misma. Fueron demasiados minutos de angustia, miedo e impotencia, hasta que por fin regresó Luis Francisco y otro estudiante de Miguel Alemán, que también había sido retenido. El chofer tomó el volante, metió reversa y reanudó el camino. El asalto había terminado. Un asalto en el que el botín no fueron los objetos materiales. Un asalto entre muchos otros que se habían dado en estos tramos sin ley, donde al ejército no le alcanzaba (ni le interesaba) cubrir la vasta extensión de caminos tan recorridos en antaño y tan vacíos ahora. Ese día, seis personas fueron sacadas de aquel camión. Sólo regresaron dos. Cuando el camión enfilaba de Cerralvo a Ciudad Mier, todos los pasajeros comenzaron a rezar el padrenuestro. Uno tras otro hasta llegar a su destino. Una hora de rezos angustiantes tardó el camión 4854. En la central de autobuses de Ciudad Mier, Karla era esperada por su mamá. Le dio un abrazo fuerte y le contó asuntos triviales. No mencionó que en el camino había visto cómo seis pasajeros del autobús fueron tragados por la guerra.

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