Esbozo de la muerte de otro hombre

Por G. Orwell

 

Ocurrió en Birmania, una mojada mañana en la época de lluvias. Sobre las altas murallas del patio de la cárcel caía sesgadamente una luz amarilla enfermiza, como papel de estaño. Estábamos esperando afuera de las celdas de los condenados: una fila de cabañas con barrotes dobles, como pequeñas jaulas de animales. Cada celda medía alrededor de diez pies por diez y estaba relativamente desnuda, con la excepción de una cama de tablas y una vasija para el agua de beber. En algunas de ellas, unos hombres morenos y silenciosos yacían acuclillados junto a los barrotes interiores, con sus frazadas cayendo alrededor suyo. Estos eran los condenados, los que debían ser colgados dentro de las próximas una o dos semanas.

Un prisionero había sido sacado de su celda. Era un hindú, una insignificante pizca de hombre, con la cabeza afeitada y unos vagos ojos acuosos. Tenía un bigote espeso e hirsuto, absurdamente demasiado grande para su cuerpo, más bien como el bigote de un cómico de películas. Seis grandes celadores indios estaban custodiándolo y preparándolo para la horca. Dos de ellos se mantenían alertas con sus rifles a bayoneta calada mientras otros lo esposaban y pasaban a través de las esposas una cadena, que fijaron a sus cinturones, atándole las manos ajustadamente a los costados. Se amontonaban muy cerca suyo, con las manos siempre sobre él, en un apretón cuidadoso, acariciante, como si todo el tiempo quisieran hacerle sentir que estaba allí. Eran cual hombres manipulando un pez que estuviera aún con vida y pudiera saltar de vuelta al agua. Pero él permanecía de pie sin presentar resistencia, entregando sus manos desmayadamente a las cuerdas, como si difícilmente se percatara de lo que estaba sucediendo.

Dieron las ocho y la llamada de una corneta, desoladamente débil en el aire húmedo, flotó desde los barracones distantes. El superintendente de la cárcel, que se hallaba de pie separado del resto de nosotros golpeando de mal humor la grava con su bastón, levantó la cabeza al oír el sonido. Era un médico militar, con un mostacho gris tipo cepillo y una voz áspera.

—Por el amor de Dios, apúrate Francis —dijo irritado—. El hombre debería estar muerto a esta hora. ¿O es que tú no estás listo aún?

Francis, el carcelero jefe, un dravidiano gordo en un traje de instrucción blanco y lentes con marco de oro, movió su negra mano.

—Sí señor, sí señor —balbuceó—. Todo está satisfactoriamente preparado. El verdugo está esperando. Precederemos.

—Bueno, marcha forzada entonces. Los prisioneros no podrán recibir su desayuno hasta que la faena esté hecha.

Nos dirigimos hacia la horca. Dos celadores marchaban uno a cada lado del prisionero, con sus rifles terciados; otros dos marchaban pegados a él, aferrándolo por brazos y hombros, como si lo estuvieran empujando y apoyando a la vez. El resto de nosotros, magistrados y similares, los seguíamos atrás. De pronto, cuando habíamos caminado unas diez yardas, la comitiva se detuvo brevemente sin ninguna orden ni aviso.

Una cosa horrible había ocurrido: un perro, venido sepa Dios de dónde, había aparecido en el patio. Llegó brincando entre nosotros con una enérgica sarta de ladridos y saltaba a nuestro alrededor, meneando todo su cuerpo con salvaje regocijo, al encontrar tantos seres humanos juntos. Era un perro grande y lanudo, medio Airdale medio quiltro. Por un momento hizo cabriolas en torno a nosotros y luego, antes que alguien pudiera detenerlo, se lanzó a la carrera en dirección al prisionero, y saltando trató de lamer su cara. Todo el mundo se detuvo horrorizado, demasiado sorprendido incluso para agarrar al perro.

—¿Quién dejó a esa maldita bestia entrar aquí? —dijo con furia el superintendente—. ¡Que alguien lo agarre!

Un celador, separándose de la escolta, arremetió torpemente tras el perro, pero éste bailoteó y jugueteó poniéndose fuera de alcance, considerando a todo el mundo como parte del juego. Un joven carcelero eurasiático agarró un puñado de guijarros y trató de alejar al perro a pedradas, pero éste esquivó las piedras y retornó hacia nosotros. Sus ladridos hacían eco en las paredes de la cárcel. El prisionero, atrapado entre sus guardianes, miraba sin curiosidad, como si eso fuera otra formalidad del ahorcamiento.

