Recuerdo perfectamente esos domingos, tendría yo unos 5 años, caminaba por las calles de la colonia Independencia mascando chicles americanos que vendían mi padre y mi madre en el lugar que les prestaban los que organizaban a los oferentes del Mercado San Luisito. La aventura para mí era buscar juguetes y figuras extrañas que regularmente no me compraban; me gustaba bajar hasta la calle Moctezuma (antes de que se la tragase Morones Prieto, esa avenida caótica y e ingobernable de nuestros días) a ver los puestos donde ofrecían vinilos maltratados, fierros viejos, libros deshojados, casetes, y demás. “Basura para unos, tesoros para otros” se diría por allí.

En la calle Querétaro mi abuela tenía su puesto de ropa usada para niños, un giro exclusivo del mercado; trabajaba su puesto los domingos porque para ella el concepto de descanso no existía. Recuerdo a mi abuela mandarme a feriar los billetes de cinco mil y diez mil pesos con un señor llamado Manuel, un hombre flaco y de voz aguardentosa, que al sonreír mostraba su dentadura podrida, amarillenta y negra, resultado del haber fumado toda su vida; tenía su catre con ropa vieja y usada en una de las entradas laterales del mercado Díaz Ordaz, y una mesa con cajetillas de cigarros y chicles Clorets, “a mil pesos lo que guste de allí del catre”, decía. Yo no sabía de administración, ni de cuánto valía cada cosa, lo único que me quedaba claro es que nunca acompletaba para comprarme algo; cada quien vendiendo sus chácharas, cada cual a su ritmo, pero siempre como una comunidad, siempre ayudando al de a lado, en la chinga de andar entramando fierros y lonas para que no nos pegara tan duro el sol.

Avanzaron los 90, y con ellos la alcaldía de Benjamín Clariond y los proyectos de la ampliación de Morones Prieto. A todos los oferentes se les ofreció reubicarse en el lecho del río Santa Catarina, muchos estuvieron de acuerdo, muchos otros más en contra, algunos otros decían que no iba a ser lo mismo, pero al final, el viejo mercado San Luisito se transformó en lo que muchos después seguimos conociendo como La Pulga del Puente del Papa. Mi abuela decidió seguir trabajando su puesto de ropa, mi madre y mi padre decidieron ya no seguir con su puesto de dulces americanos. La Pulga fue creciendo, se fue llenando de oferentes que mercadeaban todo tipo de cosas: los fierreros, los que vendían fayuca que traían de Laredo, los que vendían tenis de marca, los sonideros que vendían casetes con música vallenata (con saludos incluidos), puestos de ropa usada, de antigüedades, videojuegos, no había cosa que no pudiera uno encontrar en ese lugar.

En 1992 mi padre falleció, ya no había quién manejara el viejo Renault lleno de pacas de ropa y estructuras de metal. Mi abuela nunca quiso dejar de trabajar, convenció a mi tía Catalina de llevarla los domingos a La Pulga, y así pasaron cuatro o cinco años. Los años cobraron factura, y mi abuela decidió ya no ir más a vender en su puesto, mi tía decidió continuar con la tradición y mantener su puesto de ropa usada algún tiempo más. Por muchos años deje de asistir a La Pulga; la adolescencia y los conflictos que uno padece en esos años me encaminaron por otros lugares. A finales del 2008, en una plática familiar, surgió la idea de vender el lugar de mi abuela en el Puente del Papa: ya no había ni fuerzas, ni ganas para poderlo mantener. Por nostalgia más que por ganas de trabajar, le dije a mi familia que ese puesto no se vendía, que era parte de una tradición, que era parte de nosotros, una parte de la historia de Monterrey, y que yo iba a ir a vender; y así como los viejos oferentes en los 80, nos lanzamos mi novia(ahora esposa) y yo, con unos cuantos miles de pesos en la bolsa, a Hidalgo, Texas, a buscar chácharas, a traer un algo que mantuviese viva la tradición. Regresamos con lámparas, con tenis, con ropa, con peluches, con figuras de acción coleccionables, con posters, con lo que se nos puso enfrente.

