¿Hay qué envidiarle a los cubanos?

Por Toño Angulo Daneri

 

44 años después de haber sido ensamblado en una fábrica de Detroit, un Chevrolet color carmín de placa particular luce aún el brillo y la altivez de sus años de juventud suficientes para llenar de vergüenza a los modernos Ladas, Hyundais y Nissans con los que comparte sitio en el enorme y sorprendentemente repleto estacionamiento del aeropuerto internacional José Martí. “Yo me voy pa’ La Habana y no vuelvo más”, tarareo con pésima entonación, y me dirijo hacia la reliquia móvil para pedirle a su dueño que me lleve a la ciudad. El único consejo que he decidido seguir al pie de la letra, de los muchos que me dieron antes de tomar el avión a Cuba, es evitar los taxis de empresa para no quedarme misio antes de tiempo. (También seguí otra recomendación: traje condones, porque me advirtieron que aquí abundan los de procedencia china, que son de talla oriental, ustedes sabrán entender. Lástima nomás que no atendí el más sabio e insistente de los consejos: vine con pareja.)


—Disculpe, ¿me puede llevar al centro de La Habana?


—Adonde tú quieras, compañero. Pero vamos a tenel que esperal a que salgan unas vecinas que han venido a despedil al padre suyo que se va pa’ Puelto Rico.


El dueño del Chevrolet escarlata se llama Arsenio, tiene 62 años y un vozarrón de tenor fumador que contrasta con esa manera de hablar tan caribeña y musical de sustituir las eres por las eles. Me presenta a su familia: Merceditas, su esposa, una señorona mulata con caderas de adolescente pero de mirada marchita y la piel erosionada por una secuela de sarpullido, y el inquieto Tony, su hijo, un niño con síndrome down concebido en el otoño de la pareja y que recién a los nueve años pudo sostener su cuello por sí mismo. Ahora Tony tiene doce años y muy pocas palabras en su vocabulario: “Quiero cola” y “Devuelvan a Elián”, que repite cada cierto rato.


Arsenio pide que lo tutee, y luego de enterarse de que soy peruano y no mexicano ni argentino ni colombiano, empieza a contarme su vida, que más parece una variante pervertida de la muerte: el hijo enfermo, la esposa enferma, él enfermo, una pensión de jubilado de 14 dólares al mes y un auto antediluviano con el cual se recursea haciendo taxi para extranjeros cuidándose de que la policía no lo descubra porque no tiene licencia para hacerla. La multa por practicar ilegalmente este negocio en Cuba asciende a 75 dólares.


—Dímelo tú, chico: ¿cuál es el país más pobre de América Latina? —me pregunta Arsenio a quemarropa…


—Haití —respondo.


—Pues pa’hí mismo quiero irme: cualquier cosa es mejor que esto.


Cuando Arsenio va a ver si sus vecinas ya están por salir, Merceditas, que también ha pedido que la tutee, me cuenta la misma historia que su esposo, pero desde el otro extremo de la bahía.


—No le hagas caso al marido mío, muchacho, es un malagradecido con la Revolución. Nosotros, viejos y enfermos como estamos, y con este hijo que nos ha toca’o en suerte, vamos a estar fundidos igual acá que en la Conchinchina. Acá por lo menos un pobre no se muere de hambre, y la salud la tenemos gratis. Él dice: vamos a Haití, a México, a España. ¡Muy fácil se dice, chico! Pero nosotros, para que de una vez te vayas enterando, tenemos una hija de 33 años que se fue pa’llá pa’ los Estados Unidos, y el mes pasado tuvimos que sacar 100 dólares de donde no teníamos para enviarle porque la muchachita no tenía ni para el café. ¿Ya tú me entendiste?


Nada: para ser franco, hasta ahora no entiendo nada. Ejemplo:


—¿Y por qué no le dices lo que tú piensas? —le pregunto a Merceditas que, cuando habla, lo hace con más apasionamiento y muchos más decibeles que Arsenio.