Pasaron varios minutos hasta que alguien logró atrapar al perro. Entonces pusimos mi pañuelo alrededor de su collar y nos movimos de nuevo adelante, con el perro todavía tironeando y gimiendo.

Quedaban unas cuarenta yardas hasta la horca. Miré la morena espalda desnuda del prisionero marchando frente a mí. Caminaba torpemente con sus manos atadas pero en forma completamente regular, con esa oscilante manera de andar de algunos indios que nunca enderezan sus rodillas. A cada paso sus músculos se deslizaban nítidamente a su lugar, el mechón de pelo de su cráneo bailaba de arriba abajo, sus pies se estampaban en la grava húmeda. Y de pronto, a pesar de los hombres que lo sujetaban de cada hombro, dio un paso ligeramente a un lado para evitar un charco en el camino.

Es curioso, pero hasta ese momento nunca me había percatado de lo que significaba destruir a un hombre saludable y consciente. Cuando vi al prisionero dar un paso al lado para evitar el charco, vi el enigmático e inenarrable error de cortar una vida en seco cuando está en pleno apogeo. Este hombre no estaba muriéndose, estaba vivo tal como nosotros estábamos vivos. Todos los órganos de su cuerpo estaban funcionando: los intestinos digiriendo alimentos, la piel regenerándose, las uñas creciendo, los tejidos formándose. Todos trabajando duro en un solemne absurdo. Sus uñas estarían todavía creciendo cuando se ubicara en el estrado, cuando estuviera cayendo a través del aire con un décimo de segundo de vida. Sus ojos percibían la grava amarilla y las murallas grises, y su cerebro recordaba, presentía, razonaba. Incluso en relación a los charcos. Él y nosotros éramos una partida de hombres caminando juntos, mirando, escuchando, sintiendo, comprendiendo un mismo mundo; y en dos minutos, con un repentino chasquido, uno de nosotros se habría ido. Una mente menos, un mundo menos.

La horca se erigía en un pequeño patio plagado de altas y espinosas plantas de maleza, separado de los terrenos principales de la prisión. Era una construcción en ladrillos como un cobertizo de tres lados, con un estrado entablado y encima, dos vigas y un larguero del cual colgaba la cuerda. El verdugo, un convicto de cabellos grises vestido con el uniforme blanco de la prisión, aguardaba al lado de su aparato. Cuando ingresamos, nos saludó con una inclinación servil. Tras una palabra de Francis, los dos celadores, ciñendo al prisionero de forma más estrecha que nunca, medio lo condujeron medio lo empujaron hacia la horca, y lo ayudaron torpemente a subir los escalones. Luego el verdugo también subió y fijó la cuerda alrededor del cuello del prisionero.

Permanecimos esperando, separados por unas cinco yardas. Los celadores habían formado un tosco círculo alrededor de la horca. Luego, cuando el lazo fue ajustado, el prisionero empezó a invocar a gritos a su dios. Era un grito alto y reiterado: ¡Rama! ¡Rama! ¡Rama! No era urgente ni aterrador como una plegaria o un grito de ayuda, sino constante, rítmico, casi como el tañido de una campana. El perro respondió al sonido con un gemido. El verdugo, todavía de pie junto a la horca, sacó una pequeña bolsa de algodón como un saco de harina y la empujó hacia abajo sobre la cara del prisionero.

Pero el sonido, amortiguado por la tela, todavía persistía, de nuevo una y otra vez: ¡Rama! ¡Rama! ¡Rama! ¡Rama! El verdugo bajó del estrado y permaneció presto, sosteniendo la palanca. Parecieron transcurrir varios minutos. El constante grito amortiguado del prisionero seguía y seguía, ¡Rama! ¡Rama! ¡Rama!, sin decaer por ningún instante. El superintendente, la cabeza sobre su pecho, estaba pausadamente escarbando el suelo con el bastón; quizás estaba contando los gritos, permitiendo al prisionero un número fijo: cincuenta, o tal vez cien.

Todo el mundo había cambiado de color. Los indios se había puesto grises, como un café de mala calidad, y uno o dos de los bayonetas parecían estar desfalleciendo. Miramos al hombre amarrado y encapuchado en el estrado, y escuchamos sus gritos: cada grito otro segundo de vida. El mismo pensamiento estaba en todas nuestras cabezas: ¡Oh, mátenlo luego, salgamos de esto, detengan ese ruido abominable!

