¿Cómo empieza un periodista?

Por Félix Córdova

Ilustración por Haydeé Villarreal

 

Aún tengo la intriga del por qué cuando niño, a los cuatro años de edad y a horas de entrar a un preescolar de Monterrey, me siento atraído inexplicablemente por una voz que a lo lejos grita efusiva: “¡el periódicooo!”. Todavía el sol no se asoma por la parte alta del Cerro del Topochico, cuando aquel hombre de tenis desgastados y gorra azul interviene entre mis sueños para enseñarme a mi corta edad una nueva palabra. Emocionado, y con una sensación en el pecho que no puedo describir, abro mi enciclopedia Larousse para conocer el significado.

Entonces tomo el ejemplar de un periódico matutino de los que mi tío compra diariamente. En esas páginas encuentro historias de gente invisible que, según entiendo, porque todavía no sé leer muy bien, exigen justicia por la muerte de un señor que se llama Luis Donaldo Colosio, pero un tal Carlos Salinas de Gortari no les ve. No les escucha.

Muchos años más tarde me sentiré confundido al pensar que mi padre es albañil, mi madre es ama de casa, y que nadie en mi familia es periodista. Caminaré con el libro de bolsillo de Juan Salvador Gaviota que me regaló mi abuela, y algunas memorias de aquella mañana que definió mi vida. Creceré intrigado por conocer de dónde saqué este amor al periodismo. No tiene explicación. No la hay. Solo algunos recuerdos.

Quince años más tarde me encuentro caminando bajo la lluvia para llegar a mi primer día de clases en la escuela de periodismo de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

A las ocho de la mañana me incorporo con el grupo 301 al aula número 6, del edificio A. Ahí nos recibe una profesora de cabello corto y mirada radical. Su nombre es Asención Carmona y lo primero que hace es citar a Sócrates: “yo solo sé, que nada sé”.

Todavía no termina mi primer contacto directo con el periodismo –al menos como estudiante- cuando ya tuve mi primera decepción de este oficio: uno de mis compañeros se queda dormido en el salón. La maestra lo observa, se le acerca despacio, y le repudia con gritos tal falta de respeto.

Pensé que a mi alrededor la gente estaría hablando de política. Que criticarían la postura de la narco-guerra de Felipe Calderón y admirarían a Francisco Villa y a Emiliano Zapata como buenos estudiantes de espíritu revolucionario, pero la realidad es muy distante.

Para pasar la grotesca escena del estudiante dormilón, en una de mis horas libres me aíslo en la vieja biblioteca de la facultad, que no es más que un cuartito del tamaño de una casa del Infonavit en la que escasean los libros. Andrés Rodríguez, otro estudiante de cabello corto, algo rizado, de estatura y tez tostada, es el encargado del lugar. Él es un estudiante de sexto semestre y es de la confianza del maestro Benjamín Solís, jefe de este lugar.

Andrés me explica que debo de estar tonto porque nadie visita la biblioteca en su primer día en la universidad. Lo común es socializar: ir a la cafetería y hablar con los amigos sobre la telebasura de los canales regios para sentirse intelectuales.

También fisgonear a las mujeres –sobre todo a las de primer semestre- para intentar pescar a una que otra. Pero esta última parte yo ya la hice. Desde que llegué, puse la mirada en una que, curiosamente, me acompañará en clases de periodismo el resto de la carrera y con la que me graduaré el mismo día. Lo peor de todo es que todavía está conmigo.

Mi nuevo amigo me hace ver que el periodismo en la región está en crisis de ética.

Que algunos de los periódicos de mayor tiraje en la entidad están “alineados” con los partidos políticos, y que si quiero ejercer periodismo objetivo, será mejor que busque en otras ciudades, como en el Distrito Federal. Entonces me habla de La Jornada. Me dice que es el mejor diario del país, porque siempre dice la verdad.

Que no se vende ni al PRI ni al PAN porque es un periódico muy radical. Además, es de izquierda.

