Por Julio Camba*

Foto por Everardo González ”Primavera de 2014 en la Coyotera de Monterrey”

Técnica del restaurante automático: yo entro (le he dicho ya tantas veces al lector “Usted entra” y “Usted sale”, lo he llevado y traído por tantos lugares absurdos, que temo se niegue a hacer nuevas exploraciones. Además, quien entra en el restaurante automático soy efectivamente yo). Yo entro en el restaurante automático y, con un dólar en la mano, me dirijo a un mostrador circular, donde una señorita muy rubia —las señoritas rubias tienen fama de ser menos pasionales y más automáticas que las señoritas morenas— me lo cambia automáticamente, y sin que yo tenga que decirle una sola palabra, en monedas de níquel. No sé si ustedes sospechan lo que es la moneda de níquel americana. La moneda de níquel americana tiene un poder mágico, del que carecen acuñaciones y estampaciones muchísimo más valiosas: el poder de operar directamente sobre cosas sin necesidad de intermediario alguno. Para entrar, pongamos por caso, en el Metropolitano de Madrid hay que adquirir un billete de quince o veinte céntimos, y lo que le facilita a uno la entrada no son los quince o veinte céntimos, sino el billete, ya que con un billete regalado o robado se entra de igual manera. Pues aquí, para entrar en el subway hay que adquirir un níquel e introducirlo por una ranura en uno de los torniquetes que tienen las estaciones a la puerta. La moneda de níquel americana es la moneda automática por excelencia. Los torniquetes del subway, las portezuelas de los tranvías, las máquinas de caramelos y chocolates, los aparatos de gas, los teléfonos, todo se abre, todo funciona, todo cede a su contacto maravilloso. Ello depende, naturalmente, de que Nueva York y las otras ciudades americanas son ciudades automáticas, donde el hombre va suprimiendo toda relación con el hombre para entenderse con las cosas directamente; pero, dependa de lo que dependa, así es y esto es lo que importa.

Hemos quedado en que yo entro en el restaurante automático y me proveo de monedas automáticas. Y, ya provisto de estas monedas, no hay dificultades para mí. A todo lo largo de las paredes, los manjares más diversos y las comidas más variadas yacen en unas urnas de cristal. En una sección de quince pequeños departamentos hay un letrero que reza: “Panes”. En otra de treinta se lee “Pastelería”. Aquí dice “Bebidas frías”. Allí “Bebidas heladas”. Allá “Bebidas calientes”. Los jugos de frutas ocupan también buena cantidad de departamentos: jugo de naranja, jugo de tomate, jugo de uvas, jugo de manzana, jugo de toronja… Yo voy, vengo, doy vueltas y más vueltas, y cada vez que una cosa me apetece, echo en la ranura los níqueles necesarios, y se produce el milagro. La urna de cristal se ilumina vivamente, suenan unos goznes, hay una puertecita que se abre. Y las Boston beans que, un momento atrás, parecían beans de porcelana —las Boston beans, una especie de judías con jamón, constituyen el plato favorito de los españoles en los restaurantes automáticos—, se me ofrecen por sí mismas exhalando un olorcillo bastante apetitoso. Luego la luz desaparece, y todo entra de nuevo en su penumbra original.

Desde luego, no creo que a los restaurantes automáticos se deba ir completamente en serio; pero, cuando no se tiene mucha prisa ni apetito, no hay modo más divertido de comer. El restaurante automático tiene siempre algo de Magic City o de Luna Park, y constituye una gran atracción para los turistas. Al principio yo miraba en él a todo el mundo con esa alegre familiaridad con que suelen mirarse las gentes en los parques de recreo, donde se supone que a nadie se le acaba de morir un colateral sin herencia; pero pronto comprendí que los americanos no van al restaurante automático para divertirse, sino —por absurdo que ello parezca— para comer, de buena fe y con una entera convicción. Para ellos el restaurante automático es, además de un sitio donde se puede hacer una buena comida, rápida y económicamente, una institución democrática, en la que ningún hombre tiene que servir a otro hombre.

Y, realmente, si la democracia universal espera alguna aportación del pueblo americano, que no espere una aportación política ni filosófica, sino una aportación mecánica. A las máquinas de lustrar botas y de fregar platos seguirán otras máquinas. Máquinas, por ejemplo, de recibir puntapiés, para libertar a los seres humanos que los reciben ahora. Máquinas de aguantar insultos e impertinencias… Y si, hoy por hoy, la mecánica americana no equivale aún a los Derechos del Hombre, no importa. Hay que confiar en un porvenir relativamente próximo, donde el mundo entero funcionará tan automáticamente como los mismos restaurantes automáticos.

*En La ciudad automática (Austral, 1970).

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