Por Gerson Gómez

La esencia es momento fugaz.

Demasiado alto para quedarse en casa mirando en los ventanales de la televisión. Sentarse en el escalón bajo de las transmisiones piratas vía internet: engañarte en tus propios sentimientos. Asistir al estadio, ser partícipe del partido de futbol soccer semanal es teoría abstracta optimista en la aldea global. Pueden invadirnos ideas románticas y poco prácticas, auxiliadoras al momento de encontrar el tesoro: el boleto de entrada. Una conversación lleva a la otra: ¿quieres ir al partido? Fernando me regala dos boletos. El cristal de la mayoría galvaniza el intelecto: la decisión está tomada. Ante la petición inesperada, el gran tópico del acompañante adecuado. En la filosofía de la educación infantil lleva mano mi hijo. Aparcado, detrás de su sonrisa, le trato de revelar el secreto del amor a los colores universitarios. Imposible llegar a un acuerdo. Envuelta su atención en el iPad. La frase sumaria: el futbol es muy aburrido. Tuerzo la boca con intensidad. Me alejo cabizbajo, recorriendo la lista de contactos del celular. Sin demasiados cambios dramáticos, elijo uno de ellos. He desarrollado una técnica infalible, desafiadora, sin exigir demasiados preparativos. ¿Vamos a ver a los Tigres? Casi media hora después, el Comandante Aguilera, en su auto, pasa a casa. Uniformados con el catálogo de añoranza: mi camisa del contención Fabián “el Ruso” Peña y él de Antonio Sancho. Ambos jugadores de época. Compartieron la misma posición. Enfilamos por Cuauhtémoc al norte, colocando las conversaciones en orden, algunas semanas sin coincidir. Evadimos los pasadizos circundantes de la Ciudad Universitaria. Instalamos el auto en las calles de la colonia Anáhuac. Del odioso embotellamiento en la hora de salida. Con el ejército de caminantes enfilamos en flujo regular rumbo a las instalaciones. Al cruzar el muelle de acceso, reconocemos el verdadero potencial del fanatismo. El asunto serio es soportar la locura, desde el inicio del cotejo. Los periodistas deportivos son benévolos embajadores del ritmo. Les escucho embobado, al zambullirme en las ondas eléctricas de la radio. Mis ojos, esa herramienta aún funcionando, retozan en las oportunidades de ofender del rival. Cae primero el gol visitante. El golpe es certero. Nuestro ánimo no decae. A medio tiempo gruesas y tupidas nubes van cercando el horizonte. Parece descorrerse la identificación de una tarde de lluvia. El viento húmedo se acerca. Con el marcador adverso, me sorprendo dispuesto a no abandonar este campo de concentración. Tal vez, ya fanatizado, he desarrollado el Síndrome de Estocolmo. Es muy sugerente quedar callado. Se rompe el manto de la noche. Diluvia. El vendaval balsámico para olvidar la época de secas. Avestruces disfrazados de felinos en plena borrasca, en la tormenta, se escoden en los túneles y en los pasillos techados. Hasta en los sanitarios.

Algunos, inamovibles, permanecen en el frente de batallas. Colocan debajo de sus atuendos las cervezas. Podrías subir a una canoa y cruzar por entre las butacas. Seguir brincando para entrar en calor. Camino pesadamente, empapado, a la vuelta de una hora. Dos cuartas partes del aforo se han marchado. Consulto el remanente de la fuerza. Una cerveza más y nos vamos. En el momento de la verdad patidifusa, los jugadores y los árbitros salen a la cancha a completar la faena. Se agranda el marcador adverso dos ocasiones más. He podido sobrevivir a los cristalinos deseos del caprichoso balón. Acompañado por el destello de coraje (vergüenza profesional le llaman algunos), acortamos el marcador dos veces. El tiempo es el enemigo a vencer, como lo ha sido la tormenta. En la vida real, el tropiezo nos vivifica. El conjunto auriazul se encamina disparando hasta acertar por tercera ocasión. Estar en casa es no mostrarse compasivo. En la algarabía, la celebración de su amor, dando tumbos, algunos espectadores caen de sus asientos y espacios. Estacionando varias hileras más abajo. Anestesiados se reponen. Abrazando a los desconocidos compañeros. Han reescrito el torpe final de la novela. Lo comparten en las redes sociales. Mostrando las instantáneas iluminando el afecto. La nueva luna de los buenos augurios. El árbitro utiliza la ocarina. Suspiro elevando el espíritu. Los asistentes evadimos quedar a la deriva, de regreso hasta el auto. No existe tráfico. Todo fluye. Llegamos a buen puerto. Contentos. Satisfechos.

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