¿Por qué la frontera noreste que comparte Nuevo León con Tamaulipas y Coahuila, no puede hablar?

El rancho de mi tío queda cerca de lo que aquí llamamos la Frontera Chica, la región que comprende los municipios de Guerrero, Ciudad Mier, Miguel Alemán, Camargo y Díaz Ordaz. Esa pequeña zona forma parte de una frontera más grande, integrada por ciudades y pueblos de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas que se extienden a lo largo de un valle en tránsito continuo de personas, animales y cosas, donde lo considerado legal o ilegal va y viene de México a Estados Unidos, a través de Texas.

En este rincón tan poco conocido de México se desató una guerra en febrero de 2010, cuando una decena de cabeceras municipales fueron atacadas por hombres armados que llegaban en caravanas de camionetas pick-up. Cuando escribo “guerra” no estoy haciendo uso de la retórica o del sensacionalismo para describir lo que pasa. Se trata de una guerra en serio, en la que ha habido masacres, desplazamientos forzados de población, fosas clandestinas, prisioneros, combates, leva, magnicidios, mucho dolor y muchas mentiras, como en cualquier guerra. Además de muchas muertes.

Si un día alguien decidiera guardar un minuto de silencio continuo por cada una de las personas asesinadas en este lugar, se quedaría mudo un mes. La violencia que se desató aquí ha sido mayor que en otras zonas fronterizas del país. Es mucho mayor que la de la Tijuana actual, mayor que la de Sonora, e incluso que la de Ciudad Juárez. Sin embargo, esta región es una zona que parece no usar su voz. Del dolor causado por la violencia en Tijuana, Sonora y Ciudad Juárez ha nacido un lenguaje propio. Un lenguaje a veces hasta poderoso, que se oye a través de constantes reportajes hechos por periodistas nativos o llegados de fuera, o bien de novelas que cuentan la vida íntima de esas zonas. Acá en la frontera noreste no pasa eso. Bajo la atmósfera que prevalece ni siquiera es posible hacer diarismo de forma adecuada. De la realidad amenazante, la que se topan todos los días los reporteros locales, han quedado como constancia trágica los ataques con granadas a instalaciones de periódicos, así como el asesinato y la desaparición de periodistas. Sin embargo, gran parte de las intimidaciones no se conocen, ni siquiera aparecen en los registros de los organismos internacionales que han abierto oficinas en la ciudad de México los últimos años, alarmados por el aumento de las agresiones a la libertad de expresión.

La frontera noreste de México carece de un lenguaje propio en estos tiempos de guerra. Y sin lenguaje, la libertad queda mucho más lejos. El lenguaje es lo que hace posible el pensamiento, marca la diferencia entre lo que es humano y lo que no lo es. El lenguaje devela misterios.

Pero la frontera noreste no puede hablar.

Dieciseis

La nueva sede de la comandancia de la policía de Los Ramones, Nuevo León, donde está el rancho de Gerónimo, fue inaugurada a mediados de julio de 2010, en plena guerra. Entre tierra dura, rodeado por una cerca de aluminio, las autoridades construyeron un edificio de una sola planta, pintado de blanco con algunas rayas naranjas, para que operara la fuerza de seguridad pública local. Tres días después, el viernes 22, poco antes de las nueve de esa noche, cinco camionetas se estacionaron enfrente. Bajó una decena de hombres que tomaron suficiente distancia para que las balas no rebotaran cuando empezaron a descargar el contenido de los rifles que llevaban. Quién sabe cuántos disparos hicieron. La balacera duró 20 minutos y se lanzaron por lo menos cinco granadas. La fachada principal del edificio nuevo quedó como queso gruyére y la corporación entendió el mensaje: a partir de ese día la policía municipal de Los Ramones desapareció.

Gerónimo estaba a unos kilómetros de ahí, revisando el techo de una bodega de forraje para animales, algo deteriorada debido a la poca actividad del rancho que heredó de sus padres y que desde los 90 ha tratado de levantar. Algunas veces me ha tocado acompañarlo. Hacemos largos recorridos silenciosos. Trato de imaginar lo que Gerónimo piensa sobre estos tiempos con tanto ruido.

Aquella balacera contra la comandancia municipal de Los Ramones se oyó a varios kilómetros de distancia. Hay quienes dicen que se hicieron mil tiros. Gerónimo no la escuchó.

