Por Alejandro Medina

Ilustración por Sin Fronteras Colectivo de la serie ‘Ayotzinapa 4 meses’

Me tardé unos minutos en despertar. Despacio fui cediendo a la tenue melodía de lo que parecía ser unos cilindros de bambú chocando levemente unos con otros con la fuerza del viento. En el fondo se escuchaban las canciones agudas de los pájaros. Fue hasta el momento en que abrí los ojos y vi el tintineo azulado en un cuarto completamente oscuro que identifiqué que lo que me había despertado había sido el tono pre-configurado de mi celular Nokia.

Esta melodía, bautizada por Microsoft como “Aves del Bosque”, mitigaba la realidad de una ciudad de Valladolid invadida por los ruidos de los camiones y los escapes de automóviles alterados para generar más ruido, según lo dictaba la moda Rápido y Furioso. Yo prefiero los sonidos artificiales brindados por mi dispositivo móvil que aquellos emanados por la matutina naturaleza humana.

Me lavé la cara, me puse mis blue jeans y salí del hotel mientras devoraba un plátano. Se me estaba haciendo tarde. Tomé la pick-up y me dirigí hacia Chichimilá, un pueblo a escasos diez minutos al sur de Valladolid, en el centro de la península de Yucatán. Salí de la ciudad y me encontré transitando por un túnel de árboles de flores rojas. Flamboyanes, árboles de lumbre. Cruzando la explanada del pueblo de Chichimilá tomé un camino de tierra. Llegué a la reja de madera y divisé el letrero que estaba buscando: “Luum Ayni”. Cuando me acerqué un poco más, vi que él ya me estaba esperando.

Había conocido a César Hernández el día anterior, en la tiendita ecológica que manejan él y su esposa Lisa en el centro de Valladolid. Allí me mostró los productos orgánicos que traían de su rancho en Chichimilá: miel de abeja, barras de cacao, pan horneado cada mañana y un sinfín de mermeladas hechas por Lisa. Nos sentamos en una mesa y conversamos durante largo rato. A pesar de su charla pausada, su tono de voz moderado y su pelo ligeramente largo, César no cumple con los estereotipos de un hippie que quiere irse a vivir al monte por fines espirituales. Para comenzar, descubrí que su enfoque sobre la permacultura y la vida sustentable carecía de un sentido religioso o dogmático: “A mí no me gusta agarrarme de las manos con otras personas y cantarle a la Madre Tierra”. Me explicó el significado de Luum Ayni, que une la palabra “Luum”, Tierra en maya, y “Ayni”, un concepto adquirido de los Incas que se refiere a la armonía y la reciprocidad. Continuamos conversando y terminó por pedirme que lo acompañara el siguiente día a su rancho.

César salió de Perú a los diecinueve años de edad para ir a estudiar diseño gráfico en Europa. Después de pisar varios países, terminó por asentarse en Suiza, donde vivió durante diecisiete años y donde actualmente residen sus hijos. Trabajó como diseñador para revistas y periódicos de distintos lugares del mundo, estaba conectado a Internet las 24 horas del día y monitoreaba las noticias mundiales en todo momento al grado de que se enteró de la caída de las Torres Gemelas antes que sus amigos neoyorquinos. Dejó de lado todo cuando se le presentó la oportunidad de abrir un hotelito en Isla Mujeres con Lisa, una instructora de yoga y guía turística que perdió el derecho de usar el pasaporte austríaco al nacionalizarse como mexicana. Desde el 2010 viven en un rancho a las afueras de Chichimilá, Yucatán. No tienen televisión, su electricidad es potenciada por energía solar y cultivan casi todo lo que consumen.

El sol comenzaba a pintar las hojas de los árboles. El camino nos guió hasta una casa austera que mis anfitriones construyeron con sus propias manos. Mientras cruzábamos una estancia pude ver los tragaluces hechos de botellas de vidrio. Pasamos al comedor, donde desayunamos pan con mermelada de piña y plátano, café y terminamos con unos huevos a la mexicana temperados con curry. José, el chavo que trabaja con César en el mantenimiento del rancho, bebía un jugo de naranja. Normalmente José estaría bebiendo Coca-Cola, como acostumbran hacerlo una buena parte de las familias mexicanas, pero desde que trabaja en Luum Ayni se ha tenido que acostumbrar a los alimentos naturales.

En la sobremesa conversamos un poco sobre el boceto organizacional que tendría la aldea comunitaria en Chiapas y luego salimos a conocer el rancho. Conocimos el bosque de árboles frutales, el huerto biointensivo con papa voladora, zanahoria, lechuga, tomate, piñas yuca y luego pasamos por el gallinero. Entendí el concepto de eficiencia y el de maximización de los recursos cuando llegamos a un cobertizo donde se almacenaba una tierra granulada color café. César tomó un puñado y me lo puso en la mano. “Caca y orín. No huele, ¿verdad?”. Tengo que aceptar que, en efecto, no olía para nada. Los deshechos que generaban los almacenaban en unos baños ecológicos que cubrían con aserrín y después de largo tiempo, cuando la materia descompuesta se volvía tierra, lo usaban para fertilizar los árboles frutales.

Antes de irme, César me llevó a un rinconcito donde yacía un tronco común y corriente. Lo levantó y me mostró una estructura de tierra que a primera vista yo hubiera tomado por un hormiguero. “Este es un panal de abejas meliponas. Son originarias de la región y polinizan todo lo que hay en el bosque. A ellas les debemos la reproducción del hábitat”. Las abejas me cayeron bien instantáneamente, no sólo por su valor ecológico, sino porque carecen de aguijón. “Son bien mansitas”, me dijo.

El estilo de vida sostenible que llevan César y Lisa puede significar muchas cosas para ellos, y tendrán sus razones para hacerlo. Sin embargo, hay una enseñanza fundamental que descubrí en esta visita, y la escuché de los labios de César: “En la permacultura aprendes a valorar el fruto de tu trabajo. Hay que hacer un balance entre el esfuerzo realizado y el beneficio recibido. Si algo requiere de mucha energía para dar frutos, es mejor probar algo diferente”.

Uno de los problemas más serios que enfrenta nuestra especie, en expansión y altamente contaminante, es que los recursos naturales que poseemos son finitos, se nos están acabando. En este sentido, producir el mayor número de beneficios usando la menor cantidad de energía (agua, luz, alimento, gasolina, etc.), como lo promueve la permacultura, puede ser un ejemplo a seguir. Bueno, eso si no queremos que los únicos pajaritos que escuchemos en el futuro provengan de nuestros celulares.

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