Después de la breve conversación, me siento en un pupitre con el libro de no ficción que más llamó mi atención: El Periodista Indeseable, del alemán Günter Wallraff. El ejemplar es tan viejo que hasta sus hojas parecen galletas crujientes.

Admiraré y leeré a este personaje hasta el último día de mi carrera en la universidad.

***

A cuatro años de que egresé de la escuela de periodismo, por fin salgo a la calle a buscar una oportunidad con la pueda ejercer lo que siempre quise desde niño. En la selva laboral compito contra alrededor de 50 egresados de mi generación, además de estudiantes de otras universidades y foráneos en busca de trabajo.

Analizo las opciones que tengo para escribir en la localidad: Milenio. ABC, El Porvenir… también están las televisoras, como Televisa y Tv Azteca, pero ninguna me llena el ojo. Mi única opción es un periódico que en Nuevo León ha puesto a temblar a alcaldes y gobernadores: El Norte. Entonces, hago mi máximo esfuerzo para lograr ser parte de ese ejército de reporteros. Tomo el taller de redacción en el año 2012, le demuestro mi capacidad a mi mentora Diana Frías, ¡y listo! ¡Ya soy periodista!

Es mi primer día en la sala de redacción y me siento muy emocionado. Nervioso, y emocionado. Por fin veré la cara de los que hasta el momento solo conocía por sus nombres. Entre ellos, Mirna Ramos y Osvaldo Robles. De lo mejor que hay en la ciudad. Curioso, empiezo a buscar a César Cepeda –otra eminencia-, pero me dicen que renunció. Que ya no quería estar en El Norte.

Mis compañeros reporteros me apoyan en todo para que me adapte rápido al equipo. Uno de ellos me dice que las libretas para anotar son regaladas, me explica el programa de cómputo que usan para redactar, y me confiesa que si me da hambre, el mejor lugar para comer, son los tacos que se ubican en la avenida Zuazua, a un lado del estacionamiento del diario.

Mi llegada al periódico coincide con la muerte del exdiputado panista Hernán Belden. La ciudad se llena de notas relevantes y el periódico es una locura. Por eso mis editores se olvidan de mí. No me dan asignaciones, tampoco orientación.

No hay apoyo. No hay oídos que me escuchen. No hay nada, solo regaños y prejuicios. Y entonces me daré cuenta de que no importa qué tan bueno seas en el periodismo, para El Norte los reporteros son como materia prima que aprovechan mientras les sirva.

Al cabo de unos meses, uno de mis jefes me pide que pase a la sala de juntas para decirme adiós.

Es todo. Estoy fuera. Tengo que volver a empezar.

***

Del periódico salgo por la puerta grande y con la cara en alto, porque di lo mejor de mí. Durante mi tiempo en el diario, logré sobrevivir luego de quedarme en una balacera en China, Nuevo León, entre militares y narcotraficantes, y además saqué la nota que buscaba –ese día marqué a mi editor para informarle lo que sucedía, pero nunca contestó-, además, puse temas propios en la portada de mi sección.

Orgulloso y contento, viajo al Distrito Federal en busca de otras oportunidades.

Mis destinos son El Universal, Excélsior y La Jornada, a donde llego en busca de un futuro prometedor.

En el trayecto, sentado en el asiento 1 del autobús, pienso en los diarios regiomontanos. Milenio muy criticado por contribuir con la imposición del presidente Enrique Peña Nieto. El Porvenir y ABC cada vez son menos leídos.

Cada vez tienen menos credibilidad. Definitivamente el periodismo en Monterrey está en crisis, como me lo había advertido mi amigo Andrés. Las jornadas laborales son de más de 12 horas diarias, con sueldos por debajo de los 10 mil pesos mensuales. Algunos pagan un poco más, pero carecen de ética. Y todo esto coincide con folletos entregados por el movimiento Únete Pueblo y #YoSoy132, que acusa a los diarios locales de ser cómplices del gobernador Rodrigo Medina y del gobierno federal. La gente de Nuevo León ya no cree en sus periodistas. Ya no los respeta.