Dos meses después del ataque a la comandancia, converso con Gerónimo en el comedor de su casa de San Antonio. Es una noche muy tranquila, aunque afuera se oye una tromba y por la ventana de la cocina se mira el zigzagueo de unos rayos en el cielo. Le pregunto sobre la violencia en las carreteras y los pueblos por los que conduce. Me contesta que algunos rancheros le han contado de desapariciones forzadas de personas, de ranchos abandonados empleados como campos de entrenamiento de sicarios, de militares arrasando rancherías y otras cosas que ocurren en los alrededores, pero que él no presta demasiado interés en ello. Su filosofía es que si algo no tiene solución, entonces ni siquiera es un problema.

Gerónimo está en contra de la legalización de las drogas —como la abrumadora mayoría de los habitantes de Texas— porque cree que los niños harían suya esa adicción y todo se vendría abajo. No le caen bien “los sabihondos” que la promueven como “la solución”. Gerónimo es un texano en eso y otras cosas más. Sabe disparar un rifle, y supongo que no dudaría en usarlo si se viera amenazado durante uno de sus viajes en carretera entre Monterrey y San Antonio. Le planteo dicha posibilidad y me responde señalando una herradura colgada en la pared de su casa. Está algo oxidada, pero veo que tiene inscritas las letras G.G.G., las iniciales de su nombre. Como muchos de aquí, Gerónimo cree que el calzado de los caballos es un amuleto para la buena suerte. La superstición vive un auge en la frontera. Quizás es necesaria para no ser sorprendido por la barbarie, para no ser parte de ella también.

Gerónimo me explica que para él no todo se trata de fuerza. Siempre habrá alguien mejor que tú para disparar o alguien tendrá una mejor arma que la tuya. Lo importante es que tú tengas la razón en lo que haces y que no la sacrifiques por la fuerza.

Diecisiete

En la mesa hay puré de papa, tocino crujiente, arroz y pavo. Bebemos té helado. Antes de sentarnos a comer en el día de Acción de Gracias, que este 2010 tocó que fuera el 25 de noviembre, Gerónimo se pasó la tarde arreglando el techo de la casa que construyó con sus propias manos hace 22 años en las afueras de San Antonio. Gerónimo puso también por la mañana un barandal nuevo alrededor de la fachada principal y en la parte trasera agregó un cobertizo al garaje.

Platicamos de esos arreglos a la vivienda donde vive junto con su esposa Ana y una pequeña manada de perros chihuahueños. Entre los minúsculos e inquietos animales el consentido es Dumb. Dumb —tonto—es también la forma en la que antes se les llamaba a los sordos en Estados Unidos.

El plan de Gerónimo es hacer la mayor cantidad de arreglos que pueda a la casa donde vive. Luego quiere venderla y comprar una más pequeña y barata en el centro de la ciudad, adonde se mudará con su esposa Ana. Quién sabe qué pasará con las mascotas. Con el dinero que le quede de la venta, Gerónimo planea comprar otra casa, arreglarla y luego venderla más cara. Hace unos días, Gerónimo y su hijo mayor —que también se llama Gerónimo, aunque todos le dicen Nimo— encontraron una vivienda muy descompuesta, pero bien ubicada, que se vendía en 35 mil dólares. El sitio ideal para el plan de jubilación de Gerónimo. Fueron al banco a conseguir el dinero, pero en lo que cumplían los requisitos, alguien se les adelantó y compró la casa vieja.

El otro hijo de Gerónimo se llama Guadalupe y le dicen Lupi. Es un veinteañero que vive en Austin, dibuja estupendos cómics estilo japonés en sus ratos libres y trabaja con Nimo colocando escritorios y alfombras en las oficinas de las agencias de seguridad estadounidenses a lo largo de la frontera. La mayoría de las cosas que platico con Gerónimo tienen que ser traducidas por su hijo Nimo, porque no sé hablar el Lenguaje de Señas. Tanto Nimo como Lupi oyen y hablan perfecto inglés, aunque el español les cuesta un poco de trabajo.

