Testimonio de una lectora ignorante que luego se volvió devota

Por Carmen Libertad Vera

Foto por Victor Hugo Valdivia

Eran las ocho de la noche del miércoles 13 de julio de 1988 cuando yo, en esta no siempre “noble y leal” ciudad de Guadalajara, Jalisco, arribé deliberadamente hasta la librería ubicada en Chapultepec y López Cotilla.

Acudí ahí con la única finalidad de conocer y escuchar en persona a Fernando del Paso Morante, el mismo que alguna vez quiso llegar a ser médico, vocación primera y efímera a la cual aquietó una declarada hematofobia. Así que tuvo que encaminarse por otros rumbos convirtiéndose, finalmente, en ese Coloso del Lenguaje que ahora es.

Claro que para todo ello Fernando tuvo primero que haber nacido, cómo bien lo hizo, durante una primavera post revolucionaria en la Ciudad de México, el lunes 1 de abril de 1935.

Ahora pienso que esa noche en realidad yo no iba a conocer a un novelista, ensayista, poeta, académico y pintor mexicano, ya para entonces muy conocido y reconocido, no sólo aquí, sino más allá de nuestras fronteras nacionales, y que había obtenido premios como el Xavier Villaurrutia y el Rómulo Gallegos, becas como la Guggenheim y recorrido medio mundo, leído todos los libros que le fueron necesarios y conocido a miles de personalidades de lo más diverso, la mayoría de las cuales ya le admiraban.

Esa noche, ilusa de mí, esperaba el encuentro con muchos de los múltiples personajes y la polifonía de sus conjuntas voces que, para ese entonces, Del Paso había creado y recreado, en forma exacta, precisa y, por si fuera poco, alcanzando ese difícil grado de verosimilitud mediante el cual los lectores llegamos a percibir la irrealidad como realidad y viceversa; siempre y cuando éstas —realidad e irrealidad— estén contenidas impecablemente dentro de un estructurado universo literario.

Porque, ¿acaso alguien puede poner en duda que Gregorio Samsa se metamorfoseó en un insecto? ¿O que Bouvard y Pécuchet, siguiendo supuestos cánones matemáticos, un buen día se pusieron a podar geométricamente los arbóreos follajes de su jardín hasta darles en toditita la torre? ¿O que las lágrimas derramadas por aquella gigantesca Alicia llegaron a alcanzar un nivel de diez centímetros de altura? ¿O que en aquellos antiguos rumbos de Nonoalco-Tlatelolco deambuló un mítico y simbólico ser llamado José Trigo? ¿O que un quevediano y divino ojo de cristal, blasfemamente fue tragado para luego volver a intentar salir a ver, sin ver, el mundo exterior, descendiendo por un infernal conducto desembocado en el propio culo de Palinuro de México?

Ahora lo sé. Esa noche de julio de 1988, en realidad yo fui en búsqueda de esa dualidad, indisoluble y taxativa, compuesta por la ficción y la no ficción enciclopédicamente insertas en las panorámicas y muralísticas novelas de José Trigo y Palinuro de México.

Lo confieso ahora: hasta esa noche, yo todavía desconocía unas por entonces casi recién llegadas y por lo tanto muy frescas Noticias del Imperio.

Creo recordar que la razón de mi falta de actualización en esas tan proclamadas novedades histórico-literarias —las que, por cierto, eran la comidilla de esos días en todos los círculos artísticos e intelectuales— no fue otra sino que en el interior de mi alcancía particular todavía no se completaban los 31 mil 300 pesos que en aquellos inflacionarios tiempos costaba cada uno de los ejemplares de esa novela editada por Diana.

Años después, en 2007, sin ningún posible empacho o reparo de alguna índole, la revista Nexos la catalogó atinadamente como la mejor novela mexicana escrita en algo así como tres décadas.

Pero antes de eso, en esa noche de 1988, evidenciando mi total ignorancia del tratamiento temático logrado en esa nueva novela histórica escrita por Del Paso, en la conferencia sucedida en el interior de aquella evocada librería, al llegar a ese momento clásicamente conocido como “la abierta participación del público”, en forma por demás temeraria me atreví a escribir sobre una de las anónimas papeletas que oportunamente ahí repartieron una pregunta que, palabras más, palabras menos, introductoriamente señaló lo siguiente.

X crítico nacional, bastante afamado y muy reconocido, recientemente señaló que algunas de las nuevas obras de Carlos Fuentes ostentan una profunda carencia de rigor histórico, aspecto que Fuentes aborda con una visión similar a la que pudiera llegar a tener cualquier extranjero después de tan sólo mirar algunas postales turísticas de nuestro país.

¡Bolas, don Cuco! Eso que acaban de escuchar apenas había sido nada más que un supuesto marco teórico referencial e introductorio para llegar, según yo, a mi cuestionamiento medular y directo para Fernando Del Paso.

Sí, porque después de aquel rollote, que aunque certero en sus señalamientos con relación a Fuentes, para nada aplicaba en el caso especial de Noticias del Imperio, como pude corroborar poco después.

