Por Camilo Ruiz Tassinari 

El régimen político sorteó las que por un momento parecieron ser las elecciones políticamente más volátiles desde 2006 o tal vez desde 1988. La amenaza de boicot magisterial no se concretó gracias a una combinación de tres cosas: esa política no cuajó entre la mayoría de la población, descontenta con el régimen; el gobierno aisló y dividió al magisterio al cancelar la evaluación de maestros —para, tan pronto haber obtenido un resultado positivo en las elecciones, echarse para atrás—; finalmente, buena parte del sur del país fue militarizado. Si no se desató la violencia que varios temían, las de 2015 fueron unas elecciones marcadas por la militarización y el asedio a activistas (por lo menos uno de ellos, en Tlapa, murió).

Lo que sigue no es un sesudo análisis estadístico de las elecciones. Me limitaré a señalar tres puntos, en el marco del panorama más general de la disputa entre fuerzas electorales y no electorales.

1). Triunfó el partido de los sin partido

Tanto Lorenzo Córdova como Peña Nieto felicitaron el pueblo de México por el gran éxito de esta nuestra fiesta cívica ¡46 por ciento de participación electoral! ¡Dos puntos más que hace seis años! En algún lugar leí a un articulista idiota que decía que con esto México llegaba al mismo nivel de participación electoral que el primer mundo. Según él, eso significaba que tenemos una democracia madura.

En realidad, tenemos todos los problemas de una democracia decadente pero que nunca alcanzó el más mínimo nivel de madurez. El mismo día que en México, Turquía también tuvo elecciones intermedias. La comparación es útil porque Turquía y México son extremadamente parecidos en muchas cosas: nivel socioeconómico, tamaño, demografía, trayectoria política, etc. En Turquía votaron el 88 por ciento de las personas. La conclusión es transparente: en México, ninguna opción política provoca entre la mayoría de los ciudadanos el suficiente interés como para llevarlos a las urnas.

2) La victoria del PRI es pírrica

Es cierto que, comparado con los últimos tres presidentes (todos, desde Zedillo, habían perdido la mayoría en la cámara tras las intermedias), Peña Nieto obtuvo un resultado menos negativo. El relativo triunfo de su coalición adquiere un relieve mayor a la luz de los escándalos de los meses pasados: Ayotzinapa, la Casa Blanca, etc. Varios analistas pensamos que el electorado castigaría más al partido del presidente, en vista de que su impopularidad alcanzó niveles históricos en meses pasados. En realidad, sólo un análisis región por región permitiría tal conclusión. En ciertos estados, especialmente en los más urbanos (Jalisco y Nuevo León), el PRI fue duramente castigado. En los que salió victorioso, la explicación hay que buscarla en el voto castigo a los partidos que gobernaban (como al PRD en Guerrero).

Pero la ventaja relativa que tendrá el presidente en la cámara se debe ante todo a una estrategia tramposa, que dice mucho sobre la impotencia de las instituciones electorales ante el cinismo de los grandes partidos: hace varios meses que el círculo dirigente del PRI se dio cuenta de que con mucha suerte llegarían al 30 por ciento de la votación, así que decidieron simplemente inflar al Partido Verde, que durante meses se burló del INE. Ese 7 por ciento es el que hará la diferencia durante los siguientes tres años.

3) Morena no es Podemos

(Aunque si lo fuera, en términos electorales, habría que oponérsele con la misma vehemencia). Los miembros del nuevo partido de López Obrador se ven como la variante latinoamericana de esos grandes movimientos ciudadanos del sur de Europa que han hecho colapsar al régimen tradicional de partidos. Ese no es el caso de Morena, que no se puede definir como un movimiento anti-sistémico.

Podemos y Syriza comparten tres características esenciales: surgieron directamente de movimientos sociales, de cuya dirección estaban por definición excluidos los miembros de los partidos tradicionales. Su horizonte político y la fuente de su popularidad es el anti-neoliberalismo. Podemos y Syriza además galvanizaron al electorado y llevaron a las urnas a personas que tradicionalmente nunca votaron: la tasa de participación se ha incrementado substancialmente. Su ascenso electoral tuvo como consecuencia directa el colapso de las otras fuerzas de la izquierda (no sólo de los partidos socialdemócratas, sino también de los partidos comunistas). Es posible decir que Podemos y Syriza son hegemónicos en la izquierda en sus países.

En México ninguna de las tres condiciones anteriores se cumple: Morena no sólo no surgió de ningún movimiento social, sino que se ha enfrentado a los principales. En Guerrero, centro de la insurgencia campesina y magisterial, Morena tuvo un resultado desastroso a pesar de la debacle del PRD. Esto tiene una razón simple: los guerrerenses saben que Morena estaba enquistado en el gobierno estatal de Aguirre, vía Lázaro Mazón. Cuando el Peje fue a Guerrero a hacer campaña, miembros del Movimiento Popular Guerrerense interrumpían sus actos, recordándole de su responsabilidad en la masacre de Ayotzinapa. En pocas palabras, Morena no tiene ninguna influencia sobre el MPG, ni sobre las secciones más luchonas dela CNTE.

En materia de política económica, los lopezobradoristas tampoco tienen un programa anti-neoliberal ¿Cuándo fue la última vez que se le escuchó al Peje que va a, por ejemplo, cancelar el TLC, o doblar el salario mínimo?

Su espacio político, finalmente, es el mismo que el tradicional del PRD. Morena no moviliza a sectores nuevos. Entre ellos (y MC) se repartirán a ese 15 por ciento del electorado que en sus mejores momentos votó por AMLO. A la mayoría silenciosa que no vota, Morena no tiene nada que decirle. En el norte del país no tienen absolutamente nada. Se volverá parte del panorama político, sí. Y con suerte ganarán el GDF. Pero de Los Pinos se pueden olvidar. 

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