Por Kyzza Terrazas

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Sergio en su Moskvich azul.

Un hombre que recoge basura en la playa de Santa María, cerca de La Habana, nos pregunta de dónde somos. Es negro, tiene la barba blanca y un overol verde olivo. Cuando respondemos se pone a nombrar, con una sonrisa, a ciertos “héroes” de la historia mexicana: Miguel Hidalgo, Vicente Guerrero, Benito Juárez, etcétera. Cabe destacar que no menciona a ninguno de la revolución. Me cuestiono en silencio si alguien que recoge basura en México podría nombrar a “héroes” cubanos o incluso mexicanos. Momentos antes un duo de músicos ya se había acercado a preguntar nuestro origen (¿por qué será siempre la interrogación obligada?, ¿acaso nos dice algo sobre quiénes somos?); al escuchar de dónde éramos uno de ellos comenzó a imitar el acento mexicano y a cantar narcocorridos y a decir que él era de Zihuatanejo —debo confesar que por un momento le creí. Estos dos traen lentes oscuros, gorras con el logotipo de Banda el Mexicano y a lo largo del intercambio nosotros no paramos de imitar el acento cubano, que a ratos nos sale pero más que nada se siente bien intentarlo. Resulta disfrutable, pues, montarse sobre ese ritmo de vocales y paladearlo. De manera que cuando se aparece nuestro chofer a recogernos le digo: “¿Asere, qué volá?”. Nos mira y contesta: “Ya llegó Selgio el bailadol”, y con ello hace homenaje al bobalicón apodo que le hemos puesto desde hace unos días.

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Turistas mexicanos con cubanas

 

La tarde ya ha comenzado a caer sobre Santa María y varios elementos de la policía especializada se encuentran merodeando por ahí, pidiéndole su identificación a algunas mujeres. Una vez que las tienen llaman por el radio para verificar no sé qué, probablemente si es que ya han sido fichadas por prostitución. Frente a nosotros también está un grupo de turistas canadienses gays que tienen la música a todo volumen y que llevan rato ya jugando a aventarse una pelota de futbol americano. Con esa estampa un tanto contradictoria —canadienses gays jugando futbol americano y policías en busca de jineteras— abandonamos la playa, caminamos hasta un estacionamiento donde abordamos el Moskvich azul de Sergio y manejamos de regreso a La Habana. Se han declarado dos días de luto nacional por la muerte de Mandela así que todo está cerrado y por ello el malecón está aún más atestado de lo normal. El malecón, chico.

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El recoge basura.

Más tarde salimos de nuevo en el Moskvich azul y nos juntamos a cenar con unos jóvenes cubanos en casa de Patricia, amiga de uno de mis compañeros de viaje. Los comensales somos casi todos cineastas, aunque también hay un par de chicas jueces. Se comen frituras de malanga y se dan todo tipo de conversaciones, pero finalmente llega aquélla donde se pregunta y se discute sobre el régimen, sobre los logros y derroteros de la revolución. Yo intento ser honesto. Digo que desde mi ignorancia de la realidad cubana soy crítico acérrimo del régimen castrista, de su aparato represor y sus invocaciones patrióticas, pero que también puedo ver algunos logros importantes como la medicina y la educación y que disfruto no ver publicidad por todos lados. Que desde una mirada muy superficial percibo que hay menos desigualdad que en otros sitios. Como nos encontramos haciendo una investigación para una película sobre ciertos personajes importantes de la revolución cubana y la guerrilla en Bolivia, les comento sobre mi confusión: antes de emprender este proyecto, digo, no podía estar más alejado de un pensamiento que defendiera el uso de las armas para la transformación social. Sin embargo, conforme investigo más —más ahora estando en Cuba— esa postura se complejiza: por más que mi corazón sea antimilitar y que crea en la absoluta libertad individual como base de cualquier acuerdo comunitatio, entiendo que a veces el fusil y la inmolación puedan ser un camino, que un proyecto en ocasiones se deba defender con armas. Las reacciones son diversas, todas apasionadas: una chica dice que si tuviera a Raúl Castro enfrente le metería un tiro sin chistar y también sale a relucir que La historia me absolverá, el libro de Fidel Castro, es una frase tomada de Mein Kampf, de Hitler; algunos me atacan, otros entienden de qué hablo —las cubanas y los cubanos también se sienten confundidos— y así la noche termina pasando entre rones y risas hasta que nos volvemos a montar en el Moskvich azul, saludamos a Sergio con un “¿Qué pasa, chico?” y regresamos al hotel. Cruzamos el lobby y decidimos tomarnos la caminera. En el bar a esta hora hay pocos turistas, algunos de los cuales conversan con las jineteras que pueblan el sitio. La mayoría de ellas, sin embargo, permanecen sentadas en silencio, bebiendo con melancolía su jugo de melocotón sin mayor esperanza de que la noche traiga dinero o alegrías. 

Hoy que escribo estas palabras —desde la comodidad capitalista de mi estudio, desde un país guadalupano donde diputados y senadores han aprobado ya la privatización del petróleo (que por cierto se discute mucho en la isla)— permanezco en la misma confusión iridiscente, aunque con la certeza de que Cuba y México están más cerca de lo que parece. 

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Un policía busca jineteras en la playa Santa María.

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