“Aventurero y mojado, hablando muy bien Inglés, ya me pasié  por Atlanta, por Oklahoma también”

Por Carmen Libertad Vera

Rubén Figueroa, actual Coordinador Sur-Sureste del Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM), durante seis años trabajó en los Estados Unidos de Norteamérica (EEUU) en calidad de migrante ilegal.

Regresó convencido de que los migrantes connacionales retornan a México con una canción adoptada, en su caso “El Mojado Acaudalado. Para corroborar lo anterior, en el playlist de su celular reproduce la versión norteña interpretada por Los Tigres del Norte: “Aventurero y mojado, hablando muy bien Inglés, ya me pasié  por Atlanta, por Oklahoma también”.

Al escuchar las estrofas, Rubén refrena el atisbo de unas lágrimas que humedecen su mirada. Luego comenta que él tuvo un privilegio que muchos mojados no tienen: “regresar a México”. Aunque, aclara, “no volví acaudalado”.

La jovialidad vuelve a su rostro. Enseguida procede a contar parte de su experiencia, primero como migrante y luego como activista defensor de Derechos Humanos (DDHH) de los migrantes.

 

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El primer trabajo que Rubén tuvo al otro lado fue en una fábrica de almohadas donde había muchos otros mexicanos. No resultó fácil obtener ese empleo. Primero se lo negaron argumentando un “problemita” con su falso social security. Tuvo que recurrir al gerente, un paisano que intercedió por él ante los jefes. “Rubén viene de un pueblo, ha sufrido mucho para llegar aquí”. Le sugirieron regresar al día siguiente y volver a aplicar para ese empleo. Así lo hizo y, “curiosamente, mi social security ese día ya no tuvo problemita”.

En ese trabajo, en el estado de Virginia, duró seis meses. Luego fue a Durham, a 40 minutos de Raleigh, la capital de Carolina del Norte, estado norteamericano que define como “muy conservador, pero al que los migrantes han tomado y dado muchísimo”. Ahí pudo ver cómo, “antes del 19-S, el dinero entre migrantes fluía a raudales; Después, eso bajó porque hubo mucho miedo y recesión”.

 

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Recuerda que regresó a México un 11 de diciembre, fecha previa a la importante celebración guadalupana en la religión católica que su madre profesa. Razón por la que en su lugar de origen, Huimanguillo, Tabasco, acudió directamente al templo; sabía que ahí la encontraría y donde, entre abrazos, lágrimas de felicidad y besos, le dijo: “mamá, estoy de vuelta, cumplí con regresar”.

Aún con su regreso, él se sigue considerando migrante. “Somos, como tal, un grupo, un espíritu, un mundo, tenemos nuestra forma de hablar, de ver, movernos, sentirnos. Ser migrante es un sentimiento”.

Define al migrante como alguien impregnado con el aroma “del  sufrimiento, del miedo al camino; pero también con el de la superación, de la contribución a la economía norteamericana; y el de su propia cultura, mexicanidad e identidad.” Para él, “un migrante trata de sobrevivir, viviendo”.

 

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“En MMM somos un movimiento con tendencia a defender migrantes como las personas que son. Hemos aprendido a sobrevivir, desde la experiencia propia y la de ellos. No priorizamos lo económico para nuestra labor o para permanecer en lucha. Para ello contamos con el apoyo de distintas organizaciones, es una solidaridad muy fuerte y un acompañamiento en la lucha. Hemos recibido otros apoyos, como el de Médico Internacional.

“Ya en nuestro trabajo de activismo, si en la ruta voy a un albergue migratorio, recibo apoyo. Yo no cobro por mi trabajo como activista. Sí, se van dando gastos que uno mismo trata de resolver. En mi caso, hay gente o periodistas que me buscan para hacer un trabajo más fuerte, investigación o búsqueda, etc.; y muchas veces ellos dan el apoyo.