—Ven pa’cá, chico, que tengo que explicarte algo —responde ella, esta vez en tono de confesión—. Si hay una sola cosa que no ha cambiado en 40 años de Revolución, ésta es el machismo de los cubanos. Cuando un hombre habla en público, la mujer, óyeme bien, es mejor que no diga ná.


El trayecto hacia El Vedado, el hermoso barrio costanero donde me iba a alojar, lo pasé en silencio. Me concentré en oír el suave ronroneo del motor del Chevrolet cuaternario (es absolutamente cierto que los cubanos son los mejores mecánicos del mundo), y en mirar a las vecinas de Arsenio y Merceditas: una chica de ojos almendra en edad de merecer —y merecía— y su joven madre, con mucho mayor merecimiento. Para que digo que no, si sí.

***

El Vedado es uno de los barrios más entrañablemente bellos del centro de La Habana. Antes de la Revolución —que en Cuba viene a ser una demarcación temporal tan importante como el nacimiento de Jesucristo lo es para los cristianos—. El Vedado era, como su nombre lo indica, un territorio “vedado” para los pobres y los negros. La mayoría de las casa son palacetes de estilo neoclásico y altos edificios de departamentos, rodeados de enormes parques y árboles y jardines que hoy los adolescentes aprovechan para iniciarse de madrugada en las tibias humedades del amor. El mar del Caribe, además, es una sombra mágica que lo protege a uno por donde camine. Aquí, en este barrio de ensueño que solamente el mal de Alzheimer podría hacer olvidar, una pareja de jóvenes —él cubano, ella italiana— se apuró a destapar una botella de ron Caribean Club añejo la misma noche que este cronista se convirtió en huésped de su departamento. Uno, ignorante de la sabiduría del trópico, pidió gaseosa para atenuar los rigores del líquido alcohólico. Y ahí mismo recibí mi merecido por semejante, aunque involuntario, desatino.


—¡¿Qué tú dices, chico?! ¿No sabes que ofendes al contenido de esta botella si lo mezclas con otra cosa que no sea hielo?


El aprendizaje continuó durante el resto de la noche, generosamente matizado con sorbos de rubio ron y pitadas de tabaco negro. Enrique, mi anfitrión cubano, es sonidista autodidacta e independiente y programador ídem de sistemas. Claudia, la italiana, es restauradora de arte. Viven juntos desde hace dos años, cuando ella llegó para hacer su tesis sobre la arquitectura de La Habana Vieja y decidió quedarse rendida ante la sensualidad del Caribe. Ambos demostraron saber más del Perú que todas las calabacitas y los calabacitos peruanos asiduo al Hard Rock Café de Larcomar, e inclusive más que los ilusos inscritos al Profiun Sabrun, por ejemplo, que Fujimori, “ese presidente tan gracioso que tú tienes”, interpretó auténtica y abusivamente su propia Constitución para postular a la presidencia por tercera vez consecutiva. Y sabían también de qué material está hecho el asesor Vladimiro Montesinos, la existencia de las combis asesinas, la proliferación virulenta de los periódicos chicha, y poco les faltó para mencionar a Laura Bozzo y Martha Chávez, con lo cual yo ya hubiese creído que estaba en un bastión de la brujería santera de Cuba. Pero no: ocurre simplemente que el cubano promedio posee una cultura general que ya quisieran tener todos nuestros congresistas juntos. De otro modo no se explica cómo, tres días después, conversando con un obrero de construcción jubilado, tuve que atajar esta pregunta formulada a mansalva:


—¿Es cierto que en el Perú se paga por la electricidad?


—Claro —contesté como quien dice la tierra es redonda.


—¿Pero cómo, muchacho, si ustedes tienen impresionantes caídas de agua de los Andes, y basta con ponerles un generador y ya tienen la hidroeléctrica para darle luz gratuita a todo el mundo? Acá en Cuba es diferente porque somos un país plano: la energía sólo se obtiene con petróleo; petróleo que, además, no tenemos. Pero, ¿en el Perú?


