Por Juan Sordo

Es sábado por la tarde y uno de los equipos locales de futbol juega en la ciudad. A quienes no estamos pendientes del evento nos lo anuncia el aroma del carbón vegetal ardiendo que ya se empieza a percibir en el aire. Ni así caigo en cuenta de que se aproxima el partido. Pero no podré seguir ajeno a éste por más tiempo. En muchas de las casas y departamentos que me rodean la gente ya está atenta a los televisores (y unos cuántos a los receptores de radio).

Repentinamente, las múltiples gargantas se convierten en un solo órgano. Las exclamaciones de sorpresa, repudio o júbilo irrumpen en la atmósfera de la ciudad. Éstas resuenan en intervalos aparentemente caprichosos para quien no sigue las imágenes del juego, pero la situación es inconfundible. Yo no las escucho como señales del desenlace del partido, aunque la larga celebración de un gol o el lamento por una oportunidad cercana que no se concreta son bastante reconocibles. Desde mi punto de oído son la manifestación sonora de un proceso de sintonía sensorial y anímica en el que participan intensamente decenas de miles de regiomontanos.

Se trata del desencadenamiento de emociones en parte inducidas artificialmente por la maquinaria deportivo-mediática y en parte acumuladas durante la semana, transferidas a esa temporalidad particular de un partido de futbol. La energía se libera y genera circuitos que recorren la metrópoli. Pantallas de televisión, radios, ojos, oídos, corazones y sistemas nerviosos forman una red intensamente cargada. Incluso muchos de quienes desdeñan este deporte y denuncian su efecto alienante en la sociedad regia participan en él, ya sea marcando su distancia de los ignorantes, de los enajenados, despotricando por el tráfico pesado en el Tec o la Uni, según sea el caso, o por los bares y restaurantes sin mesas disponibles. La oportunidad del partido los pone en alerta, los involucra en el timing de una ciudad que a su pesar comparten.

La redición semanal de ese patrón aleatorio de gritos ahogados, alaridos orgásmicos y mentadas de madre al unísono es quizás una de las maneras más perceptibles que Monterrey tiene para el ejercicio de sus circuitos masivos de transmisión de euforias, cuestión que, según algunos teóricos, resulta fundamental para el funcionamiento del conjunto social, pues permite mantener en forma la conexión entre una inmensidad de habitantes que rara vez conviven cara a cara. Lo que Benedict Anderson llama una comunidad imaginaria muestra su faceta absolutamente sensorial

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Al llegar a Monterrey en el 99, renté un cuarto en la colonia Estadio, en una planta alta de la calle Jabatos. A las pocas semanas, cerca de ahí, con un modesto equipo de sonido, un payaso intentaba animar una fiesta infantil.

-A ver, ¿quiénes son rayados?… A ver, ¿quiénes son tigres?…

Me pareció un recurso torpe y desafortunado, propio del payaso en cuestión. Era en realidad mi primer encuentro con ese mecanismo polimorfo, tan extendido en la ciudad, que consiste en imaginar a sus habitantes como una afición repartida en dos mitades.

Una ciudad con dos equipos de futbol igualmente populares es un caso poco común. A pesar de ello, mi extrañeza ante la bipartición que desborda las canchas y los días de partido no se ha ido del todo. No logro concebirla como resultado natural de la pasión defendida por quienes la encarnan con gusto y la consideran la división social regiomontana por excelencia, ni de la estupidez denunciada por los que ven en esa misma pasión la causa de todos los males de esta despolitizada sociedad. Su machacante omnipresencia (sobre todo en los medios masivos, pero también en carteles de bares y restaurantes, en todo tipo de productos, en las fotos de novios y en un etcétera infinito) me resulta sospechosa y poco espontánea. Logra, sin embargo, establecer la sensación de que esta ciudad vive en perpetuo clásico.

Pero, como señala brillantemente Juan Villoro en Dios es redondo, al lado de esa simultaneidad en que el tiempo del partido coincide con el de la vida, el futbol es también, por excelencia, un deporte de sobremesa y un terreno fértil para la nostalgia. Sólo que en Monterrey, la obsesión por los equipos locales, eternamente enfrentados, a los que ha de apoyar incondicionalmente, imposibilita la asimilación y la recreación de lo presenciado cada semana en las canchas, ya no digamos en la memoria a plazos largos. El único juego posible en su redundancia nauseabunda es el mensaje repetido de mil formas distintas: somos la mejor afición.

Tardé más en saber quiénes habían sido aquellos Jabatos que dieron nombre a la calle en la que vivía. Fue mi padre, un capitalino afincado en Sonora desde hace 40 años, quien me daría las primeras y por mucho tiempo únicas referencias sobre ellos; Monterrey no acostumbra dar pistas al respecto. ¿Cuántos de los que cada 15 días entonan en los estadios regiomontanos las adaptaciones de cánticos sudamericanos conocen la verdadera historia de ese tercer equipo, que durante algunos periodos jugó en la ciudad? Un equipo que, por cierto, se proponía representar al estado entero y no sólo a la capital. ¿Por qué la historia oficial pretende reducirlo a un mero antecedente de los Tigres? Aunque jugara con ese nombre por un breve periodo, está bien documentada la coexistencia del Tigres actual y de los Jabatos de Nuevo León, lo mismo que los 10 partidos que entre el 69 y el 71 disputaron repartiéndose equitativamente los triunfos. ¿Y si el recuerdo de ese tercero olvidado, el que no recibió la atención del empresariado local y las autoridades, pudiera contribuir a escapar del maniqueísmo futbolero?

“Al llegar a Monterrey en el 99 renté un cuarto en la colonia Estadio, en una planta alta de la calle Jabatos. A las pocas semanas, cerca de ahí, con un modesto equipo de sonido, un payaso intentaba animar una fiesta infantil.

-A ver, ¿quiénes son rayados?… A ver, ¿quiénes son tigres?…

Me pareció un recurso torpe y desafortunado, propio del payaso en cuestión.”

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