Por Vicente Leñero

garibay1Ricardo Garibay era gruñón Se enojaba o se hacía el enojado a veces porque no entendía cómo tanto escritor de los pequeños o de los grandes, mexicanos o extranjeros, gozaba de la fama o de miles y miles de lectores que sus libracos no se merecían Ricardo vivía enfurecido contra la simulación literaria, contra el desparpajo insolente, contra la mediocridad que inundaba según él la literatura de aquí o de otras partes Se diría que ningún escritor de los de ahorita lo hacía saltar de su silla de lectura Muy pocos, o ninguno, lo maravillaban Ricardo estaba metido en su costal y ay de los jóvenes que perseguían un elogio, un aliento, un va usted bien, chamaquito Encerrado en una santa amargura derivada de su pasión por las letras mentía cuando descalificaba, se hacía guaje cuando arrojaba a la basura tantas novelas de hoy o cuando cerraba los ojos para no leer lo que era sano leer Quizá leía a escondidas Quizá veneraba a un ciento de los que nunca supimos Quizás abrazaba en secreto a colegas que coincidían con su amor por el estilo, con su fiereza, con su percepción exacta de lo que significa el peso específico de las palabras Garibay era el puro estilo cuando Garibay soltaba la pluma —por decir metafóricamente pluma en lugar de máquina de escribir, o lápiz, o garabateo de frases armándose a sí mismas como un poema en prosa —por decir metafóricamente poema donde debería decirse prosa a secas porque era un maestro en eso de sentir el ritmo y la dosis precisa de acción narrativa, trenzada como urdimbre en sus novelas, en sus artículos, en sus extraordinarios reportajes que nos daban a ver lo que ve el que vive —por hacer referencia al título de aquella antología de escritos para la prensa inmediata y urgente Garibay era el oído, la reproducción a veces exaltada de una forma de hablar a diario, del coloquio vulgar registrado por él mejor, mucho mejor que por una grabadora siempre mentirosa, porque mentirosa es toda reproducción de cintas que el reportero emplea para intentar lo textual Y no se puede, lo sabía Garibay Jamás la grabadora alcanza a ser buen periodismo, literatura fiel, porque la literatura y el buen periodismo exigen recreación y maña de lo que oye el que oye El que sabe oír, desde luego Nada más Cuando habla el Púas desde la prosa de Garibay, habla lo más sincero de lo que anhela expresar el Púas con su tartamudez, con su vocabulario enteco, con su argot reinventado en cada frase, palabra, giro por el oído magistral de un escritor así Garibay era el estilo, y el oído, y la serpiente imaginación surgida desde sus fieros años hasta alcanzar ese gran descubrimiento de un chamaco capaz de beber en cáliz la muerte de su padre y lanzarse entonces, sólo entonces, a crear ese gran universo narrativo legado por Garibay en sus libros-tesoro Ricardo era también el amigo malcriado desentendido de sus personales cuates, de sus admiradores fieles, de los alumnos que tantos fuimos aprendiendo secretos de su prosa, de su aliento vital, de su manera de resoplar anécdotas, inflándolas, para volverlas, ay, literatura Qué gran escritor se vino haciendo y se hizo para siempre este hombre enojado, falsamente difícil, en realidad tan tierno que de pronto te hablaba por el teléfono nocturno para consultar humilde —qué humilde era privadamente Garibay—, para consultar humilde una cuestión de dramaturgia, cuando le dio por escribir dramaturgia sin percatarse —le decía, y me oía Garibay— que se anticipaba imprudente al actor que ya no podría recrear un habla ya recreada por Garibay desde el papel Imposible, Ricardo Y en esos casos jamás se molestaba, muy diferente al de otros momentos cuando se sabía y se sentía frente a una convención de orejas escuchando relatos imposibles, escenas de su vida con gente del poder, con importantes Ahí, en ese foro, nos fascinaban sus berrinches, su manotear la mesa, su pedante actitud del que todo lo sabe de este ingrato negocio de narrar y escribir Autoritario, necio, sobrado hasta el cansancio, amargado de veras porque nunca recibió de retache el premio que tanto merecía su devoción a la palabra Qué absurdo: no le dieron el Premio Nacional, ése que cada año entrega el presidente, cuando imaginábamos recibiéndolo ya, allí en Los Pinos, y devolviendo a cambio un párrafo admirable, sublime, de lo que es de a deveras la fiebre de escribir Se entregó todo a ella, mucho más que a ninguna mujer Desparramó su fuerza, su talento, lo derivó a su mundo de palabras con una prosa herida, desbocada, sonora de sonido, ardiendo siempre entre el oleaje de esos gallardos párrafos en contrapunto con el empeño de violentar la vida que así es la realidad del escritor Tu realidad, Ricardo La tuya que es ahora de todos, nos la diste Te recordamos sí, encorajinado, con desplantes falaces de narrador maldito; pero también te recordamos riéndote o bebiendo un vino tinto, espeso, brutal como la noche inicua que te permite desamarrar la lengua porque tu lengua era también literatura Literatura siempre Literatura envuelta en esa fe que perdiste en tu casa de San Pedro hacia el Dios que ya nunca pronunciabas pero que compartimos sobrios en una lenta charla, ahora en tus setentaitantos años olvidada por ti, o no sé, porque leías y enseñabas en círculos de estudio y en programas al aire, obsesivo, retórico, el clásico Cantar de los Cantares de tu biblia arañada Eras al fin un místico como el más de los místicos Lo sabías Y ahora lo sabes bien, muy bien, mejor: quiero creer creyendo en esa añeja fe que mamaste de niño y retomada, pienso, releyendo en silencio a esos místicos parecidos a ti en la nostalgia Te recordamos riéndote, decía Robándote, canalla, una botella de vodka de mi armario, un encendedor de oro de mi mesa, la figurita inútil de un librero: ladronzuelo sagaz de tus amigos, de lo que eras capaz con tal de llevarte un poco de lo que escondíamos nosotros, algunos de los que siempre y siempre te quisimos aunque nos ignorabas en la vida doméstica del periodismo y la literatura Es que te hacías el antipático, Ricardo Te hacías odiar Nos obligabas a hablar muy mal de ti, a mandarte al carajo por tus fatuos desprecios Eras tan envidioso, tan vanidoso, tan cínico, tan vedet con los tuyos —nosotros— que parecía que a fuerza de desplantes querías hacerte odiar Y no Nunca te odiamos en serio Te quisimos y fuimos tus lectores, admirados lectores —ya dije— absortos por tu prosa y por tu voluntad enorme de ser un enorme escritor Eso sí que lo fuiste Lo eres Te quedas en tus libros y estás mejor ahí, eres ahí más accesible que en tu persona gorda de repente, arrugándose luego, sufriendo esa vejez irremediable que te hizo llegar, maldita enfermedad, maldito cáncer, a la última página Te moriste, Ricardo Te moriste en el aquí de ahora Te moriste, pero mira, cabrón: entre mis cosas, te lo digo, siguen formando fila tus novelas, tus cuentos, tus memorias He regalado muchos de tus libros y seguiré dejando que se vayan en manos de quienes deben saber quién era, quién sigue siendo Ricardo Garibay Un abrazo Nos vemos Hasta pronto.

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