Álvaro Méndez, 34 años, salvadoreño, casado, 3 hijos

Ilustración por ‘Sin fronteras Colectivo’ de la serie: Personajes

Salí de aquí, de la Casa del Migrante, junto con mis otros compañeros, con la idea de pasarnos solos para Estados Unidos. Primero fuimos para Nuevo Laredo, pero vimos que la cosa estaba muy complicada, así que decidimos ir para Reynosa. Ahí todo está peor, porque vi como entre los montes están los Zetas golpeando a los migrantes para que suelten el dinero. Entonces, nos fuimos para Anáhuac. En el entronque de la carretera, nos paró una patrulla de la Policía Estatal. Uno de los policías me dijo que si llevábamos dinero se lo diéramos y entonces, él nos iba a ayudar a que los Zetas, que por ahí andaban, no nos registraran. Como no llevábamos suficiente dinero, nos dejaron. No pudimos evitar que los Zetas nos agarraran cerca de donde hay un cementerio y dos pozos que ellos mismos han hecho. Nos subieron a una troca y nos pidieron mil dólares. Dijeron que para ir a Estados Unidos teníamos que pagar la cuota. El jefe me preguntó que de dónde era, y me dijo que quería verme al otro día en la mañana.

Nos llevaron a un rancho, muy grande, donde tienen trabajando a mujeres en la comida y en la limpieza. Ahí cayeron primero siete y luego cinco migrantes más. Todos lloraban porque los golpeaban. Al otro día, el patrón me mandó llamar. Yo pensé que me iba a matar, pero no. Él me empezó a hacer muchas preguntas; me dijo que si no le tenía miedo al cepillo –porque una de sus formas de tortura para que uno hable es meterle un cepillo dental en el recto-; yo le dije que no. También me preguntó que si no me daban miedo los tubos o las tablas con las que nos golpean, o que si no tenía miedo de que me matara. Yo le dije que no, que para morir había nacido. Me llevó a pasear en su troca y me quiso convencer de que trabajara con él. Me ofreció dinero en dólares, camionetas, drogas y mujeres, pero yo no acepté. Entonces, le dije que me iría con mis compañeros otra vez de regreso para Saltillo. Él me dijo que tenía quince días para pensarlo y regresar.

Mientras me tenía paseando, me pude dar cuenta de que ahí en el entronque de Colombia, sobre la calle que va para Piedras Negras, hay unos policías que les checan a los Zetas que no venga el Ejército, que se pasea constantemente por ahí. Cuando pasan los militares, ellos se esconden y fingen que todo está tranquilo. Esa misma policía captura a los migrantes y los entrega a los Zetas. Como el patrón quería que yo me quedara con ellos, entonces me enseñó cómo es que torturan a la gente. Me llevó a ver a un hombre gordito, que lo hicieron correr desnudo sobre un montón de tunas, mientras él gritaba que los perdonara. También vi cómo es que a otros les meten un cepillo en el recto, para que suelten el teléfono de sus familias.

Hubo un momento en que vi como el que ahí mandaba se reunió con el jefe de la plaza de Nuevo Laredo, con el jefe de Piedras Negras y con un policía. Todos se dieron la mano y platicaron. Hablaron de cómo y por dónde era más fácil cruzarse a Estados

Unidos. A mí me querían con ellos porque me dijeron que les hacían faltas tres personas para poder cubrir todo el sector, y que necesitaban gallos como yo, y no putos como mis compañeros, que lloraban y se lamentaban.

También pude ver que en una caja de cartón guardan todo el dinero que tienen, y de ahí agarran para combustible, comida, cigarros y droga. Vi que están organizados en dos turnos, de día y de noche, que se cambian cada semana. El río nunca lo dejan sólo, sino que siempre hay alguien que está cuidando. Por lo que hablaban, entendí que en Nuevo Laredo también tablean a los hombres, mientras que a las mujeres las venden para prostituirse. Cada mujer cuesta cinco mil pesos, dependiendo de si están bonitas o más o menos.

*Cuaderno sobre secuestro de migrantes. Dimensión, contexto y testimonios de la experiencia de la migración en tránsito por México. (Coeditado por el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, A.C. y la Casa del Migrante de Saltillo).

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