En el comedor está enmarcado el padrenuestro en Lenguaje de Señas y platos que recuerdan los viajes de Gerónimo. Platos de Arizona, Carolina del Norte, Georgia, Indiana, Florida, Nebraska, Kentucky, Oklahoma, Missouri, Texas, Nuevo México, Washington, Las Vegas, Myrtle Beach, Alabama, Hawai… Un televisor enorme está encendido en la sala, con el Western Channel sintonizado. Gerónimo se va para allá, se quita las botas vaqueras y se sienta a ver una película de John Wayne. Salgo con Lupi a disparar un rifle en el monte. Es un 22, la sensación de la bala que parece salir de tu pecho es peligrosamente aliviadora: te da cierto poder, vacía tu miedo.

Regreso y ha caído la oscuridad total en el valle.

Me siento de nuevo a platicar con Gerónimo. He convivido con personas sordas desde que soy niño y los que conozco no paran de hablar. Apenas los ves y están relatando una historia tras otra, o preguntando cosas. Sin embargo, creo que si Gerónimo pudiera usar sus cuerdas vocales para hablar, hablaría poco. Es parco, como muchos paisajes de la frontera. En general, habla sólo lo necesario. Le cuento que estoy residiendo una temporada en Nueva York y que quiero saber qué piensa de Estados Unidos, ya que tengo sentimientos encontrados. Me dice que él se enteró de lo que sucedió en las Torres Gemelas y no lo creía, que no ha querido ver las imágenes de los aviones estrellándose contra los edificios, que en Estados Unidos no hay tanto racismo como se dice, aunque recuerda a un sordo mexicano asesinado en Virginia por una de esas pandillas de negros que acosan a los latinos: su amigo se topó con ellos en la calle y lo insultaron sin saber que era sordo y no podía escucharlos. Ellos lo golpearon hasta que murió. Me dice que en Estados Unidos tratan mejor a los sordos que en México, aunque ha sabido que ahora hay empresas grandes en Monterrey, como Gamesa y Whirlpool, que dan empleos a sordos, y que en Santa Catarina, Nuevo León, el gobierno puso una escuela técnica exclusiva para sordos. Pero que, por mucho, Estados Unidos es el mejor país para los sordos. Que en Las Vegas hubo del 18 al 23 de julio de 2010 un Congreso Mundial de Sordos, 60 mil sordos venidos de todo el mundo: sordos de la India, sordos africanos, sordos de Francia, de cualquier lugar que te imagines. Que quiso ir pero no pudo porque tenía trabajo, aunque su hermana Graciela sí fue y le platicó después sobre aquello, una cosa increíble, maravillosa. Que también hubo un concurso de belleza, Miss Deaf International, para escoger a la sorda más bella del mundo. Que ganó una sorda de Bélgica, alta y delgada, conel pelo del color de la hierba amarilla, en segundo quedó una chica de Sudáfrica, después una trigueña de Lituania (que por las fotos que vio, para él era la que merecía ganar), y en cuarto y quinto lugares, una de Irán y una de Brasil. Que admira a Estados Unidos. Que George W. Bush y Barack Obama no le importan.

Luego toco un tema medio escabroso: el de los Paoletti, la familia de sordos mexicanos de ascendencia italiana que fue detenida y procesada en julio de 1997 en Nueva York, por dirigir una red que se encargaba de traer sordos mexicanos a Estados Unidos y los ponía a trabajar vendiendo llaveros en las calles. Gerónimo me dice que por supuesto supo de ese caso que le dio la vuelta al mundo. Que los Paoletti tenían fama de maltratar a los sordos. Le comento que varios profesores sordos del Distrito Federal me dijeron que ellos creían que en realidad el operativo contra los sordos mexicanos tenía como finalidad persuadir a los sordos mexicanos para que no se vinieran a Estados Unidos a trabajar ilegalmente. Que activistas sordos que entrevisté en el Distrito Federal me dijeron que por supuesto que los sordos migrantes vivían en condiciones infrahumanas, como las que exhibió The New York Times en unas fotos de una de sus portadas, donde se veían camas y colchonetas amontonadas en diminutos espacios, pero que estas condiciones infrahumanas son las que suelen tener muchos migrantes mexicanos, sean sordos o no, cuando llegan a Estados Unidos. Gerónimo dice que él no sabe qué decir, que la familia Paoletti tenía mala fama desde antes de que pasara todo lo que pasó. Que por suerte, él tuvo la posibilidad de salir adelante en Estados Unidos. Que lo que él sabe es que los Paoletti fueron juzgados, y al parecer ya están por salir y se dice que contarán su versión de las cosas en un libro preparado en todos estos días transcurridos en prisiones mexicanas y estadounidenses. Que habrá que leer ese libro para conocer su versión.

