¿Puede alguien ponerle precio a los recuerdos de otra persona?

Por Augusto Cruz

Ilustración por Fernanda Martínez

No recuerdo a quién conocí primero, pero a la distancia ambos decidieron coincidir en mi novela: Forrest Ackerman, el más famoso coleccionista de artículos de cine de horror y ciencia ficción, y Londres después de media noche (1927), el santo grial de los filmes perdidos. Una mañana, el correo electrónico de un amigo me informó que en la guía telefónica de Los Angeles existía un Forrest Ackerman. Llamé. El teléfono sonó en cinco ocasiones y decidí que lo mejor sería colgar. Contestó una mujer de acento oriental. Le dije que estaba escribiendo una novela sobre Mr. Ackerman y quería conocerlo. La voz me dijo que se encontraba indispuesto, que llamara mañana. Un día después, la misma voz contestó y, para mí sorpresa, me lo comunicó. Conversamos por dos minutos hasta que la llamada se cortó; cuando la restablecí, la voz que pertenecía a su enfermera me dijo que Mr. Ackerman únicamente abría su museo durante dos horas los sábados, pero que por venir desde México haría una excepción y me recibiría. Llamé desde el hotel. Las instrucciones de la enfermera para llegar a la casa habrían despistado a un GPS. Un acceso de tos de Ackerman, de esos que desgarran pulmones, me avisó que debía apurarme. Bajé del taxi frente a un bungalow de madera de un piso. Me presenté con la enfermera, quien dijo que Forrest Ackerman ya me esperaba. Sentado en un sillón color café, con una manta bordada de estrellas cubriendo sus piernas, se encontraba el hombre que abrevió science fiction como sci-fi. Lo saludé y tomé asiento a su lado. Durante todo el viaje recordé las advertencias sobre los riesgos de conocer al personaje de mi novela. Ocurrió todo lo contrario. Ackerman resultó un hombre agradable de más de 90 años. De las más de 300 mil piezas de su museo, conocido como la Ackermansión, sólo conservó para sí algunas de las más preciadas: la capa de Drácula de Bela Lugosi y el anillo que Boris Karloff usó en La Momia, piezas que, según sus seguidores, daban a Ackerman su inmortalidad. El poder de los objetos debía estar disminuyendo, a juzgar por los aparatos médicos conectados a su cuerpo. Conversamos sobre Londres después de media noche, el filme perdido que vio a los 11 años y del que debía ser el único espectador con vida. Ackerman puso en mis manos la primera edición de Drácula, firmada por Bram Stoker, Bela Lugosi y los más reconocidos actores del cine de terror (Karloff, Price, John Carradine, entre otros). De sus páginas salieron historias como murciélagos a los que Ackerman puso nombres, fechas y lugares. Forry sonrió al ver que sostenía su libro como quien recibe un objeto sagrado. La enfermera fue al banco, dejándome a solas con el hombre y sus recuerdos: la dentadura ensangrentada y el sombrero de copa que Lon Chaney usó en Londres después de media noche, el robot de Metrópolis, el estegosaurio de King Kong, cinco de Las siete caras del Dr. Lao y la silla de los antepasados de Ackerman donde Abraham Lincoln se sentó una tarde de verano. La pretendida entrevista se convirtió en un agradecimiento por rescatar nuestros recuerdos del olvido y la destrucción. Descansando sobre el ataúd que el grupo de música industrial Skinny Puppy utilizó durante su gira, se alzaba el brontosaurio de la versión muda de The Lost World (1925), al cual los años y el descuido habían secado la goma que lo forraba como piel, desprendiéndola a pedazos, dejando al descubierto su estructura metálica. Me vino a la mente la idea de que estamos hechos de recuerdos y que el olvido son esos pedazos de goma que caen y nos dejan al descubierto, desnudos, como sólo puede estarlo un esqueleto. Horas después llegó el momento de decir adiós. Me tomé una foto con Forrest Ackerman y me despedí. No tenía forma de regresar a mi hotel, por lo que consiguieron que alguien me llevara en una van. Mientras me alejaba, tuve la tentación de mirar el bungalow de Ackerman. ¿Estaría ahí o, como los espejismos, desaparecería para convertirse en sólo un recuerdo? El conductor habló sólo una vez durante todo el trayecto:

Si nos detiene algún inspector del transporte, esto no es un taxi. Usted es mi amigo y no le estoy cobrando nada, ¿ok? —dijo con acento chicano.