“El movimiento tiene dos ejes: una parte hace el trabajo para que otros desempeñen su labor; la otra parte, nosotros, nos auto sustentamos. Los gastos son múltiples, pero eso no nos intimida ni limita. Muchas situaciones se resuelven con apoyo solidario. Nuestra labor no tiene gastos fijos, pueden ser muy altos, o mínimos, como en el caso extraordinario de la búsqueda de una chica en Centroamérica, cuyos costo total fue alrededor de 50 dólares; debido a un amigo periodista que otorgó alojamiento, alimentación, traslados, etc.”

 

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Con respecto a su experiencia como buscador de migrantes desaparecidos, Rubén considera que “nunca ha existido una situación donde las madres se nieguen al reencuentro con su hijo. Las madres siempre perdonan, el sentimiento que surge siempre es positivo”.

Esa reacción la explica de la siguiente manera: “Es un perdón que nace del corazón, del sufrimiento. Las madres ya no pueden permitirse que después de reencontrarse con su hijo, ese sufrimiento quede. Lo arrancan, lo sacan, lo terminan. Y ese es nuestro interés, ¡qué así [chasquea los dedos], esa pena desaparezca!”

También ha llegado a la conclusión de que los hijos tienen una pena y un sentimiento de culpa. Por eso, en MMM entienden las distintas razones que los obligan a separarse.

“En la mayoría de los casos, la situación de la gente con muchos años de separación, quince, veinte, o más; va de la mano con el grado de pobreza o miseria de su país. Y al hecho de que tampoco pudieron lograr el sueño americano anhelado. Otro factor que influyó para el distanciamiento, fue que las posibilidades de comunicación no eran tan fáciles como ahora”.

Él considera su papel en la búsqueda de desaparecidos como el de un intermediario: “Si yo obtengo información, es porque ellos, [las personas interesadas en una búsqueda] provocaron en su momento las formas de comunicarse. Yo soy sólo un Puente de Esperanza”.

También piensa que muchas veces existe la esperanza de un reencuentro familiar, “pero existen circunstancias que encadenan esa esperanza, principalmente pobreza y desconocimiento de los mecanismos adecuados.

 

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En algunos casos son terceras personas con nexos familiares quienes propician un reencuentro. Como en el caso reciente de Doris López y su hijo Carlos Roberto, quienes estuvieron sin contacto ni comunicación durante quince años; el primer contacto fue activado por el cuñado de Carlos, quien explicó que éste vivía en Monterrey, Nuevo León, casado y con hijos.

Recabada la información pertinente, el siguiente paso consistió en realizar un viaje a Centroamérica, hasta donde fue Rubén. Primero encontró a una hermana de Carlos y luego a Doris. Se estableció un enlace telefónico. Después, se planteó posibilidad del reencuentro entre madre e hijo.

En el momento que ambos aceptaron, el activista lo asumió como un compromiso personal, regresando a México a gestionar todo lo necesario para hacerlo posible.

 

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En otras ocasiones, son los medios de comunicación quienes inciden de manera directa o indirecta en una búsqueda.

Tal fue el caso de Clementina Murcia y su hijo Mauro Orlando Funes Murcia. Ya que ella, la madre, al buscar en Honduras información sobre las posibilidades de localización de su hijo, encontró el teléfono de Radio Progreso, estación impulsada por los jesuitas y cuya programación se distingue por un marcado perfil socio-comunitario.

A través de esa radiodifusora, Clementina logró el contacto con el Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso (Cofamipro), y a partir de éste con organizaciones internacionales semejantes, como el caso de MMM.

Saber el origen de ese reencuentro obliga a poner los reflectores en la tarea global de una mayor visibilización mediática del fenómeno migrante. Porque muchas personas con necesidad de una localización, encuentran en distintos medios informativos la única posibilidad de lograr un contacto inicial para una búsqueda que derive en reencuentro.

Algo semejante ocurre con el uso de las herramientas tecnológicas y digitales. Como en el reencuentro de Dilma del Pilar Medina Escobar y su hija Olga Edelmira Romero Escobar; donde a partir de escuetas referencias domiciliarias y con el apoyo de un mapa satelital, Rubén siguió las pistas hasta ubicar con éxito a Olga en Las Choapas, Veracruz.