Pero… la ignorancia no conoce límites. ¡La mía menos! Por lo que entre signos de interrogación, de puño y letra, formulé a Del Paso una pregunta similar a esta: ¿considera Usted que con relación al aspecto histórico de su más reciente obra, ésta pudiera ser tan sólo una lejana visión superficial o turística acerca de México?

No sé ahora cómo yo, todavía la más ilustre de las desconocidas, esa noche no caí ahí mismo, muerta de vergüenza, en medio del nutrido público.

Recuerdo que después de haberse escuchado en la voz lectora del moderador aquella (mi tan inapropiada y mensa) pregunta, pasados unos segundos de prudente silencio, la primera reacción de Del Paso fue inquirir a los ahí presente quién había sido el autor de tal interrogante.

Desde mi anónimo sitio, con movimientos como en cámara lenta, levanté mi mano y, de mi voz surgió un sonoro “yo”, no exento de un incipiente sentimiento de mea culpa.

Al identificarme vagamente entre aquella concurrencia, Del Paso, con toda seguridad y muy para sus adentros, no sin razón pudo haber pensado: “¡Voilà! Una perfecta imbécil”. Y sí. Ni cómo contradecir ese pensamiento, ni cómo ayudarme.

De ese momento a este han transcurrido más de veinte años, veinticinco para ser exactos, mismos en los que Del Paso ni en el mundo me ha hecho; ni falta que le hace. Pero ahora, primeramente agradezco la invitación de los organizadores de esta III Feria del Libro Usado y Antiguo, quienes me otorgaron el privilegio de participar en este homenaje a Fernando del Paso; y, segundo, quiero decir algo —un poco— de lo que aquella noche no supe decir.

Sí. Decir, por ejemplo, que leer José Trigo por vez primera fue para mí una experiencia idéntica a eso que Octavio Paz sintetizara en dos endecasílabos: “como el deslumbramiento de las alas / cuando se abren en mitad del cielo”.

Porque tú, Fernando del Paso, y perdón por mi tuteo, me deslumbraste con las desplegadas alas de tu lenguaje literario, ese con el que nos contaste la historia no sólo de José Trigo, tu mero pretexto principiado a partir de un ataúd y unos girasoles, para conducirnos por el mundo, los submundos y el inframundo surgidos en torno a los ferrocarriles y los ferrocarrileros de este país y el chingamadral de campesinos, proletarios, burócratas y asalariados que después de la Revolución fuimos traicionados mediante un sindicalismo que pudo ser ideal, pero que no lo fue, porque a sus verdaderos líderes los mataron, los encarcelaron, y a los otros les llegaron al precio, los corrompieron, los revistieron impune y folclóricamente como enormes monstruos charros repletos de corporativas mañas.

Pero también nos contaste acerca del amor, ese amor casi perfecto y del que siempre he sospechado te has inspirado en tu propia y bella experiencia con doña Socorro, tu esposa; y nos hablaste de la muerte y el odio y la vida entre seres reales e irreales, a los que con perfección puntillista delineaste por dentro y por fuera; y conformaste sus voces, sus sentimientos y pensamientos con vocablos que sorpresivamente fueron tan creíbles y propios, aun cuando de manera intencional parecieran a veces fragmentados balbuceos o trabalenguas que, en apariencia, carecieran de algún sentido lógico; y describiste sus circunstancias y sus entornos con una obsesiva minuciosidad inventariada y, más que fotográfica, radiográfica; y a través del habla individual y la lengua colectiva de todos los tiempos, pusiste a hablar y a pensar y a sentir y a imaginar a tus, sus y nuestros contemporáneos, y a tus, sus y nuestros antepasados; y con la muerte de Luciano hasta anticipaste algo del futuro inmediato que estaba por venir, apenas dos años después, tiempo al que luego continuaste narrando a través de Palinuro de México, con quien tú, en el drama de su escalada agonía, anticipaste también un ulterior declive social, ya no del proletariado, porque éste históricamente siempre ha estado jodido, sino de la llamada clase media ilustrada; e infatigable fuiste así cronista, historiador, agorero y conformador de atmósferas donde todo, todito lo que escribías, era una parte aparentemente disímbola dentro de un desordenado rompecabezas, artilugio lúdico para el que nos dejabas la tarea de su más correcto armado, el cual concluíamos justo al llegar a la última página de cada uno de tus libros y encontrábamos ahí, admirablemente, que todo, todito lo que tú nos habías contado, tenía su lugar específico y su exclusiva razón de ser; porque todo ahí, en tu obra, hasta lo más nimio o discordante, encaja de manera justificada en el sitio exacto en el que tú, muy consciente de tu omnisciente y tirano papel de demiurgo, has predispuesto.

Y cuántas veces tú, Fernando del Paso, no habrás escuchado repetir hasta el cansancio acerca de tus posibles influencias. Qué si Ulises, que si Manhattan Transfer, que si Pedro Páramo, que sí Rayuela, que si Paradiso, que sí… ¡Basta! Lo importante es que al igual que esas obras, tus propias obras han trascendido después de lograr consolidar eso que define y caracteriza a los verdaderamente grandes: el estilo.

