OBRA: A pie

AUTOR: Luigi Amara

EDITORIAL: Almadía

AÑO: 2010

Gabriel García Márquez, en algún momento de la historia, escribió un poema relativo a ese arte de la locura como lo es viajar: “Viajar es vestirse de loco”, decía. En cierto sentido, viajar es un acto de locura, entendiendo este concepto como alguien que actúa anormalmente, fuera de lo común. Viajar es dejarse llevar por las fuerzas de lo desconocido, dejar la comodidad de la normalidad y el sedentarismo para iniciar una aventura que puede cambiar nuestra vida; una invitación a cambiar la rutina por el nomadismo. ¿Caminar en estos tiempos en que ya nadie camina?

A pie de Luigi Amara es un libro multifacético. Incluye en sus páginas diversos elementos que pueden suscitarse en un viaje: desde el monólogo interior, pasando por la observación detallada de todo lo que se ve en una ciudad, hasta las onomatopeyas de un caminar que observa y vuelve a echarse andar para seguir recorriendo y reconociendo los lugares que se pasan, de captar los sonidos de la ciudad. La alusión a los detalles son una constante en este libro, de tal manera se construyen metáforas de lo mundano e insignificante; “camino sin final”, “la arquitectura edificante de la caja de zapatos” -en franca alusión a los edificios de la ciudad-, “Corcholatas sembradas/ en lo más hirviente del asfalto. /Constelaciones oxidadas en el suelo” “Capas geológicas/ de mugre” entre muchas otras.

La ciudad es el contexto en el que se desarrolla la historia, el viaje, no desprovista de contradicciones: “perderse es después de todo la forma más perfecta de ceñirse a un propósito”, “la falta de intención como intención suprema”, la falta de intención como una afirmación del despropósito. Las contradicciones que tal vez los locos se planteen con sabios razonamientos, simplemente dejarse llevar como en los ríos. ¿Qué tan relajante puede ser ese dejarse llevar por los pies en las calles de las ciudades ríos, con sus cascadas convertidas en ejes viales? Aunque como menciona el autor, en este país todo mundo camina porque tiene algún lugar a donde ir, no se camina por placer, sino por la obligación de hacerlo.

Es la misma ciudad la que llena de detalles se manifiesta en el pequeño libro, detalles que pasan desapercibidos de manera cotidiana, pero que al compás de la lectura se analizan y uno cae en la cuenta de cuantas cosas pueden estar en un presentes en nuestro camino y que no miramos con ojos de admiración, con ojos de milagro. De ahí que el libro no se clasifique como ensayo o una crónica, sino como poesía, porque se ha sabido encontrar la belleza en lo trivial y cotidiano.

Habría que cuestionarse por qué la Ciudad de México… ¿Será por qué es el ombligo del mundo? ¿Por tantos muertos que ha habido en su historia? ¿Porque, según la estadística, es la ciudad más grande del mundo? ¿Porque es el punto de encuentro, de llegada de tantas culturas tan disimiles pero tan hermanadas por el pasado glorioso, por el presente agobiante y por el futuro incierto? O por qué es tan parecida al agua entre las manos… “Recorrer la ciudad es contar/ una historia cuyo final/ se desconoce”. O será porque es interminable, aun de que se recorra toda, a cada momento y en todo instante se están gestando nuevas historias.

Hay chispazos que nos recuerdan nuestro pasado errante y nómada, de hecho el libro pretende reconocer la tremenda metamorfosis por la que hemos pasado de acuerdo a la sociedad actual, pues pareciera que con la invención del carro las personas se olvidaron de caminar, de recorrer los caminos, de conocer a través de la experiencia y la movilidad de nuestras piernas y la intención de nuestro pies; se ha olvidado el pasado y la sana intención de emigrar. Antonio Machado en la voz de Joan Manuel Serrat, saben muy bien de esto, al mencionar que no hay camino hecho, sino aquel que se hace al andar. “Los pies toman por asalto/ la cabeza/ y la desoyen. / Los pies al fin/ en el lugar de la cabeza”. Avanzar, dejando lo malo atrás y lo bueno por descubrir.

La calle el encuentro con la soledad de los viandantes, el uno mezclado con la multitud, el roce con quien jamás nos volveremos a rozar, la indiferencia con que nos miramos los unos a los otros. La calle también como signo de protesta, de no tomar el carro, esa velocidad que nos pervierte y nos castra de la floración de los sentidos “el alma no sabe sino viajar a pie” será porque fuimos concebidos sin el auto, sin neumáticos y que nuestras piernas son la prueba perfecta de que nacimos para andar y la curvatura perfecta del pie, mecanismo idóneo para evitar el cansancio.

La calle es un mundo aparte, tan cotidiano pero lleno de misterio y de historias que se entretejen diariamente. De ahí que en la actualidad quienes asisten a una protesta a través de una marcha, de alguna manera realizan una especie de sacrificio al caminar sobre el asfalto en pleno mediodía, cansándose, sudando, deshidratándose, como prueba de expiación a la divinidad y castigo a los malos gobiernos, el ritual de sacrificio moderno.

Al libro A pie hay que agradecerle el hecho de haber dejado en claro que la ciudad es un laberinto sin fin “El centro de ninguna parte” “Un erial de cemento sin mañana” es como un agujero negro en el espacio; “La puerta abierta de cualquier lugar”, el lugar del “No llegar tan solo detenerse”. La ciudad [de México] no puede vivir al futuro, porque solo vive para el presente y no tiene tiempo para detenerse a pensar el pasado porque esa sería su extinción.

Por Hochimin Bladimir González Mejía

*Este ensayo fue elaborado como parte del Programa de Lectura y Redacción Crítica de la Sección 22 de la SNTE.

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