 

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En algunos otros reencuentros, como el ocurrido en el albergue de Las Patronas entre Catalina Narcisa Roblero Martínez y su hijo Reginaldo Elisandro Roblero, son personas de la sociedad civil, sin vínculos familiares con los desaparecidos, quienes prenden el motor de búsqueda.

Ese papel lo desempeñó Sergio Cuevas, amigo de Rubén y quien en CDMX conoció a Reginaldo. Éste un día le enteró que no tenía ningún contacto con su familia, a la que dejó en Guatemala.

Sergio llamó a Rubén, informando del caso. Rubén programó un viaje a CDMX para hablar con Reginaldo, quien no recordaba mucho. “Él tenía 22 años de no ver a su mamá, no sabía si su familia todavía vivía en las orillas de Sibinal, a las faldas del volcán Tacaná”.

Hasta aquel lugar llegó Rubén. Buscando pistas. Tarea un poco difícil, porque “la gente de allá no es muy abierta para decir ‘mira, sí, yo los conozco’”. Preguntó muchas veces, tuvo que generar confianza. Reginaldo había dicho que su familia bajaba al pueblo los domingos para ir a la iglesia, ese día se fue a apostar ahí. Alguien le dijo “sí, sí los conozco”. En eso, de repente llega la mamá y le indican, “mira, allá viene”.

Rubén se acercó a ella. “Señora, quiero hablar con usted y con su esposo”. Fueron a un lugar apartado. Preguntó si tenía un hijo desaparecido. La madre confirmó que sí. La única información que Catalina tenía era lo ya sabido. “Que hacía muchos años, cuando su hijo era un adolescente, emigró por la pobreza”. Que “el día que Reginaldo salió por primera vez, iba sin zapatos”. Nivel de pobreza que todavía continúa en esa región guatemalteca.

Cuando informó que tenía noticias de su hijo, ella empezó a llorar de alegría. También sus hermanos y don Celso, su papá. Fueron a la casa familiar a convivir un rato, a platicar y llamar a Reginaldo.

Aproximadamente en quince días Rubén gestionó ese reencuentro. Entre el viaje a CDMX y Guatemala. De allí fue a Honduras, donde unificó familiares por vía telefónica, aunque este caso no pudo terminar en encuentro, ya que no pudieron venir a México.

Rubén señala algo importante de su trabajo en Puentes de Esperanza, proyecto humanitario que impulsa el MMM: “No puedo hacer una búsqueda sin ir a buscar los últimos pasos del desaparecido en la mente de su madre. Ahí están. Para buscar yo tengo que ir a recoger esos pasos”.

 

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La innata modestia que la personalidad de Rubén revela no le permite reconocer los triunfos personales que cada reencuentro significan. Piensa que “los triunfos tienen sólo una cara visible: ir a buscar”

Considera que hay situaciones que significan un milagro. Porque cuando abre un caso y empieza a buscar, va con la familia para solicitar información, o para avisar que su pariente está vivo. En ocasiones como esas, se ha sorprendido que las madres al verlo digan: “lo he soñado, pensado, yo sentía algo”. Como si hubieran presentido. “Es fuerte eso”, dice.

Las madres lo acompañan cada vez que busca a alguien. Por eso él está cien por ciento comprometido y con toda la fuerza del mundo, en la búsqueda de migrantes; porque sabe que hay algo maravilloso en el amor de una madre que, como tal, lo acompaña, lo hace responsable, lo mueve a decir: “yo voy a hacer algo por eso, porque hay gente sufriendo”.

Siente que esas madres lo acompañan, porque cuando les habla por teléfono por vez primera, ellas han llegado a decir: “estaba en el campo, buscando leña, pero me regresé a la casa porque sentí que alguien iba a venir’. Eso para él es increíble.

 

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La situación más triste que Rubén recuerda, ocurrió en 2016, cuando acudieron a un penal de la CDMX y un chico le pidió que fuera a hablar con su mamá, quien tenía 17 años sin saber de él.

Rubén fue a Guatemala, informó a la mamá que su hijo vivía. Ella poco hablaba español pero, al comprender la importancia de esa noticia, lloró mucho. Vía telefónica volvieron a tener comunicación. A la siguiente semana ella falleció. Ya no alcanzó a ver a su hijo, pero expresó que ella se iba con su alma en paz porque él estaba con vida.

