Por Carmen Libertad Vera

A punto de volverse totémicos, los casi 200 kilogramos de esa enorme mujer permanecen inamovibles durante casi toda la noche. Incómodamente tumbados sobre un recio banquito de madera, exteriorizando una desventajosa laxitud, semejante a la de un blando almohadón de plumas.

A esa mujer poco le falta para convertirse en un enorme y viviente monolito olmeca. Si acaso el automatismo que de su cuerpo aflora, podría considerarse vivo.

En ella, dos son las características que más llaman la atención. La primera es, por supuesto, las gigantescas dimensiones de su volumen corporal. La segunda, su parecido con la clásica Aunt Jemima, aquella risueña gorda afroamericana que identificaba a los empaques de esa conocida marca de harina para pancakes; con la diferencia de la ausencia total de una sonrisa, en este rostro, también muy moreno y normalmente abotagado.

Esta mujer, de nombre Teresa, coloca a su lado un amplio canasto de pan, la mercancía que cada noche pasivamente vende, hasta que el nuevo día empieza a despejar.

Todas las noches llega ahí, caminando dificultosamente. Permanece sentada afuera de una anacrónica tiendita de abarrotes. Y así, casi sin mediar palabra, ofrece su mercancía. Unas bolsitas de plástico conteniendo algunas conocidas piezas del pan nuestro más tradicional.

“Son integrales”, rezonga de vez en cuando al advertir a algún desconocido interesado en comprar de las semas, polvorones, conchas, picones o cuernos que ella expende.

Una noche, observé casualmente como alguien tuvo el atrevimiento de preguntarle por qué ella nunca sonreía. “¿De qué quiere que me ría?”, respondió Teresa en forma agria. Su voz raspó el aire como un cardo la piel. A cualquiera hubiera hecho desistir de cualquier intento de acercamiento y conversación.

Al escuchar esa frase, supe de pronto que ella tenía razón. ¿De que iba a reír si todo en ella denota amargura? Su voz es un sonoro acíbar. Sus ojos asemejan dos negras hieles congeladas. Sus manos, empalmadas una sobre otra delante del inconmensurable vientre, figuran entumecidas sombras curtidas.

          Aquel desconocido prosiguió con su intento de charla. “¿Y de estar ahí sentada, no se cansa?”, preguntó en forma un tanto absurda. “¿Y qué quiere que haga?”, fue la áspera respuesta que Teresa de inmediato otorgó.

Con toda seguridad, aquel imprevisto interlocutor se sintió de lo más impertinente, por lo que, pagando su comprada bolsita de pan, se vio decidido a guardar un silencio total y proseguir con su pendiente camino.

Inesperadamente, fue ella quien reanudó aquel insólito diálogo.

“Es que de algo tengo que vivir. ¿Acaso cree que por gusto estoy aquí, en vela, toda la noche? Primero me pongo a vender ahí, mire, en esa esquina de la avenida, antes de que empiecen a cerrar los comercios, porque hay quienes conmigo llevan el pan para su merienda. Ya como a las diez llego aquí, afuera de esta tienda. Los de los apartamentos de enfrente vienen por la leche y a veces me compran algo. Cuando aquí bajan la cortina, me vuelvo a mover, nomás tantito, a esa otra esquina. Toda la noche pasa gente por esa calle, a pie o en carro. Y si piden pan, también les vendo. Tengo que acabar todo lo de la canasta para poder sacar algo. Me dan comisión. No es mío el negocio. Yo le trabajo a otro. Con esto apenas saco pa’ mal comer”.

Quedé sorprendida. No por la historia que ella contaba, que difícilmente podría haber imaginado distinta o menos miserable, sino por haber logrado observar aquel deshielo, mínimo, en ese entumecido bloque de imperturbabilidad humana.

Sabía que ella conocía de vista a los transeúntes que todas las noches, después del trabajo, acostumbran pasar por ahí cuando se dirigen a descansar. Diario ella observa sus rutinas y también se sabe observada. A la pasada la miran, al mismo tiempo que ella mira a los demás.

        Porque abiertamente se nota que ella vigila todo lo que en su cercanía ocurre, pero lo percibe inexpresiva, sin manifestar ninguna reacción. Como si dormitara. De allí que llame la atención su permanente mutismo. Su indiferencia hacia todo lo que ella mira, fingiendo no mirar.

         Nunca la había visto hablar con alguien. Al menos no más de las dos o tres palabras con que informa el monto total de cada venta que ella hace. De allí en más, nada. Ni siquiera acostumbra dar las gracias a sus compradores.

       No se requería ser muy ducho para comprender sus orígenes indígenas. O para suponer su vida como un sorteado destino de privaciones y fracasos, los que debieron ser muchos, porque sólo así se podía comprender cómo se había endurecido tanto, hasta casi volverse mimética con las recias paredes del entorno.

Esa parte de su historia fue contada por un rostro inanimado. Parecía salida por oquedad bucal de una rígida máscara inerte. Apenas se pudo percibir un ligero movimiento en sus gruesos labios. Todo los demás rasgos de aquella fisonomía facial permanecieron paralizados. Sobre todo, la ennegrecida bilis que por mirada ella tiene.

“¿Y no podría usted trabajar en alguna otra cosa?”, fue la siguiente pregunta que yo alcancé a escuchar. Luego vino la furibunda respuesta. “¡No puedo hacer nada más! ¡Nadie me quiere dar trabajo! ¡Sólo puedo hacer esto! ¿Qué no ve lo hinchados que están mis pies y piernas?”.

Mientras ella decía lo anterior, sentí cómo los furores azabaches de sus ojos volteaban, directos y flamígeramente interrogantes, a mirar las reacciones en el rostro de su interlocutor quien, confundido, miraba los pies de esa mujer.

Los encontró apretujados en el interior de unos insuficientes y cerrados mocasines. Dos enormes empeines parecían emerger hacia lo alto, como montes inflados, desbordados desde las estrechas hormas de una modesta piel sintética. Brotó entonces una tímida intención de consejo. “Mejor use otro tipo de calzado. Sandalias abiertas. De las de horca pollo”.

La voz de Teresa, con las oscuras obsidianas de sus ojos puestas de nuevo fijas en el piso, retumbó lapidaria. “¡No tengo otros!”. 

Aquel hombre preguntó finalmente: “¿De cuál número calza?”.

La seca respuesta tardó algunos segundos. “Del siete y medio”, dijo Teresa dificultosamente, a regañadientes y con un tono como de filoso tajo cortando el aire.

“Pronto le voy a traer unas sandalias del siete y medio, para que sus pies estén más cómodos”. 

La enorme vendedora de pan se mantuvo en el silencio más absoluto. El desconocido aquel, después de emitir un suspiro, reanudó su interrumpido camino. Apenas había alcanzado a dar unos pasos cuando, de nuevo, pudo escuchar aquella voz llegando hasta él como una arisca espina proyectada a sus espaldas.

“¡Oiga!… ¿Las sandalias me las va a vender o me las va a regalar?’

Se las voy a regalar”, respondió él, volteando hacia ella, sólo para observar que aquel rostro, esa versión autóctona del de la Aunt Jemima, conservaba su conocida inexpresividad y una mirada fría e indiferente. Negándose en extremo a liberar de sus labios alguna cautiva sonrisa.

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