Una Guerrera Internacional

Entrevista con Marta Sánchez Soler

Por Miguel De Híjar

 

Una armónica figura de elegante apariencia y un cuidado cabello corto completamente cano distinguen su presencia en cualquier lugar. Su blanquísima tez contrasta con las decenas de rostros morenos que la rodean, sus ojos claros con las miradas oscuras o terrosas que con gratitud o admiración la observan.

Ella es Marta Sánchez Soler, pilar fundamental de la Caravana de Madres Centroamericanas, evento anual que en diciembre del 2017 llegó a su XIII Edición.

En 2016 ella fue una de las nueve latinoamericanas incluidas entre las 100 Mujeres Influyentes del Mundo, selección anual que realiza la BBC (British Broadcasting Corporation). Designación merecida y ganada a pulso. Además, ella está reconocida internacionalmente como una aguerrida defensora de los derechos de los migrantes. A sus 76 años de edad conserva una fortaleza y una jovialidad que cualquier veinteañera envidiaría.

 

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Marta nació en Francia, 1941, en situación de exilio debido al entorno bélico y caótico. Derivado de lo anterior, parte de su infancia transcurrió inserta dentro de una forzada desintegración de su familia, la cual esperaba reunirse a la caída del dictador Francisco Franco, lo cual “nunca sucedió”.

La Segunda Guerra Mundial cernía entonces sobre Europa una fuerte crisis económica. En España, país de origen de los padres de Marta, la Guerra Civil había hecho lo propio y las huestes franquistas devastaban todo a su cruento paso.

Sobre su padre, un comandante republicano que hizo frente al régimen de Franco, pesaron tres sentencias de muerte. Parte de esa historia la escuchamos de su propia voz:

“Cuando los nazis invaden Francia, le piden a mi padre que salga del país. Los masones lo ayudaron a huir. Mi padre era masón. Estaba en las listas negras que intercambiaron Hitler y Franco. Mi madre y yo nos quedamos en Europa, el éxodo español había pasado y era tiempo del éxodo judío; los barcos que salían sólo estaban tripulados por judíos.

“Eso sucedió cuando yo tenía dos meses. A mi padre lo conocí acá en México, a la edad de 10 años, nos costó mucho volvernos a reunir. En lo que actualmente hago, hay una cuestión muy personal  y de mi historia familiar”.

            Ahora, su andar es pausado, tres visibles arrugas remarcan su frente. La delicadeza de su expresión facial disiente de la ronca voz con que pronuncia sus palabras. Y ella, aunque nació y vivió casi toda su niñez fuera de México, se asume totalmente como mexicana.

En esta entrevista, Marta relata cómo fue que la causa de miles de migrantes centroamericanos se convirtió en su estandarte.

“Siempre había trabajado en cuestiones sociales, pero no con migrantes. Había trabajado desarrollo de comunidades, asesoría cooperativa y educación popular. Yo vivía en Mexicali cuando me casé, por segunda vez, con José Jacques; él trabajaba en EEUU, en una organización de apoyo a migrantes mexicanos.

“Él y yo nos veíamos sólo los fines de semana. Nos fatigamos, nos cansamos de esa situación y dije: ‘bueno, ahí voy pa´llá’. Desde entonces he seguido con la causa, aunque yo nunca había trabajo con migrantes”.

Aunque ella confiesa “tenerle tirria” a los EEUU,  en 1994 la activista fue a residir al país de las barras y las estrellas. Poco a poco, al lado de su esposo, un político del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y activista pro derechos de migrantes mexicanos en Norteamérica; comenzó a sensibilizarse con esa causa, la cual desde entonces no ha dejado.

Al regresar a México y con la experiencia previa, Marta observó las dificultades que tenían no sólo los migrantes mexicanos en su paso a EEUU, sino “los centroamericanos en tránsito que marchaban por tierras mexicanas”, sufriendo penurias a cada trecho del camino.

Fue en ese momento cuando surgió la idea de “crear un movimiento, no una ONG tradicional que se burocratizara”.