Dieciocho

Gerónimo estaciona su camioneta afuera de El Rubio, comedor frente a la antigua Fundidora de Monterrey, al que a veces llega antes de agarrar carretera de regreso a Texas. La costumbre la adquirió cuando acompañaba de niño a su papá al rancho para ayudarle a matar los cabritos que la familia traía a vender a Monterrey. Pide un vaso con agua mineral y un bistec con papas. Cuando está por terminar de comer el filete, agarra el hueso con la mano derecha y lo levanta a la altura de su boca para poder arrancarle con los dientes la carne que le queda. De un tirón.

El día que su padre, Guadalupe, fumador empedernido, murió a causa de un enfisema, le tocaron Te vas, ángel mío, una canción fúnebre que Gerónimo nunca ha escuchado, pero que sabe que su padre ponía durante los viajes en la carretera que ambos hacían al rancho. Su padre la ponía en la carretera, porque le recordaba la despedida que a su vez le había dado a su propio padre. Gerónimo ha pedido que cuando muera, le toquen también esa canción que oía su padre y que él nunca podrá escuchar.

Justo esa canción es la primera que entona un fara-fara norteño que llega al restaurante cuando Gerónimo está pagando la cuenta para irse. Te vas ángel mío, ya vas a partir dejando mi alma herida y un corazón a sufrir. Te vas y me dejas un inmenso dolor, recuerdo inolvidable me ha quedado de tu amor. Pero, ay, cuando vuelvas no me hallarás aquí. Irás a mi tumba y ahí rezarás por mí. Verás unas letras

escritas ahí con el nombre y la fecha y el día en que fallecí.

Gerónimo va a cruzar la frontera, de regreso a su casa en San Antonio, tras visitar a su madre en Monterrey, María de Jesús, quien a sus 88 años está un poco enferma. La tarde declina, uno que otro remolinillo de polvo pasa por ahí. Sus ojos café claro, con la luz invernal, parecen cebada. Apenas ha avanzado unos kilómetros cuando vuelve a detener la marcha de su camioneta pick-up Silverado afuera del último Oxxo que hay en Monterrey antes de tomar la carretera a Nuevo Laredo. Entra a la tienda y echa un vistazo a la portada del periódico con fecha de enero de 2011. Lo más importante del día es la noticia de un policía federal de caminos decapitado en China, un municipio de Nuevo León pegado a Los Ramones.

Encuentran cabeza sin vida de Federal”, dice absurdamente el titular de la historia.

De regreso a la camioneta pongo una pegajosa cumbia de Los Tigres del Norte. Se llama El sordomudo. Soy enamorado como cualquier hombre aunque les extrañe y les asombre: Soy un sordomudo que no oigo ni hablo, y así como estoy, me dicen El Diablo. Le hablo a las mujeres con puras señas, luego les digo que me gustan ellas, pero yo les digo que me gusta el gorro, para cuando bailo este movido porro.

Diecinueve

Hombres de ojos acelerados, que cargan maletines y llevan pantalones de mezclilla apretujados y camisas vaqueras, caminan por el aeropuerto como si fuera a explotar una bomba. Es el verano de 2011 y viajo a San Antonio, Texas, junto con el fotógrafo Rodrigo Vázquez, para que conozca a mi tío y lo retrate.

Gerónimo y su cuñado Germán pasan por nosotros a las seis de la tarde en una camioneta Avalanche roja y nueva. Dan un par de vueltas hasta que nos ven a lo lejos. Hacen señas para que nosotros los veamos a ellos.

Gerónimo viajará la mañana siguiente, de San Antonio a Monterrey, para visitar de nuevo a su madre y revisar el estado en que se encuentra la cabaña de uno de sus sobrinos, enclavada entre la sierra de Santiago, algo abandonada y necesitada de un buen carpintero. Hoy pasaremos la noche con él y después lo acompañaremos en el viaje a México.