Las luces iluminaban Hollywood Boulevard mientras los turistas entraban y salían de las tiendas de recuerdos. En el Teatro Chino, un grupo de japoneses armados con sus cámaras fotográficas comparaban sus manos con las impresiones dejadas por los artistas en el cemento, tratando de descubrir cuánto les faltaba para llegar a ser Greta Garbo o Cary Grant. Por un dólar podía uno fotografiarse con discutibles dobles de Blanca Nieves o Luke Skywalker. Elvis Presley y Marilyn Monroe, fatigados después de un día de trabajo, contaban billetes arrugados en la mesa de un McDonald´s. El Rey, con su manto blanco de lentejuelas gastado en los codos, tomó una hamburguesa de 99 centavos y, como un mesías venido a menos que no reparte la abundancia sino la desdicha, la dividió y entregó la mitad a Marilyn. Las lentejuelas brillaron fugazmente cuando dio el primer mordisco. Era Hollywood; la fábrica de sueños trituraba los suyos cada noche. Dólar a dólar. Foto a foto.

Meses más tarde, un mensaje de celular me avisó que Forrest Ackerman había muerto. Marqué a su casa. ¿Puede un hombre estar muerto si contesta el teléfono? Sólo si es una grabación.

Forry murió ayer durante la noche— me dijo la enfermera desde el funeral.

Un par de meses después, toda su colección, reunida durante más de 70 años de búsqueda en los botes de basura de los estudios de cine, se subastó en Calabasas, California; entre las cosas iba su sillón favorito. ¿Puede alguien ponerle precio a los recuerdos de otro ser humano? Cientos de personas pensaron que sí. Bastó un par de horas y el golpe de martillo de un hombre de traje (Ackerman hubiera preferido que fuera un vampiro o un monstruo del espacio) para que su herencia regresara al mundo. ¿Es ese el sentido de los objetos? ¿Poseerlos o ser ellos quienes nos poseen durante el tiempo que llamamos vida?

Si no puedo llevarme todo esto, prefiero quedarme contestó alguna vez el coleccionista de noventa y tantos años cuando le preguntaron sobre el destino de todo lo que había reunido a lo largo de su vida.

Mis intentos por comprar las piezas más significativas para crear el museo que él siempre añoró fueron inútiles. La colección de Ackerman era como un diente de león que el último suspiro de su dueño había dispersado por el mundo; intentar reunir cada pétalo era imposible. Me pregunté si entre todos los recuerdos que Ackerman reunió durante toda su vida habría espacio para un joven que le leyó la primera frase de su novela en proceso, la cual trataba de condensar todo lo que él hizo por la ciencia ficción y el cine de horror: Forrest Ackerman vivía para los monstruos, y algunos monstruos, los más legendarios, se mantenían con vida gracias a él”. Me pregunté también si en mi vejez un joven viajaría miles de kilómetros para decirme una frase que buscara atrapar mi vida.

When Collectors Ruled the Earth.

EL FIN DE LA ACKERMANSIÓN

ACKERMAN

Por Óscar Hernández

LA COLECCIÓN

La colección de Forrest Ackerman inició en octubre de 1926 con un par de ejemplares de Amazing Stories y continuó por más de 83 años. Fueron décadas de buscar en bodegas de estudios y en sus botes de basura, de visitar sucios áticos en las casas de empleados retirados de efectos especiales. De las 62 cartas que el entusiasta joven escribió a Carl Laemmle, dueño de Universal Pictures, una fue contestada.

El viejo Laemmle debió pensar en mí como el clásico joven norteamericano fanático del cine, y no se equivocaba recordó el coleccionista—. En algunas ocasiones llegué a ver con mis abuelos hasta siete películas en un día. En su papel, el presidente de Universal me escribió una pequeña nota que decía: “Denle a este joven todo lo que quiera”.