Recordar ese caso a Rubén le provoca sentimientos encontrados. Siente tristeza porque el reencuentro no se pudo concretar. Pero también experimenta cierta alegría, porque en él quedó el recuerdo de que el alma de la madre partió alivianada, sin esa carga.

Otro suceso que recuerda en forma trágica ocurrió en 2013, cuando en los límites de Tabasco y Veracruz hubo un descarrilamiento de La Bestia. Ninguno de sus compañeros podía ir, fue él y vio sacar cadáveres de jovencitos. Sintió que se partía su alma.  Él dijo, “con uno que muera, pareciera ser que la lucha no tiene fin”.

Esa ocasión vio como sacaron los seis primeros cuerpos. Se enteró que querían dar por terminada la búsqueda. Protestó. “¡No, tienen que seguir buscando!” Los medios concedieron espacio para que él denunciara. La gente que realizaba la búsqueda de los cadáveres, apoyando a elementos del ejército, respaldaron esa exigencia diciendo dónde había más cuerpos. Finalmente lograron rescatar seis cuerpos más.

Para él, eso ha sido lo más doloroso. “Me llegué a sentir solo, impotente”.

Cuando Rubén regresó a México después de su etapa en EEUU, “ya traía el conocimiento y la experiencia de lo que viven los migrantes centroamericanos”.

Porque antes él, en Huimanguillo, “veía pasar el tren con cientos de migrantes, pero sólo los veía; cuando vuelvo y miro pasar el tren, me vi reflejado y vi reflejados a mis amigos que tuve en EEUU, con nombres y nacionalidades. Eso me dolió”.

Recuerda que ese día se puso a llorar. Fue cuando a sí mismo dijo: “si  por la pobreza un joven tuvo la necesidad de migrar, al igual que yo, cuando menos en mi presencia y mi entorno, no va a sufrir si yo lo encuentro”.

A partir de esas reflexiones, Rubén inició su activismo a favor de los migrantes.

“Entonces yo era el chico que había regresado de EEUU, que tenía un poco de dinero. Los otros chicos de mi comunidad me buscaban para saber de mi experiencia al otro lado, comienzo a decir a mis amigos la problemática de los migrantes, los convoco a eso”. A  apoyar.

Así surgió la etapa actual de su vida. “Empiezo una nueva responsabilidad: buscar migrantes entre las vías”. En su casa Iniciaron las reuniones con amigos. “Entre las ocho y nueve llegaban los chicos, mi mamá cocinaba macarrón con queso, a la mexicana, ¡je!, no macaroni & cheese, a la gringa, ¡porque les encantaba! Eso era para nosotros, pero luego hacíamos tortas y sandwichs y nos íbamos a las vías. Andábamos ahí todo el día. ¡Para un migrante eso era la felicidad del mundo! Le dábamos cinco o seis tortas a la vez, y algo de ropa”.

 

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Poco a poco, la casa familiar de Rubén se fue convirtiendo en refugio para migrantes. “Dormían bajo el mismo techo, comían en nuestra mesa, de nuestra comida. Primero era andar por las vías, por el pueblo. La gente comenzó a saber de nosotros. Nos tocó concientizar. Hicimos trabajo informando lo que pasaba con los migrantes y la gente empezó a responder”.

La etapa siguiente ocurrió casi por inercia. “Luego, la gente mandaba a los migrantes a la casa. Les decían: ‘mira, ve a donde Rubén, ahí se pueden bañar, les ayudan a hablar por teléfono, pueden dormir y los van a cuidar’. ¡Pero no llegaban con las manos vacías! Iban con la olla de comida que en otra casa les habían regalado, o el kilo de tortillas, pan, fruta, que les habían comprado. Incluso los niños cooperaban, porque ya estaban concientizados. Era una especie de hermandad. Cuando llegaba un grupo de diez o quince chicos migrantes, en la noche no dormían, se ponían alrededor de la casa, a cuidar”.