(Perdón: ¿alguien podría responder esta pregunta?)


La cultura del cubano, sumada a su espontánea locuacidad y a su vocación de hierro para discutir a voz en cuello sobre cualquier tema, pone fácilmente en aprietos hasta al más indiferente de los visitantes. Enrique y Claudia, en esa beoda noche inaugural, se encargaron de explicarme más o menos cómo es el sistema de vida en Cuba, que yo me tomé el trabajo de ir confirmando en los diez días restantes (qué se hace: defecto del oficio, aunque se viaje de turista). Un obrero o empleado de rango medio que trabaja exclusivamente para el Estado gana desde 8 hasta un máximo de 15 dólares al mes, un profesional calificado, entre 15 y 20 dólares, y alguien que tenga el suculento privilegio de trabajar para una empresa de capital mixto, sobre todo si tiene algo que ver con la omnipresente industria del turismo, puede llegar a ganar más de 100 dólares mensuales.


¿Y cómo hacen para vivir con esos sueldos africanos?, es la lógica pregunta que uno —hijo de Occidente y entenado del neoliberalismo al fin y al cabo— se plantea de inmediato. Pero inmediatamente también recibe la respuesta. Nueve de cada diez cubanos tiene casa propia, todos reciben atención médica gratuita, la polio infantil y la malaria prácticamente han desaparecido, el 91 por ciento tiene acceso a agua potable sin pagar un centavo, el gas no cuesta y llega a través de tuberías, todos los niños menores de siete años tienen derecho a un litro de leche diario, eventualmente los ancianos y enfermos reciben papillas concentradas de cereales y leche descremada, el sistema educativo es considerado uno de los más eficientes y democráticos del mundo, el alumno destacado puede recibir una asignación de parte del Estado a partir del cuarto año de estudios superiores. En fin: la esperanza de vida del cubano es de 75 años.


Pero Cuba no es el paraíso, ni mucho menos.


El principal problema de los 11 millones de cubanos es la alimentación. Reciben una libreta de racionamiento que les permite —hasta al más pobre— obtener una dieta balanceada compuesta básicamente de arroz, menestras, tubérculos, verduras, huevos, café, azúcar, sal y un pan diario por persona. De las carnes, las únicas que ven con cierta frecuencia son el cerdo y el pescado en conservas, aparte, claro, de la inefable carne de soya, que, como me dijo una chica estudiante de secundaria, de sabor a carne no tiene ná.


El pollo aparece por las bodegas un par de veces al mes, y un bife de vacuno sólo figura en el menú de los hoteles para turistas. Ocurre, entonces, que la alimentación cotidiana del cubano es monótona hasta la desesperación, a no ser que en casa alguien reciba algo de dólares para poder comprar en los mercados agrarios y en las tiendas recaudadoras de divisas (léase billetes verdes) aquellos productos que, en tanto el país no produce, el Estado no es capaz de proveer.


Hay varias maneras de que el cubano tenga dólares. Lo más común es que un familiar en el extranjero envíe un paquetico con la moneda imperialista por correo. Se calcula que cada año ingresan a Cuba unos 400 millones de dólares bajo esta modalidad que ayuda a dinamizar el mercado interno. Otras maneras de agenciarse dólares son los múltiples negocios independientes que han crecido vertiginosamente desde que el régimen decidió concentrar sus esfuerzos en el turismo. Eso sí, el Estado siempre es el socio, sea que alguien quiera hacer taxi, montar un pequeño restaurante de máximo seis mesas o vender café y pizzas en la puerta de su casa.


