Por Jaime Guerrero

En su último ensayo sobre cine (Kitchen without kitsch, 1977), escrito conjuntamente con su esposa Patricia Patterson, el crítico y pintor estadounidense Manny Farber habla de dos tendencias centrales en el cine de los años setenta. Farber describe la primera como un “espacio de dispersión” para distinguirla de lo que en ese momento fue llamado cine estructural o minimalista. Las películas dispersas “creen implícitamente en la idea de no-solidez y en que todo es una masa de partículas de energía; lo que se busca, estructuralmente, es un espacio de flujo unido al contenido atomizado y a la idea de mantener la frescura y energía de un mundo real en la película.” Tal vez no haya manera más precisa de resumir el cine de Robert Altman o su obra maestra del neo-noir (filme negro revisionista) Un largo adiós (1973), recientemente editada en blu-ray.

¿En qué consiste la “revisión” de Altman frente a la tradición del cine negro y en qué sentido es Un largo adiós una película que se desarrolla en el “espacio de dispersión” del que habla Farber? Se trata de una adaptación de la novela homónima de Raymond Chandler siendo el guión escrito por Leigh Brackett, quien a mediados de los cuarenta trabajó con William Faulkner y Jules Furthman en el guión de El sueño eterno de Howard Hawks, basada en otra novela de Chandler y considerada uno de los grandes logros del noir. La pregunta inicial no se puede responder aludiendo a una división básica entre forma y materia. No es que Altman estrictamente haya encontrado una nueva manera de expresar el mismo contenido, ya que el “contenido” de una película no es su guión y en el caso particular de Altman cada obra contiene mucho más que esto, o es contenida por algo todavía mayor: el mundo en el que se desarrolla.

El protagonista de El sueño eterno y de Un largo adiós es el detective Philip Marlowe. Humphrey Bogart interpreta el papel en la cinta de Hawks y no hay nada más alejado de su firmeza y solidez absoluta –distintiva del estilo clásico de actuación de Hollywood– que la completa desorganización e imprevisibilidad de la encarnación de Elliot Gould del mismo personaje. En su ensayo fílmico Los Angeles plays itself, el cineasta Thom Andersen señala que Altman y Gould “convierten al caballero blanco anglosajón de Raymond Chandler en un Don Quijote judío que fuma sin parar: un pelmazo noble.” Al principio resulta desconcertante la actuación de Gould: parece estar sumamente aburrido con los eventos mecánicos de la trama en la que se encuentra; reacciona ante tal espectáculo con sus gestos pausados e inexpertos, ejecutados mientras murmura algún comentario sardónico.

Un día, por la madrugada, Marlowe recibe una visita de su amigo Terry Lennox (Jim Bouton). Le pide que lo lleve a Tijuana; se ha peleado con su esposa, aunque realmente no le explica nada a Marlowe, y éste accede. Al día siguiente dos policías vienen a buscar a Terry, mientras Marlowe balbucea algo acerca de su gato perdido (se escapó la noche anterior) y muestra poco interés en lo que dicen (“¿Me vas a leer algo? Ah, mis derechos, sí, tengo muchos derechos.”); pasa tres días en la cárcel, donde le avisan, primero, que la esposa de su amigo está muerta y, antes de dejarlo ir, que Terry se suicidó en México y dejó una confesión escrita. Marlowe duda de todo este relato, pero poco después se ocupa con otro asunto: el novelista Roger Wade (Sterling Hayden) ha desaparecido y su esposa Eileen (Nina van Pallandt) lo está buscando. No es una tarea ardua para Marlowe, ya que Eileen le confiesa que ha ocurrido en otras ocasiones, típicamente cuando están peleando y Roger –alcohólico y temperamental– se retira a alguna clínica a pasar unos días. Los Lennox eran vecinos de los Wade en Malibú; cuando Marty Augustine (Mark Rydell), un mafioso local, va a casa de Marlowe a amenazarlo si no le regresa $350.000 que Terry supuestamente le robó, el detective sigue a Marty y su siguiente visita, convenientemente, es a la casa de los Wade, donde Marlowe ve a Marty hablando con Eileen.

Un largo adiós es una reflexión sobre el cine negro en particular y sobre Hollywood en general. Se escuchan variantes del tema de la película, escrito por John Williams y Johnny Mercer, en distintos momentos, llamando atención a la artificialidad de lo que estamos viendo. El guardia de seguridad de la colonia privada donde viven los Wade y donde vivían los Lennox se divierte haciendo imitaciones de actores famosos (Stewart, Grant, Stanwyck). Gould, a su vez, interrumpe la narración de maneras peculiares: le da consejos al chico que lo está siguiendo por parte de Marty (“Te ves muy bien. Endereza tu corbata. Estoy orgulloso de que me estés siguiendo.”). Si quedaba alguna duda acerca de las intenciones de Altman, la canción que se escucha sobre la última escena se llama “Hurra por Hollywood.”

Sin embargo, no se trata simplemente de un pastiche de películas antiguas o de una sátira sobre la vacuidad de Hollywood. Un largo adiós es una obra de gran inteligencia formal que cristaliza todas las ideas de Altman acerca del cine: su uso innovador del sonido que convierte las cadencias de conversaciones banales en una sinfonía y su inclinación por secuencias abiertas que dependen de un ritmo interno que contrapone distintos tipos de actuación. La belleza visual de la película es, también, innegable. Cuando Marlowe corre por las calles de Los Ángeles, siguiendo el coche de Eileen, con fragmentos de luz seccionando la pantalla y edificios difusos detrás de él, es un ejemplo majestuoso del cine en estado puro.

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