¿Tiene lugar un escritor en una expedición interestelar?

Por Karol Sammek

Son las tres de la tarde en punto. Falta media hora más para la partida del astrotren. La tripulación ya está lista, cada uno con la espalda firmemente pegada a la superficie cóncava de su asiento. Son seis: Clara Fried, de Alemania; Han Yaozu, de China; Josie Finkel, de Estados Unidos; Obi Sesay, de Angola; Samuel De Melo, de Brazil; y Joseph Klay, también de Estados Unidos.

Su misión consiste en instalarse en la estación Cixin, sobre la superficie de T’Challa, a 157 años luz de la Tierra. Una vez ahí, cada quien ejecutará los experimentos que le han sido asignados de acuerdo con su área de especialización. También llevarán a cabo, si las condiciones atmosféricas lo permiten, expediciones para explorar el terreno cercano, sin alejarse más de 300 kilómetros de la estación.

El séptimo pasajero soy yo. Mi misión es mucho menos glamurosa y tal vez hasta insignificante. Estaré a cargo de observar todo lo que suceda y de anotarlo en una libretita. Eso significa que seré, idealmente, una sombra; aunque cabe la posibilidad de que termine siendo un estorbo, un parásito o, en el peor de los casos, un peligro.

El astrotren difiere un poco de lo que pinta su propio nombre. Más que un tren, parece la porción frontal de un torpedo enganchado a unos cuantos remolques que parecen torpedos completos pero de menor tamaño. Al frente está la cabina, con la tripulación y todos los controles de la máquina. Los vagones traseros —casi siempre dos o tres— cargan provisiones y el equipo necesario para llevar a cabo la misión.

Los seis tripulantes parecen tranquilos. Han lee un libro de pasta delgada, Obi conversa con Clara en inglés y los demás desvanecen la mirada en el umbral del túnel que nos llevará hasta T’Challa, probablemente pensando en sus familias y en los casi dos años que pasarán merodeando la superficie de un planeta que ni siquiera puede verse desde suelo terrestre.

Yo estoy bastante nervioso. Josie nota el temblor de mis manos y me pone una de las suyas en el hombro.

—Tranquilo —dice—, no sentirás nada. Da muchísimo más miedo subirse a un cohete. En el tren hasta parece que no te moviste ni 10 metros.

Josie tiene razón: viajar en cohete no es agradable. Ya me he subido a uno un par de veces. Tuve que hacerlo para cubrir la ola de crimen en las colonias marcianas y también para escribir una historia sobre Yoshimasa Ayabe y su mansión satelital. Pocas experiencias son tan desagradables como salir disparado fuera de órbita pegado a un misil tan alto como un rascacielos. Las sacudidas, la presión repentina sobre todo el cuerpo, el temor siempre latente de que algo estalle…

Viajar en astrotren es otra cosa. El tren no atraviesa el espacio, o al menos no en el sentido tradicional de la frase. Un cohete surca el vacío interestelar como un pez abriéndose paso entre las aguas; un astrotren, en cambio, se mete en un agujero hecho en un punto del espacio y sale por otro agujero hecho en otro punto, casi siempre muy, muy lejano. El viaje es prácticamente inmediato y muy misterioso. Nadie está seguro de lo que hay dentro del túnel de gusano. Todo es tan repentino que el cerebro alcanza a registrar menos que un parpadeo, algo así como un corte en una película.

Sin embargo, eso no es lo que me preocupa. Lo que me preocupa es la posibilidad de un accidente. Se han hecho sólo 32 viajes desde la invención del astrotren —la energía necesaria para mantener un portal abierto es absolutamente obscena—, y 4 de esos viajes sufrieron un “descarrilamiento”. Aquellos trenes atravesaron, con sus cargas y tripulaciones, un extremo del portal sin llegar al otro extremo. Lo último que se escuchó de ellos fue un chasquido de estática y luego el más primordial de los silencios. Los científicos de la GAIT todavía no han podido encontrar una explicación 100 por ciento satisfactoria. Hasta ahora, la hipótesis preferida es que dentro del túnel hay “corrientes” y que algunas de ellas empujaron a los trenes fuera de rumbo, condenándolos a vagar para siempre en los espacios entre el espacio.

Miro a Josie y bamboleo la cabeza de arriba a abajo en señal de agradecimiento por su apoyo. Su sonrisa fraternal y los ojos color miel me ayudan a sacudir el miedo que ha tomado control de mi cuerpo. Josie creció en una granja. Se me hace muy fácil imaginarla con una blusa de franela y dos largas trenzas de cabello dorado como un trigal, apaciguando potros salvajes y aliviando el dolor de animales en parto sobre alguna pradera. Y ahora está aquí, cubierta de pies a cabeza por una armadura blanca y tosca, amarrada al asiento de un astrotren, a punto de atravesar un portal interdimensional que la llevará hasta un planeta muy alejado de nuestros ojos y nuestras imaginaciones.