Al salir de la terminal paramos en una gasolinera. Mientras Gerónimo llena el tanque se queja de lo caro que está el combustible y menciona las incomodidades generales de viajar. Tan sólo en lo que va de 2011, hasta este mes de mayo, Gerónimo ha cruzado la frontera 11 veces.

Después de cargar gasolina vamos a un Walmart para comprar la bebida de la cena. Gerónimo aprovecha y mete al carrito del súper un pantalón negro Wrangler de 15 dólares, que se pondrá al día siguiente.

La casa de Gerónimo está en las afueras de San Antonio, es una especie de ranchito al que en las mañanas a veces se acerca uno que otro venado. Son casi 30 kilómetros desde el aeropuerto hasta ahí.

Cenamos costillas de cerdo, coliflor, arroz y una salsa verde picante que ha preparado Ana, su esposa. Hablamos sobre tatuajes. Le digo que no entiendo por qué en Estados Unidos es tan común y en México no. El me dice que tampoco lo sabe y que le desagradan porque se ven mal. Le digo que planeo ponerme uno pronto y sólo ríe. Nimo, su hijo, no está, así es que toda la conversación que tenemos es con mi limitado conocimiento del Lenguaje de Señas, aunque de vez en vez agarro una hoja y le escribo lo que quiero decirle. Germán también me pregunta cosas de esta forma.

Saco el tema del dinero que le prestó a mi familia en 1995 para el pago de la Hipoteca. Me dice que en ese entonces había hecho varios trabajos de carpintería y tenía dinero ahorrado de la época en la que vendía llaveros y artilugios por todo Estados Unidos. Además, no hacía tanto que había dejado de trabajar en una fábrica de baterías eléctricas automotrices. Le pregunto por qué ayudó a sus hermanos y a su familia, en lugar de acumular ese dinero. Me responde encogiendo los hombros y haciendo una mueca de desdén, una seña que cualquiera entiende. ¿Para qué acumularlo?

En eso aparece su perro chihuahueño Dumb, que recientemente fue mordido por una víbora del monte. Por fortuna no lo mató, pero le provocó una bola en el cachete, que se le quitó con una inyección. A dos días de la cura regresó con otra bola igual y las inyecciones se repitieron. Ahora el perro ya casi no sale al monte que rodea la casa de Gerónimo.

Nosotros sí salimos al monte después de cenar. Gerónimo se fuma un cigarro Marlboro en el cobertizo. Es como el décimo tabaco del día y eso que dice que ahora fuma menos. Platicamos de venados y después nos vamos a dormir. A la mañana siguiente cruzaremos la frontera.

Veinte

Antes de acostarme escucho uno de los éxitos musicales de hoy en Reynosa, que más allá de la frontera noreste es inconmensurablemente desconocido. Lo cantan dos jóvenes veinteañeros que se llaman Cano y Blunt. La guerra alrededor del rancho de Gerónimo en Los Ramones no se canta a ritmo de acordeón, tololoche, bajosexto y guitarra, como indica la tradición norteña, sino con Hip-Hop:

Bienvenidos a mi reino: Reynosa querida, donde a diario la gente se rifa la vida, gente que pesa, gente que te vuela la cabeza.

Ándate con cuidadito o de balas te atraviesan, cuerpos mutilados y tirados al canal, demasiada maldad pa› caber en un penal.

Los cuerpos en la orilla de la villa, súbele al estéreo, puro Beto Quintanilla.

Mucha gente que viene de afuera, hay un chingo de chamba y un chingo de loquera, mi gente pandillera y mi nena talonera. Reynosa de a de veras: ¿qué chingados esperas? La peda en la loquera, está brava la frontera. No cuento una novela, esto es chile de a de veras, chécalo en las noticias, pura gente con malicia, por las drogas se desquician, por la feria se avarician. Somos puro Reynosa, un chingo de malandros, pura gente mafiosa, lo sufres o lo gozas. Reynosa la maldosa, la calle es peligrosa.

Mientras concilio el sueño, pienso que lo que cantan los chicos de Reynosa se aplica en buena medida al resto de esta zona en guerra que inicia en Matamoros. Se cree que Matamoros fue fundada por piratas holandeses e ingleses en la desembocadura del río Bravo, y que hubo un tiempo en que se llamó Bagdad. Si se mira un mapa, río arriba, de Matamoros a Ciudad Acuña, Coahuila, se forma una especie de pasillo en el que fue acomodada esta región de México, tras la guerra de 1846 con Estados Unidos. Reynosa, Piedras Negras, Colombia y Nuevo Laredo son nombres de otros lugares del camino, separados del territorio texano por un torrente impredecible al que los que viven en la otra orilla le dicen Río Grande.