***

El Distrito Federal me es muy conocido, porque he pasado muchas veces por aquí. Llego cerca de las nueve de la mañana y la ciudad se ve hermosa. El día, por cierto, es fresco. Está a punto de llover.

Caen las primeras gotas de lluvia y yo salgo corriendo de la central de autobuses.

Subo al primer taxi que veo y decidido a triunfar, le pido que me lleve a La Jornada. En las oficinas me recibe personal del sindicato de periodistas. Me piden que me quede en la ciudad, que me asignaran uno que otro evento, pero de vez en cuando. Es todo lo que hay.

La idea no me convence. Es muy arriesgado. Después de unas horas me reciben en El Universal. Me piden que deje mi solicitud, dicen que me hablarán, y nada más. En frente, al cruzar la avenida Bucareli, se encuentra Excélsior. Aquí la instrucción es diferente: el currículo se envía por correo electrónico y hay que esperar. El panorama se torna gris.

Luego de un tiempo en la capital del país, decido regresar a Monterrey. En el DF no hubo ofertas interesantes. Preocupado, durante el viaje de vuelta a casa, pienso que se debe a la crisis económica a nivel mundial en los medios de comunicación. A todos les está afectando. Incluso a los grandes periódicos. En Estados Unidos, el Chicago Sun-Times optó por desemplear a su departamento de fotógrafos. El País, de España, publicó que The New York Times –el diario más importante a nivel internacional- sufrió una caída del 9.4 por ciento en sus ingresos de publicidad impresa durante el 2007, y hasta la fecha no se ha podido levantar.

Pareciera que el periodismo está llegando a su fin. A los conflictos éticos de los diarios regiomontanos se les ha sumado uno peor: el del dinero.

***

De regreso me enteró que a Nuevo León llegó un nuevo periódico, propiedad de la familia Salinas Pliego –propietarios también de Tv Azteca-. Pero el diario El Horizonte parece político en campaña: hace muchas promesas que no va a cumplir. Además, su reputación es muy dudosa. Me integro a sus filas como coeditor de la sección Finanzas en febrero del 2014, pero luego de escasos dos meses también sufren por capital.

Sergio Tamez, del departamento de Recursos Humanos, me manda a hablar y me dice que el periódico no tiene dinero, que no hay ingresos por publicidad, y que me tienen que echar a la calle.

***

Cerca del medio día de un martes hago una llamada a Dominio Noticias, un equipo de trabajo muy modesto, pero de mucha garra y pasión. Mi pésima situación económica me lleva a aceptar el salario más bajo que he tenido en mi carrera como reportero.

Indignado, porque mis notas no son más que de tres párrafos o menos, cambio la estrategia luego de tanto pensar. Tal vez requiera sacrificarme y esforzarme más de lo necesario para alcanzar el éxito en la prensa escrita.

Entonces empiezo a escribir textos de no ficción. Y a un año de mi primera visita en busca de una oferta laboral en el Distrito Federal, compro un boleto de autobús que me llevará de regreso a esa ciudad en busca de revancha.

Los destinos son los mismos, pero ahora voy más preparado. Por más de 12 meses leí revistas digitales como El Puercoespín, Orsai, Etiqueta Negra y Gatopardo. También a periodistas como Alberto Salcedo Ramos, Graciela Mochkofsky y Jon Lee Anderson. Esta vez tiene que ser diferente.

De nuevo ocuparé el asiento 1 del autobús. Llegaré y buscaré una oportunidad en los periódicos capitalinos. Me esforzaré para destacar. Y así, algún día, ser de los mejores cronistas y columnistas de política en mi país. Lo haré con la misma pasión y entrega, como en mi primer día de clases de periodismo.

Yo ya no soy un estudiante, pero es necesario volver a empezar.

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