Un gran estudio de cine es como una ballena blanca que devora todo a su paso: viejos filmes, escenografías, vestuarios, locaciones de ciudades enteras y acervos de filmes. Universal compró gran parte de la disuelta RKO Radio Pictures, y así fue como Ackerman logró encontrar invaluables piezas, como los modelos mecánicos de King Kong de Willis O´Brien.

El sonido de las puertas de las bodegas deslizándose debió hacerle sentir como si se encontrara ante un cofre pirata a punto de ser abierto. En aquellos años, una vez que se veía una película, ésta podía desaparecer para siempre. Más del 80 por ciento de todo el acervo fílmico de la época muda (1897-1927) se perdió; la mayoría de las veces por descuido, negligencia o para ahorrar costos de almacenaje. Cientos de títulos simplemente fueron botados a la basura o quemados para recuperar el nitrato de plata que componía la cinta. Pocos pensaron que ese nuevo oficio terminaría convertirse en el séptimo arte.

La colección de Ackerman nunca fue catalogada. Forry jamás llevó un registro de sus adquisiciones, y no era rara la ocasión en que llegaba a su casa con una gran pieza sólo para descubrir que ya la tenía. Amigos y admiradores a través del mundo acrecentaron la colección. Era común que en los lugares que visitaba lo esperaran personas para regalarle importantes artículos, desde una rara copia de la primera edición de El Invitado de Drácula y un modelo del brontosaurio de The Lost World, hasta un par de marionetas de un filme neozelandés obsequiadas por un nervioso joven llamado Peter Jackson. Forry no sólo agradeció las marionetas, sino que también aceptó hacer un cameo en un filme del joven sin guión ni tema. Años después, el propio Jackson compraría a Ackerman algunos modelos mecánicos de King Kong a fin de ayudarlo en momentos difíciles durante sus últimos días.

Adquirí diversas fotos de Forrest Ackerman a lo largo de los últimos cuatro años. Muchas de ellas me permitían ir conociendo al hombre y a su colección, viajar por los pasillos de su casa, acompañarlo en eventos y convenciones o verlo posar con famosas estrellas del cine de terror y ciencia ficción. Una, que bien podría corresponder al último día de la Ackermansión, lo retrata pensativo y cruzado de brazos, como un general que comanda un ejército en desventaja antes de la batalla. Un camarógrafo luce presuroso por filmar la mayor cantidad de material antes que las hordas de ávidos coleccionistas arrasen con todo. Otra retrata a un dinosaurio utilizado en la cinta When Dinosaurs Ruled the Earth (1970) al que la piel verdosa se le ha caído a pedazos, dejando al descubierto el caucho amarillento por los años. Ackerman parecía haberse convertido en un ser de otro tiempo que dominó su mundo por más de 70 años y que ahora se preparaba para su extinción. La fotografía bien pudo titularse When Collectors Ruled the Earth. Algo extraño pasa cuando uno recorre a solas la mini Ackermansión instalada en el bungalow. Las figuras sobrevivientes de su colección parecen sombrías y ausentes de vida, como si la presencia del coleccionista fuera necesaria para convertirlas en algo más que piezas de utilería. Forrest Ackerman era un producto de su tiempo, un extraño ser nacido entre dos mundos: uno que tiraba los objetos de cine como basura y otro que pagaba millones de dólares por poseerlos. Unas semanas antes de visitarle, le devolví por paquetería varias piezas, fotos y documentos que se vendieron tras el cierre de la primera Ackermansión en 2002 y que adquirí por internet. Debió parecerle extraño tenerlas de vuelta, como si la vida fuera un boomerang que viaja a través del tiempo y regresa de manera necia, insistente, como un salmón a casa. En estos tiempos actuales, donde empresas adquieren viejas tarjetas de beisbol como objetos de inversión y hombres de negocios japoneses compran pinturas de Van Gogh para resguardarlas en bóvedas blindadas lejos de la gente, un hombre y su museo se destacaron como el lugar donde los sueños pueden tocarse y escucharse. Ninguna institución o museo se interesó por dar albergue a las fantásticas piezas que reunió durante toda su vida. Su principal sueño, por el que trabajó más de 15 años, jamás se cumplió. Nunca hubo una colección como esa y jamás la volverá a haber. De la misma manera, sólo existirá un Forrest Ackerman.