Si uno ha vivido alguna vez aquí, se da cuenta pronto de que el tipo de vida de la franja abarca más municipios cercanos de Tamaulipas, no precisamente fronterizos, como Ciudad Mier, San Fernando y Valle Hermoso; o bien de Nuevo León, como China, General Bravo, Agualeguas, Cerralvo, Los Ramones y Sabinas Hidalgo. La capital de esta frontera está en Nuevo León, no en Tamaulipas. Monterrey es la ciudad grande que le queda cerca: 210 kilómetros la separan de Nuevo Laredo, mientras que Ciudad Victoria, capital oficial, está a más de 300 kilómetros. Y el puerto de Tampico, se dice en broma, ya es Veracruz.

A principios de 1994, cuando llegaron las noticias del alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ocurrido en la otra frontera, allá en la sur, acá en ésta hubo gente que trató de aprovechar el barullo nacional para anexar de manera oficial la frontera tamaulipeca a Nuevo León. El cinco de febrero de ese año, día de la Constitución, grupos locales como la Asociación de Agentes Aduanales de Nuevo Laredo, el Consejo de las Instituciones de Miguel Alemán, la Asociación de Constructores y las barras de abogados de Camargo y Guerrero, propusieron la realización de un plebiscito para que sus municipios abandonaran Tamaulipas y se integraran a Nuevo León. El principal diario de la región, El Mañana, difundió los resultados de un sondeo en el que siete de cada diez entrevistados estaban de acuerdo en que sus pueblos y ciudades fueran neoleonesas. Pero la medida nunca prosperó.

Tío está en la cocina y prepara Nescafé. Por la ventana no se mira ningún venado entre la neblina de las seis de la mañana. No vinieron los animales que está permitido matar en Texas, siempre y cuando seas dueño de una gran extensión de tierra, que Tío no posee. Tío tuerce un poco la boca, decepcionado. Quería que viéramos venados y los fotografiáramos. Tío es un texano que prefiere mirar venados, antes que dispararles con su rifle.

Tío va a sentarse al comedor. Desayuna dos cafés. Luego sale y revisa el aceite de Van. Van es una camioneta del año 98 en la que se hará el viaje a Monterrey. La dueña de Van es Marylú González, sobrina de Tío que vive en el pueblo cercano de Buda, Texas.

El viaje será en Van porque la Avalanche roja nueva de Tío no puede cruzar Frontera. Recorrer las carreteras del no[reste mexicano en una camioneta así es asunto de alto riesgo. Frontera te pide en estos tiempos que no llames la atención, que bajes el perfil, que desaparezcas lo más que se pueda. Ya pasó de moda regresar a México en el “trocón”. La moda de ahora son las camionetas feas como Van. Tío suele cruzar Frontera en una fea Chevrolet Silverado blanca, cabina y media, algo raspada de los costados y que le costó 800 dólares. Como Van, la vieja Silverado es muy útil para sacarle la vuelta a Guerra. Tío estuvo buscando una Dodge, porque a los grupos armados de Frontera tampoco les gusta robar ésas, aunque sean nuevas. Dicen que son muy lentas a la hora de perseguir a alguien o cuando te persiguen a ti. Por eso Guerra las deja en paz.

Tía y la manada de perros chihuahueños -excepto Dumb, que ya no sale de casa- despiden a Tío y a la comitiva que lo acompañamos. Van sale de la casa y se detiene en un McDonald’s, el único sitio con internet en 30 kilómetros a la redonda. Mientras envío un mensaje electrónico a Sonora, Tío se queda afuera, fumando el tercer o cuarto cigarro del día, sacudiendo con delicadeza el sombrero vaquero, hecho con paja de arroz.

A las diez de la mañana, Van entra a la carretera, rumbo a Frontera. El golpe de calor veraniego llega con todo una vez que Tío toma el camino texano que va de San Antonio a Laredo. La temperatura de Laredo es de casi 40 grados. Tío conduce a 120 kilómetros por hora y no hay aire acondicionado. Van es un sauna en movimiento.

