Por Carmen Libertad Vera

Solamente alguien como él, un hombre con la más Godínez de las apariencias —lo cual incluía cabello súper engominado con peinado de raya en medio, bigotillo relamido, anticuado traje de casimir ramplón acompañado de los accesorios de rigor, a saber, corbata y pisacorbatas, éste haciendo juego con resplandecientes mancuernillas del tamaño de una nuez— se atrevió a andar por la vida durante todo un sexenio, cargando públicamente sobre su pecho aquella especie de charola-salvoconducto-gafete-escapulario debidamente enmicado.

Porque, como bien dice la redundancia, sólo porque “lo vi con mis propios ojos”, pude creerlo. Pues si me lo hubieran contado, me habría costado mucho trabajo aceptar la existencia de alguien así. Pero, sin duda alguna… “¡de que los hay, los hay; el trabajo es dar con ellos!”. Así que, ¡bolas, don Cuco! En cierta etapa de mi vida me tocó toparme con personaje semejante, de esos que en verdad resultan de antología.

Su nombre: Vicente. Su profesión: la abogacía. Aunque también, según a él mismo gustaba narrar, ejercía el oficio de tapicero e impartía clases —nunca supe exactamente de qué— en algunas escuelas secundarias oficiales.

Verlo entrar en aquella oficina significaba remontarse de inmediato a una escena de película cómica mexicana, de esas muy sobradas en canciones jocosas y pastelazos de allá por las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado.

De tal situación, y por quién sabe qué ocultas razones de asociación mental automática, la presencia de él siempre me hacía recordar a Manuel Palacios Sierra, aquel actor y cantante mejor conocido simplemente como “Manolín”; un conocido patiño cuya reiterada frase cliché era la de “¡Fíjate qué suave!”, y quien, personificando un eterno papel de menso, hacía pareja teatral y fílmica con “Shilinsky”, quien que a su vez, en la vida real, fuera el cuñado de Mario Moreno “Cantinflas”.

Porque sin duda alguna, vislumbrar al tal Vicente, el hombre con la charola-salvoconducto-gafete-escapulario enmicado, era lo más parecido a ver a Manolín revivido, sólo que 50 años después. O sea, una situación de desfasamiento total con la realidad actual. Por decirlo en otras palabras: la anacronía más absoluta.

Encontrarlo esporádicamente en aquella oficina no resultaba algo meramente casual, sino que esa atmósfera de escritorios de Formica y archiveros metálicos conteniendo alteros de expedientes y legajos traspapelados, o irresolutos bajo vil consigna política, además de repetitivas conversaciones con fórmulas de cortesía tan serviles como falsas; a fin de cuentas resultaba ser algo así como el lugar idóneo para él.

Incluso, y para no desentonar en lo más mínimo, hasta el también trajeado y encorbatado jefe de dicha dependencia —otro abogado con trompa muy dilatada, jactanciosa del tupido bigote y poseedora de un rebuscado parlar— fácilmente  podría haber sido contratado como el doble de Germán Valdés “Tin Tan”

Los otros asistentes regulares a ese sitio resultaban igual de grises y anodinos que los dos primeros. Un tercer abogado, que normalmente llegaba sólo a revisar los periódicos del día para localizar en ellos, entre los anuncios de los supermercados y tiendas departamentales, las mejores ofertas del día; y una secretaria encargada de atender telefónicamente cualquier tipo de llamada, hacer la limpieza, justificar las frecuentes ausencias del jefe y transmitir para él, oportunamente, toda la información y los recados correspondientes, además de ponerse a jugar Tetris en su computadora durante sus múltiples ratos de ocio.

Dentro de aquella oficina, Vicente no cumplía un horario específico, ni tenía alguna tarea asignada. En realidad, él era lo que en términos administrativos se conoce como comisionado”, lo que traducido a lenguaje llano significaba que era algo así como un simple “aviador”. Es decir, alguien con los suficientes privilegios para poder cobrar en una nómina oficial sin tener que trabajar.

De hecho, Vicente decía que no iba allí por obligación, sino por mero gusto meritorio y pro bono. Razón por la cual no tenía que darle cuenta a nadie de lo que él hacía o dejara de hacer, ya fuera para bien o para mal. Aunque en realidad él no hacía mucho. Simplemente llegar en cualquier momento del día, saludar con zalamera cortesía, despojarse del saco, arremangarse las mangas de la camisa, prender la computadora y simular que rellenaba algún machote de tipo legal.

Él había llegado allí, sitio que oficialmente era un departamento jurídico, intentando resolver su propio despido laboral de las horas clase que tenía como maestro de educación media básica. El caso naturalmente se resolvió a su favor, sin siquiera recurrir al apoyo de ninguno de sus dos más preciados compadres.

¡Ah!, porque si de algo presumía Vicente en esta vida era de sus dos compadres.

Uno de ellos era su tocayo de nombre pero de apellido Fernández, cantante de oficio y el cual, entre otros motes, era conocido internacionalmente como “El Charro de Huentitán”. De él, Vicente, el abogado tapicero, gustaba contar que en el rancho Los Tres Potrillos, propiedad del Vicente cantante, había tapizado en fina piel todos los muebles de la finca.

Por supuesto que él consideraba a su compadre el mejor cantante del mundo y a su esposa doña Cuquita, “su comadre”, casi la veneraba como el prototipo universal de la mujer mexicana, “por aguantadora, callada y sumisa”.

Pero el verdadero compadrazgo que para Vicente significaba un motivo de infinito orgullo no era el del charrito que canta y canta y no deja de cantar, según dicen, mientras su público no deje de aplaudir.

No, para nada. Su idolatría total recaía en su otro compadre, un personaje del cual llevaba colgada una fotografía enmicada en tamaño postal y a todo color, siempre portada en forma muy visible sobre su trajeado pecho —“Aquí, junto al corazón”—  a manera de charola-salvoconducto-gafete-escapulario. En esa fotografía, él y su segundo y verdadero compadre del alma aparecían abrazados, posando muy sonrientes para el lente de la cámara.

Esa fotografía fue la misma que invariablemente  acompañó a Vicente, el tapicero abogado, durante todos los días de un sexenio completito. Y es que su apreciado y presumido compadre no era otro sino el entonces gobernador del estado. ¡Ni más, ni menos! Personaje político de infausta memoria que ahí, abrazado en la fotografía por su compadre Vicente, el abogado tapicero, todavía no lucía tan canoso como al término de su sexenal mandato pero que, eso sí, en forma por demás ostentosa ya mostraba su tan conocida actitud altiva y prepotente, misma que no dejaba lugar a ninguna duda acerca de su identidad. Vicente se sentía realizado al ir por la vida cargando públicamente aquella enmicada estampa. Fotografía en la que él a su vez aparecía con un rostro casi a punto de exclamar: “¡Fíjate qué suave!”.

Tiempo después, este segundo compadre de Vicente llegaría a colocarse en la administración federal como Secretario de Gobernación. Para esas fechas yo le había perdido la pista al abogado-tapicero, pero no me hubiera extrañado que hubiera mandado amplificar la fotografía de él y su compadre político para que, durante todo el tiempo en que éste duró en aquel cargo, el abogado-tapicero anduviera muy ufano por la vida exhibiéndola sobre su pecho, “junto a su corazón”, pero ya en tamaño poster.

Entonces sí, nadie hubiera tenido ninguna duda con respecto a eso… “¡de qué los hay, los hay, el trabajo es dar con ellos!”. ¿Verdad?

 

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