¿Cómo es la vida de los hombres que cuidan ferrocarriles en el noreste de México?

Por Daniela García

Los asaltantes han logrado burlar la seguridad del tren y están saqueando un vagón. Hurtan estéreos de carro, llantas, piezas de metal y todo lo que pueda venderse a buen precio en el mercado negro. Sólo dos de ellos alcanzan a colarse al tren que cruza la zona metropolitana de Monterrey. Avientan el botín por uno de los flancos de la locomotora para que ruede por el barranco que queda a un costado. Mientras, al otro extremo se desata una batalla campal entre sus compañeros y los trabajadores de la empresa de seguridad que vigilan el paso del tren por la ciudad. Los guardianes dejan de lado sus estorbosas macanas y el gas lacrimógeno; esto se hace a puño limpio. Las armas favoritas de los asaltantes son las piedras y pedazos de metal tirados a un lado de las vías. Los cascos de los guardianes los protegen un poco, pero también les nublan la visión. Uno de los maleantes encuentra un arma más poderosa. Toma un pesado block de cemento y lentamente camina en busca de algún enemigo distraído a quien golpear. Deja caer su arma improvisada sobre la cabeza de un guardián, luego corre sin voltear a ver el daño que ha hecho. Los demás asaltantes toman su huida como una señal y empiezan la retirada también. El guardián yace en la tierra, bañado en su propia sangre. Es un joven de Saltillo. El tren continúa con su viaje hacía las puertas de la ciudad, cruzando por el municipio de Apodaca mientras los guardianes intentan salvar al caído. Le brindan primeros auxilios y llaman a sus superiores; urge una ambulancia.

I

trenes1aSergio Ramos fue cuidador de trenes durante poco más de cinco años, y aunque ha pasado casi una década desde la noche en que uno de sus compañeros fue golpeado con un block de cemento, lo recuerda claramente.

—¿Qué pasó con el chico después?

—Se lo llevaron a vivir a la central, ahí en las oficinas, que porque ahí iba a estar más a gusto, más cómodo. Después regresó a trabajar con nosotros, pero se mareaba y se caía y así… Ya después se fue de vacaciones a visitar a su familia en Saltillo y nos hablaron pa’ decirnos que se había puesto mal, y a los quince días que se había muerto.

Su vida como guardián de trenes empezó en 2003, cuando una empresa de seguridad privada visitó el municipio de Linares, Nuevo León, de donde es oriundo. Sergio vivía con su mamá y estaba buscando trabajo cuando se enteró de la oferta. Captó de inmediato la atención de los reclutadores por su estatura y porte.

Como era el caso de muchas empresas en aquella época, la sede del grupo de seguridad se encontraba en Monterrey, pero los directivos se dieron cuenta rápidamente de que no convenía contratar regiomontanos nativos o gente que viviera en la ciudad ya que eran más propensos a tener amistad con los maleantes que intentaban robar los trenes. Así que los guardianes empezaron a llegar desde diferentes partes de la república: Chiapas, Oaxaca, Veracruz, entre otros lugares. El reclutador le explicó que era una labor sencilla: sólo tenía que cuidar que nadie se subiera al tren y, en caso de que alguien lo hiciera, pedirle amablemente que se bajara.

—Tú nada más les dices que no pueden estar ahí y ellos se van a bajar, tanto ladrones como migrantes.

La idea parecía tentadora. Le dieron un pase directo a Monterrey con casa y comida incluidas, además de un sueldo de 3 mil pesos quincenales —decente para aquel entonces— y un bono de mil 800 pesos por asistencia y puntualidad. En su primera noche como cuidador, un ladrón se metió a uno de los vagones por un hueco. Sergio intentó pedirle que se bajara.

—¡Eh! No puedes estar aquí… Bájate, por favor.

El otro contestó aventándole piedras, luego saltó del tren en movimiento con el estéreo de un carro que iba en las góndolas. No era tan fácil como se lo pintaron.

—Nombre, ellos no se querían bajar. Tenían años robando los trenes y de repente llegamos nosotros a cuidarlos, verdá… Nos tenían mucho coraje y nos empezaban a aventar cosas y piedritas para que nos fuéramos. Aparte, no nos habían dado nada para protegernos… Nos dieron una camisa y ya, trépate al tren. Luego vieron que había muchos heridos; rasguños y descalabrazos y así. Nos dieron macanas y cascos y hasta gas… este gas… lacrimógeno. Claro que ya a la hora de los madrazos ya ni los usábamos, verdá… Namás nos estorbaban para golpear y así.