—El Estado es acá como el padre tuyo —me explica Rodney, un avispado joven buscalavida que ofrece, en tres idiomas, habanos, langostas y jineteras para los turistas que posean por el malecón de La Habana Vieja—. Te da lo indispensable para subsistir, te ayuda según tus condiciones para salir adelante, pero te marca límites y te da una patada en el culo si te pones en su contra.


Entonces me acuerdo de las palabras con las que el obrero jubilado me resumió su particular visión de la situación que se vive en esta isla ubicada a 18 kilómetros de Miami.


—A Cuba hay que entenderla como latinoamericanos tercermundistas que somos. Si vivieras en Europa, yo no te podría contradecir si tú pensaras que este país es una mierda. Pero tú vives en el Perú, chico, en América Latina. Entonces, ven pa’cá, dime mirándome a los ojos: ¿qué tú crees? ¿Cuba es un país injusto para los cubanos?


La Habana Vieja es una réplica de Barrios Altos, me habían dicho una y otra vez con limeña soberbia algunos amigos al enterarse de que pensaba viajar a Cuba y no solamente a Varadero. Falso, pienso ahora, cuando la tarde languidece y renacen las sombras, mientras me adentro por las calles afiladas de este barrio colonial donde los viejos abandonan sus descalabrados solares para jugar dominó en el umbral de los portales, las mujeres sacan sus sillas y toman por asalto las veredas para fumar tabaco negro sin filtro y conversar a garganta herida, los niños le pegan a unas peloticas de hule con un bate de béisbol y los jóvenes aprovechan la impunidad de la penumbra para llenar de piropos a las chicas que pasean por ahí demostrando que los ángeles existen y tienen la irrefutable anatomía de una mulata.


Falso de toda falsedad, me repito: La Habana vieja nada tiene que ver con Barrios Altos. En La Habana Vieja hay un policía en cada esquina, un extranjero puede transitar seguro de que nada lo va a pasar a su cámara fotográfica electrónica, así la saque para retratar a un contrabandista que ofrece bibidís de los Chicago Bulls. Y, por encima de todo, en La Vieja Habana se respira una tranquilidad de aire de sosiego, una tranquilidad de altamar que apenas se quiebra con el griterío vocinglero tan esencial a la vida del habitante del trópico. Claro, uno se lleva esta impresión y camina a pie peludo y sin prejuicios, porque si llega en cambio como turista japonés, trepado en un aséptico bus con aire acondicionado, y ve desde la ventana que cinco crolos de un metro noventa están parados en una esquina dándole a una botella de ron a granel con medio cuerpo desnudo, exhibiendo la musculatura que les ha dejado el servicio militar obligatorio y antimperialista, es natural que te pida que lo saquen de ahí inmediatamente.


—¿Qué volá, acere? —me interrumpe en la calle Osvir, quien luego de explicar que su extraño nombre nació de la cópula entre el de su padre Óscar y el de su madre Virginia, me inicia en el aprendizaje de la jerga básica del joven habanero.


“¿Qué volá, acere?” viene a ser algo así como nuestro “¿qué pasa?” o “¿cómo andas?”. Y “acere” es sinónimo de amigo, camarada, compañero o nuestro criollísimo chochera. En lugar de acere puedes decir también “consorte” o “colega”, remata mientras me sirve en un vaso un poco de su cerveza. Como buen hijo de esta isla, tiene ganas de conversar.


