Algunos consejos para los disidentes

Por Václav Havel

Parece haber finalizado el tiempo de algo que, para ser breve, llamaría yo, con título de trabajo inexacto y nada bonito, “la disidencia clásica”. Me refiero al tiempo en que la única voz cívica realmente libre que sonaba aquí era la de esa comunidad relativamente pequeña, y a los ojos de muchos compatriotas bastante suicida, de los hombres que decidieron decir la verdad en voz alta prescindiendo de todas las consecuencias que ello les acarreaba. Esa comunidad gozaba de simpatía por una parte de la opinión pública, mas era una simpatía cuidadosamente oculta, puesto que pocos estaban dispuestos a correr el riesgo de las sanciones a que se exponían “los disidentes”.

Es natural que esa actuación independiente no haya registrado éxitos inmediatos, visibles y verificables; su sentido —por lo menos para mí— era ante todo moral: aquí existía “un horizonte moral”; una medida límite de los valores; un punto con el que era posible relacionarse; un fino hilo de la continuidad, tendido en el bosque oscuro a fin de transmitir la idea de una ciudadanía independiente desde los desmontes más claros del pasado hacia las talas más claras y anheladas del futuro. No existían garantías de nada, sólo la esperanza de que esa tala aparecía un día; que ese obra quijotesca tendría su valor en algún momento, permitiendo a quienes lleguen vivos hasta ese desmonte, tener en qué basarse, qué desarrollar, de qué partir; a fin de cuentas, no tener que edificar, como quien dice, en un prado verde.

No quiero afirmar que ya estamos en ese desmonte. Me parece solamente que comienza a clarear y que nosotros comenzamos a presentirlo en un lugar del horizonte.

Pero el momento del presentimiento y el de la entrada en el desmonte no son idénticos. Al contrario, son dos puntos marcadamente diferentes que delimitan una nueva fase especial con todos los signos de algo provisorio, de una transición o un intervalo de tiempo: las iniciativas independientes y la cultura independiente no viven desde hace mucho tiempo en ese mundo estrictamente paralelo, separado por una pared gruesa de la vida de la sociedad en su todo; en pocas palabras, ya no vivimos en un gueto. Pero, al mismo tiempo, no existe todavía ni de lejos una cultura política cuando menos un poco normal cuya parte integraríamos, no existe una autoestructuración normal y naturalmente pública de la sociedad, no existe una vida pública genuina, ni una vivencia natural con manifestaciones también en general naturales de la ciudadanía libre. Por esa razón, las iniciativas independientes —que ya han dejado de ser lo que eran hasta hace poco— no son todavía (ni pueden ser) lo que tantos quieren que sean y como las entiende ya mucha gente; o sea, una posición política legítima, con todo lo que a ello pertenece, empezando por líderes carismáticos y profesionales y terminando por programas políticos concretos y reales.

Esta situación plenamente transitoria, en la que no somos más de lo que éramos, pero de que al mismo tiempo no somos todavía ni podemos ser (muchas veces incluso ni lo queremos) lo que deberíamos ser, es ligeramente inquietante, ligeramente caótica y, ante todo, sumamente exigente: formula frente a nosotros numerosas tareas nuevas —incluyendo una autodefinición nueva— y nos obliga a entablar debates, probablemente bastante dramáticos, sobre cómo cumplir esas tareas.

Nadie tiene una receta completa para un punto de salida y es obvio que no la tenga ni yo mismo. Al margen de las tareas que nos esperan tengo solamente varias sensaciones o recomendaciones personales:

1. Las iniciativas independientes no deberían entregarse a cualquier encanto exagerado, en vista de que la gente va a sus manifestaciones y no teme firmar peticiones malqueridas por el Gobierno y que una parte de la sociedad empieza a percibirlas como una alternativa política real; tampoco verlas con esperanza (a menudo poco saludable), confiando en que sean ellas las que solucionen por la sociedad todo aquello que en realidad tiene que y puede solucionar ella por sí misma.

Semejante embeleso ante la súbita revelación de su propio significado (tras muchos años de una existencia paralela, colmada de sufrimientos) es más que comprensible: la nueva situación nos ofrece una imagen hermosa de satisfacción y nos indica que todas las impuestas inutilidades que hacíamos durante tantos años no eran, con todo, plenamente inútiles. Pero cuanto más comprensible es semejante encantamiento desde el punto de vista psicológico, tanto más importante es no entregarnos a él y no perder el sano juicio. Es decir, que la primera cosa que yo recomiendo es el realismo.

