¿Qué se ve al ras de las calles de México a mediados de 1800?

Por Guillermo Prieto

El que haya leído con detenimiento la novela de Nuestra Señora de París por el inmortal Victor Hugo jamás olvidará aquella descripción viva y fantástica de la iglesia de Notre Dame, ni aquella omnipotencia de imaginación con que dota de pasiones, por decirlo así, a la arquitectura, de fisionomías a sus órdenes, y encuentra en los artesones y columnas los rasgos característicos de una generación o de varios siglos.

Este pensamiento filosófico en sí mismo me trae alborotadas las mientes días ha, y los postes de las esquinas y los canalones de las azoteas, quiero que me revelen la vida, las pasiones, las metamorfosis de esta capital que, aunque joven, ha sido alegre y versátil como la que más, y ha materializado, por expresarme así, las pasiones y los caprichos de sus moradores. Hubo un tiempo de actividad y de estupidez; los muladares en las calles lo anunciaban, la falta de alumbrado era prueba inequívoca del oscurantismo, y la persiana del balcón y la celosía de la accesoria, era la denuncia de la suspicacia del sistema virreinal.

El memorable Revillagigedo, nombre que inspira veneración y ternura a todo buen mexicano, fijó una nueva era, y la capital dócil participa del soplo vivífico del genio: los muladares desaparecieron, los perros dejaron de habitar mano a mano con las gentes, los mugidos de las vacas no interrumpieron más el sueño de los habitantes, los empedrados y banquetas se generalizaron y la capital parecía ser la dama favorita del gobernante bienhechor.

Las turbulencias intestinas y la gloriosa lucha de Independencia iban dejando sellos indelebles del movimiento intelectual, mojoneras que marcaban los avances del pensamiento, edificios que materializaban la pugna de dos generaciones con dos creencias distintas, que se disputaban el imperio del continente.

Y aquella capital heterogénea era el símbolo de la heterogénea población; transitaban aquellas banquetas neutrales zapatos tapetados y botas a la napoleona como las de Venegas, hombres de calzón corto y hombres de pantalón de punto, y tal cual chapín entre multitud de breves zapatitos bordados de oro o con ricas mancuernas. Por último, hablaré de mis tiempos, que es lo más acertado, y desarrollaré si posible me fuere, el pensamiento que elegí como exordio de mi artículo.

Las calles de México, en su transformación, me ofrecen unas páginas materiales, pudieran leerse en ellas nuestras revoluciones, nuestros desaciertos, servir de termómetro de nuestros atrasos o adelantos, de nuestras pasiones, de nuestros caracteres. Domina un deseo público, sorprende una novedad, aflige un mal, las calles lo delatarán al momento, los rótulos de las tiendas, las pinturas de las pulquerías.

En 1828. Tienda del saqueo. Café de los libres, y así sucesivamente. Globos en las ascensiones de Robertson y Lauriat. Pulquería de la Dona, que indica los progresos filarmónicos, la guerra con la Francia, el 15 de julio y la revolución última; modistas y cafeteros venden y proclaman el progreso: este nombre lo fijan en sus puertas, avisan con ello al extranjero el santo del día; Palacio se viste de gala en cada revolución, y los balcones y ventanas en sus verjas tronchadas ofrecen el recuerdo de males deplorables y catástrofes recientes.

Las calles o las casas también son el espejo de sus dueños: galanas, petimetras y de etiqueta siempre las del centro: rótulos retumbantes, balcones con bastidores y tiendas a la europea: allí las peluquerías de París, allí Botica Dionisio y Café Paoli; más allá, exposición de pinturas de la place de la Vendome y de la mort de Napoleón, retratos de Espartero y de Bellini, la princesse à cheval y Notre Dame, para que se entretenga el pueblo devoto; allí los anuncios de “Se corta y se riza el pelo por dos reales”, recuerdo de una benéfica revolución peluqueril; allí las máscaras, la ficción, el buen tono, dientes postizos y pelucas que contemplan los que las tienen naturales, porque quienes las necesitan, buen cuidado tienen de comprarlas bajo el velo del secreto o del anónimo: allí el macasar y botellas de agua de colonia figurando al héroe de Santa Helena: allí vestidos de máscaras en casa de las modistas de París, y gorros de París, papalinas y quitasoles, y pasteles, con todo el empaque de los que reza el ultimátum; este comercio bulle y como que se confunde con las vinaterías mexicanas, pulquería de Ocotepec, y los puestos de chía y de fruta que humildemente esperan bajo la banqueta a la población mexicana.