Esta noche el malecón que circunda La Habana Vieja tiene más luz que de costumbre porque un crucero canadiense ha arribado a la bahía y de sus compuertas deben bajar muchos dólares que los cubanos jacarandosos de pierna suelta sabrán aprovechar. Aquí a las jóvenes que andan a la caza de gringos para el negocio carnal, o simplemente para pasar una noche de rumba en alguna discoteca para turistas, se les llama “jineteras” o “jineteros”. Osvir es uno de ellos. Yo, por mi parte, le cuento que en el Cusco, ombligo del mundo y orgullo máximo del Perú, sus colegas peruanos se hacen llamar “bricheros”, de la palabra inglesa bridge, que significa puente: o sea que de lo que se trata es tender puentes interculturales entre los pueblos. A Osvir le causa gracia mi comentario, y ya en confianza —esto es un decir, porque la desconfianza y el recelo no parecen existir en el vocabulario del cubano— llama a dos de sus amigos de aventuras: Elianne, una adolescente rubicunda de caderas de negra cuyo nombre se pronuncia igual que Elián, el niño náufrago que los Estados Unidos no quieren devolver a Cuba, y Facundo, un tipo más bien mayor, algo barrigón, de unos treintaipico años, y que, según dice, trabaja de día como profesor de inglés en una escuela pública. Queda claro que ambos, Elianne y Facundo, son también jineteros.


—Ven pa’cá, muchacho —empieza a responder Facundo a mi pregunta de por qué él, siendo profesional, se dedica también al deporte de cazar gringas—. Yo no soy un descontento del sistema, pero te quiero decir que aquí los que más fregados estamos somos los profesionales. El Che hablaba de la recompensa moral que uno recibe cuando trabaja para la Revolución. Pero la recompensa moral no da para comer, ¿ya tú me oíste? Entonces, colega, ¿qué puede sentir uno cuando se ha pasado la vida estudiando para ser alguien mejor, un hombre nuevo, y al final resulta que cualquiera que no ha hecho nada por su vida vive mejor que tú, o peor, que así te esfuerces por hacer bien tu trabajo, el que está a tu lado y es un haragán recibe todos los meses el mismo sueldo?


—O sea, que se muera Fidel —me atrevo a decir, hincando a ver qué tipo de sangre sale.


—Ah, no, eso sí que no, chico —me interrumpe Osvir, que ha estado escuchando la conversación sin que por un minuto se le perdiera de vista cuanta mujer pasaba por su lado—. Ahí sí que se nos acaba la patria: los que están allá arriba, ¿tú me entiendes? Los renegados de Cuba que viven en Miami, la mafia esa, están esperando que se muera Fidel para venir a comprarnos la patria completica. Y ahí sí que Cuba deja de ser pa’ nosotros.


—Un amigo me decía hace poco —interviene Facundo— que él estaría feliz si el gobierno le permitiera comprar una casa en Varadero o en la montaña, chiquitica nomás, para poner un hospedaje para turistas. Y yo le dije: óyeme bien, chico. ¿Qué? ¿Estás tú loco? El día que el gobierno le ponga precio a las bellezas que tiene este país, ni tú ni yo ni nadie que viva aquí, a no ser que sea músico, va a poder comprar ni un pedacitico del jardín de su casa.

***

Cuba es un país complejo que uno no acaba de entender. De la isla se regresa con más preguntas que respuestas. Una de ellas, la más insistente de todas, la que no deja de producir un síncope en el miocardio, es qué va a pasar con este país hermoso, de gentes más bellas todavía, cuando al gobernante más antiguo de esta época se le acaben las fuerzas —o se las arrebaten de cuajo— para seguir dándole la batalla a una historia que no por injusta deja de ser la historia de los tiempos modernos.


Queda, sin embargo, la esperanza que flota en las tibias aguas de la bahía: si hay algo que los cubanos odian más que a la ex-Unión Soviética, que los condenó a 30 años de aislamiento, es a los Estados Unidos de Norteamérica, a los que ven como el verdadero culpable de sus desgracias. El drama del niño Elián González no ha hecho más que alimentar este sentimiento. Entonces, la gran mayoría de los cubanos, para bien suyo, mira más a Europa que a su norte inmediato. Aspiran a un modelo de sociedad que no se parezca al capitalismo de hambruna, ignorancia y discriminación que predomina en el resto de América Latina. En verdad, a los peruanos, con McDonalds y grifos ultramodernos, no nos envidian ni un pelo. Y, de eso sí estoy seguro, tienen razón.

*Texto publicado en Día a día (2006).

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