2. Las iniciativas independientes no deberían dejarse arrastrar por una suposición bastante jactanciosa, muy problemática si se mira con objetividad, y completamente vacía de perspectivas políticas, de que sólo ellas —como los únicos justos, capaces ya hace 15 años de declarar en público lo que hoy día dicen muchos— han sido destinadas automáticamente a “un papel dirigente”; que todo lo que ellas hacen es automáticamente mejor respecto de lo que hacen otros, y que, en realidad, después de todo lo que vivieron, no deberían rebajarse mucho con los que despertaron en el último minuto, puesto que el crédito moral lo tienen ellas y no estos.

En pocas palabras, no deberían olvidar lo que acentuaban siempre: que no bregan sólo por una causa propia de ellas, sino por la causa de la sociedad entera. Creo que no es una sensación muy difundida, pero al mismo tiempo creo también que no haré mal en advertir de antemano sobre el peligro que entraña. Si mi advertencia es inútil, tanto mejor.

3. La nueva situación, que se caracteriza por un interés creciente en las iniciativas independientes y la mayor publicidad de que gozan, puede despertar en ellas (y lo está haciendo) ganas de demostrar su existencia a sí mismas, al Gobierno y a la opinión pública, y de fomentar una inflación de declaraciones no muy compactas, desplazando, sin querer, el acento desde el que se está haciendo en realidad, a la publicidad que se le da; a veces parece, inclusive, que muchos toman por más importante la declaración ruidosa de un proyecto que su ejecución.

También otra tentación me parece muy seductora, pero bastante peligrosa: que —bajo la presión de los tiempos agitados— dirijamos demasiado nuestra atención hacia algunas acciones que, aunque significativas, son, al fin y al cabo, bastante aisladas; todo ello en perjuicio de una labor menos visible y menos atractiva desde el punto de vista del momento, pero posiblemente más importante desde el punto de vista del porvenir; esto es, esa labor paciente y cotidiana de concepción, toma de conciencia y organización, que cultiva y propaga el sentido de la discusión como premisa de toda democracia (declarada por T.G. Masaryk) y de esa forma también de la vida cívica.

Aunque es verdad que jamás estaremos perfectamente preparados para un futuro eventual e imprevisiblemente mejor, y por lo tanto no podremos evitar del todo las improvisaciones, tanto más deberíamos empeñarnos en por lo menos estar preparados lo mejor posible, ya sea en la esfera de los proyectos concretos, como en la creación de la conciencia de ciudadanos, sin la cual hasta el proyecto más apreciable carece de esperanzas de éxito.

4. Al final quiero acentuar lo que considero como principal. Tanto más visible entraremos en el terreno de la política real, cuanto más enérgicamente recordemos las raíces originales —o sea, las morales— de nuestra actuación; y con tanto mayor cuidado deberíamos vigilar si por casualidad y sin llamar la atención no empieza a desintegrarse, sospechosamente, nuestra responsabilidad en dos: la humana y la política.

Tenemos siempre una sola responsabilidad; como prisioneros más humillados y parias sociales, al igual que como portavoces eventuales de la voluntad nacional, siempre hemos regirnos por la misma y única conciencia: obrar de otro modo significaría no sólo escupir sobre el propio pasado, sino sobre todas las oportunidades.

Siempre estuve convencido, y lo creo hasta el presente, que la fuente de todos los fenómenos de crisis que nos rodean debemos verla en la crisis moral de la sociedad, y que ninguna de nuestras crisis —desde la económica hasta la ecológica— podemos resolverla de otro modo que superando esa crisis moral; es decir, superando esa ideología diabólica de las autoatenciones egoístas y la resignación humana y civil con que nuestra sociedad es contaminada sistemáticamente desde hace mucho tiempo.

Por ello, todos esos fenómenos como la ayuda humanitaria sin pompa de los ciudadanos del barrio praguense de Malá Strana a los refugiados de Alemania Oriental, colectas espontáneas en pro de Armenia o los nacientes signos de la colectividad solidaria en las diversas concentraciones populares (tanto manifestaciones como misas, conciertos u otras cosas), los considero como sumamente importantes y, posiblemente, incluso lo más importante de todo. Como buenos actos humanos, estos fenómenos representan incluso mejor que cualesquiera otros el fondo o micelio social de cualquier política. Allí residen esos gérmenes reales de la ciudadanía soberana en que únicamente debe basarse cualquier labor política diferente y sin las que se quedaría estancada en un vacío, al igual que ese famoso “palo de la valla” a la que se refirió hace poco Miloš Jakeš.

 

*Fragmento de La responsabilidad como destino (1991).

Comments

comments