Llegamos un domingo con nuestras cosas, todo seguía casi igual de como lo recordaba: el de los videojuegos ya no tenía juegos de Súper Nintendo, ahora vendía juegos usados de Xbox; Don Efraín, el señor que vendía trenes y chamarras deportivas usadas allí seguía; el rockero que nunca supe cómo se llamaba y que tenía sus vinilos viejos a todo volumen; los sonideros ya no vendían casetes, pero allí estaban, con la música vallenata ambientando los pasillos y el ir y venir de los compradores. Los mismos personajes, adaptados a los nuevos tiempos. Seguía siendo aquella comunidad de matices, de historias, del “aguas porque te vuelan la cartera”, el sustento de miles de familias regiomontanas. Mi abuela, con sus ya casi 80 años, nos pidió un día que la lleváramos, ella quería trabajar, volver a ver a su querida Pulga; días antes de un domingo la vimos cosiendo sombreros de estambre para vender, y tal como si se hubiese echado hacia atrás una película, allí estaba ella, sentada, saludando a sus viejos conocidos, cansada, pero gustosa de sentirse recordada y querida.

Un domingo de marzo o abril del 2010, mi madre, mi abuela y mi hermana se fueron a vender a La Pulga; había que estar a las ocho de la mañana con todo ya instalado porque allí se empezaba a trabajar desde temprano. En esa ocasión les dije que yo las alcanzaría al mediodía, porque el día anterior me iba a desvelar y quería descansar un poco. A las diez de la mañana sonó el teléfono de la casa, era mi madre, sonaba nerviosa, y me dijo: “Hijo, te tuve que hablar porque está pasando algo aquí en La Pulga y no sabemos qué hacer”, le pregunte que pasaba y me dijo: “Nos vinieron a avisar que ya llegaron pues…tú sabes…los malitos…y le están pidiendo dinero a todos los compañeros…dicen que a la gente como tu abuela la van a respetar por un mes, y que les van a cobrar nada más la mitad de la cuota…no sé qué hacer, ¿qué les digo?”; en esos momentos me sentí preocupado, enojado, impotente; la ola de violencia que azotaba a la ciudad por fin nos había alcanzado. Rumbo a La Pulga, en el camino, mi novia y yo escuchábamos en la radio la nota de algún noticiero: “Despliegue de elementos federales y militares en La Pulga del Puente del Papa”. Llegamos directamente al puesto, estaban mi abuela, mi hermana y mi madre sentadas tranquilamente vendiendo las pocas cosas que traían. Me platicaron que los compañeros se enteraron rápidamente de lo que estaba pasando, se organizaron, y que aun y con el miedo que a la mayoría nos embargaba por esos tiempos, decidieron hacer la denuncia a los militares, los cuales rápidamente acudieron a La Pulga y arrestaron a tres o cuatro sujetos que eran los que habían llegado a cobrar la cuota. Lo poco que supimos después fue que esas personas dijeron que ellos sólo habían recibido órdenes de ir a pedirles dinero a los oferentes. No se volvió a escuchar nada más.

El mes posterior fue de tensión, se escuchaban por los pasillos muchas historias de lo que podía pasar al habernos negado a colaborar con los malitos: “¿Y si un día vienen y nos tiran una granada desde el Puente?”, “Dicen por ahí que un día de estos nos van a quemar todos los puestos. Yo mejor me voy a ir llevando mis cosas, no vaya a ser”. No pasó nada.

Se llegó mayo y nos tocó ir al desfile del Día del Trabajo(como oferente uno tenía que estar agremiado a la CTM o a la CROC), pero por malos entendidos terminamos no asistiendo, así que el domingo siguiente nos tocó recibir, a mi madre y a mí, el regaño por parte de El Rusty, un señor mal encarado que organizaba a una parte de los oferentes: “Tu eres de los que están empezando, no te digo nada más por tu abuela, pero no hay que faltar compañero, que no vuelva a pasar, allí nos vemos el próximo año, vámonos a trabajar” termino diciendo.

Un miércoles de finales de junio de ese mismo 2010, me toco descansar en mi trabajo. Eran las nueve o diez de la mañana, llovía a cantaros; el huracán Alex nos daba los buenos días. Prendí la televisión y sintonicé uno de los noticieros locales: lo primero que vi fue un Río Santa Catarina enfurecido, reclamando los cauces que por naturaleza le pertenecían, tragándose todo, entre ello, nuestra querida Pulga. Fui al baño, me lave la cara, y me dirigí a la cocina. Estaban mi abuela y mi hermana sentadas a la mesa; yo también me senté y estuvimos en silencio por un rato. Recuerdo lo que le dije a mi abuela: “Vea usted eso abuela, ¿puede creerlo?”, y ella me contestó: “Se terminó. Pero como dice el dicho ‘Todo por servir se acaba’ mijo, todo por servir se acaba”.

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