Mientras explica con ese marcado acento norteño que tienen los de Linares, Sergio manotea el aire, como si viviera los golpes de nuevo.

trenes5A los 15 días de haber empezado a trabajar como guardián, Sergio fue transferido al área de “custodio”, es decir, a cuidar la mercancía que viajaba de Saltillo, Laredo y Matamoros a Monterrey y viceversa. Las góndolas transportaban hasta 15 carros cada una, cinco por nivel, y la única manera de ingresar era por la parte de arriba, mediante una compuerta. Los guardianes permanecían o bien sobre el vagón o dentro del mismo, colgados de un arnés entre los carros transportados, mecidos constantemente por el movimiento del tren. El trabajo era el mismo: agarrarse a golpes con los asaltantes de trenes que se trepaban a saquear. La única diferencia era que iban montados sobre la locomotora y debían viajar con ella a través del noreste del país, de noche, sumidos en la oscuridad y sin muchas distracciones. A veces, cansados y aburridos, se colgaban de los arneses y dormían, arrullados por el movimiento del monstruo.

El letargo y las largas horas los obligaban a buscar cómo divertirse. Bromas y empujones eran lo más común. Un día uno de los guardianes pensó que sería gracioso echar gas lacrimógeno en la góndola donde iban todos colgados, creyendo que alcanzaría sólo a unos cuantos. Para cuando se treparon los asaltantes, todos seguían prácticamente ciegos, rascándose los ojos e intentando dar manotazos a los maleantes.

II

Cuatro meses después, la altura y anchura de Sergio volvieron a ser factores decisivos en su profesión. Fue transferido al área de “oficina”, aunque de oficina tenía poco su labor. Reunieron a todos los guardianes y escogieron a los que se veían más “fuertes”; Sergio dice que fue a los que tenían más “personalidad”. Les explicaron que los iban a transferir a la “oficina” y que eso implicaba nuevamente cubrir el área metropolitana de Monterrey. Claro que los que se negaran podían pasar de inmediato a recoger su finiquito. Sergio se animó. Ahí estuvo poco más de cuatro años.

Los mandaron a vivir a unas casitas (las mentadas “oficinas”) junto a las vías del tren en dos sectores de Apodaca: Fomerrey 30 y Carmen Romano.

—Ahí nos tenían todos amontonados. Ni siquiera estaba acondicionada la casa esa… No había cortinas en el baño y se veía todo pa’ fuera. Llegaban los policías a decirnos que no nos bañáramos ahí porque se veía pa’ fuera.

Tenían camas, cocina y baños. Ahí vivían todos juntos, esperando la llamada de la central por radio que anunciaba la llegada del tren a la ciudad. Entonces pasaba un camión por ellos y los llevaba a la zona caliente. Ahí se acomodaban 50 hombres a cinco metros de distancia cada uno y cuidaban que los asaltantes no destruyesen las válvulas que mantenían al tren en movimiento. Todo ocurría bajo la mirada atenta de los vecinos que esperaban ansiosos el descuido de algún guardián para empezar a atrapar las cosas que aventaran los asaltantes por el barranco.

—Era casi un negocio familiar —recuerda Sergio entre risas—. Todos, hasta las viejitas, salían a pescar las cosas que nos robaban.

III

trenes2Ese mismo mes, Sergio tuvo su primer encuentro con “las moscas”, personas que se trepan al tren y lo usan para viajar de a gratis. Migrantes.

—¿Por qué les decían moscas?

—Pues no sé… Porque iban ahí colgados como moscas, yo creo.

¡Ahí va una mosca en el vagón cinco, pa’que lo bajen!”, gritaba el supervisor. A veces los trepaba en una camioneta con algunos guardianes, los golpeaba y, ya semi-inconscientes, los aventaba a otro tren sin importarle a donde se dirigiera. Otras veces, cuando estaba de mejor humor, se los entregaba a “la migra”. Pero cuando el supervisor no estaba, Sergio y sus compañeros los llevaban a su casa a limpiar, cocinar o encargarse de cualquier otra labor doméstica que tuvieran pendiente, y después de unos días los ayudaban a treparse a otro tren rumbo a su destino. Los migrantes eran la parte fácil de su trabajo. No reaccionaban con violencia si se les ordenaba que bajaran del tren; en general empezaban a pedir clemencia.