EL HOMBRE

Forrest Ackerman fue una clase especial de visionario. Asistió a la primera Convención Mundial de Ciencia Ficción en 1939 vistiendo un disfraz futurista, lo cual, aún entre los asistentes, debió parecer una excentricidad. Años antes, en la escuela, sus profesores y compañeros pensaban que ese joven que hablaba de viajes espaciales, del poder atómico y la televisión a color estaba peligrosamente influido por leer tantas historias de naves interestelares y visitantes de otros mundos. El tiempo le permitió vivir lo suficiente para presenciar algunos de los inventos que los escritores del nuevo género soñaron. Entabló amistad con personajes de la talla de Bela Lugosi, frecuente visitante de su casa, así como Vincent Price, Boris Karloff y Fritz Lang. Atrajo de bosques, cuevas y castillos a famosos monstruos para acercarlos como nadie a la cultura popular. Influyó en varias generaciones de jóvenes a través de su mítica revista Famous Monster of Filmland, donde futuros directores y autores como Lucas, Spielberg, Joe Dante, Burton y Stephen King enviaban relatos y cartas llenas de entusiasmo a ese extraño hombre que los entendía y que les entregó mensualmente durante 30 años una publicación fascinante que debían esconder de la mirada de sus padres. Fue el primer agente literario de Ray Bradbury, creó el personaje de Vampirella y escribió el relato más corto de ciencia ficción, un texto de una sola letra. Su larga vida le permitió no sólo esto, sino abrir su cuenta de Myspace, que cerró un año antes de su fallecimiento. Un coleccionista, a su manera, mantiene vivos a las personas y al mundo que le rodeó; se convierte en un extraño ser que si bien no puede detener la muerte, puede intentar vencer al olvido. Ackerman lo hizo durante más de 80 años, día a día, objeto a objeto.

Uno a uno, los personajes y amigos que conoció fueron muriendo. Forry editó fanzines y revistas con sus obituarios: Karloff, Price, Lon Chaney y H.G. Wells, entre otros; pronunció las últimas palabras en el funeral del productor George Pal, de quien conservó una nave espacial mantarraya y el brazo del extraterrestre que aparece al final de La Guerra de los Mundos (1953). Forry fue la persona No. 99 en pasar frente al ataúd de Bela Lugosi. Seguramente estuvo al lado de sus amigos Vincent Price y Peter Lorre cuando este último, viendo al príncipe de los vampiros en el ataúd, murmuró:

¿Crees que deberíamos clavarle una estaca en el corazón, sólo por si acaso?

El conde Drácula se ha ido”, escribió Ackerman para Fantasy Times, “pero su recuerdo vivirá por siempre. Él yace en su ataúd con su capa de vampiro y el medallón sobre su pecho, y luce magnífico”. Forry miró a las personas y a los objetos como nadie más lo hizo en su tiempo. Disfrutaba ser entrevistado y abrir su casa a amigos y extraños. Consciente de que la gente se acercaba a él por su cercanía con las leyendas del cine de terror, decidió convertirse a sí mismo en un museo y mantenerlos con vida a través de sus recuerdos. Convencido de que los tesoros deben estar disponibles para que la gente los admire, construyó, a la manera de un moderno Noé, dos arcas para salvaguardarlos: el museo y su persona. Ackerman conservó todos esos recuerdos por nosotros. Uno podía acercarse a él como al anciano de la tribu que nos relata historias de tiempos que ya se han ido, de los hombres, sus miedos y las hazañas que protagonizaron. Conservo dos fotografías de Ackerman de los años 50: en una, Forry sostiene en su hombro, como un pirata a su loro, los restos del esqueleto mecánico de King Kong; en la otra, incluida en un reportaje de Los Angeles Times, el coleccionista posa junto a un grupo de cabezas de monstruos desplegadas en una mesa; sobre una de las cabezas descansa una enorme garra peluda de tres dedos y largas uñas. Un efecto óptico hace creer que la garra pertenece al cuerpo de Ackerman, como si por un breve instante el obturador y la película lograran atrapar al hombre-monstruo en plena transformación. Uno puede terminar por convertirse en lo que ama. Probablemente ese haya sido el sueño de Forrest Ackerman que sí llegó a cumplirse.

Comments

comments