Se ha vuelto un lugar común el decir que Donald Trump es un fascista y que si gana las elecciones, su país se convertiría en algo más o menos similar a la Italia de Mussolini o a la Alemania de Hitler. Este discurso se puede encontrar en lugares bastante dispares, desde las declaraciones de Peña Nieto hasta los artículos de intelectuales críticos que abusan de sus superpoderes para hacer analogías históricas.

Hay dos modos de refutar esta idea. La más simple es afirmar que Obama es el presidente que más inmigrantes ha expulsado. Y el que más negros ha metido a la cárcel. Y el que más civiles ha asesinado fuera de una guerra oficialmente declarada. Y, por supuesto, el que más asesinatos con drones ha llevado a cabo. La lista es larga, pero la idea es sencilla: si Trump puede ser juzgado como fascista por sus propuestas, hay que decir su presidencia que sólo consumaría la obra de Obama.

Es la segunda demostración la que más me interesa. Durante la última década han surgido movimientos a la derecha de los conservadores tradicionales en varios países del primer mundo, y hay que mirar el fenómeno general para poder entender a Trump. Los ejemplos más claros son Francia y el Reino Unido. Ninguno es fascista; todos ellos muestran que la política puede volver a radicalizarse tanto como en los 30 del siglo pasado, pero asistimos apenas a los primeros pataleos. Estos movimientos tienen una serie de cosas en común: rechazo al sistema tradicional de partidos, rechazo al neoliberalismo, defensa de las supuestas tradiciones de la nación y rechazo a los inmigrantes.

Este también es el orden de importancia que el electorado le da a cada uno de esos asuntos: los seguidores de un Trump o una Le Pen están con ellos no por su odio hacia los árabes o los mexicanos, sino por su rechazo de las políticas neoliberales. Esto es lo esencial y hay que remarcarlo: la cuestión migratoria —las declaraciones anti-mexicanas— es la cuarta en importancia. Lo esencial para ellos es (disculpen la reiteración) la cuestión comercial: el rechazo del neoliberalismo.

Las cuestiones que más popularidad han dado a la nueva derecha radical son la democracia y el bienestar social. Triste paradoja histórica, ya que éstas habían sido, por definición, los feudos de la izquierda. Hoy no lo son más, porque la socialdemocracia —o los demócratas en EU— se amoldó perfectamente al consenso neoliberal, del cual se volvieron campeones, convirtiéndose en los artífices del vaciamiento democrático. Para entender el por qué del discurso xenófobo, hay que entender la relación entre estas dos.

En el ascenso de toda la derecha anti-establishment está la idea de que el pueblo ha perdido cualquier control sobre el sistema político, y que por lo tanto éste ya no representa la gente. Es una idea simple y efectiva. Es una idea completamente justificada.

Un proceso esencial en la cristalización del sentimiento de pérdida de control político fue el de la llegada masiva de inmigrantes. La inmigración casi siempre fue un flujo bastante bien regulado por los Estados huéspedes; un modo a través del cual las economías desarrolladas recibían la mano de obra necesaria para sí.

La llegada masiva de extranjeros tuvo a menudo una consecuencia previsible: debilitar a la clase obrera local a través de una mayor competencia y provocar el estancamiento de los salarios, especialmente cuando las economías dejaron de desarrollarse como antes. Por eso, el discurso anti-mexicano echó raíces en EU justo cuando llegaron menos mexicanos: tras las crisis del 2008. Trump es un hijo no solamente de la migración, sino de su conjunción con la crisis económica.

Es la articulación de todo lo anterior lo que explica el auge de la nueva derecha. La inmigración fue llevada a cabo unilateralmente para obedecer los imperativos del capital, sin consultar a nadie. El desempoderamiento de la gente ante el Estado cobró un tinte más radical con la concomitante caída drástica del nivel de vida, y dentro de ese universo no fue extraño encontrarse con varios que cristalizaron ese sentimiento de impotencia ante un Estado impersonal y una economía egoísta en la figura de los mexicanos.

El primer paso para combatir esto es no tomar a los seguidores de Trump como hordas de rednecks racistas e imbéciles. La prensa liberal americana ha enfatizado, por ejemplo, el bajo promedio de años de estudio de sus seguidores. Esta es una actitud extremadamente condescendiente y clasista, que busca entender un fenómeno político masivo en base a la supuesta ignorancia. Si se hace un pequeño esfuerzo por entender qué lleva a la gente a los mítines de Trump, uno se encontrará, en realidad, con razones bastante válidas: la pérdida de bienestar y la corrupción de la clase política. Son pocos los que están, a la fecha, a favor de echar a los millones de mexicanos.

Por supuesto, la justeza de esas razones no tiene nada que ver con la (nula) capacidad de un Trump presidente para resolverlas. Y si éste llegase a la Casa Blanca, es altamente probable que huya hacia adelante; a pesar de su discurso, Trump va a atacar a los mexicanos antes de realmente romper con el neoliberalismo o el establishment político americano. Pero este orden de importancia debería conllevar un replanteamiento por parte de sus detractores, especialmente en un país —como México— que podría verse tan afectado en caso de que gane. Sólo un movimiento que logre vencerlo dentro del terreno del bienestar y la democracia, y que lo haga incluyendo a los latinos y a los negros, será capaz de cerrarle la puerta definitivamente. Hasta la fecha, esto último ha sido el talón de Aquiles de Bernie Sanders.

Por Camilo Ruiz Tassinari

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