Todo inició como un proceso de ayuda humanitaria, al que luego siguió el activismo formal. Aunque poco antes, a los amigos de Rubén “les llegó el momento de emigrar,  unos a Cancún, otros a Playa del Carmen, lugares a donde migran los tabasqueños; otros pa’l norte. Nos fuimos reduciendo en el grupo, pero quienes quedamos estábamos más formados”.

En esa época Rubén no tenía contacto con activistas como Marta Sánchez Soler, compañera de viaje en la Caravana Anual de Madres Centroamericanas y quien en 2010 lo invitó a participar en MMM; o fray Tomás González Castillo, director del albergue La 72 de Tenosique, Tabasco, siendo éste contacto muy reciente, a lo sumo cuatro o cinco años.

“No conocía a nadie. El primer documental que vi sobre migrantes fue De Nadie, [Tin Dirdamal, 2005]. Era algo nuevo para mí. Ahí conocí a Las Patronas,  sin saber que un día seríamos compañeros de lucha. Mis amigos y yo lloramos con ese documental. Conocíamos las mismas historias que decía”.

Poco después, la labor de Rubén fue motivo de un primer reportaje periodístico en un medio regional tabasqueño. A raíz de eso recibió un email de Amnistía Internacional, que se comunicó al periódico solicitando contactarlo.

“Los de Amnistía venían a México para visitar lugares con trabajo como el que de manera civilista hacíamos, sin apoyo de iglesias u organizaciones. Fueron a la casa, con mi mamá, luego fuimos a las vías. Preguntaron cuál era el peligro. Les dije que muchos, derivados de que empezaban a darse secuestros e intimidaciones”.

Rubén refiere que los secuestros masivos de migrantes en Veracruz y Tabasco comenzaron entre 2006 y 2007. A quienes dejaban en libertad, intuyendo que regresarían a su casa, los amenazaban: “Si vas con Rubén y le cuentas lo que te pasó, te vamos a matar, y vamos a matar a él y a su mama”.

Para comprender la magnitud de los secuestros en Tabasco, por cuya frontera se calcula ingresa a diario un promedio de 200 a 300 migrantes de todas las edades y géneros, resulta conveniente mencionar las declaraciones que fray Tomás González Casillas hizo en abril de 2017, publicadas en medios como La Verdad del Sureste, donde considera a ese estado como: “el tercer[o] del país con más secuestros masivos, asaltos, muertes, violaciones y vejaciones contra los migrantes centroamericanos, por la complicidad de las autoridades federales, estatales y municipales con el crimen organizado”.

De allí que Rubén, en 2013, recibiera amenazas directas por parte de Los Zetas. “Nos consideraban una amenaza porque estábamos en su ruta. Los migrantes, luego de ser liberados tendían, no a seguir, sino a regresar, y llegaban a la casa. Eran portadores de información, el hecho de contar lo que sabían ponía en riesgo toda la actividad entre pandillas”.

Con respecto a situaciones de peligro y amenazas que ha tenido, su respuesta fue: “Cuando sabes quién te anda buscando para hacerte daño, para matarte, literalmente, sobrepasa cualquier amenaza. Fue cuando a mí me dio mucho más miedo. Hace cuatro años supe quién quería matarme. Con nombre y todo. Ligado a Los Zetas. Me dio mucho miedo, sí. Pero para mí el miedo no significa que pares, significa ser estratégico”.

En relación a la posible existencia de infiltrados en torno a su actividad en Tabasco, explica: “se va agarrando experiencia, uno sabe qué intención traen las personas, se detecta en su forma de hablar y comportarse. En el albergue empezamos a recibir halcones, informantes. Algunos obligados, otros porque ya trabajan para ellos. Los mandaban porque conocíamos toda la estructura de ellos, por nombre, por apodo, por todo. Era una forma de intimidación.

“Una vez llegó uno al que noté muy raro. Lo primero que hice fue tocar su mochila. ‘¿Qué pasó?’, le dije; me contestó ‘¿qué pasó de qué?’; le pedí que abriera la mochila. ¡No traía nada!  ‘No, es que allá me asaltaron’, replicó. ‘¡Ah, te asaltaron y te devolvieron la mochila vacía!’, respondí. En un segundo se fue. Pero antes dijo: ‘no p’os ahí luego entramos, siempre estamos aquí presentes’. Así es como los detectamos”.