Una voz sale del interior de nuestros cascos para avisarnos que ya es hora de partir. Samuel pregunta si ya estamos listos con su inglés musicalizado. Todos respondemos, uno por uno, que sí, estamos listos. Samuel reporta de vuelta a la voz del centro de mando: la tripulación está lista, podemos comenzar a movernos.

El arco que forma nuestro lado del túnel comienza a adquirir un brillo color celeste que va oscureciéndose poco a poco hasta alcanzar un tono casi púrpura. Luego aparecen unos relámpagos muy finos que se estiran desde los bordes del túnel hasta converger en el centro, donde chocan y dan forma a una esfera blanca e inestable que aparece de súbito. La esfera se expande a un ritmo pausado hasta abarcar toda la boca del túnel. Es entonces cuando estalla, haciendo un sonido similar al de una cortina muy pesada al correrse. Después del estallido, la boca del túnel, previamente vacía, queda cubierta por una pared absolutamente blanca y de apariencia sólida. Ese es nuestro portal. Despide un brillo tan fuerte que el interior de la cabina se transforma en el panel de una tira cómica impresa en blancos y negros.

Samuel empuja una palanca y gira varias perillas. El tren se sacude brevemente y empieza a arrastrarse por encima del riel, acercándose, muy lentamente, a la boca del túnel. El interior de la cabina comienza a calentarse. La boca del túnel se acerca más y más, dando la impresión de que se agranda, como las mandíbulas de una boa hecha de pura luz. Siento gotas de sudor abrirse paso desde la cima de mi frente y deslizarse con un movimiento rápido hasta la punta de mi nariz. Escucho unos murmullos muy leves en el interior de mi casco. Parece ser Hans, tal vez pronunciando una plegaria. Los demás permanecen en silencio, con la mirada fija en el resplandor.

La punta del astrotren atraviesa la pared de luz. No hay sacudidas, ni algún sonido en particular (“woosh”, “swish”), sólo un calor muy intenso. El tren avanza paso a paso, dejándose engullir por la puerta tajada en la membrana del espacio. Tiemblo. Anticipo la peor de las catástrofes, la sensación de que la cabina se vuelca hacia un lado y las miles de posibilidades de aniquilación aún desconocidas por el cuerpo y la mente del hombre. Mi rostro está empapado. Pego mi libreta de apuntes a mi pecho; es el único amuleto que tengo, el único objeto al que confiero el más mínimo rastro de poder irracional.

La luz nos devora por completo. De pronto, sin transición alguna, el resplandor se desvanece, y el calor junto con él. Y ahí está, justo frente a nosotros, como si alguien hubiera movido el paisaje sin que nos diéramos cuenta, la superficie de T’Challa, árida, bajo un cielo de un verde casi azul. Y más allá, a lo lejos, el hongo metálico y gigante que da forma a la estructura de Cixin.

***

El astrotren se ha detenido dentro de un hangar del tamaño de una bodega pequeña. El interior es oscuro y gris, iluminado apenas por un cilindro de luz que se agarra al techo. Las vías salen desde interior y atraviesan la arena sonrosada de T’Challa hasta el umbral del otro túnel, a unos 500 metros de la estación. La GAIT ha aprendido a controlar las cantidades de energía necesarias para abrir un túnel de gusano, pero prefieren tomar sus precauciones en caso de accidentes. En otras palabras, si el portal estalla o lanza ráfagas de energía pura, las posibilidades de que Cixin sufra daños irreparables serán menores si ésta se encuentra lo suficientemente lejos del punto de desastre.

La tripulación está vaciando los vagones. Entran con las manos vacías y salen cargando cilindros cromados, rollos de cableado, alteros de microchips, pantallas, tableros de comando y pequeñas esferas de platino que en otro tiempo podrían haber sido confundidas con artefactos extraterrestres. Todo lo que llevan es equipo sofisticadísimo y muy costoso. Yo, con temor de parecer inútil, pero con más temor aún de dañar una pieza de equipo crucial para el cumplimiento de la misión, opto por limitarme a manejar las cajas llenas de alimentos deshidratados y los varios contenedores de agua. Todos trabajamos con los trajes aún puestos, pero sin casco; el casco sólo hará falta durante expediciones al exterior. Es un alivio ver los rostros de todos descubierto, sin una barrera de por medio.

Una vez que los vagones han sido descargados y que todos traemos nuestro equipaje, caminamos rumbo al corredor que lleva al interior de la estación. Samuel es el último en entrar. Antes de desaparecer detrás de la boquilla ovalada en la base de la estación, presiona un botón azul que sella la puerta del hangar. Luego nos sigue hasta el elevador que nos llevará hasta la cabeza del hongo electromecánico que es Cixin.

El ascenso es un poco incómodo. El elevador es amplio, pero no lo suficiente como para que siete personas —todas con trajes espaciales y unos maletines pequeños pero estorbosos— estén de pie sin sentir que otro cuerpo intenta fusionarse con la carne del propio. Para relajar la tensión, Joseph comienza a chasquear la lengua como un autómata que marca los segundos. Clara le ordena casi de inmediato que se calle. La escalada sigue, más incómoda que antes.