Repentinamente el superintendente se decidió. Levantando su cabeza hizo un rápido movimiento con su bastón.

—¡Chalo! —gritó, casi con fiereza.

Hubo un ruido metálico y luego un silencio mortal. El prisionero se había esfumado y la cuerda estaba contorsionándose sola. Dejé ir al perro, que galopó inmediatamente hacia la parte trasera de la horca; pero cuando llegó allí se detuvo en seco, ladró y luego se retiró a un rincón del patio, donde permaneció entre las malezas, mirándonos en forma temerosa. Rodeamos la horca para inspeccionar el cuerpo del prisionero. Estaba balanceándose con los dedos de sus pies apuntando derecho hacia abajo, girando muy lentamente, tan muerto como una piedra.

El superintendente alargó el brazo con su bastón y aguijoneó el desnudo cuerpo moreno, que osciló ligeramente.

—Está listo —dijo el superintendente.

Volvió atrás desde la parte baja la horca y soltó el aire profundamente de sus pulmones. La mirada de mal humor se había ido de su cara, casi repentinamente. Miró su reloj pulsera.

—Ocho minutos pasadas las ocho. Bien, eso es todo por esta mañana, gracias a Dios.

Los celadores desenvainaron las bayonetas y se alejaron marchando. El perro, serio y consciente de que se había portado mal, se deslizó tras ellos. Nosotros caminamos fuera del patio de la horca, atravesamos las celdas de los condenados con sus prisioneros en espera e ingresamos al gran patio central de la prisión. Los convictos, bajo la autoridad de celadores armados con bastones, estaban ya recibiendo su desayuno. Se acuclillaban en largas filas, cada hombre sosteniendo un cuenco de hojalata mientras dos celadores con unas cubetas caminaban en rededor repartiendo arroz con un cucharón. Se parecía bastante a una alegre escena casera, después del ahorcamiento. Había descendido sobre nosotros en enorme alivio, toda vez que la faena ya estaba hecha. Uno sentía el impulso de cantar, de salir corriendo, de reír con disimulo. Empezamos a parlotear alegremente, todos al mismo tiempo.

El muchacho eurasiático que caminaba a mi lado se inclinó hacia el lugar de donde veníamos y dijo con una sonrisa de conocedor:

—Usted sabe, señor, que nuestro amigo —se refería al muerto— cuando escuchó que su apelación había sido denegada, se orinó en el suelo de la celda. De miedo. Sea gentil y tome uno de mis cigarrillos, señor. ¿No encuentra admirable mi nueva cigarrera de plata, señor? Comprada en la caseta del wallah; dos rupias y ocho anas. Estilo europeo, de clase.

Varias personas rieron. De qué, nadie pareció seguro.

Francis iba caminando al lado del superintendente, hablando locuazmente:

—Bien, señor. Todo ha transcurrido de la manera más satisfactoria. Todo terminado de un capirotazo. No siempre es así. ¡Oh, no! He conocido casos donde el doctor estuvo

obligado a ir debajo de la horca y tirar las piernas del prisionero para asegurar su deceso.

¡De lo más desagradable!

—¿Tratando de escabullirte, eh? Eso está mal —dijo el superintendente.

—¡Ach, señor, es peor cuando se ponen obstinados! Un hombre, me acuerdo, se aferró a las barras de su celda cuando fuimos a sacarlo. Usted me dará escasamente crédito, señor, pero hubo que disponer de seis celadores para soltarlo, tres tirando de cada pierna.

Razonamos con él. “Querido compañero”, le dijimos, “¡piensa en todo el sufrimiento y disgusto que nos estás causando!”. ¡Pero no, él no quería escuchar! Ach, era muy problemático.

Me encontré riendo de manera bastante fuerte. Todos estaban riendo. Incluso el superintendente sonrió de modo tolerante.

—Mejor vengan todos a tomar un trago —dijo cordialmente—. Tengo una botella de whisky en el vehículo. Podemos servirnos de ella.

Fuimos a través de las grandes puertas dobles de la prisión hacia el camino. “Tirando de sus pies”, exclamó un magistrado birmano de repente y reventó en una fuerte aunque ahogada risotada. Comenzamos a reír de nuevo. En ese momento la anécdota de Francis parecía extraordinariamente divertida. Todos tomamos un trago juntos, nativos y europeos por igual, bastante amigablemente. El hombre muerto estaba a un centenar de yardas, lejos.

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