 

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Rubén Figueroa rebasa los 30 años de edad, pero aparenta menos. Su trato es afable y directo; su actividad, constante. Durante nuestra charla fueron varias las solicitudes, vía celular o en persona, que debió atender para dar respuesta a quien requería sus instrucciones en relación a actividades de la XIII Caravana Anual de Madres Centroamericanas.

Su trabajo fuerte en la caravana consiste en coordinar a periodistas para que toda esa labor se visibilice en medios de comunicación.

Como activista, “cuando hay pistas de algún desaparecido”, con el programa Puentes de Esperanza, Rubén da seguimiento y realiza búsquedas; estando “muy al pendiente si hay que conectar dos o tres personas, o a alguien que conoce migrantes que no tienen comunicación con sus familias”. En cualquier caso, habla con quien sea necesario y, cuando tiene que acudir a un lugar, él va.

Cuando Rubén platica, su voz trasmite sinceridad y destila un vasto conocimiento intuitivo sobre la política internacional del fenómeno migrante, en especial del viajero en etapa de tránsito y los desaparecidos. Por lo tanto, la referencia a Donald Trump surge inevitable.

“Trump está implementando, poco a poco, políticas que van cerrando vías para que los migrantes legalicen su situación. Está estructurando un andamiaje de presión y deportación, mismo que ya existe en México; en ese sentido, va empoderándose, dicta decisiones que nosotros [como nación] retomamos. Allá no se fijan en el esfuerzo de cada país, en las razones del porqué la gente migra, o las del propio migrante. Sólo es su interés, como país y como persona muy xenófoba. A Trump le interesa el lado racista de EEUU, enclavado en su propia política siembra y cultiva en tierra fértil”.

 

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Al igual que muchas regiones de México, en Huimanguillo, su tierra natal, “la economía está por los suelos”; lo anterior, pese a que desde hace muchos años llegaron a Tabasco firmas extranjeras como Halliburton, dedicada a la construcción, o Schlumberger, que fabrica medidores para mapeo de subsuelo rocoso.

“Antes que comenzaran a hablar de privatización, ya teníamos empresas trasnacionales en nuestras pueblos. Años de estar allí y en ningún momento vimos progreso. En el sureste mexicano existe una economía petrolizada, pero los privilegiados fueron unos cuantos, la mayoría de la población vive en extrema pobreza. Tabasco es uno de los estados con más municipios en esa situación.

“Hay una desigualdad social arraigada a la que quieren cubrir con programas sociales, asistencialismo que no rompe el círculo de la miseria. Eso es muy grave, pero la gente tiene tanta necesidad que lo acepta. Y a pesar de tener pozos petroleros alrededor de nuestros pueblos, vivíamos sin oportunidad, ni de estudiar, ni de trabajar. Allá, el futuro y el derecho a un buen vivir está violentado, robado. Además, con la Reforma Energética vimos que el poco trabajo que había, decayó; las empresas que trabajaban para PEMEX, se fueron”.

En relación al occidente del país, ruta obligada para ir a EEUU por el lado del Océano Pacífico, sin mencionar datos concretos o estadísticas, el representante del MMM considera que, por ejemplo, “en Jalisco existen estructuras del crimen organizado y, en años recientes, se ha intensificado la presencia de migrantes, incluso la autoridad migratoria está aumentando la detención y la deportación.

“Va a aumentar mucho el flujo por esta zona, y si no existen políticas migratorias locales destinadas a los migrantes, van a empezar a tener problemas graves. Organizaciones como FM4 Paso Libre, informan que la situación está cambiando; la ruta hacia Sonora está siendo, no sé si más interesante, pero los migrantes están volteando mucho a verla. Jalisco tiene que tomar acciones desde ahora, para prevenir; si no, podría resultar un estado en la situación de Tamaulipas, Tabasco o Veracruz. Y la operatividad de las autoridades pudiera ser más atropellada al realizar acciones migratorias.