A Tío le gusta conducir rápido. Un día, en otra carretera de Frontera, fue detenido por un policía federal.

El señor no oye y no habla —se adelantó a decirle Carlos, cuñado de Tío, al agente que se acercó a la ventana del conductor.

Híjole, ¿es sordomudo el señor? Mmm… No oirá, pero bien que le pisa al acelerador.

Laredo recibe a Van con un interminable paisaje de casas de cambio que anuncian en sus pizarras que la compra de dólares está hoy en 11.10 pesos, y la venta en 11.60. Van hace una breve escala en un Walmart para conseguir un minisplit que le pidió a Tío una sobrina, para combatir los calores de Monterrey. Al salir del estacionamiento, una mujer atraviesa su Cavallier sin precaución alguna. Tío frena rápidamente y luego toca el claxon un par de veces. Ahora reanuda la marcha.

En la aduana estadounidense, el agente de migración pide sus papeles a Tío. Tío se los da y no hay mayor diálogo. Hay trámites de Frontera para los que no hace falta hablar. Van cruza el puente internacional. El aire sigue caliente, una tanqueta militar y el olor a chile recibe a Tío, junto con el letrero: “Bienvenido a Nuevo Laredo”.

Van gira una calle a la izquierda, avanza por una avenida a la orilla del río Bravo algunos kilómetros, hasta un cruce de semáforos, ahí da vuelta a la derecha y abandona el centro de Nuevo Laredo para llegar a la salida de la ciudad, inconfundible por los cementerios de chatarra automotriz llamados “yonkes”. Nuevo Laredo queda atrás, ahora hay un paisaje carretero. Mezquites y tierra a los lados, y una línea recta, donde Guerra es quien da la bienvenida, con un retén militar. El soldado pregunta con voz ronca a Tío: “¿Adónde van?, ¿de dónde vienen?” Tío hace señas y su sobrina Marylú le dice que el conductor no escucha ni habla. El militar se le queda

viendo a Tío, hace una mueca indescifrable y dice que continúe. Van avanza por Frontera. Tío comenta el reciente hallazgo de decenas de personas enterradas en fosas clandestinas; supuestamente cuerpos de pasajeros de autobuses asesinados por Guerra.

Unos kilómetros adelante, Van se detiene en una casa destechada que es una vulcanizadora. Hay una hilera de 16 tráileres estacionados en esa misma orilla elegida por sus conductores para detener un rato la marcha y estirar los músculos. Van tiene ahora sus llantas con el aire bien calibrado. Se oye la laringe prodigiosa de Don Wasler. Suena country texano a través de la frecuencia de una radio de Frontera.

Tío quiere parar a comer en un restaurante carretero a la altura de Sabinas Hidalgo, el pueblo donde nació Guadalupe, su padre. El lugar se llama Oasis y suele tener buena carne y precios normales. Tío llega al restaurante Oasis y ve un autobús saliendo en reversa del solitario estacionamiento. Se da cuenta de que el sitio ya cerró. El Oasis desapareció. Más adelante, en la autopista de cuota, encuentra otro lugar abierto para comer, el único de por aquí que Guerra no ha clausurado. Se llama La Bamba. Durante la comida, Tío ya no habla de personas desaparecidas o asesinadas. Mira un partido de México contra Ecuador que pasan en el televisor, aunque le aburra el futbol. Come tacos de carne asada y un queso fundido que parece crema. Vasos grandes con hielo y refrescos de ponche. Muchas tortillas de harina, pequeñas y gruesas, típicas de Frontera.

Antes de subirse a Van para continuar el viaje a Monterrey, que ya está a unos 100 kilómetros de aquí, Tío prende un cigarro y cuenta del día en que le miró los ojos a Guerra: un convoy con personas armadas pasó junto a él en una brecha perdida cerca de su rancho en Los Ramones. Tío dibuja con la mano en el aire la última letra del abecedario español para decir quiénes eran los del convoy. Ese día iba montado a caballo y ellos no pararon la marcha cuando pasaron junto a él, lo ignoraron por completo. El caballo se levantó un poco, alterado por el paso de las ocho camionetas rompiendo el silencio de Frontera. Seguramente el caballo también hizo un ligero relinchido.

FOTOGRAFÍA POR RODRIGO VÁZQUEZ

 

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