 

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La decisión de mantener cercanía con su marido, llevó a Marta a conocer una realidad similar a la que ella vivió mientras crecía en Montauban, Francia, tras la posguerra. Supo entonces de una guerra distinta que se libraba en Centroamérica y México. Sitios donde las personas al sur de la frontera con EEUU huyen, no de los ejércitos, sino de pandillas y narcotraficantes; teniendo aquellos que migran algo en común: la falta de oportunidades.  

Fue en México donde surgió la iniciativa de crear una fuente de apoyo constante a los migrantes en ruta, algo que después se volvió una necesidad.

En un principio, comenta, la manera como MMM comenzó a tomar forma “fue sableando a los amigos y con lana propia”. Considera que MMM es “una iniciativa que lucha constantemente contra la burocratización para evitar que grandes organizaciones de fondeo impongan agendas incompatibles con la causa”, situación que a Marta llena de un orgullo tal, que su voz no lo puede ocultar.

“MMM ha abierto las puertas a dos organizaciones internacionales que se manejan con mucha seriedad: Médico Internacional, de origen alemán, y el proyecto mexicano Semillas. Intentamos ser una red de redes, un movimiento, no estar estáticos. No tenemos oficinas, no tenemos staff. Únicamente el contador que lleva las cuentas ante Hacienda, y nosotros”.

 

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Cuando platica, Marta denota en su rostro las satisfacciones y las desgracias que diariamente coexisten cuando se convive, codo a codo, con el fenómeno migrante. Ella piensa que ser buscador de migrantes es “un talento natural”, y que queda un largo camino por recorrer para mejorar la búsqueda de desaparecidos.

            Especialmente, en el caso de MMM, porque éste realiza una labor detectivesca, centrándose en preguntas que otras instituciones nunca hacen.

“Muchas de las fichas que nos llegan de las organizaciones, no nos sirven para nada. Nos dan una filiación y una fotografía con 20 años de existencia. ¡Eso no sirve! Nosotros hacemos otro tipo de preguntas: ¿Cuál es el temperamento de la persona desaparecida? ¿Qué le gustaba hacer? ¿Cómo se divertía?”

Siguiendo ese método de investigación personalizado, comenta la ocasión en que encontró a un migrante nicaragüense en un palenque de Chiapas, pues los familiares del desaparecido habían dicho que “a él, le gustaban las peleas de gallos”.

Nada gratas han sido las ocasiones en que los desaparecidos son localizados en fosas clandestinas, espacios depositarios de crímenes, que se han vuelto lugar de búsqueda obligatoria para proyectos como el Colectivo Solecito; situación nacional que Marta ha expuesto múltiples veces en distintos foros.

A pesar de los tropiezos, propios de quien emprende una labor titánica, a pregunta expresa, Marta respondió nunca haber tenido la menor intención de abandonar su labor.

“A ver, si siempre he estado en la lucha, si provengo de una familia de luchadores, no pensaría jamás en claudicar”, dice recalcando un tono de seriedad en su voz, lo que dejó entrever las muchas ocasiones en que ella ha tenido que repetir esa su férrea convicción.

 

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La labor activista que Marta desarrolla no ha sido fácil. Ella, al igual que Rubén Figueroa, su compañero de lucha en MMM, ha recibido amenazas de muerte y su vida ha peligrado en varias ocasiones.

Su fortaleza quedó demostrada de nuevo cuando ella, risueña y divertida, recuerda el encuentro que tuvo con un integrante de La Mara Salvatrucha.

“Un marero en las vías del tren una vez me dijo: ‘Oiga doña, ¿usted a qué se atiene? A mí me cuida la Santa Muerte ¿pero a usted?’ Le contesté: hijo, yo ya estoy en horas extras, por mí no te preocupes”.

            Concluida la breve charla, después de escuchar a la activista Martha Sánchez Soler, socióloga de profesión, activista de corazón, y conocer la importancia de su trayectoria a favor de los DDHH; la única conclusión posible se reduce a transcribir la opinión generalizada de quienes la conocen:

 “Para los migrantes centroamericanos, en verdad es una suerte que ella haya tomado su causa como estandarte propio”.

 

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