Por fin, el elevador se detiene. Las puertas se abren y develan un pasillo blanco alumbrado por luces que lo bañan con un casi imperceptible tono rosa. Todos salimos con paso acelerado pero firme en un intento por disimular la desesperación por respirar el aire puro de nuestra propia burbuja. Recorremos el pasillo, que da la impresión de alargarse con cada paso. Finalmente, las paredes se acaban y aparece una puerta idéntica a la del elevador pero con un panel táctil a un lado. Samuel se acerca al panel, presiona su dedo índice contra la superficie y lo arrastra ejecutando una serie de movimientos aparentemente precisos. El panel parpadea, suena un breve acorde y la puerta se abre ante nosotros.

El pasillo lleva directo a la sala principal de Cixin. Es una habitación amplia, de techo alto y con la curvatura de un huevo. El espacio despide los mismos colores que el pasillo: blanco, con un muy leve rastro de rosa. Hay una mesa circular que emerge del suelo justo en medio de la habitación. También es blanca, y a su alrededor hay 10 sillas de respaldo alto con forma de sacos pequeño. Hay 10 computadoras en la sala: 5 en la pared que se curva a nuestra derecha y 5 en la de nuestra izquierda. En el extremo opuesto a nosotros alcanza a distinguirse una puerta exactamente igual a todas las que hemos visto hasta entonces.

Atravesamos la sala en grupo, a paso lento, cada quien con su mirada perdida en la inspección de alguno de los rincones del lugar. Cualquiera que nos viera nos compararía con una manada de lelos en su primera visita a la capital del mundo. Seguimos avanzando como un cúmulo de carne amorfa hasta llegar hasta a la puerta en el otro extremo de la habitación. Samuel vuelve repetir los mismos movimientos en el panel a un costado de la puerta y ésta se abre expulsando el mismo acorde alegre.

Detrás de la puerta hay otro pasillo. Y en ese pasillo hay otras 10 puertas. Y detrás de cada una de esas 10 puertas hay un camerino. También se abren a través de movimientos precisamente ejecutados sobre la superficie de un panel táctil. Todos dibujan un patrón propio sobre los paneles de sus puertas y entran al camerino. Yo soy el único que se demora más de lo necesario; no soy lo suficientemente cuidadoso con los movimientos de mi índice y mi muñeca. Finalmente, después del séptimo intento, la puerta se corre hacia un lado y desaparece entre las paredes. Entro y la escucho cerrarse detrás de mí.

El camerino tiene una forma casi idéntica a la de la sala principal, pero su tamaño es mucho más reducido. El espacio no abunda, sin embargo, es suficiente como para que uno pueda merodear sin sentir la asfixia del encierro. Adentro hay una cama baja, una lámpara de noche, un despertador, una mesita móvil, dos sillas —también móviles— y un armario.

Ya dentro y con la puerta cerrada, lo primero que hago es quitarme el traje espacial, dejándome sólo el uniforme anaranjado de la GAIT. Luego pienso en comenzar a desempacar mi computadora y los pocos libros que traigo, pero mi cuerpo se deja caer sobre la cama, y no tengo la fortaleza ni la voluntad de negar tan dulce caída.

Me quedo tirado sobre la cama, mirando la curvatura del techo. Pienso en lo descabellado que es esto, la exploración espacial, esa urgencia que tiene el ser humano por salir disparado fuera de su mundo hacia un punto fijo entre las estrellas. Yo no lo entiendo. Tal vez nadie lo entiende, y por eso seguimos construyendo naves espaciales, edificando colonias en Marte, inventando máquinas que explotan las pequeñas lagunas en las leyes del universo, que sacan provecho a las formulaciones imperfectas de Dios. Tal vez somos unos mocosos rebeldes desesperados por demostrar que estamos listos para ver el mundo en todos en su totalidad y con todos sus detalles, y algún día nos toparemos con algo tan fuera de nosotros, algo que supere nuestro raciocinio y nuestras imaginaciones de un modo tal que nos dará el susto de nuestra existencia y nos mandará volando de vuelta al agujero azul del que salimos. O tal vez nos sentimos irremediablemente solos y creemos que multiplicarnos en los puntos más remotos del espacio solucionará nuestra soledad. No lo sé. Seguro nunca lo sabré. Seguro nadie nunca lo sabrá. Seguro ese será el último del último ser humano en la existencia: “Nunca lo supimos”. O quizá estoy cansado. Soy un pesimista cuando estoy cansado.

Intento relajarme. Mis ojos se apagan, y la curvatura del techo con ellos. Muy pronto, me quedo dormido. Sueño con mi jardín. Con su hierba esponjada y sus flores pequeñas, a 157 años luz de aquí.

*Fragmento de 700 días en Cixin (2240).

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