Por Kyzza Terrazas

La corrección política de los tiempos actuales parece tener su origen en la necesidad —civil, también filosófica— de otorgarle valor a todo aquello que no es ni ha sido parte del centro. En otras palabras, se trata de reivindicar la periferia, eso que ha permanecido injustamente oculto u olvidado en los confines del status quoLos cuestionamientos sobre prejuicios y visiones de género, de clase, de raza y también de geopolítica —es decir, todo aquello que es factible de discriminación—han conducido al intento de corregir ciertos caminos de la lengua, a cuidar la forma en que categorizamos las formas de vida que se alejan de lo que se considera la norma.

En México, la animadversión de los habitantes de casi todo el país por los chilangos —esos prepotentes pobladores del centrose explica a partir de una cierta discriminación geográfica que también es, por supuesto, cultural.  De ahí, pues, que de un tiempo para acá exista una tendencia —a veces real, muchas veces superficial— a descentralizar, a constituir eso que llaman federalismo. Y si bien es verdad que perdura esa actitud con la que los chilangos vamos por la vida como si nada existiera más allá del DF, también es cierto que los esfuerzos descentralizadores han rendido fruto en alguna medida. Aunque siga siendo insuficiente y muchos continúen quejándose, al menos parece que eso sucede con algunos proyectos políticos y culturales, también con las prácticas literarias y artísticas, sobre todo a raíz de la explosión de internet y, más recientemente, las redes sociales.

Ahora que el Distrito Federal está lleno de regias y regios con negocios exitosos y carreras en ebullición —en particular las gentrificadas colonias Roma y Condesa; cuidado con mencionar Tlalpan porque piensan que está en Guatemala y afirman no poder siquiera pronunciarlo—, esta columna surge en una plataforma electrónica proyectada de Monterrey como la venganza de un chilango.

Cumbia y desaparecer toma su nombre del título de un libro que publiqué hace algunos años en Moho, la editorial comandada por los heroicos Guillermo Fadanelli y Yolanda Martínez. Será un terreno para el diálogo, pero quizá, sobre todo, para el desencuentro con lo que me rodea, llámese política o cine o el velador de un estacionamiento público; un espacio para letras que querrán convertirse siempre en feedback de guitarra eléctrica.

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