¿Qué diferencia pueden hacer en la Franja de Gaza cientos de velas encendidas en su nombre en una famosa esquina de la capital de Jordania? 

Por Oziel Gómez Pérez

Las velas iluminaban tenuemente una de las esquinas de la Rainbow Street en el corazón de Ammán, la capital del Reino Hashemita de Jordania. Vistas de cerca no eran sino hileras de llamas mecidas por el aire que soplaba con suavidad en aquella zona de cafés y pubs anegados por el humo dulzón de los narguiles. Sin embargo, bastaba con retroceder un poco y echar una mirada a distancia para que a la memoria vinieran los videos y las fotos que mostraban las explosiones, el miedo y el llanto, el polvo, los escombros y las vidas interrumpidas a golpe de metralla. Aquellos cientos de velas dibujaban en árabe la palabra “Gaza”.

Los jóvenes que las habían encendido, muchos de ellos de ascendencia palestina, se abrazaron formando un semicírculo y comenzaron a cantar versos en los que se distinguía de vez en vez la palabra Palestina. Era una noche fría y algunos se cubrían con kufiyas –el pañuelo tradicional palestino– de cuadros rojos y blancos. Varias mujeres se acercaron al grupo para acompañar las estrofas con sus aplausos.

Aquél era un intento de desempolvar el recuerdo de la destrucción que las bombas israelíes habían causado en la Franja de Gaza durante la operación Margen Protector en 2014. Sin embargo, durante la hora y media que los jóvenes permanecieron en aquella esquina solo la cámara de un medio local captó la escena, unos pocos turistas extranjeros les dedicaron una mirada curiosa antes de continuar el paseo de viernes de noche y algunos habitantes locales se detuvieron para tomarse fotografías. Un vendedor ambulante de té se acercó a tomar, sin permiso ni discreción, una vela para iluminar su puesto móvil. Aparte de eso, nada más.

¿Había valido la pena reunirse para encender velas y entonar canciones? Aparentemente a pocos les importaban. Además, hacía varios meses que el último ataque israelí a gran escala contra la Franja de Gaza había terminado. En los medios ya no se hablaba de los 50 días de bombardeos contínuos sobre una población de 1,8 millones de personas hacinada en un territorio de apenas 365 kilómetros cuadrados (algo así como los habitantes de Guadalajara embutidos en la ciudad de Tapachula). El mundo había superado los 1,454 civiles palestinos muertos y encontrado algo nuevo de qué hablar. De modo que, ¿para qué rumiar la tragedia?

La respuesta llegó en una mezcla de árabe e inglés: “Fi Gaza mafi electricity”, dijo un joven. En Gaza no hay electricidad. “El mundo tiene que ver esto”, añadió otro. Aquellas dos frases encerraban en sí mismas argumentos inapelables sobre la necesidad de aquél mítin en memoria de Gaza. Sí, el mundo tenía que saber o, mejor dicho, recordar: había olvidado no solo la destrucción causada en el pequeño territorio palestino, sino las consecuencias que la población seguía sufriendo incluso varios meses después (cortes diarios de luz de hasta 18 horas, insuficiencia de servicios médicos y abastecimiento de agua por daños en infraestructura, entre otros).

Velas contra el olvido eran aquellas. Canciones y aplausos contra esa desmemoria que ya tanto daño le ha hecho al mundo. Productos de una esperanza innagotable: de que alguien vea, que alguien escriba, que alguien lea. Y que ante esto alguien recuerde y ese recuerdo lo haga sentirse incómodo, empático con las víctimas de la sinrazón, motivado a hacer algo.

En todo el mundo se lucha como se puede contra esta amnesia que padecen nuestras sociedades: con manifestacione, mítines, memoriales, libros y fotografías. Pero también con velas, canciones y aplausos. En plazas, teatros o en oscuras esquinas. Motiva por igual a palestinos, mexicanos, ugandeses, armenios, kirguises, japoneses… esta misma esperanza reconfortante de que al mantener viva la memoria eventualmente, masacres como aquellas, olvidos como aquél, no vuelvan jamás a producirse.

 

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