De Monterrey a Ammán en tres brincos

Por Oziel Gómez

 

 

En menos de 24 horas, al terminar este viaje, estaré a más de 12 mil kilómetros de México, en un país que en realidad es un reino, con reyes, reinas y princesas, cuyos habitantes hablan un idioma que, según dicen, “es el idioma del cielo”, ya que para aprenderlo se necesita una eternidad.

 

***

 

El avión avanzó despacio sobre sus ruedas hasta encarar la pista de despegue. El ruido de los motores inundó el interior y avanzamos. Cincuenta, cien, doscientos kilómetros por hora y el tren de aterrizaje se replegó mientras Monterrey dejaba de ser la tercera ciudad más grande de México y se convertía en sólo una epidemia de concreto que invadía hasta las faldas de las montañas. Los únicos que mantenían su imponencia vistos desde aquella altura eran los picos de la Sierra Madre Oriental. A estos les dediqué un vistazo antes de que la última imagen de México quedara oculta bajo una impenetrable capa de nubes blancas.

Aquellos eran los primeros kilómetros de los 12 mil que habría de recorrer hasta la cara oriental del mundo. Más allá del Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo; entre Siria y Arabia Saudita, entre Iraq y Palestina, en la ribera este del Río Jordán.

Aterrizamos en Atlanta cuando el sol ya estaba por ocultarse. Después vinieron ocho horas más de vuelo nocturno cruzando el Atlántico por el norte, para terminar en la pista del Aeropuerto Internacional de Paris en una mañana nublada y húmeda. El Charles de Gaulle son 32 kilómetros cuadrados cuyas terminales se conectan por un sistema interno de transporte que, si no fuera por la comodidad y ventilación adecuadas, recordaría a una línea cualquiera del metro de la Ciudad de México. En aquel lugar, por el que cada día pasan 200 mil personas, había que dar con la sala L31.

Llegué a la conclusión de que la clave para atravesar sin contratiempos el de Gaulle estaba en la cartografía: llevar a la mano no uno, sino tres mapas de aquél complejo. Los estudié por última vez antes de salir del avión y, más nervioso que seguro, me dejé llevar entre las oleadas de personas provenientes de decenas de países.

Para mi asombro, la mayoría de los viajeros parecía saber hacia dónde iban y cómo llegar. Ayudaba pensar que si cada día miles de personas seguían haciendo esos mismos recorridos, encontrar una sala no podía ser tan complicado después de todo. Quince minutos más tarde, desde la comodidad de la L31, observaba a los ingenieros hacer los ajustes finales a la aeronave que terminaría mi viaje. Gracias al sistema de señalética del aeropuerto, de los mapas ni me acordé.

***

Dejamos París al atardecer a bordo de un Airbus A320. Mientras sobrevolábamos los campos franceses que parecían parchados con retazos verdes y marrones, saqué de la mochila una copia de Viajes con Heródoto, del periodista polaco Ryszard Kapuściński. Si algo había mantenido mi ánimo para emprender aquel viaje estaba en esas 308 páginas. Elegí un capítulo al azar: “Condenado a la India”. Mientras los pilotos ajustaban nuestro curso hacia Medio Oriente, Kapuściński viajaba directo el sur de Asia.

Leer al polaco era como no haberse metido solo en el lío de cruzar medio mundo para caer de lleno y tan sólo 24 horas después en la cara contraria. Porque hace 50 años Kapuściński volaba en las mismas condiciones: por primera vez, solo y sin la más mínima noción de alguna de las decenas de lenguas y dialectos que se hablan en la cuna del yoga y el hinduismo. Yo, por lo menos, sólo tendría que lidiar con uno: el árabe.

Reconfortaba saber que en sus primeros pasos, antes de recorrerse el mundo escribiendo sobres sus habitantes y cubrir 18 revoluciones, el famoso reportero había tenido más o menos la misma cara de fascinación y preocupación con la que yo me asomaba por la ventanilla a contemplar el paisaje. Volábamos sobre Grecia. Sus cadenas de montañas rocosas se extendían a la distancia hasta donde las nubes nos permitían contemplar, y decenas de islotes iban apareciendo bajo nosotros anunciando la llegada del mar.

Para los antiguos egipcios fue “el Gran Verde”, para los árabes “al-Bahr al-Mutawasit (Mar Intermedio)”. Los romanos, motivados por sus múltiples conquistas a lo largo de la costa, fueron más allá y lo adoptaron como “Mare Nostrum”. Para nosotros, el Mar Mediterráneo, visto desde el cielo, era una superficie inmóvil de tonalidades azules que variaban dependiendo de la profundidad y la hora del día —de la que yo había perdido la noción tras cruzar ocho zonas horarias—. Y pensar que sobre aquellas apacibles aguas se definieron los detalles de los combates que, según Heródoto, dieron origen a la rivalidad entre el Oriente y Occidente del mundo antiguo. Que a lo largo de la historia este “mar en medio de tierras” ha servido más para separar que para unir a Europa, África y Asia. Esta vez era ganancia que en lugar de galeras de combate y guerreros fueran yates los que a su paso dejaban líneas blancas de espuma.

La noche se tragó el mar y el avión se abrió paso entre la oscuridad más densa.

 

***

Ammán apareció como bordada sobre un manto oscuro. La noche y la altura habían reducido a esta capital de 2 millones de habitantes a una red de miles de hilos luminosos que se cruzaban de cualquier forma, corrían paralelos y volvían a chocar más adelante. Algunos avanzaban hasta desvanecerse sobre esa negrura que nos ocultaba a la ciudad más grande del país. A lo largo de la historia, aquel espectáculo de luz —aunque en menor grado— lo debieron de dar las antorchas asirias, luego persas, griegas, romanas y finalmente árabes.

Apenas habíamos dejado atrás las luces y avanzado nuevamente hacia la oscuridad cuando sonó el timbre que precedía a los anuncios del piloto. Por la bocina se escuchó un “Masa’a al-jair” (“Buenas noches”) y luego vino una lluvia de palabras impronunciables que parecían avisar el inicio del descenso. Efectivamente, el avión se inclinó a la derecha y por las ventanillas aparecieron nuevas hileras de focos que aumentaban de tamaño conforme perdíamos altura. El ruido de los motores inundó el interior justo antes de que las llantas tocaran el asfalto de la pista del Aeropuerto Internacional Queen Alia. El avión redujo la velocidad hasta detenerse junto al puente de abordaje.

Nos despabilamos y abarrotamos el pasillo. La puerta se abrió y entró el aire aún cálido de las primeras noches de otoño. Lo respiramos. Era el Reino Hachemita de Jordania.

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