Mi descripción por ahora la reduzco al centro de la capital, lo demás sería divagarse y confundirse. Aquellos cafés donde los políticos revuelven periódicos, sepulcro de tiempo y de créditos, abrigo decente de holgazanes, tabernas de buen tono y recurso de rufianes: allí se escuchan planes, se discute sobre todo, política, literatura, modas; el viejo que bosteza con los endecasílabos del marchante coplero que pide vasito de nieve, los jugadores de ajedrez que olvidan el “otro sí” y el “insértolo a usted por un jaque mate”, el que supone vicios a la casada, despropósitos a la doncella y jolgorios a la viuda; todos pululan allí: la puerta los sostiene, los traga y los vomita, y en la calle dejan su facción que forma una parte del todo de la fisonomía.

Vamos: imposible parece describir este centro de México, y sin embargo todas las calles tienen su distintivo peculiar: la plaza grandiosa con su opulenta Catedral, tipo de elevación sublime, y su parte de ridículo en la fachada del sagrario, con un palacio de construcción sencilla, hermosos portales y un Parían intruso y mal nacido: éste es el ridículo de la plaza; allí se exclama: he aquí la Ciudad de los Palacios y la Reina de las Américas con la vista a la Catedral: si se ve hacia la plaza del mercado, es otra cosa: allí hierve y se arrastra una población degradada y asquerosa: allí se ve un jacalón repugnante, borrón de México, acusación perpetua de nuestra desidia, el padrón de envilecimiento; hasta los comestibles expuestos a la vista son diabólicos, a excepción de la fruta: tripas y menudencias de carneros, un nenepile que no huele a azahar, unos juiles en sus hojas tostadas, y asaduras, y… temo ofender a mis lectores, o cuando menos dejarlos sin tomar chocolate después de leer mi artículo.

En cambio, el progreso está empujando esta crápula, y los andamios que se ven por la universidad, parece que aseguran una verdadera regeneración en este sitio.

Tienen ustedes después los flamencos y bajos de Portacoeli mercantiles, llenas las paredes de cuadros y rótulos pomposos y deslumbradores; taciturna la calle de Don Juan Manuel; alegres y aseadas las de la Monterilla, y los portales de Mercaderes y Agustinos, presentando el cuadro viviente que otro escritor ha trasladado a este periódico.

Por fin, el conjunto de las calles del centro dicen bastante. Esta sociedad confundida y heterogénea, esta frivolidad muestra este ahínco de imitar al extranjero en exterioridades pueriles, y de desatender nuestras positivas conveniencias.

La acción, el movimiento que se nota en las calles principales es pintoresco y animado: escribanos, ministriles y demás gente de pluma, acechan como cuervos en altura a los litigantes desde el portal de la diputación y calles del Arzobispado y Seminario. Landós y simones que giran en todos sentidos; carros de harina que al descargar obstruyen el paso en la banqueta y llenan de polvo a los transeúntes: dóciles jumentos de caleros que esperan cerca de los andamios la vuelta de sus dueños: indios polleros que atraviesan por la mitad de la calle, y los que venden las jaranitas de tejamanil, rasgando alegres sones en las cuatro cuerdas que tiene el instrumento: y los vendedores que se cambian con las horas y varían las decoraciones de la escena.

Lecheros, carboneros y manitas de seis a diez; de esta hora a la una, pasteles, cabezas, tapabocas; de una a tres, fruta, y de esta hora a la oración, dulces, nieve, cuajada, tortillas, hojarascas y mamón de vino y canela. Esto es lo cotidiano, que en la época actual, especialmente los viernes, es distinto totalmente.

La rectitud de las calles del centro, su policía, la suntuosidad de los edificios, la riqueza de los carruajes, la decencia en lo general de los concurrentes complace y reconcilia con nuestro nombre a los viajeros sensatos, que antes de llegar a la plaza atravesaron inmundos barrios, cuya descripción me reservo para otro día, en que tal vez me será más fácil pulir el imperfecto bosquejo que corto aquí, temeroso de fastidiar a mis lectores.

 

*Texto de Prosa y versos (1955).

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