Así, Joyce será Joyce, Dos Passos será sólo uno, Cortázar será él, Rulfo inigualablemente será Rulfo y Lezama será si también es Lima. Y tú, Fernando del Paso, al igual que esos y otros igual de grandes, sigues siendo la libérrima polisemia de un lenguaje empleado como te dio, te da y te dará tu real y reverenda gana. ¡A Dios gracias!

Porque pocos como tú, Fernando del Paso —entre ellos tu amigo y preceptor Juan José Arreola—, se tomaron tan en serio la atingencia de construir cual si estuvieran jugando con ensamblables piezas de un monumental lego, faraónicas construcciones idiomáticas a partir de los contados elementos fonéticos, fonológicos y/o alfabéticos, constituyentes de nuestra lengua romance y su elástica y articulada doble flexión.

Además, sabido es que después de alguna vez intentar truncadamente ser un economista, has tenido a bien desempeñarte eficientemente —según cuenta esa tan repetida y conocida letanía biográfica tuya— como locutor, publicista, diplomático, traductor, periodista, gastrónomo, bibliotecario y no sé cuántos más etcéteras.

Aunque tú, Fernando del Paso, bien sabes que de haber vivido en los tiempos de Denis Diderot y de François-Marie Arouet, mejor conocido en los bajos mundos de la Ilustración como el tal Voltaire, fácilmente pudiste haber sido enciclopedista por ese afanoso amor que tú siempre demuestras al querer nombrar por su verdadero y justo nombre a todas y cada una de las cosas que tú nombras. Creo que también en eso algo, o mucho, tuvo que ver aquel cosmopolita juglar tan nuestro, que además resultara ser uno de los hijos predilectos de Zapotlán el Grande. ¿O me equivoco?

Por eso no me extraño que tú mismo te nombraras simplemente como “Hombre de Letras” en aquel tu discurso de ingreso como miembro de El Colegio Nacional. Porque fundamentalmente eso eres, un hombre de letras en su doble acepción: la que se refiere a las movibles partes de un alfabeto con las que se forman las palabras, pero también por su significado como el corpus total de ese arte que hemos denominado literatura. De allí que tu obra pueda darse hasta el sobrado lujo de ser abigarrada y pantagruélicamente neo barroca.

¿Te confieso algo? A veces, cuando releo las obras que integran tu gran trilogía, especialmente Noticias del Imperio, te me figuras como uno de aquellos monjes celtas que con paciencia de santo ilustraron el Libro de Kells, allá por el irlandés año del ochocientos. Así de gráficamente visual resulta a mis ojos tu estilo. Porque, ¡qué bárbaro!, pareciera que escribes, describes, cuentas y narras en tercera dimensión; y con efectos de sonido y sensoriales incluidos. Sensoriales, sí, porque tus letras provocan reacciones directas en quien te lee. Bajita la mano, nos has obligado a ser de ti esos lectores que alguna vez definiste como virtuales, mucho antes de que el mundo virtual fuera algo tan común y corriente como en estos internautas días.

Sin duda eres tú, Fernando del Paso, un auténtico y cabal Hombre de Letras. Con el plus de no haber dejado tu obra solamente a la inventiva y la imaginación, sino que con dedicación inmensa, detrás de todo lo que has contado —ahora lo sé— existe el andamiaje de una ardua investigación, pesquisa que convierte en fuente confiable eso que históricamente afirmas o niegas.

Fernando del Paso, tu bibliografía personal es vasta, muy vasta. PoeMar, Castillos en el aire, Cuentos dispersos, La muerte se va a Granada, Sonetos del amor y de lo diario, Linda 67: historia de un crimen, Memoria y olvido: vida de Juan José Arreola, El coloquio de invierno, Palinuro en la escalera, Paleta de diez colores, De la A a la Z, La loca de Miramar, Noticias del Imperio, Palinuro de México, José Trigo, Sonetos de lo diario.

Sin olvidar tus estudios más recientes con el título Bajo la sombra de la historia. Ensayos sobre el islam y el judaísmo, y el titulado “La cocina mexicana”, escrito en coautoría con doña Socorro, tu esposa, y abordado desde sus sibaritas condiciones de bon vivants bastante bien informados sobre todo aquello que concierne a la más alta guzguera.

Aun así, siento que esta ciudad, a veces “noble y leal”, sigue esperando que te ocupes de ella. Así, en tapatío. Que te ocupes de ella. Que la vuelvas merecedora de ser retratada mediante la categoría de colosal que tiene el lenguaje de Fernando del Paso.

Porque sí, si bien tú eres ese Coloso del Lenguaje llamado Fernando del Paso, nuestra ciudad, esta sempiterna niña ñoña de 470 años, también tiene su prosapia desde que nació como la Guadalaxara de Indias en este Valle de Atemaxac.

(*) Texto leído en el homenaje a don Fernando del Paso en la III Feria del Libro Usado y Antiguo, de Guadalajara, Jalisco, México.

Comments

comments