—Nos hacían la llorona ellos. Nos decían: “por favor, no lo vuelvo a hacer”. Pero todos sabíamos que si lo iban a hacer otra vez, verdá…

IV

Después de unos años, Sergio se dio cuenta de que la paga seguía siendo la misma, la comida se repetía semana tras semana y los riesgos del oficio eran demasiado altos. Varios de los guardianes no aguantaban mucho tiempo y la rotación era constante. Sergio se convirtió pronto en uno de los veteranos y llegó a ostentar el puesto de supervisor.

—Pos me hablaron de la oficina, que si quería ser supervisor, pero tenía que ser en la zona norte de Nuevo León… Sí, porque el de allá ya se había ido.

trenes5aLa personalidad de Sergio puede sorprender a quienes se dejan llevar por las apariencias. A pesar de su altura y su semblante serio, es bromista y alegre, con un gran sentido de responsabilidad y la ética. A través de sus años como guardián observó y aprendió de los errores de sus supervisores. En ocasiones llegó a odiar la labor de quienes abusaban de su poder; los que dañaban y golpeaban a los migrantes, esos que aceptaban los sobornos de ladrones y asaltantes.

—Me dieron una troca y un radio. Seguía el tren así, entre brechas y en el monte, pa’ ver que no se parara o así. Iban tres chavos conmigo que me decían que se iban a acercar los malos para ofrecerme dinero que pa’ que se parara el tren. Allá en Los Ramones siempre se paraba el tren… Decían que eran los malitos, que subían y bajaban cosas, que estaban arreglados con el del tren. A veces estaba parado mucho rato, horas…

Cuando llegó por primera vez a Los Ramones para ver por qué se había detenido el tren, se topó con un grupo de hombres de semblante duro. Le dijeron que no podía pasar.

—Pero yo soy el supervisor.

—Me vale madres, aquí no pasas. Date pa’tras.

Sergio, trepado en su troca, no tuvo más opción que darse pa’tras e irse. Observó desde lejos mientras hombres armados subían y bajaban cosas del tren sin preocupación alguna. Pasaron horas. Eran otros tiempos, a principios de la década del 2000, antes de que Felipe Calderón le declarara la guerra al narcotráfico y la inseguridad en el estado de Nuevo León estallara. Las situaciones que vivió Sergio fueron los primeros asomos del narco en la región. Pero aún así decidió permanecer al margen y no meterse; ya le habían advertido los chavos que trabajaban en esa zona como guardianes que “los malitos” estaban arreglados con los chóferes del tren.

—Eh —sonaba el radio mientras Sergio observaba la escena desde lejos—, me andan diciendo que el tren está parado. ¿Qué está pasando?

—No, no sé. Aquí estoy, pero no se ve nada.

V

trenes3Sergio duró cinco años en la compañía. Vivió momentos intensos que le dejaron tanto buenas como malas memorias. Entre las peores están las heridas de sus compañeros. Algunos intentaban subirse al tren para agarrar ride y se caían, descalabrándose; hubo hasta miembros apuntados. Uno de ellos se fue de jarra en su día libre. Para regresar quiso agarrar al tren, como lo hacía seguido, pero la borrachera lo tumbó y el tren le cercenó el pie.

—Tiene su maña subirse —explica Sergio mientras mima con pies y manos la escalada del tren—. Como lleva vuelo, pues te vas. La onda era correr, agarrarte y dar el primer salto y amacizarte del brazo. Le haces así y te sueltas y ya te vas pa’dentro.

En una ocasión a Sergio le tocó ver otro chavo que cayó y quedó “ahí todo mochadito, grite y grite bien gacho”.

También había bromas, chistes internos y camaradería. Recuerda a una señora que contrataron para encargarse de las labores domésticas y que al poco tiempo se enamoró de otro de los guardianes, un hombre maduro y enojón. A veces se quedaba con ella en lugar de ir a trabajar, y pronto la señora dejó de hacer su trabajo también para encerrarse con él en el cuarto.

Un día llegó un repartidor en motocicleta para entregarle una medicina.

—Oiga, ¿para qué es esa medicina? —le preguntaron al motociclista.

—Pues… es para cuándo ya no se puede…te tomas las pastillas.

Tardaron un rato, pero entendieron que era viagra. El señor pasó buen tiempo enojado con ellos. Se ponía furioso cada vez que le recordaban que “ya no podía”.

Sergio Ramos dejó de resguardar trenes hace algunos años.

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