“En el caso de la necesidad de los migrantes se pueden desbordar dos cosas: la solidaridad o la criminalización y el repudio. Guadalajara, o Jalisco, van a optar, no sé si de manera radical, por una de esas dos vías si no se empieza a fomentar la cultura de DDHH, y a ver a los migrantes como grupo vulnerable.

“Si la población empieza a no querer ver esa realidad, está destinada a querer esconder a los migrantes, lo que agravaría la situación. Por lo tanto, debemos hacer presión para que una problemática futura se prevenga, pero no podemos ejercer presión para que no se dé, o diciendo que los migrantes no vengan. Eso es imposible. ¡Hay tanta necesidad!

“Debemos concientizarnos y decir, hay un flujo migratorio, entonces tenemos que aplicar presión para que las políticas públicas sean a favor de la prevención de delitos contra migrantes, fomentar una cultura de respeto; como hicimos cuando Trump dijo que los migrantes eran delincuentes, violadores, ‘bad hombres’; nosotros salimos en defensa de los migrantes. Éstos, incluso, son gente con mano de obra calificada, misma característica de algunos migrantes en tránsito.

“Entre los migrantes hay gente muy valiosa que, si ya están acá, pueden servir muchísimo si tenemos buena inserción social para ellos. Existen espacios, como el San Pablo, con política de puertas abiertas para que ellos se vayan acomodando en lugares productivos, incorporándolos laboralmente. Recordando siempre que en La Bestia vienen seres humanos.

“Sin tampoco olvidar que en el fenómeno de la corrupción, la que viene de abajo mueve las políticas de arriba. Direcciona las ganancias de la corrupción hacia lo alto, en forma piramidal. Entonces, la corrupción de abajo hace que los de arriba acaten la orden de cómo mantener la situación; a ellos les conviene mantener a los migrantes en la clandestinidad.

 

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Para el activista tabasqueño, una sociedad civil organizada resulta fundamental para contener la ola de violencia y desapariciones que azota el país, fenómeno que afecta a todos, no sólo a los migrantes que cruzan el territorio nacional.

“Hay una emergencia, como tal, en este país. Por la violencia. Los ciudadanos somos responsables de cambiar eso. Somos la llave, la raíz. No se puede seguir así. Porque la violencia viene también por parte de las autoridades. Directa. Por acción u omisión. No hay que bajar la guardia. Entendemos que nos pueden amedrentar, agredir. Pero no estamos solos. Es el momento de crear estrategias. Hemos estado antes, y vamos a estar después. Entonces, crear condiciones y creer también en nuestra lucha, va a hacer que nos mantengamos de pie para acabar con este flagelo de violencia y personas desaparecidas. Las madres y nosotros mismos, vamos a convertir el dolor en una lucha de clases. Se ocupa una muy poderosa red social y de ayuda.

“Hay miles de desaparecidos y van a seguir desapareciendo. Pero ellos tienen rostro y nombre. Seguiremos nombrándolos y visibilizándolos con nuestras acciones. Las mamás en la caravana nombran a sus hijos. Cargan las fotos de sus rostros, y las de los hijos de quienes no pudieron participar.

 

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Una pregunta recurrente que a Rubén plantean, lleva la intención sustancial de conocer las motivaciones personales, intrínsecas, por las que realiza su labor.

“Muchas veces me preguntan por qué hago esto. Primero, siento que cualquier persona lo puede hacer. No somos seres de otro planeta, cualquier joven que no quiera ser común, puede hacerlo. También los no tan jóvenes. A veces voy a las universidades y hablo de mi trabajo con ciertas, ¡con muchas!, limitaciones, pero les digo: ‘ustedes pueden hacer muchísimo más que yo. No me feliciten, mejor díganme que van a intentar hacer lo que yo hago’.

Surge, finalmente, la clave para entender los motivos de su lucha.

“Hago esto porque el día que yo desaparezca, quisiera que alguien ayudara en mi búsqueda a mi mamá, Emilia Figueroa, de 75 años, tan fuerte y luchadora como una Patrona, que a la hora que los migrantes tocaban a su puerta, se levantaba para recibirlos y hacer comida. Hago esto por ella. Porque nunca me ha dejado solo”.

 

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