Por Carmen Libertad Vera

Cuando camina, su mirada difícilmente se aparta del suelo. Con la cabeza gacha, pareciera ir identificando cada pedazo de terreno donde deposita sus pisadas. Diez o doce cuadras conforman su trayecto rutinario, mismo que él transcurre absorto, sin detenerse a reparar en ninguna de las construcciones, que cruzando una ancha avenida, flanquean el peatonal camino. Llegado a su destino, inicia su repetitivo show. A la vista de todos.

Y aunque a la distancia pudiera parecer un mochilero harapiento con escuálido cuerpo de faquir hippioso, en realidad él sólo es uno más de los menesterosos citadinos que todas las mañanas sale a recorrer un itinerario de supervivencia personal. El suyo abarca desde el hotel de mala muerte donde se cobija y pernocta, hasta las calles más céntrícas de la ciudad.

Nadie conoce su nombre. Todos lo conocen como “El Apache”. Tiene fama de hablar poco. Apenas lo indispensable. Por indumentaria lleva en la cabeza un paliacate a manera de bandana del que, sobre su nuca y apuntando al cielo, sobresale senda pluma de guajolote; detrás de su cuello pende una flotante capa burda y, bajo su rostro, una docena de collares integrados por cuentas rústicas; usa muñequeras ceñidas y en sus manos carga un arco rudimentario acompañado de una inutilizada flecha; encima de sus rodillas ata pantorrilleras en cuero rebordado; en su espalda porta una pequeña mochila enrollable, la cual se advierte ligera en contenido. También posee algunos oscuros tatuajes.

Generalmente viste camiseta, con o sin mangas, dependiendo del clima, de la que por sus resaques sobresalen el cuello delgado, tieso y pellejudo, un antepecho esquelético, brazos escuálidos y fibrosos con apariencia de ramas secas, acordes al par de endurecidas pantorrillas que la parda mezclilla de sus bermudas deja entrever; alrededor de la cintura detiene un taparrabo de tela decorado con grecas y jeroglíficos difusos; encima de todo eso, carga una cangurera plástica de matiz indefinido. Como indefinida es la edad que su rostro plegado por finas arrugas y decorado con piercings plumarios, no revela.

Las partes visibles de su piel están teñidas con anilina de color rojizo opaco. Body paiting veterano, sin mayor ciencia que la de llamar la atención sobre su malograda caracterización como supuesto indígena de Norteamérica. Él intenta ser un indio Jerónimo de imitación, pero exento de la obligación de cazar búfalos en medio de la pradera, atemorizar viajeros a bordo de una diligencia o atacar resguardados fuertes del medio oeste. En cambio, brincotea bajo los rayos de sol, ejecutando rituales de quiméricas danzas invocadoras de lluvia o realizando mágicas exhortaciones chamánicas que sólo él comprende.

Así, entremezclado con el trajeado deambular de oficinistas cercanos a los sitios donde él mendiga, observado por miradas fisgonas de turistas que no pocas veces lo filman con sus celulares, convocando la generosidad de paseantes habituales, vendedores callejeros y olfateado por uno que otro perro sin dueño, El Apache inicia su rutina con parsimonia y sin ningún titubeo.

Coloca su mochila en un sitio cercano, pero primero extrae de ella una sonaja de aluminio, un cacharro de barro con algo que al encenderlo desprende el mareante aroma del copal y un pequeño recipiente; en éste recolecta las monedas que el público le otorga. Luego, sobre una rodilla se hinca cuatro veces consecutivas, orientado cada vez hacia un punto cardinal distinto. Con la mano derecha sostiene el arco y la flecha, mientras con la izquierda empieza el rítmico traqueteo de la sonaja metálica.

Ya erguido, inicia un monótono zapateado de coreografía limitada. Tres pasitos para allá, tres pasitos para acá. Brincos alternados, primero detenido en un pie, después en el otro. Luego un giro bronco, seguido de una segunda vuelta en sentido inverso. Movimientos sin rigor estético, o apresuramientos que aceleren la llegada de la fatiga. Sabe que los rayos de un sol ya en todo lo alto calan muy duro, y que su jornada laboral termina cuando el alumbrado eléctrico ilumine las incipientes horas nocturnas.

El tintado rojizo de su cuerpo pareciera entonces adherido a su piel en forma permanente. Como si no se esfumara con los chorretes de sudor que pasado un rato sus coloreados poros trasminan. Es el sello de distinción llamativamente grotesco que recubre todo su ser, a excepción de los pálidos redondeles alrededor de sus apagados ojos. Él luce como recién salido de un baño de lodo altamente saturado con minerales residuos de cobre.

Al verlo, cualquiera comprende por qué su diaria caracterización. Pero para entender cómo fue que decidió andar así por la vida, convertido en un apache de mentirillas, sólo queda el recurso de la imaginación surrealista, dada su reconocida renuencia a platicar de su vida.

Las razones para entender lo que hace son obvias. A diario él necesita mínimamente noventa de esas razones, constantes y sonantes, para pagar el cuarto donde duerme. Otra cuota menor de razones semejantes sería apenas para llenar de alimento su famélica barriga. En vestimenta no pareciera dilapidar más allá de lo indispensable. De vez en cuando algo deberá de emplear para renovar sus traqueteados botines, además de las cuatro o cinco mudas de ropa que él dispone.

Obligaciones familiares no se le conocen. Es lobo solitario adaptado al modo de vida metropolitano. Motivo por lo que de vez en cuando, hasta se arriesga a tragar bocanadas de esmog y torear autos en algún citadino crucero, actuando frente a automovilistas detenidos por el tráfico. Eso sucede cuando las monedas reunidas hacia la mitad de su jornada resultan muy pocas.

Con las primeras estrellas de la noche, El Apache inicia su recorrido de regreso. Si la temperatura es fresca, de su mochila saca un rompevientos o alguna prenda de manga larga con la que cubre sus rojizos brazos. Sin desviar su camino y sin apartar la vista del suelo, vuelve directo al hotel donde duerme.

Nadie le espera, aunque a veces, según testimonio de un vecino de hospedaje, El Apache, antes de ingresar a su cuarto, va a sentarse a un rincón del patio, en compañía de otro huésped que también sobrevive en las calles trabajando de estatua viviente, vestido de soldado y barnizado de píes a cabeza e indumentaria con un emblemático color oliváceo.

Ambos ahí, en silencio, con sus manos rojizas y verdosas intercambian alternadamente un forjado cigarro de mariguana, del que con aparente pericia inhalan el humo reteniéndolo dentro de sí el mayor tiempo posible.

Agotada esa su compartida experiencia, cada uno se dirige a dormir a su respetiva habitación. Quizá ahí, en sueños, El Apache se vea a sí mismo cabalgando llanuras y durmiendo en el interior de una cónica tienda tipi, armada con un trípode de ramas y cubierta con pieles de búfalo cazados por él mismo a punta de certeros flechazos. Eso sólo él lo sabe.

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