Por Carmen Libertad Vera

Se llama Carlos. Tiene el aspecto de un simio viejo y canosos bigotes como de morsa. De hecho, todo en él tiene un talante marchito. Especialmente su ropa y su mirada. Una Polaroid  plateada que siempre le acompaña es su posesión más nueva. Con esa cámara colgada del cuello, como si llevara un ojo de cíclope a la altura del pecho, sale diariamente a la calle a intentar ganarse la vida.

Carlos es un fotógrafo ambulante. De esos que ya casi no existen pero que aún rondan por entre las céntricas calles de la ciudad, especialmente en sitios turísticos, lugares donde alguna vez los de su oficio fueron abundantes y muy solicitados.

A Carlos le tocó vivir las épocas de bonanza profesional cuando los teléfonos celulares no existían y las cámaras fotográficas, además de análogas, eran objetos casi de lujo que no cualquiera podía traer consigo.

Hubo jornadas en que él llegó a tomar, revelar y vender decenas de fotografías. Trabajaba de día y de noche. Especialmente de noche, cuando la zona roja abarcaba las calles Gigantes y Obregón y éstas reverberaban de cabarets, centros nocturnos, cantinas, piqueras y congales. Lugares donde él, solícito, andaba entre las mesas y ofrecía a los parroquianos la foto del recuerdo debidamente inserta en un marquito de cartón.

Carlos llegó a Guadalajara sabedor de su oficio. Era un viaje que iba a durar tan sólo una semana, pero que luego se prolongó por más de 50 años. Nunca regresó al D.F. Y aunque él es chilango, ahora prefiere considerarse tapatío.

Hablar de sus tiempos de juventud, cuando en la Ciudad de México merodeaba por teatros de variedades como el Margo y el Blanquita, donde retrataba artistas y vedettes, revive en la mirada de Carlos un apagado brillo. Son sus recuerdos de vida donde, en riguroso blanco y negro, aparecen personajes  fílmicos de la talla de Resortes, Tin Tan y Tongolele. Cuando habla de ellos, se emociona y sus ojos, empequeñecidos por la edad, dejan entrever cierta alegría.

Dice que fue la suerte, “buena o mala”, él todavía no lo sabe, la que lo orilló a cambiar su lugar de residencia.

Recuerda que en compañía de tres amigos llegó a conocer la ciudad donde las torres de Catedral parecen “alcatraces al revés”. Se suponía que serían unas vacaciones breves, a lo mucho de una semana. Pero el guardadito de dinero que él y sus acompañantes en forma colectiva tenían para el regreso disminuyó, ajustando apenas para la compra de tres pasajes de vuelta. Uno de ellos se tuvo que quedar en Guadalajara, supuestamente de forma temporal.

Fue un disparejo entre los cuatro lo que decidió su destino. Carlos resultó ser quien habría de quedarse. Y fue también quien acompañó a sus tres amigos hasta la hoy antigua Central Camionera, que entonces lucía nueva y flamante. Ahí los vio partir rumbo a la capital de la República.

La suerte, “buena o mala” (porque él insiste en que todavía no lo sabe), estuvo de su lado. Sin un peso en la bolsa, regresó hasta el hotel donde se habían hospedado. Explicó al encargado su situación, pidiendo que le permitiera tener en resguardo su escaso equipaje, asegurando que esa noche regresaría con dinero suficiente para volver a hospedarse ahí, por tiempo indefinido.

Y así fue. Esa suerte que él sigue sin distinguir siguió acompañándolo. El mismo encargado del hotel, al saber que Carlos era fotógrafo, lo envío con el dueño de uno de los tantos cabarets del rumbo. Éste no sólo lo recibió, sino que, quizás tentando por la fanfarrona suficiencia con que aquél hablaba de su eficiencia con el lente y el revelado, a manera de préstamo, le facilitó una cámara y todo lo necesario para que imprimiera sus primeras tomas.

         ¡Pan comido! Carlos no sólo demostró conocer su oficio, sino que lo hizo en tiempo récord y con calidad extraordinaria. A partir de esa noche quedó contratado de inmediato, pudiendo luego, ya muy avanzada la madrugada, regresar a dormir al hotel pagando por anticipado otra semana de hospedaje. ¡Y de ahí pa’l real!

Carlos comenzó a ser conocido en esos rumbos. Le empezó a ir bien. Se hizo de su propio equipo. Conoció gente. Formó una familia. Tuvo hijos. Vivió su época de esplendor…. ¡Hasta que empezó el declive de su oficio!

Ahora, en un día bueno, Carlos apenas llega a tomar una o dos fotografías, a pesar de que pasa horas y horas sentado en su acostumbrado y callejero sitio de trabajo. Como ahora está separado de su esposa y de sus hijos, ahí transcurre el tiempo solo, pero siempre con su Polaroid colgada al cuello, acechando la posibilidad de que alguien se deje retratar por él. Los candidatos son cada vez son más escasos.

Una vez al mes acude a la junta sindical de su envejecido gremio, reunión que se realiza en las instalaciones de la CROC, central obrera afiliada al PRI. Es el único día que él modifica su rutina diaria, la cual ahora se reduce a salir de su casa alrededor de las once de la mañana y regresar después de la media noche.

La primera actividad con que públicamente inicia sus días consiste en ir a una fonda vecina para comprar el vasito de Nescafé que, a sorbitos, tomará durante toda la mañana. Luego cruza la calle y camina apenas unos pasos, hasta llegar a los lugares acostumbrados donde él se sienta, todos cercanos al templo alguna vez llamado de la Sancta Veracrux. Ahí, de vez en cuando, platica con algunos de sus conocidos y, sobre todo, se dedica a ver pasar las horas, una a una, conforme ellas transcurren. Quizá también recuerde la diferencia con aquellos tiempos, cuando él andaba siempre de aquí para allá y a las carreras, tomando fotografías, yendo a comprar cajas y cajas de rollo fotográfico o material para revelado, renovando su equipo, siendo contratado continuamente por infinidad de personas que deseaban tomarse su foto del recuerdo.

En su ajada cartera todavía guarda la primera credencial de fotógrafo ambulante que él tuvo, la cual sigue vigente y sirve para identificarlo ante cualquiera, orgullosamente, con una antigüedad profesional de muchas décadas.

Por las noches, a paso lento abandona el sitio al que, “Dios mediante”, volverá al día siguiente, cargando rutinariamente su cámara Polaroid y con la esperanza de que tan siquiera alguien le compre una instantánea. Aunque, bien lo sabe, eso cada vez resulta menos frecuente.

Aun así, Carlos no reniega de su suerte. Porque, “buena o mala”, quizás él nunca lo sepa, cree que siempre ha estado de su lado y nunca lo abandona.

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